La cruz de San Felipe

 

Siempre supe que Meiriño era un cura de los de verdad, capaz de nadar a contracorriente en una Iglesia corrompida para acercarse con sinceridad a los problemas de la gente, pero nunca imaginé que fuese tal su talento, que bajo la alfombra de nuestras atormentadas vidas hubiese escondido aquella isla en la que resguardarnos de este mar sin orillas que es el mundo.

     Recuerdo ahora con nostalgia ese día en que rescatamos su figura del pasado: Ismael me llamó por teléfono. Me dijo que vendría a buscarme a casa pues tenía algo importante que contarme. Desde el accidente de mi madre que la ha dejado invalida para siempre, me dedico a custodiar su pena cosido a la soledad de mi hogar. Así que improvisé una excusa para no recibirlo, pero la gravedad de su voz acabó finalmente por convencerme.

     Recuerdo bien aquel día en que todo empezó con la desesperanza escupiéndonos a la cara de frente.

    - A la una, a las dos....

    Mi padre y yo, agarrando la sábana con vigor, mirándonos fijamente a los ojos para sincronizar al máximo el izamiento de mi madre. En tal trascendental momento, su mirada se transforma en una pequeña ventana de esperanza por donde entra la explosiva ráfaga de viento de su empeño.

   - Y a las ¡tres!.

    Levantamos a pulso sus cien kilogramos de peso. De nuestra destreza depende que mi madre encuentre la posición adecuada en la cama que le dé descanso. Recuerdo que aquel día, como todos los días, mi padre sacó del bolsillo su lápiz de carpintero. Lo puso verticalmente bajo la cama, en su mecanismo de elevación. Es una cama de hospital que se puede subir y bajar. La había comprado a crédito por un dineral pensando que la tecnología resolvería los problemas de descanso de mi madre. Me mandó elevar la cama hasta medir en aquel dispositivo una altura de lápiz y medio. Esa era la inclinación con la que mi madre se había quedado a gusto el día anterior. Pero ese día no resultó. Hubo que elevarla un lápiz más. Volver a coger la sábana y levantar a mi madre varias veces hasta pegar con su cabeza en la cabecera de la cama sin que se sintiera mejor. Mi padre perdió los nervios. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que le ha pasado algo así. Su mente, adaptada a las medidas precisas con que se trabaja la madera, no entendió aquella anarquía del sufrimiento. Empezó a elevar la voz recubriendo nuestra impotencia con una abrasiva costra de maldiciones. Mi madre empezó a llorar. Sabía que su invalidez nos estaba amargando la existencia a todos. Estuvimos un buen tiempo masticando aquel feroz desaliento hasta que me hice con fuerzas suficientes para volver a creer en mi mismo. “Vamos a subirla otra vez”, le dije, y dominando ese lenguaje de ojos que el maneja tan bien, traté de hacerle comprender que esta vez habría que levantarla con el corazón en vez de con las manos. Sí, al final la cosa salió bien. Con mi dedo limpié las lágrimas en los ojos de mi madre hasta que se durmió. Mi padre se retiró a llorar sus lágrimas en las esquinas, y yo me dejé caer sin vida en el portal esperando la llegada de Ismael.

     Recuerdo bien su coche nuevo llegando por la carbonilla. Recuerdo que al verlo me planteé por primera vez el porqué del nombre de aquel camino. Allí no había rastro de carbón. ¿Estaría sepultado bajo el asfalto como el paso del tiempo sepultaba los actos pasados de nuestras vidas?.

    Ismael se bajó del coche engalanado en costosas prendas de vestir. Su andar de vaquero amplifica todavía más la fanfarronería con que saca pecho y frunce los ojos dejando heridos en quien apoya la vista en él. La gente lo odia por esto. No perciben que la artificialidad de su carácter es solo un disfraz miserable. Jamás se han parado en reflexionar lo vulnerables que somos en esta puta vida.

    Me preguntó por el estado de mi madre. Le dije que estaba bien, pero noté en seguida que advertía mi mentira. Ismael es como yo, un hábil interprete del lenguaje que sisean los ojos. Como buen amigo no quiso incomodarme con más preguntas. Miró a su alrededor, como si el mundo estuviera conspirando contra él y tuviese los oídos puestos en lo que iba a decir. “Bueno, ya sabes que mi madre le ha dado el pasaporte a mi padre”, me dijo con enfurecida resignación. Y tiró de mí hacia el interior del coche como si el mundo estuviera conspirando contra él y tuviese sus oídos puestos en lo que me iba a decir.

      Recuerdo que aquel tono me hizo volver al pasado, a nuestras cotidianas reyertas de la adolescencia. El haber nacido en un barrio de macarras nos obligaba aunque no lo quisiéramos a tener disputas con los baluartes de otros barrios marginales. Cuestión toda de orgullo, de dominio, de gritar al mundo que estábamos vivos aunque fuera al son de puñetazos y patadas. Muchas veces ocurrió que yendo los dos solos nos encontramos bajo alguna emboscada enemiga. Ismael agarraba entonces un mechero cerrando en torno a él su puño con fuerza. “Si hay que morir se muere”, me decía entre bufidos de toro encomendándose al destino. Su carisma me arrastraba y terminábamos inmolándonos contra aquel enemigo de mirada enturbiada. Sorprendentemente nunca salimos tan mal parados. Ismael tenía mucho nervio. La razón es que nunca golpeaba a su oponente, a quien golpeaba realmente era a su padre, dictador y mujeriego, a la fábrica donde su madre trabajaba como  una esclava todo el día.

     Una década después, Ismael volvía a utilizar el mismo tono suicida para informarme de la separación de sus padres. Seguía estando en estado de guerra permanente con la vida pero no era ya el guerrero impoluto de antaño. Sentado en el coche, observó su nariz en el espejo retrovisor, girando la cabeza continuamente para observarla desde diferentes perspectivas. Empezó a quejarse angustiadamente de que no paraba de crecer, agarrándola repetidas veces como si fuese un elemento hostil en su cara. Recuerdo que observé con pena su nariz de toda la vida, pensando que toda batalla siempre nos deja heridas. Cuantas veces le había dicho que con los grandes problemas había que tener cintura. Pero él siempre ha querido ir de frente, ser un héroe, tomarse la vida como un combate a vida o a muerte, sin saber que la muerte es casi siempre una lenta agonía.

