La
cruz de San Felipe
Siempre supe que Meiriño era un cura de los de verdad, capaz de nadar a
contracorriente en una Iglesia corrompida para acercarse con sinceridad a los
problemas de la gente, pero nunca imaginé que fuese tal su talento, que bajo la
alfombra de nuestras atormentadas vidas hubiese escondido aquella isla en la
que resguardarnos de este mar sin orillas que es el mundo.
Recuerdo ahora con nostalgia ese día en que rescatamos su figura del
pasado: Ismael me llamó por teléfono. Me dijo que vendría a buscarme a casa
pues tenía algo importante que contarme. Desde el accidente de mi madre que la
ha dejado invalida para siempre, me dedico a custodiar su pena cosido a la
soledad de mi hogar. Así que improvisé una excusa para no recibirlo, pero la
gravedad de su voz acabó finalmente por convencerme.
Recuerdo bien aquel día en que todo empezó con la desesperanza
escupiéndonos a la cara de frente.
- A
la una, a las dos....
Mi
padre y yo, agarrando la sáb
- Y a
las ¡tres!.
Levantamos a pulso sus cien kilogramos de peso. De nuestra destreza
depende que mi madre encuentre la posición adecuada en la cama que le dé
descanso. Recuerdo que aquel día, como todos los días, mi padre sacó del
bolsillo su lápiz de carpintero. Lo puso verticalmente bajo la cama, en su
mecanismo de elevación. Es una cama de hospital que se puede subir y bajar. La
había comprado a crédito por un dineral pensando que la tecnología resolvería
los problemas de descanso de mi madre. Me mandó elevar la cama hasta medir en aquel
dispositivo una altura de lápiz y medio. Esa era la inclinación con la que mi
madre se había quedado a gusto el día anterior. Pero ese día no resultó. Hubo
que elevarla un lápiz más. Volver a coger la sáb
Recuerdo bien su coche nuevo llegando por la carbonilla. Recuerdo que al verlo me planteé por primera vez el
porqué del nombre de aquel camino. Allí no había rastro de carbón. ¿Estaría
sepultado bajo el asfalto como el paso del tiempo sepultaba los actos pasados
de nuestras vidas?.
Ismael se bajó del coche engal
Me
preguntó por el estado de mi madre. Le dije que estaba bien, pero noté en
seguida que advertía mi mentira. Ismael es como yo, un hábil interprete del
lenguaje que sisean los ojos. Como buen amigo no quiso incomodarme con más
preguntas. Miró a su alrededor, como si el mundo estuviera conspirando contra él
y tuviese los oídos puestos en lo que iba a decir. “Bueno, ya sabes que mi
madre le ha dado el pasaporte a mi padre”, me dijo con enfurecida resignación.
Y tiró de mí hacia el interior del coche como si el mundo estuviera conspirando
contra él y tuviese sus oídos puestos en lo que me iba a decir.
Recuerdo que aquel tono me hizo volver al pasado, a nuestras cotidi
Una
década después, Ismael volvía a utilizar el mismo tono suicida para informarme
de la separación de sus padres. Seguía estando en estado de guerra permanente
con la vida pero no era ya el guerrero impoluto de antaño. Sentado en el coche,
observó su nariz en el espejo retrovisor, girando la cabeza continuamente para
observarla desde diferentes perspectivas. Empezó a quejarse angustiadamente de
que no paraba de crecer, agarrándola repetidas veces como si fuese un elemento
hostil en su cara. Recuerdo que observé con pena su nariz de toda la vida,
pensando que toda batalla siempre nos deja heridas. Cuantas veces le había
dicho que con los grandes problemas había que tener cintura. Pero él siempre ha
querido ir de frente, ser un héroe, tomarse la vida como un combate a vida o a
muerte, sin saber que la muerte es casi siempre una lenta agonía.