     Tuve que bajar la ventanilla y respirar. Por un momento creí escuchar los compungidos lamentos de mi madre navegando sobre el viento. Iba ya a bajarme del vehiculo cuando me retuvo aquella frase suya. “Mi padre dice que se va a tirar al ferrobus”. Nos miramos con seriedad, leyéndonos en los ojos la jocosidad que desprendía aquel absurdo tan grande. Los ferrobuses habían dejado de funcionar hacía treinta años. Y  explotó al mismo tiempo en los dos una carcajada ingobernable, de esas que tardan meses a uno en salir, y que ya no es sonrisa sino un terapéutico agujero negro por donde se cuelan de repente todos tus males.  Él siguió desaguando su tristeza por el lecho de su risa largo tiempo. Yo me quedé cavilando en la fuerza descomunal que el pasado ejerce sobre el presente. Me pregunté por qué seguirían existiendo los ferrobuses en la mente de su padre. Aquel medio de transporte pertenecía a su juventud. ¿Tendría asociado a esa época del ferrobus el comienzo de la decadencia a la que tarde o temprano todos nos sumimos?.

      Estuve largo tiempo dándole vueltas al asunto, acompañando el deshogo de Ismael con una sonrisa ficticia. Cuando al fin cesó de sonreír me encontré a una persona diferente. Era la tercera personalidad en media hora que se apoderaba de él. Para sobrevivir en esta sociedad resulta inviable ser siempre el mismo. A veces uno tiene que asumir tantos disfraces diferentes que termina olvidando quien es realidad. El Ismael soberbio, después paranoico, se había transformado ahora en un niño. Recuerdo verlo caer en trance narrándome un montón de historias de nuestra niñez para las cuales tenía una memoria increíble. Igual que su padre se había quedado adherido a la época del ferrobus, él se había quedado encarcelado en la infancia. Comprendía bien que hubiera elegido aquel entrañable hábitat para vivir. La infancia es esa patria donde recluirnos cuando todas las extensiones de nuestro yo en el tiempo resultan fallidas. Recuerdo la incertidumbre con que se tomaba mi incapacidad  para recordar algunos episodios del ayer que él rememoraba con tanto entusiasmo. No comprendía cómo podía haberme olvidado de algo tan importante y terminaba evocando figuras ya desaparecidas del barrio sobre las que resultaba imposible que hubiera surtido efecto mi olvido. Pacholo, plantado a altas horas de la madrugada en mitad de la calle, cantando un se lo han creído matarilerilerile, tras haber despertado a todo un vecindario que había hecho caso omiso a sus angustiosas plegarias de dinero para comprar heroína; el canario, bajando por la avenida central del barrio con su pijama de tergal remangado, asomando sus tatuajes de legionario en los antebrazos, mientras gritaba con fuerza al mundo que su verdadero nombre no era Manuel Pumares sino copa de vino. Le hacía feliz a Ismael ver la sonrisa que me producía el recuerdo de aquellos baluartes de nuestro barrio, palpar en mis ojos que todavía seguían dentro de mí con vida.

     Aquella fue una de esas tantas veces en que me pregunté por qué había nacido en un barrio donde el aire puro besaba al fango. Rememorando Ismael todo aquello volví a dar un gran salto al pasado. Estaba de niño con mis pequeñas manos soldadas a la verja del Club de Campo, observando con la boca abierta como una jauría de niños se desgañitaba jugando en hileras interminables de canchas de tenis, mini golf y piscinas. Ese día descubrí que existía un Dios llamado Dinero. Pensé con envidia que sus devotos eran seres muy afortunados. Hasta que me los volví a encontrar de adultos: Mujeres y hombres, devaluados a caricaturas de lo humano,  por la efímera felicidad sostenida  con que habían sido perfilados a través de los años.

    “El dolor mata o  nos hace más grandes. Y aquí no se va a morir nadie”. Era lo que nos decía siempre Meiriño cuando ocurría una tragedia en el barrio. Tuvieron que pasar los años, ver la evolución de aquellos jóvenes ricos de infancias plastificadas, para entender el trasfondo real de aquellas palabras. Con un Ismael moribundo a mi lado volvía a recordarlas. Se las pronuncié tratando de imitar la vehemencia con que Meiriño nos las había dicho de niños. Ismael las reconoció al instante. ¿Te acuerdas cuando nos llevó a San Felipe?, me preguntó, recordándome los colores chillones de las chalanas de los pescadores bautizadas todas con nombres de mujer. ¿Te acuerdas que decías que algún día tendrías una?, le respondí. Ismael sonrió más con los ojos que con la boca y entonces supe que estaba siendo feliz. Olí de nuevo el olor de la ría que descorcha la marea baja tras haber revuelto los mariscadores sus entrañas. Ismael siguió tirando del hilo de los recuerdos. Me narró aquella ascensión a lo alto de la montaña de San Felipe donde se erigía una gran cruz en memoria de un accidente aéreo ocurrido hacía muchos años. Me quedé de piedra al escucharlo. Siempre había tenido la profunda convicción que aquel viaje lo había hecho en sueños. Después rompí en un entusiasmo que Ismael no comprendió. Para él, aquella cruz era solo la coma de una mera frase más del pasado. Le confesé que era el único lugar al que jamás había regresado tras haberlo visitado de niño. En su cara se dibujó una sonrisa irónica que se mofaba de la pobreza de mis incorruptibles moradas de la infancia. Pero después se quedó pensando. Su sonrisa se fue debilitando lentamente, hasta que abrió los ojos de espanto como si de repente echará en falta algo que habría creído tener siempre y que sin embargo nunca había tenido. Fue así como resolvimos hacer juntos aquel viaje a San Felipe.