Tuve
que bajar la ventanilla y respirar. Por un momento creí escuchar los
compungidos lamentos de mi madre navegando sobre el viento. Iba ya a bajarme
del vehiculo cuando me retuvo aquella frase suya. “Mi padre dice que se va a
tirar al ferrobus”. Nos miramos con seriedad, leyéndonos en los ojos la
jocosidad que desprendía aquel absurdo tan grande. Los ferrobuses habían dejado
de funcionar hacía treinta años. Y
explotó al mismo tiempo en los dos una carcajada ingobernable, de esas
que tardan meses a uno en salir, y que ya no es sonrisa sino un terapéutico
agujero negro por donde se cuelan de repente todos tus males. Él siguió desaguando su tristeza por el lecho
de su risa largo tiempo. Yo me quedé cavilando en la fuerza descomunal que el
pasado ejerce sobre el presente. Me pregunté por qué seguirían existiendo los
ferrobuses en la mente de su padre. Aquel medio de transporte pertenecía a su
juventud. ¿Tendría asociado a esa época del ferrobus el comienzo de la
decadencia a la que tarde o temprano todos nos sumimos?.
Estuve largo tiempo dándole vueltas al asunto, acompañando el deshogo de
Ismael con una sonrisa ficticia. Cuando al fin cesó de sonreír me encontré a
una persona diferente. Era la tercera personalidad en media hora que se
apoderaba de él. Para sobrevivir en esta sociedad resulta inviable ser siempre
el mismo. A veces uno tiene que asumir tantos disfraces diferentes que termina
olvidando quien es realidad. El Ismael soberbio, después paranoico, se había
transformado ahora en un niño. Recuerdo verlo caer en trance narrándome un
montón de historias de nuestra niñez para las cuales tenía una memoria
increíble. Igual que su padre se había quedado adherido a la época del
ferrobus, él se había quedado encarcelado en la infancia. Comprendía bien que
hubiera elegido aquel entrañable hábitat para vivir. La infancia es esa patria
donde recluirnos cuando todas las extensiones de nuestro yo en el tiempo resultan
fallidas. Recuerdo la incertidumbre con que se tomaba mi incapacidad para recordar algunos episodios del ayer que
él rememoraba con tanto entusiasmo. No comprendía cómo podía haberme olvidado
de algo tan importante y terminaba evocando figuras ya desaparecidas del barrio
sobre las que resultaba imposible que hubiera surtido efecto mi olvido. Pacholo, plantado a altas horas de la
madrugada en mitad de la calle, cantando un se lo han creído matarilerilerile, tras haber despertado a todo
un vecindario que había hecho caso omiso a sus angustiosas plegarias de dinero
para comprar heroína; el c
Aquella fue una de esas tantas veces en que me pregunté por qué había
nacido en un barrio donde el aire puro besaba al fango. Rememorando Ismael todo
aquello volví a dar un gran salto al pasado. Estaba de niño con mis pequeñas
manos soldadas a la verja del Club de Campo, observando con la boca abierta
como una jauría de niños se desgañitaba jugando en hileras interminables de
canchas de tenis, mini golf y piscinas. Ese día descubrí que existía un Dios
llamado Dinero. Pensé con envidia que sus devotos eran seres muy afortunados.
Hasta que me los volví a encontrar de adultos: Mujeres y hombres, devaluados a
caricaturas de lo humano, por la efímera
felicidad sostenida con que habían sido
perfilados a través de los años.
“El
dolor mata o nos hace más grandes. Y aquí
no se va a morir nadie”. Era lo que nos decía siempre Meiriño cuando ocurría
una tragedia en el barrio. Tuvieron que pasar los años, ver la evolución de
aquellos jóvenes ricos de infancias plastificadas, para entender el trasfondo
real de aquellas palabras. Con un Ismael moribundo a mi lado volvía a
recordarlas. Se las pronuncié tratando de imitar la vehemencia con que Meiriño
nos las había dicho de niños. Ismael las reconoció al instante. ¿Te acuerdas
cuando nos llevó a San Felipe?, me preguntó, recordándome los colores chillones
de las chal
Recuerdo que tras partir Ismael en su coche, empezó a caer una lluvia
torrencial que desdibujó las calles. Sonaron pesadas las camp
A la
mañ
Se me
hizo eterno el viaje a San Felipe en compañía de aquel súbito desamparo. Me
bajé del coche con el pie izquierdo, a pie de su castillo, donde ya no quedaban
militares con caras de agobiados haciendo guardia en sus garitas. Hice una
inspección rápida del entorno. Sí, las barcas de colores seguían en su sitio,
el olor de la marea, pero las montañas.... Los plátanos con aquellas grandes
oquedades en sus troncos parecían bocas abiertas expresando mi espanto. Las montañas se habían alejado del mar, o el
mar se había alejado de las montañas. Me sentí en tierra de nadie, perdido en
la transfiguración de aquel paisaje hasta que
Ismael me rescató echando el brazo sobre mi espalda.