     Recuerdo que tras partir Ismael en su coche, empezó a caer una lluvia torrencial que desdibujó las calles. Sonaron pesadas las campanadas en el reloj de pared anunciando las seis de la tarde, como si al tiempo le costará dar sus pasos en el medio de aquella cortina de agua borrando la realidad. Me sentí yo también pesado, clavado ante la ventana viendo a las nubes desplomarse sobre el suelo, como si mi presente y mi futuro también se desplomaran, y fueran solo el rumor ahogado de mi pasado. Rememoré entonces aquel viaje que había hecho meses atrás a la casa donde se había criado mi madre. Me lo había encomendado para que grabase con mi videocámara los paisajes de su infancia, y poder así refugiarse en ellos escapando de su sufrimiento actual. No era solo una ilusión para ella sino también para mí, pues aquella casa, teniendo por aquel entonces la convicción que  mi excursión a San Felipe había sido un sueño, conformaba el último reducto de mi niñez que nunca había vuelto a pisar. El recuerdo que tenía de aquella vivienda era la imagen de una gran mole de piedra dispuesta paralelamente a las vías del tren, con un par de ventanas en su fachada, que parecían ojos con las rojas pestañas de los geranios espiando mi llegada. Que gran desilusión me llevé al verla de nuevo. Una casucha desgarbada, con ventanucos afilando la mirada de un miope, a la que el  paso del tiempo parecía haberle dado una patada alejándola de las vías, declinando aquel majestuoso paralelismo de antaño en un ángulo cerrado que noté clavarse en mi costado como si fuese la furiosa lanza del decadente transcurrir de los años. Sentí pánico asaltado por la terrible imagen de que ante la cruz de San Felipe mi pasado jovial pudiese terminar también deflagrado por un presente así de ruin. Hasta que paró de llover, y fui siguiendo con la yema de mi dedo los caminos que las gotas iban dibujando al resbalar sobre el cristal de la ventana. Vi en aquellas gotas arrastrando en su caída a  otras gotas la suma de desesperanzas de aquel día contorneándose hasta patinar finalmente en el rescate de nuestro olvido de la figura de Meiriño. Y me asaltó la grata impresión que los acontecimientos cotidianos que van dibujando nuestras vidas no se van ensamblando al azar, sino que obedecen a un cortejo de fuerzas invisibles persiguiendo un fin, para nosotros insondable.

    A la mañana siguiente, Ismael vino a recogerme  con el pelo engominado, embalsamado en ropas deportivas de marca. Traía a su espalda un día sin nubes, con un gran sol que abriéndose paso entre el frío aire de invierno, dilataba la fragancia de su perfume adherido a su cuello y a sus manos. “Otra vez con los disfraces”, pensé, al ver de nuevo su corrompida imagen. Me hubiese gustado ver en él en aquella fecha tan especial una predisposición diferente, más natural, libre al menos por un día de esa mierda que asolaba sus entrañas. Pero, lamentablemente, el tiempo en él no había pasado en balde.

    Se me hizo eterno el viaje a San Felipe en compañía de aquel súbito desamparo. Me bajé del coche con el pie izquierdo, a pie de su castillo, donde ya no quedaban militares con caras de agobiados haciendo guardia en sus garitas. Hice una inspección rápida del entorno. Sí, las barcas de colores seguían en su sitio, el olor de la marea, pero las montañas.... Los plátanos con aquellas grandes oquedades en sus troncos parecían bocas abiertas expresando mi espanto.  Las montañas se habían alejado del mar, o el mar se había alejado de las montañas. Me sentí en tierra de nadie, perdido en la transfiguración de aquel paisaje hasta que  Ismael me rescató echando el brazo sobre mi espalda.

     - ¿Te acuerdas cuando lanzaste a Senén por los aires?- me preguntó sonriente, mirando hipnotizado la trayectoria mecánica  que marcaban sus pasos hacia la montaña.

     Tenía unos cinco años. Recuerdo que lo lancé por encima de las mesas hexagonales de la guardería tras insultarme.  La lucha por la supervivencia en el barrio empezaba ya a edades muy tempranas. Le contesté que sí con una carcajada explosiva, no por aquel percance de Senén sino porque vino a mi memoria el instante en que me encontré a Ismael por primera vez. Por aquel entonces ya daba claras muestras de evasión de sí mismo. Recuerdo que lo vi de rodillas, comiendo hierbas en el suelo del patio transformado en un conejo que no paraba de mover la nariz. Ismael, esto nunca logra o no quiere recordarlo. Tampoco ha querido recordar jamás el modo en que nació nuestra amistad. Por un acuerdo tácito, decidimos que nuestra amistad había nacido en la guardería, cuando los dos sabíamos muy bien que aquello era falso. Nuestro apego se forjó un par de años después en un lóbrego callejón del barrio, cuando éste era para nosotros una gran ciudad, dominados sus barracones por diferentes clanes que resolvían sus diferencias a hostias y a pedradas. Puedo recordarlo como si no hubieran transcurrido los años. Nosotros, unos renacuajos, acompañábamos a los patriarcas respectivos de nuestras bandas, cuando éstos se pusieron a pelear. En aquella época superaba con creces a Ismael en envergadura. Todavía puedo verlo atemorizado contra el muro de aquel callejón sin salida como un pajarillo al que habían cortado las alas. Cualquier otro chaval del barrio no hubiera dudado ni un segundo en aplastarle la cara, pero yo me sentí incapaz de hacerle daño. Sé que Ismael esto no lo ha olvidado, que llegó incluso a borrar la faz de aquel estimado fragmento de su pasado para endiosarlo, como todo mortal que no puede vislumbrar el rostro del Dios al que aclama. Desde entonces, cuántas veces ha jugado su vida por mí contra aquellos que simplemente me dirigían una mala mirada. Yo, su pedacito de bueno en su todo malo, al que había que proteger y mimar....

      ¡Ay, Ismael!. Estoy viendo ahora sus tenis caros deslizándose con agilidad sobre el barro, marcando el compás de esa alegría infantil con que encaraba aquella ascensión a la cruz de San Felipe. Liberado al fin de esa maldita pose frívola que utiliza para resguardarse del vivir, sentí yo también un cosquilleo en mi barriga, un independizarme de un algo muy pesado e invisible que asolaba mis entrañas. Fue cuando descubrí que a lo igual que lo traumático se clava en la impenetrable bruma del pasado, también los momentos ejemplares de nuestra vida, terminaban anidando en alguna oscura gruta de nosotros mismos dándonos vítores de ánimo para encarar el porvenir.

     Allí estábamos en busca de la cruz de San Felipe, ese sagrado santuario que Meiriño había clavado en la cima más agradable de nuestro pasado. Ismael no paraba de hablar como un loco de él mientras hundíamos nuestros pasos en el enfangando sendero que escoltaba el impenetrable armazón de los tojales.

     - ¡Ya había que tener cojones para ser cura en nuestro barrio!- clamaba fascinado cada dos por tres.