-
¿Te acuerdas cuando lanzaste a Senén por los aires?- me preguntó sonriente,
mirando hipnotizado la trayectoria mecánica
que marcaban sus pasos hacia la montaña.
Tenía unos cinco años. Recuerdo que lo lancé por encima de las mesas
hexagonales de la guardería tras insultarme.
La lucha por la supervivencia en el barrio empezaba ya a edades muy
tempr
¡Ay, Ismael!. Estoy viendo ahora sus tenis caros deslizándose con agilidad sobre el barro,
marcando el compás de esa alegría infantil con que encaraba aquella ascensión a
la cruz de San Felipe. Liberado al fin de esa maldita pose frívola que utiliza
para resguardarse del vivir, sentí yo también un cosquilleo en mi barriga, un
independizarme de un algo muy pesado e invisible que asolaba mis entrañas. Fue
cuando descubrí que a lo igual que lo traumático se clava en la impenetrable
bruma del pasado, también los momentos ejemplares de nuestra vida, terminaban
anidando en alguna oscura gruta de nosotros mismos dándonos vítores de ánimo
para encarar el porvenir.
Allí
estábamos en busca de la cruz de San Felipe, ese sagrado santuario que Meiriño había clavado en la cima más
agradable de nuestro pasado. Ismael no paraba de hablar como un loco de él
mientras hundíamos nuestros pasos en el enfangando sendero que escoltaba el
impenetrable armazón de los tojales.
-
¡Ya había que tener cojones para ser cura en nuestro barrio!- clamaba fascinado
cada dos por tres.
Y yo
veía a Meiriño partir de aquel engendro ovoidal que era la iglesia parroquial,
levantada por un puñado de albañiles aficionados más al alcohol que al trabajo,
siempre a la misma hora, a las cinco, que no marcaba ningún gran reloj en
ningún gran camp
Recuerdo que aceleré el paso para adelantar a Ismael, y encontrarme de
una vez por todas con la cruz de San Felipe. Ismael tras de mí, me seguía el
paso sin borrar un ápice esa sonrisa perenne de su rostro. Estuvimos así un
buen rato obedeciendo la trayectoria ciega que seguían nuestros pasos, cuando
de repente tras coronar una rampa de acentuada pendiente me la encontré allá
arriba, a unos cien metros, erigida sobre la cumbre de la montaña. Grisácea
cuando yo la recordaba blanca, y más diminuta que la onírica reminiscencia que
tenía de ella flotando en mi memoria. Me di la vuelta de inmediato como si
hubiese presenciando una escena prohibida. El corazón empezó a golpear con
rabia mi pecho como si fuese un púgil buscando una victoria rápida sobre mis
miedos. Extravié mi consternación sobre la ría que desde aquel alto se
transformaba en un mar de azules y grises penetrando como un puñal a la tierra
firme de verdes salvajes. Allí, un gigantesco petrolero era arrastrado por un
remolcador de tamaño irrisorio. Lo interpreté como un sí del cielo a mi
intuición de que algo incrustado en el pasado, aunque fuera irrisorio, podía ser el timón de las ilusiones del
presente.
Recuerdo que miré a Ismael a los ojos como nunca lo había mirando antes
tratando de mirar más allá de mi mismo, tartamudeando en mi cabeza un alubión
de pensamientos nuevos hasta que al final logré encauzarlos en palabras.
-
¿Nunca te ha pasado al reencontrarte con algo que descubres que su magia no estaba
destinada a la primera vez que lo viste sino cuando vuelves a encontrarlo?