     Y yo veía a Meiriño partir de aquel engendro ovoidal que era la iglesia parroquial, levantada por un puñado de albañiles aficionados más al alcohol que al trabajo, siempre a la misma hora, a las cinco, que no marcaba ningún gran reloj en ningún gran campanario, sino la banda de gaiteros que ante la explanada de la iglesia se ponía a ensayar. A Ismael y a mí, nos gustaba sentarnos allí, a fumar en la clandestinidad nuestros primeros cigarros, mientras aquella música se nos clavaba en el pecho junto con el viento frío del norte, como si fuesen himnos invocándonos a morir en el frente de esa guerra en que se había convertido nuestras vidas en  el barrio. Desde aquel mirador privilegiado veíamos a Meiriño internarse en el barrio, escoltado por las fachadas agrietadas  de los barracones todos iguales que observaban con suciedad en los ojos a los niños jugando al balón entre los coches.  Meiriño agita la cabeza contrariado viendo a una jauría de adolescentes apilados en el interior de una destartalada marquesina compartiendo un porro. Niños de corta edad dan patadas en las canillas a sus madres a su paso, mientras unos cuantos yonkies roban a su vera las ruedas de un coche de la policía que ha venido a buscar a alguien, dejándolo apoyado en cuatro ladrillos. Meiriño, un héroe, dispuesto a ayudar a los débiles,  poniendo en práctica la palabra de Cristo en nuestro barrio. Lo veo golpear las puertas de madera abofeteadas por la vida de nuestros hogares, tras las cuales se enredan los gritos histéricos de las matronas poniendo orden en sus manadas, con las voces altas de fondo de los televisores pataleando la tranquilidad de la tarde. Veo como las puertas se abren. Problemas de drogas, de dinero, de enfermedades.... Miseria. “Buenas tardes Don José”, se presenta ante mi padre, “¿cómo va su mujer de los nervios”. Ismael habla y habla del pasado. Y yo me pierdo de repente en un juego cruzado de angustias y de miedos, dudando sino estaremos a punto de profanar algo sagrado, de beber el poso de un bien que desde la sombra nos ha estado socorriendo durante todos estos años.

     Recuerdo que aceleré el paso para adelantar a Ismael, y encontrarme de una vez por todas con la cruz de San Felipe. Ismael tras de mí, me seguía el paso sin borrar un ápice esa sonrisa perenne de su rostro. Estuvimos así un buen rato obedeciendo la trayectoria ciega que seguían nuestros pasos, cuando de repente tras coronar una rampa de acentuada pendiente me la encontré allá arriba, a unos cien metros, erigida sobre la cumbre de la montaña. Grisácea cuando yo la recordaba blanca, y más diminuta que la onírica reminiscencia que tenía de ella flotando en mi memoria. Me di la vuelta de inmediato como si hubiese presenciando una escena prohibida. El corazón empezó a golpear con rabia mi pecho como si fuese un púgil buscando una victoria rápida sobre mis miedos. Extravié mi consternación sobre la ría que desde aquel alto se transformaba en un mar de azules y grises penetrando como un puñal a la tierra firme de verdes salvajes. Allí, un gigantesco petrolero era arrastrado por un remolcador de tamaño irrisorio. Lo interpreté como un sí del cielo a mi intuición de que algo incrustado en el pasado, aunque fuera irrisorio,  podía ser el timón de las ilusiones del presente.

     Recuerdo que miré a Ismael a los ojos como nunca lo había mirando antes tratando de mirar más allá de mi mismo, tartamudeando en mi cabeza un alubión de pensamientos nuevos hasta que al final logré encauzarlos en palabras.

     - ¿Nunca te ha pasado al reencontrarte con algo que descubres que su magia no estaba destinada a la primera vez que lo viste sino cuando vuelves a encontrarlo?

    Ismael me miró desconcertado, coloreando mi enrevesada pregunta con una encogida de hombros. Entonces le alcé la mano para ayudarle a encararse a mi posición. La visión de la cruz en aquel alto borró de un latigazo la sonrisa de su cara. Con los brazos caídos, sin fuerzas en las piernas, como si alguien lo hubiera lanzado vestido a un río y encharcado acabara justo salir de sus aguas, empezó a caminar hacia la cruz, primero sin tener en cuenta que yo estaba allí a su lado, después cuando ya llevaba un buen trecho andando solo, mirando absorto hacia atrás como un niño dibujándome en el aire un “ven” con la mano. Sus pies se iban clavando en el camino enfangado por las lluvias torrenciales caídas el día anterior. Tropezó un par de veces hasta clavar sus rodillas en el barro levantándose con el pundonor lento de un penitente. Yo, seguía su estela llorando lágrimas podridas en mi interior demasiado tiempo. Con mis piernas también convertidas en palo, daba  en silencio salvas a Meiriño, viendo como Ismael lloraba también la mierda de su pasado, enfangando con gusto su traje de carnavales. En lo alto de la montaña gritamos enloquecidos a la ciudad y a sus paisajes. Los besos húmedos del carmín del barro habían resaltado las líneas de nuestras manos. Me reconocí a mi mismo en ellas como nunca me había reconocido en nada ni en nadie. Le hablé a Ismael del callejón sin salida del barrio, de la guardería donde había visto una vez un conejo humano. Ismael me abrazó, reímos, lloramos sin lágrimas. Estampamos la huella de nuestras manos en la cruz como homenaje a quien nos había hecho cruzar los muros invisibles que confinaban la idiosincrasia de nuestro barrio, enseñándonos que allá afuera de nuestros nidos de hormigón y asfalto, había horizontes lo suficientemente lejanos con los que convertir el dolor asesino en algo que nos hiciese más grandes.

 

 

Julio Grandal   jcgrandald@eresmas.com

 

La memoria del dolor

 

I

 

El rugido de los camiones rompe la música alegre con que los pájaros reciben al amanecer. Transportan a una jauría de falangistas envalentonados por el alcohol, custodiando a un amasijo de hombres que por su fidelidad a la República han sido condenados a muerte.

    Los reos muestran una gran entereza y pundonor ante su dramática suerte. Nada de plegarias ni de lloriqueos. Las dentaduras se cierran con nervio para que el miedo atronador que los corazones mastican con amarga fiereza no se haga visible afuera. El tiempo transcurre lento, demasiado lento, rumiado en las entrañas. Cuanto más se serena más agudiza el sufrimiento. Hasta que llega el instante en que se para, muere. También se quedan inmóviles con él los camiones, atrapados en el puño salvaje del paisaje, que parece haber sido recién parido de la nada  para ser desvirgada su belleza por las miradas de los reos.    Hay algo que se contornea en las sombras de los árboles, en las formas caprichosas de las piedras, en el rumor del viento que hace bailar extrañas danzas a los trigales. Los reos tienen la sensación de que se les está revelando el misterio de la existencia, amansados de locura, vacíos de dolor y de esperanzas, intoxicados del aliento cada vez más intenso y cercano de la muerte.

     Pero la naturaleza no acepta esta falsa calma, este silencio. Aparecen baches en el camino, bocas acusadoras que gritan que morir así es una tragedia, que el dolor no puede ser contenido. El dolor tiene que derramarse, encarnarse en el eco del tiempo y encharcar el porvenir con su esencia. Eso es lo que la Naturaleza cree. Por eso los baches sacuden a los camiones con tanta fuerza que aflojan a las mandíbulas de su empecinada obstinación. El seductor mensaje de la naturaleza desaparece. Padres, novias, hijos, hermanos, estallan en el recuerdo. Fotografías de la vida reluciendo con un brillante fulgor. Se transforman en cosquilleos que corriendo por la espalda mueren en manos temblorosas que parecen quererse desprender de esos cuerpos a los que en un breve intervalo de tiempo se les rasgará la vida en nombre de una patria y de un Dios.  

   Ahora sí que los reos tienen a la Verdad de frente. Amortajados por la impotencia y con el siseo insoportable de la espera resquebrajando sus cabezas. Es la cumbre del sufrimiento. En el Paredón, las balas atravesarán la carne viva de unos muertos. Con lentitud, con una torturadora  e indomable lentitud,  los reos van desaguando su agonía sobre aquellos raíles de la tragedia que los neumáticos de los camiones van estampando sobre la lama de un camino sin regreso.

     ¡Manuela, Manuela!.

      Manuela está allí, al borde mismo de la carretera, camuflada en el trigal que la rodea, con sus cabellos y su tez del color del cereal maduro. Parece una espiga más viendo pasar a los camiones. ¡Manuela, sal de ahí por Dios!, grita su madre más enérgica. Pero Manuela sigue inmóvil, observando a los camiones desaparecer al final de la carretera. No es el ruido de los camiones lo que le impiden escuchar el reclamo desesperado de su madre, sino el ruido del recuerdo que han prendido en ella los ojos tristes de aquellos hombres que parecen ver más allá de las cosas

    Su padre tenía el día de su marcha la misma mirada que aquellos hombres apilados en los camiones. No llores Manueliña, no llores, que volveré pronto y te traeré uno de esos pájaros que hablan. Fue lo que le dijo el día que se marchó a Cuba, con tanta fuerza concentrada en las pupilas que al mirarla la traspasaron. Sí, la mirada de su padre atravesó sus ojos y pasó de largo. Manuela la vio dar aletazos en el aire como un pájaro herido, apoyándose primero en las viejas tablas de madera del hórreo ladeadas por los temporales, acariciar después el lomo aterciopelado de la escuálida vaca que desde hacía días en vez de leche daba sangre, para extinguirse en la espesura de los robles. Su padre había vaciado en aquellos objetos todo el color de sus ojos. Se había marchado a Cuba con la mirada sin vida.  Los pasajeros de los camiones se marchaban también con los mismos ojos muertos. Manuela observó con detenimiento los colores chillones del paisaje,  y pensó que si tenían aquel tono tan vivo era porque habían sido pintados por los ojos de aquellos que se marchaban y nunca más volvían.

      ¡Cuántas veces tengo que decirte que no te acerques a los camiones! ¡Cuántas veces eh!. Manuela sintió las manos de su madre caer sobre los andrajos de sus ropas como zarpas. La agitaron con ira como si quisieran poner en su sitio alguna pieza suelta de sus entrañas. Después se serenaron y se posaron arrepentidas en sus hombros. Su madre resoplaba como un animal herido. Manuela la miró fijamente a los ojos. Nunca hasta ese instante se había fijado en la pena densa y opaca que irradiaban. Eran unos ojos de niebla, de esa niebla de invierno que fluye de algún agujero invisible incrustado en las mañanas, atravesando los muros de piedra de las casas, y que acaba colándose en las cabezas en forma de tristeza. Entre la niebla vio caminar un hombre. El hombre de traje blanco que había llegado meses atrás a la aldea. Su madre lo había visto llegar una mañana, en que mirando por la ventana al paisaje, se preguntaba desesperada que comerían aquel día. ¡Manuela!¡ Que viene tu padre!, había gritado enloquecida al ver el centellear de aquel traje blanco, que traían todos los emigrados de Cuba, hacer de bisagra entre el color plomizo del cielo y el verde oscuro de los prados. ¡Tu padre, Manuela!. Y las dos agarradas de la mano, como si fueran una, salieron corriendo insultantes de alegría bajo la lluvia cruel a recibir al héroe. Pero aquel no era el hombre que esperaban. Su madre se dio cuenta antes, cuando todavía era un resplandor blanco haciéndose paso entre la lluvia. Sus pasos se  fueron haciendo cada vez más pesados, como si fuera perdiendo la vida por un algún agujero de sus zapatos rotos, mientras Manuela tiraba con fuerza de su mano, eufórica, ignorante.

     ¡Ay, que día aquel tan feliz y a la vez tan trágico! Manuela escarbó en la niebla de los ojos de su madre, aquella niebla fabricada de esperanzas marchitas que mojaba sus recuerdos, los encharcaba, cayendo como pesados bultos en su memoria. Ahí estaba de nuevo la faz terrible del forastero. Los huesos de los pómulos abultados hacia fuera en una cara sin carme, y la piel negra, curtida por un sol asesino, que había tejido en su rostro grandes pliegues, laberintos por donde se deslizaban sus pesares. Soy Juan el de Remedios, pronunció el extraño con un acento cantarín, alegre, contradictorio con su castigado semblante. Y tras presentarse, le dio a su madre un paquete que traía en su pequeña bolsa de viaje sin que resbalase ya ni una sola palabra más por sus labios. Después el desconocido suspiró al ver la casa de Remedios, su mujer,  agazapada de frío en el fondo del valle. Su cara se volvió humana y se lanzó con temeridad monte abajo, dejando la huella de su pie inválido impresa en la lama como si por allí se hubiera deslizado una serpiente en vez de un ser humano.