Ismael me miró desconcertado, coloreando mi enrevesada pregunta con una
encogida de hombros. Entonces le alcé la mano para ayudarle a encararse a mi
posición. La visión de la cruz en aquel alto borró de un latigazo la sonrisa de
su cara. Con los brazos caídos, sin fuerzas en las piernas, como si alguien lo
hubiera lanzado vestido a un río y encharcado acabara justo salir de sus aguas,
empezó a caminar hacia la cruz, primero sin tener en cuenta que yo estaba allí
a su lado, después cuando ya llevaba un buen trecho andando solo, mirando
absorto hacia atrás como un niño dibujándome en el aire un “ven” con la mano.
Sus pies se iban clavando en el camino enfangado por las lluvias torrenciales
caídas el día anterior. Tropezó un par de veces hasta clavar sus rodillas en el
barro levantándose con el pundonor lento de un penitente. Yo, seguía su estela
llorando lágrimas podridas en mi interior demasiado tiempo. Con mis piernas
también convertidas en palo, daba en
silencio salvas a Meiriño, viendo como Ismael lloraba también la mierda de su
pasado, enfangando con gusto su traje de carnavales. En lo alto de la montaña
gritamos enloquecidos a la ciudad y a sus paisajes. Los besos húmedos del
carmín del barro habían resaltado las líneas de nuestras manos. Me reconocí a
mi mismo en ellas como nunca me había reconocido en nada ni en nadie. Le hablé
a Ismael del callejón sin salida del barrio, de la guardería donde había visto
una vez un conejo humano. Ismael me abrazó, reímos, lloramos sin lágrimas.
Estampamos la huella de nuestras manos en la cruz como homenaje a quien nos
había hecho cruzar los muros invisibles que confinaban la idiosincrasia de
nuestro barrio, enseñándonos que allá afuera de nuestros nidos de hormigón y
asfalto, había horizontes lo suficientemente lejanos con los que convertir el
dolor asesino en algo que nos hiciese más grandes.
Julio Grandal jcgrandald@eresmas.com
La memoria del dolor
I
El rugido
de los camiones rompe la música alegre con que los pájaros reciben al amanecer.
Transportan a una jauría de falangistas envalentonados por el alcohol,
custodiando a un amasijo de hombres que por su fidelidad a la República han
sido condenados a muerte.
Los reos muestran una gran entereza y
pundonor ante su dramática suerte. Nada de plegarias ni de lloriqueos. Las
dentaduras se cierran con nervio para que el miedo atronador que los corazones
mastican con amarga fiereza no se haga visible afuera. El tiempo transcurre
lento, demasiado lento, rumiado en las entrañas. Cuanto más se serena más
agudiza el sufrimiento. Hasta que llega el instante en que se para, muere.
También se quedan inmóviles con él los camiones, atrapados en el puño salvaje
del paisaje, que parece haber sido recién parido de la nada para ser desvirgada su belleza por las
miradas de los reos. Hay algo que se
contornea en las sombras de los árboles, en las formas caprichosas de las
piedras, en el rumor del viento que hace bailar extrañas danzas a los trigales.
Los reos tienen la sensación de que se les está revelando el
misterio de la existencia, amansados de locura, vacíos de dolor y de esperanzas,
intoxicados del aliento cada vez más intenso y cercano de la muerte.
Pero la naturaleza no acepta esta falsa
calma, este silencio. Aparecen baches en el camino, bocas acusadoras que gritan
que morir así es una tragedia, que el dolor no puede ser contenido. El dolor
tiene que derramarse, encarnarse en el eco del tiempo y encharcar el porvenir
con su esencia. Eso es lo que la Naturaleza cree. Por eso los baches sacuden a
los camiones con tanta fuerza que aflojan a las mandíbulas de su empecinada
obstinación. El seductor mensaje de la naturaleza desaparece. Padres, novias,
hijos, hermanos, estallan en el recuerdo. Fotografías de la vida reluciendo con
un brillante fulgor. Se transforman en cosquilleos que corriendo por la espalda
mueren en manos temblorosas que parecen quererse desprender de esos cuerpos a
los que en un breve intervalo de tiempo se les rasgará la vida en nombre de una
patria y de un Dios.
Ahora sí que los reos tienen a la Verdad de
frente. Amortajados por la impotencia y con el siseo insoportable de la espera
resquebrajando sus cabezas. Es la cumbre del sufrimiento. En el Paredón, las
balas atravesarán la carne viva de unos muertos. Con lentitud, con una
torturadora e indomable lentitud, los reos van desaguando su agonía sobre
aquellos raíles de la tragedia que los neumáticos de los camiones van
estampando sobre la lama de un camino sin regreso.
¡
Su padre tenía el día de su marcha la misma
mirada que aquellos hombres apilados en los camiones. No llores
¡Cuántas veces tengo que decirte que no
te acerques a los camiones! ¡Cuántas veces eh!.
¡Ay, que día aquel tan feliz y a la vez
tan trágico!
¿Qué te pasa
Esos hombres, también se van para Cuba,
¿verdad?, le preguntó a su madre refiriéndose a los pasajeros aturdidos de los
camiones. Fue tanta la ingenuidad con que formuló aquella pregunta, que los
gatillos de los fusiles parecieron oírla horrorizados, haciendo retumbar en el
aire una sonora descarga. Su madre le soltó las manos de golpe y se puso
erguida como si aquellos disparos se le hubiesen clavado en la espalda.
Salieron asustados unos cuervos de unos pinos cercanos, y se pusieron a dibujar
en el cielo maldiciones dedicadas a los hombres. Su madre, con la voz
temblorosa, trató de tranquilizarla diciéndole que aquellos hombres eran
cazadores, y que por eso se escuchaban los tiros. Al mentirle se había vuelto
tan frágil, que
II
Los pasos de Oscar resuenan en el asfalto, y
al escucharlos le recuerdan los disparos
de aquel chaval en el parque. Le había disparado a quemarropa con los labios,
apuntándole con su mano figurando a un revolver. ¡PUM!, ¡Escoria!, ¡PUM!, ¡Que
eres una escoria!, le había espetado. Y el resto de mocosos riéndole la gracia.
¿Cuantos años tendrían aquellos niñatos?, ¿Dieciséis, diecisiete...?, se
preguntaba palpándose la costra de sangre en su labio partido. Él, que estaba en el parque sin molestar a
nadie, fumando un porro más para combatir su maldito síndrome de abstinencia, y
que casi lo había conseguido, deslumbrado con los colores psicodélicos del plumaje de los
faisanes, la elegancia oriental de sus movimientos acariciando el aire, cuando
aquellos críos salieron de la nada, con esos ojos sucios de malicia de no haber
recibido afecto alguno en la infancia. ¡Yonkie de mierda, vete a tu puto barrio!. Le había dicho el más escuálido de todos, el cabecilla,
aquel que comía de un mendrugo de pan
solitario, sin una triste loncha de fiambre, del cual resbalaban migas que se
prendían en su jersey desgastado, y que él arrancaba con destreza de nuevo a la
boca con las pinzas de sus dedos.
Aquella cara de no haber comido
caliente, aquellos tejanos de marca a los que no les cabía más mierda encima, y
el brazalete en el jersey con los colores de la bandera de España en la manga.
Oscar tenía claro de que ambiente provenía aquel desgraciado. Imaginó a su
padre, sin ningún lugar a dudas un suboficial de la Marina, de esa Marina que
junto con el resto de las fuerzas armadas llevaban siglos sin g
Sí, aquel niñato no tenía la culpa de
nada. Podía imaginar la atmósfera del
hogar donde había crecido, tejido de silencios y de bofetadas. El
cuartel en casa. La despensa racionada, también las emociones y los sueños. Y
ese sabor a reseso del pan de la Marina, que cuando lo pruebas empobrece hasta
el espíritu. En el fondo lo absolvía. ¿Qué hacía aquel niño con un llavero
colgando de la hebilla de los pantalones con el busto de Franco? El dictador
había muerto hacía ya quince años. Él ni siquiera había nacido. El que le había
metido aquella mierda en la cabeza no tenía dos dedos de frente. Sí, lo
perdonaba a él, y perdonaba también a los otros, sus acompañantes, que tenían
también cara de haber sido alimentados de esquinas de la vida. Con toda
seguridad serían también hijos de suboficiales. Tenían muy vivo en los ojos el
miedo que les habían implantado sus papás militares, caudillos que a faltas de
enemigos, descargaban en los pobres críos todas sus frustraciones.