       ¿Qué te pasa Manuela? ¿Por qué vienes siempre a ver los camiones si sabes que no me gusta? Su madre la agarraba ahora con suavidad de las manos. Los camiones son peligrosos, pueden hacerte daño, le decía acariciándole las palmas. Pero Manuela seguía sin oírla. Tenía el paquete delante de ella, aquel que había traído el retornado, encima de la mesa de la cocina carcomida por la polilla y los años. Su madre lo miraba como si le diese pánico abrirlo, con la ropa empapada, tintineando de frío los dientes aquella melodía insoportable que el altavoz de una lareira sin leña esculpía  de forma  lúgubre sobre el silencio. En un arrebato, tras una tensa espera, su madre se lanzó sobre el paquete y empezó a destriparlo como si fuese un animal de rapiña. Lo primero que encontró fue una carta, una carta bastante larga de su padre, doblada con pulcritud pero escrita con letra temblorosa en renglones torcidos. Su madre la leyó días y días como si al leerla quisiera cambiar sus palabras, y al leerla siempre acababa llorando. A la carta la acompañó una armónica. Manuela la consideró el objeto más bonito del mundo. Estaba recubierta de un esmalte plateado donde veía reflejados sus ojos azules, e impresa con letras doradas escritas en un idioma impronunciable que ella imaginaba significar una cosa diferente cada vez que las leía. A Manuela le gustaba tocarla de noche, al amparo de la luz de las luciérnagas, que ella creía estrellas caídas del cielo, y que encendían sus vivos colores en las cunetas del camino que comunicaba su casa con la aldea. Sentada en el escalón de la puerta de entrada, le gustaba observar aquel alumbrado pasadizo de noche, imaginando que esa noche vendría su padre, con el pájaro parlante que le había prometido posado en el hombro. Pero pasó el tiempo y su padre nunca volvía. La espera envejeció tanto a Manuela, que sin darse cuenta se le pegó ese pesimismo de los mayores de fijarse solo en esas esquinas de  los días donde el viento del tiempo va apilando todas las inmundicias de la existencia.

     Esos hombres, también se van para Cuba, ¿verdad?, le preguntó a su madre refiriéndose a los pasajeros aturdidos de los camiones. Fue tanta la ingenuidad con que formuló aquella pregunta, que los gatillos de los fusiles parecieron oírla horrorizados, haciendo retumbar en el aire una sonora descarga. Su madre le soltó las manos de golpe y se puso erguida como si aquellos disparos se le hubiesen clavado en la espalda. Salieron asustados unos cuervos de unos pinos cercanos, y se pusieron a dibujar en el cielo maldiciones dedicadas a los hombres. Su madre, con la voz temblorosa, trató de tranquilizarla diciéndole que aquellos hombres eran cazadores, y que por eso se escuchaban los tiros. Al mentirle se había vuelto tan frágil, que Manuela la escudriñó de arriba abajo para ver si por las rendijas de su desaliñada figura, destellaba alguna de sus verdades escondidas. Pero solo apreció lenguas de fuego chasquear horribles palabras abriéndose paso entre la bruma de sus ojos. No comprendió que aquella mirada  era de pánico. Su madre le señaló con urgencia la armónica. Tócala Manuela, le ordenó, volviéndose espantada cada dos por tres hacia el origen invisible de los disparos.  Y empezó a golpear, animada por la angustia, el pie en el suelo como hacían los gaiteros para marcar el compás de la música de sus gaitas, hasta que no pudo más y acabó gritando histérica: ¡Tócala, por Dios!

      Manuela asentó temerosa la armónica en sus labios con la elegante parsimonia de una gran artista. Inclinó la cabeza, buscando el ángulo adecuado para que la armónica pariese las notas musicales con destreza, a la vez que alzaba sus ojos para clavarlos en los de su madre y  encontrar inspiración en sus paisajes en llamas. Tuvo la impresión que el destino de aquellos hombres dependía todo de su armónica. Tensó todos los músculos de su cuerpo, como si fuese un arco dispuesto a clavar un arpón en el corazón de aquellos hombres, que los obligase algún día a tener que regresar a su tierra, e hizo suspirar a la armónica tres sonidos sostenidos en el tiempo. Melodía triste y nostálgica compuesta de dos altas cumbres y un profundo valle en el medio. Tanta era la altura de aquellas montañas musicales que su madre sintió vértigo al escucharlas. ¡PUM!, sonó lento y pesado el primer tiro de gracia. La armónica encolerizada, vomitó una secuencia de apretados y complejos sonidos, magistralmente interpretados, sin fallos. ¡PUM!, el segundo. La melodía tenía ahora vida propia, como si hubiese venido volando con el viento y se hubiese pegado al imán sentimental de aquella armónica. Los ojos de Manuela, le recordaron a su madre, a los del gato adormecido que cuando lo miras parece robarte lo que piensas. ¿Cómo podía tocar de esa manera la armónica?, se preguntaba. Nadie le había enseñado, era una niña mal alimentada, sin padre, una miserable que no podía ir ni siquiera a la escuela porque tenía que ayudarla con las tareas del campo y de la casa. ¿Cómo era posible? ¿Cómo? Y la miraba embobada, interrogando el brillo misterioso de sus ojos, el atino inquebrantable de sus labios carnosos. ¡PUM!.  La palabra talento se le clavó en el alma. Vinieron a acribillarla unos disparos atolondrados que parecían empujarse los unos a los otros para hacerse sitio en aquel altar de atrocidades. Vio como el talento se desangraba. Miró atrás, hacia la muerte, aspirando apesadumbrada una gran bocanada de aire, que tuvo que toser, escupirlo, porque estaba nauseabundo, infectado de injusticia. ¿Cómo es posible?, se volvió a preguntar otra vez, elevando su cabeza hacia el cielo. ¿Cómo es posible que sea tan ruin la vida de traer un ángel a esta pocilga humana?