Oscar los veía aún como si los tuviera
delante, y cuanto más se acordaba de ellos, más escuchaba confuso sus pasos en
el asfalto. Realmente sonaban como disparos. Disparos que parecían vomitar
balas pesadas. Y que daban la sensación de no estar destinados a matar cuerpos
sino almas. El caballo y sus
putas paranoias, pensaba, observando los helechos agitándose a un lado del
camino como grandes lenguas que titilaban la cobardía con que un puñado de casas se agazapaban de forma
desordenada al otro lado del asfalto, tristes, descuidadas, sin ánimo, como si
vivir allí fuese una condena, y la condena fuera irreparable.
Todo era tan extraño. El maldito sonido
de sus pasos, clavándosele lentamente en los sesos, como si fuese una
prolongación del paisaje, un tic nervioso de su lóbrega cara. El largo camino
recto, abriéndose paso como un puñal entre los helechos y las casas, para
desaparecer en el horizonte de una negrura resplandeciente, misteriosa señal
que parecía querer avisar de algo muy importante sin encontrar cabida en la
razón de los humanos. Sí, sin ningún lugar a dudas, hay algo diabólico en estos
parajes. Oscar, refugia atemorizado su vista en el manto onírico de lumínicas
contorsiones que la luz amarilla de unos distanciados focos proyectan
sobre el asfalto. Ahí están, reflejados otra vez en él, los chiquillos con esas
sonrisas lunáticas por las que escupen el sabor amargo de sus traumas. Oscar
acelera el paso, levanta la vista para escapar de aquellos fantasmas, pero
ellos lo siguen a todas partes. Parecen hienas, agresivas y atemorizadas al
mismo tiempo. Aguardan. Oscar los mira, escudriña sus intenciones. Sin quererlo
está otra vez atrapado en el pasado. Desesperado, corre ahora sobre el asfalto,
pero el tiempo parece no querer ir hacia delante. Devuelve sus piernas otra vez al parque, lo sienta de
un empujón en el mismo banco, como si lo malo hubiese que vivirlo mil veces
antes de poder seguir avanzando.¡Eh, tú, levántate de
ahí, payaso! El que le grita no es ningún hijo de marino. Ha salido de la nada
y tiene esculpida la mirada con los ángulos oscuros de la vida. Oscar discierne
en sus ojos el reflejo de las aguas intoxicadas del muelle, sus casas en
ruinas, las putas gordas y desdentadas de sus calles. Sí, es un macarra. El
valiente de la pandilla. Lo tiene ahora enfrente. No puede evitar mirar los
lamparones que salpican sus ropas, aquellos estigmas de la marginalidad que
atraviesan el tejido, la carne y se clavan con saña en sus entrañas. Que
necesitado está el pobre de distinción, aunque ésta sea fingida o de hojalata.
Por eso está con los hijos de los marinos. Fue él, quien lo agarró de los
pelos, lo levantó del banco en el que estaba sentado con la fuerza de un
hombre, y lo tiró al suelo, para que cayera sobre él las patadas de aquella
pandilla de buitres.
Las uñas afiladas del viento se le clavan
a Oscar en los ojos al compás con que
sus pies vuelan sobre el asfalto. Aquellos adolescentes, con sus golpes,
además de romperle la boca habían destrozado su último y minúsculo pedazo de
autoestima. Pero cómo iban a saber ellos que su vida pendía de un hilo, y que
sin quererlo lo habían roto, los defiende Oscar, llorando con rabia. Él, que
todavía no había perdido la vergüenza de ser un yonkie, por eso acudía a
comprar la heroína siempre de noche, y clavaba las jeringuillas en los tobillos
para que no fueran visibles las dentelladas de la tragedia en sus antebrazos,
aquellos antebrazos que su madre enarboló un día como si fueran banderas ante
Carmiña, la criticona del barrio, para que viera que era mentira todo aquello
que decían de su hijo, que su único problema eran las compañías, mientras Oscar
callaba, cobarde, deseando morirse zarandeado como un títere por la ingenuidad
de su madre.
Pero ahora todo ha cambiado. Nunca antes
había sentido Oscar una vergüenza tan grande, un asco tan hondo de sí mismo. Se
siente desnudo en plena calle. Una desnudez belicosa que alcanza lo más
profundo de su ser, dejando a la vista todas sus mentiras, sus temores, sus
debilidades. Al paisaje le han brotado de repente multitud de ojos. Lo vigilan,
lo intimidan, se pavonean de su desgracia. Son los mismos ojos de esa gente con
la que se cruza por la calle, que piensan que los tipejos como él son en el
fondo unos viciosos a los que lo mejor que les podría pasar es que se los
llevase cuanto antes la muerte.
La boca fruncida de Oscar dibuja una mueca
confusa en el rostro. Nadie sabría decir
ahora si es alegría o tristeza lo que lo asalta. Las emociones cuando se hacen
extremas se enfrascan en un mismo molde de expresión. Es por ello que
suspendido del abismo de la desdicha, Oscar cae y se queda clavado en la punta
afilada de una esperanza terrible y dramática. El mundo, su vida, ha dado un
vuelco con la paliza de aquellos jóvenes de repente. Nunca hubiera imaginado antes
que unos golpes pudiesen ser tan terapéuticos. Su dolor es tan grande que ya no
tiene espacio para el sufrimiento de su familia. Al fin ha dejado de pensar en
los demás para ocuparse solo de sí mismo. Al fin bulle en él esa fuerza que
siempre le había faltado. Al fin ha dejado de ser un cobarde. Ahora solo quiere
llegar al campamento de los gitanos cuanto antes. Gastar el dinero de toda una
sem
Gabriel está asomado a la vent
Gabriel sostiene una cassette de Pink
Floyd en su mano y la observa. Se la había dejado Oscar la sem
No, esta ciudad no es un buen lugar para
nacer, piensa Gabriel. Desde su vent
La
emigración, maldita diáspora eterna. Gabriel tiene ahora en mente que toda su
familia ha sido emigrante. Cuatro generaciones, menos al abuelo que lo retuvo
la guerra. En la habitación donde se encuentra, hay un cuadro muy antiguo con
el retrato de su bisabuelo. Según le han contado sus padres, la fotografía se
hizo justo antes de que se marchara para Argentina. Después nunca más se volvió
a saber de él. A Gabriel le llaman la atención sus ojos sin vida que escapan
del retrato para habitar los objetos de la habitación. Son unos ojos de místico
que traspasan las cosas que miran. Tienen un parecido increíble con los ojos de
Oscar. Esos ojos que parecen estar leyendo la tragedia que les deparará el
destino, sin que se dé por enterada la conciencia.
Enfrascado en profundas cavilaciones, Gabriel
se dirige como un sonámbulo hacia la vent
Gabriel observa ahora la placa del
camino con unos ojos nuevos. Alguien parece haber corrido un telón invisible al
mundo, surgiendo de pronto una realidad secreta. Estremece leer aquellas
palabras: Camino del Paredón, y ver desfilar bajo ellas a los yonkies, con sus
demacrados rostros iluminados por la luz insolente del alumbrado público,
caminando de forma infantil y anárquica hacia la destrucción. Es como si
aquellos muertos tan antiguos de los que hablaban los viejos se hubieran
reencarnado en las sombras lastimosas de los yonkies, y estos, rebelándose a
declararse muertos, tuviesen que morir una vez tras otra para cumplir la
sentencia irrevocable del destino. Sí, es como si el dolor tuviese memoria.