    

 

II

 

 Los pasos de Oscar resuenan en el asfalto, y al escucharlos le recuerdan  los disparos de aquel chaval en el parque. Le había disparado a quemarropa con los labios, apuntándole con su mano figurando a un revolver. ¡PUM!, ¡Escoria!, ¡PUM!, ¡Que eres una escoria!, le había espetado. Y el resto de mocosos riéndole la gracia. ¿Cuantos años tendrían aquellos niñatos?, ¿Dieciséis, diecisiete...?, se preguntaba palpándose la costra de sangre en su labio partido.  Él, que estaba en el parque sin molestar a nadie, fumando un porro más para combatir su maldito síndrome de abstinencia, y que casi lo había conseguido, deslumbrado con los colores psicodélicos del plumaje de los faisanes, la elegancia oriental de sus movimientos acariciando el aire, cuando aquellos críos salieron de la nada, con esos ojos sucios de malicia de no haber recibido afecto alguno en la infancia. ¡Yonkie de mierda, vete a tu puto barrio!. Le había dicho el más escuálido de todos, el cabecilla, aquel  que comía de un mendrugo de pan solitario, sin una triste loncha de fiambre, del cual resbalaban migas que se prendían en su jersey desgastado, y que él arrancaba con destreza de nuevo a la boca con las pinzas de sus dedos.

       Aquella cara de no haber comido caliente, aquellos tejanos de marca a los que no les cabía más mierda encima, y el brazalete en el jersey con los colores de la bandera de España en la manga. Oscar tenía claro de que ambiente provenía aquel desgraciado. Imaginó a su padre, sin ningún lugar a dudas un suboficial de la Marina, de esa Marina que junto con el resto de las fuerzas armadas llevaban  siglos sin ganarle una guerra a nadie. Con el bigote bien recortado, las botas escrupulosamente limpias, el olor a colonia fuerte y el cerebro pequeño, insignificante, ahogándose en los temporales de sangre que bullen en las cabezas de estos personajes debido a sus cotidianos ataques de ira. Sí, podía mecerse dentro del marino, palpar sus sentimientos, sus perversiones, sus ideas. La ciudad, base naval, estaba plagada de ellos, y todos eran iguales. Almirantes en tierra. En el mar las fragatas destartaladas. Putas en Cartagena y Cádiz, borrachos en el extranjero, arrastrando sus galones por el suelo y la dignidad de la patria. ¡Ay, viva España!..., pensaba Oscar, y le venía a la cabeza la imagen de la mujer del almirante. Peluquería cada semana,  ropas caras, hambre en la cocina, bisutería barata, ralentizando el paso hasta lo imposible en el centro de la ciudad para ser señaladas con envidia por las mujeres de los obreros y las palurdas que bajaban de la aldea.

      Sí, aquel niñato no tenía la culpa de nada. Podía imaginar la atmósfera del  hogar donde había crecido, tejido de silencios y de bofetadas. El cuartel en casa. La despensa racionada, también las emociones y los sueños. Y ese sabor a reseso del pan de la Marina, que cuando lo pruebas empobrece hasta el espíritu. En el fondo lo absolvía. ¿Qué hacía aquel niño con un llavero colgando de la hebilla de los pantalones con el busto de Franco? El dictador había muerto hacía ya quince años. Él ni siquiera había nacido. El que le había metido aquella mierda en la cabeza no tenía dos dedos de frente. Sí, lo perdonaba a él, y perdonaba también a los otros, sus acompañantes, que tenían también cara de haber sido alimentados de esquinas de la vida. Con toda seguridad serían también hijos de suboficiales. Tenían muy vivo en los ojos el miedo que les habían implantado sus papás militares, caudillos que a faltas de enemigos, descargaban en los pobres críos todas sus frustraciones.

    Oscar los veía aún como si los tuviera delante, y cuanto más se acordaba de ellos, más escuchaba confuso sus pasos en el asfalto. Realmente sonaban como disparos. Disparos que parecían vomitar balas pesadas. Y que daban la sensación de no estar destinados a matar cuerpos sino almas. El caballo y sus putas paranoias, pensaba, observando los helechos agitándose a un lado del camino como grandes lenguas que titilaban la cobardía con que  un puñado de casas se agazapaban de forma desordenada al otro lado del asfalto, tristes, descuidadas, sin ánimo, como si vivir allí fuese una condena, y la condena fuera irreparable.

      Todo era tan extraño. El maldito sonido de sus pasos, clavándosele lentamente en los sesos, como si fuese una prolongación del paisaje, un tic nervioso de su lóbrega cara. El largo camino recto, abriéndose paso como un puñal entre los helechos y las casas, para desaparecer en el horizonte de una negrura resplandeciente, misteriosa señal que parecía querer avisar de algo muy importante sin encontrar cabida en la razón de los humanos. Sí, sin ningún lugar a dudas, hay algo diabólico en estos parajes. Oscar, refugia atemorizado su vista en el manto onírico de lumínicas contorsiones que la luz amarilla de unos distanciados focos proyectan sobre el asfalto. Ahí están, reflejados otra vez en él, los chiquillos con esas sonrisas lunáticas por las que escupen el sabor amargo de sus traumas. Oscar acelera el paso, levanta la vista para escapar de aquellos fantasmas, pero ellos lo siguen a todas partes. Parecen hienas, agresivas y atemorizadas al mismo tiempo. Aguardan. Oscar los mira, escudriña sus intenciones. Sin quererlo está otra vez atrapado en el pasado. Desesperado, corre ahora sobre el asfalto, pero el tiempo parece no querer ir hacia delante. Devuelve  sus piernas otra vez al parque, lo sienta de un empujón en el mismo banco, como si lo malo hubiese que vivirlo mil veces antes de poder seguir avanzandoEh, tú, levántate de ahí, payaso! El que le grita no es ningún hijo de marino. Ha salido de la nada y tiene esculpida la mirada con los ángulos oscuros de la vida. Oscar discierne en sus ojos el reflejo de las aguas intoxicadas del muelle, sus casas en ruinas, las putas gordas y desdentadas de sus calles. Sí, es un macarra. El valiente de la pandilla. Lo tiene ahora enfrente. No puede evitar mirar los lamparones que salpican sus ropas, aquellos estigmas de la marginalidad que atraviesan el tejido, la carne y se clavan con saña en sus entrañas. Que necesitado está el pobre de distinción, aunque ésta sea fingida o de hojalata. Por eso está con los hijos de los marinos. Fue él, quien lo agarró de los pelos, lo levantó del banco en el que estaba sentado con la fuerza de un hombre, y lo tiró al suelo, para que cayera sobre él las patadas de aquella pandilla de buitres.