Gabriel la visualiza. Una memoria densa y opaca como la niebla, expandiéndose
como un fantasma a través de la noche de los tiempos. Quizá los cuervos tengan
grabado también en su memoria ese sufrimiento. Todas las mañ
Gabriel se lleva las manos a la cabeza.
Frota los cabellos como queriendo arrancar todas aquellas tonterías de su
mente. Observa los helechos retorcidos
por el viento. Vegetales mudos que gritan con la intención desesperada de
confesarle algo. El viento parece recoger aquel reclamo y golpea el cristal de
la vent
Excitado,
Gabriel corre las cortinas para no seguir mirando aquel escenario tan
siniestro. La figura del órgano lo llama. Hace un par de años lo vio en unos
grandes almacenes y decidió gastar todos sus ahorros en él. Empezó a tocarlo
con dos dedos, hasta que poco a poco el resto de sus dedos fueron cobrando
vida. Melodías simples al principio que se fueron complicando con el tiempo.
Era cierto eso de que a partir de un origen insignificante podía surgir todo un
universo. Gabriel lo había comprobado en él. Todo lo que se podía ser en este
mundo estaba recluido en uno mismo esperando a ser inducido por el estimulo
conveniente.
Encendió el
órgano. Una luz roja suspiró en él, mostrando sumisas todas sus teclas al afán
excitado de sus manos. Sumergió las
yemas de sus dedos en los teclados, con la misma alegría con que chapoteaba en
los barreños llenos de agua cuando era un niño.
El órgano suspiró tres sonidos sostenidos en el tiempo. Melodía triste
que le recordó al valle entre montañas donde estaba ubicado su hogar. Las notas
se encresparon después en un conglomerado de apretados sonidos, haciendo que
bailasen atrevidas en una apretada escala de tonos. Aquel pedazo de canción, Gabriel no lo sentía suyo. Lo había cazado su
inspiración en ese amasijo de melodías que vuelan invisibles por el mundo.
Alzando
sus manos de forma ceremonial, y con el impulso de la reverencia de su
espinazo, las dejó caer de nuevo sobre el teclado. Por un instante creyó
escuchar el rugido tosco de unos camiones. La melodía que interpretaba dio
violentos bandazos de lo grave hacia lo agudo. Fue entonces cuando explotó
aquella imagen como un flash en su mente. Oscar tirado en una cuneta, con el
disparo de la muerte clavado en una vena de su brazo. El blanco inocencia de
sus piernas se le había subido a la cara. Y los ojos abiertos de espanto, como si hubiera descubierto el misterio de la
existencia justo antes de fallecer.
La espantosa
imagen del cadáver de Oscar desaparece,
pero Gabriel nota que sigue ahí escondida como un fantasma entre las
sombras de su mente. Sus dedos esculpen
notas que vuelven ahora hacia atrás, de lo agudo a lo grave. Se han
vuelto autónomas. Se nota que es la primera vez que ven el mundo. Tienen el
tono afilado como la punta de un cuchillo. Se clavan con saña en el
sentimiento. Gabriel observa fascinado aquella melodía que se ha desprendido de
su ser. Vuela, libre, recorre histérica la habitación, hasta que se frena,
encuadrando la mirada singular que desprenden los ojos de su bisabuelo.
Aquellos ojos que son también los de Oscar, de los que se van y nunca vuelven,
ojos de perdedor, de emigrantes, de soñadores, de rebeldes. Ojos perpetuos que
reflejan la mirada maldita que asola esta tierra. Ahí esta otra vez el rugido
ronco de los camiones, entrelazándose con las voces altisonantes de los
yonkies. Sí, ahí está otra vez el eterno retorno, la memoria del dolor. Un
escalofrío gigante obliga a Gabriel a
apaciguar sus manos. La melodía fenece, dejando una canción incompleta
que se retuerce en el silencio como una
serpiente herida. Gabriel puede vislumbrar los ojos de aquel reptil musical.
Expresan la necesidad de otras manos, de otros tiempos, de otros actores
escenificando su tragedia en aquel camino, y que al fin, de una vez por todas, la terminen.
Julio César Grandal Doce jcgrandald@eresmas.com