     Las uñas afiladas del viento se le clavan a Oscar en los ojos al compás con que  sus pies vuelan sobre el asfalto. Aquellos adolescentes, con sus golpes, además de romperle la boca habían destrozado su último y minúsculo pedazo de autoestima. Pero cómo iban a saber ellos que su vida pendía de un hilo, y que sin quererlo lo habían roto, los defiende Oscar, llorando con rabia. Él, que todavía no había perdido la vergüenza de ser un yonkie, por eso acudía a comprar la heroína siempre de noche, y clavaba las jeringuillas en los tobillos para que no fueran visibles las dentelladas de la tragedia en sus antebrazos, aquellos antebrazos que su madre enarboló un día como si fueran banderas ante Carmiña, la criticona del barrio, para que viera que era mentira todo aquello que decían de su hijo, que su único problema eran las compañías, mientras Oscar callaba, cobarde, deseando morirse zarandeado como un títere por la ingenuidad de su madre.

    Pero ahora todo ha cambiado. Nunca antes había sentido Oscar una vergüenza tan grande, un asco tan hondo de sí mismo. Se siente desnudo en plena calle. Una desnudez belicosa que alcanza lo más profundo de su ser, dejando a la vista todas sus mentiras, sus temores, sus debilidades. Al paisaje le han brotado de repente multitud de ojos. Lo vigilan, lo intimidan, se pavonean de su desgracia. Son los mismos ojos de esa gente con la que se cruza por la calle, que piensan que los tipejos como él son en el fondo unos viciosos a los que lo mejor que les podría pasar es que se los llevase cuanto antes la muerte.

    La boca fruncida de Oscar dibuja una mueca confusa en el rostro.  Nadie sabría decir ahora si es alegría o tristeza lo que lo asalta. Las emociones cuando se hacen extremas se enfrascan en un mismo molde de expresión. Es por ello que suspendido del abismo de la desdicha, Oscar cae y se queda clavado en la punta afilada de una esperanza terrible y dramática. El mundo, su vida, ha dado un vuelco con la paliza de aquellos jóvenes de repente. Nunca hubiera imaginado antes que unos golpes pudiesen ser tan terapéuticos. Su dolor es tan grande que ya no tiene espacio para el sufrimiento de su familia. Al fin ha dejado de pensar en los demás para ocuparse solo de sí mismo. Al fin bulle en él esa fuerza que siempre le había faltado. Al fin ha dejado de ser un cobarde. Ahora solo quiere llegar al campamento de los gitanos cuanto antes. Gastar el dinero de toda una semana en una única dosis, clavarla en la piel virgen de su brazo, y morir envuelto en la poesía cruel de la heroína.

       Gabriel está asomado a la ventana del desván de su casa. Iba a llamar a Oscar pero se le han quedado las palabras prendidas en la boca. Oscar ha pasado corriendo como un galgo, con la cara desencajada y el pecho echado hacia delante, como si fuese un soldado lanzándose de forma suicida contra el enemigo. Cuando su aspecto habitual es siempre el contrario: agazapado en sí mismo con su caparazón invisible de tortuga a cuestas, y el andar sosegado, vacilante, marcando en el suelo cada paso como si fuera a ser el último antes de desplomarse.

       Gabriel sostiene una cassette de Pink Floyd en su mano y la observa. Se la había dejado Oscar la semana pasada y tenía pensado hoy devolvérsela. Los títulos de todas las canciones han perdido su tinta. Solo shine on you crazy diamond se mantiene maltrecha en pie sin una r, la n, y la d. Resulta estremecedora la analogía cruel que existe entra la faz arrasada de aquella cassette y la vida de su dueño. Un mal presagio obliga a sentarse a Gabriel. A Oscar le va  a pasar algo, piensa. ¡A Oscar le va a pasar algo!, vuelve el eco de lo dicho, aterriza en él con más fuerza, lo levanta de la silla, lo acalora.  Gabriel  empieza a dar vueltas por la habitación desconcertado. Por un momento piensa en salir detrás de Oscar, pero la razón lo detiene. ¿Adónde va un chaval de catorce años detrás de un drogadicto en plena noche?, le abofetea el sentido común, sentándolo de nuevo.  Gabriel se lleva las manos a la cabeza, se siente impotente, vuelve a mirar por la ventana para encontrar la estela de Oscar, pero éste ya ha cruzado el cambio de rasante del camino, donde emerge ese extraño horizonte de negrura resplandeciente. Hoy parece brillar más que nunca. Se inflama siempre que huele la tragedia. No, no quiere pensar que hoy haya llegado el día, el maldito día en que Oscar se meta demasiada mierda en las venas y  deje para siempre de  marcar bajo su ventana las diez de la noche. No, Oscar no se lo merece. Oscar es una gran persona, un genio. Gabriel está recordando la primera vez que lo vio en el campo de fútbol municipal, con aquellas piernas del color de la leche,  que tanta lastima daba verlas trotando sobre el embarrado césped. En las categorías inferiores, Oscar había llegado a jugar en la categoría nacional. Iba para estrella, pero empezó a tontear con las drogas. Su carrera futbolística cayó en picado. Ese día, debutaba en el equipo del barrio, de categoría regional. Una banda. Oscar apenas podía correr. Echaba una carrera y ya se quedaba agotado. Jugaba andando, haciendo unos regates imposibles que Gabriel jamás había visto hacerlos a nadie, ni siquiera a los profesionales que salen en la tele. Oscar tenía talento, mucho talento. Aquellos efectos al balón, aquellas inercias..., aquel aire que le daba a sus movimientos. Sí señor, un aire. Esa era la mejor definición.  Oscar tenía un aire, una forma especial, única de moverse con el balón pegado a su pie. Un aire, y al mismo tiempo un algo tenue, quebradizo, que con el tiempo fue creciendo, haciéndose cada vez más grande y maligno, como si  hubiese sido colocado a la fuerza en un habitat equivocado, como si fuera un aborto del tiempo viviendo momentos que no le pertenecen.

     No, esta ciudad no es un buen lugar para nacer, piensa Gabriel. Desde su ventana puede ver a las grúas en el puerto con sus brazos caídos de gigante. El cierre de los astilleros ha dejado miles de parados en la calle. Algunos han aparecido ahorcados en sus casas. Muchos se suicidan lentamente en las tabernas a base de alcohol y de nostalgia. Los hijos de éstos han encontrado en la heroína un camino más rápido. Manadas y más manadas pasan todos los días bajo la ventana de Gabriel a comprar su pedacito de muerte al campamento de los gitanos. Y mientras tanto la ciudad se vacía, se convierte en un buque fantasma. Los señoritos han escapado todos a Madrid, donde les esperan segundas y terceras oportunidades. El pueblo llano se ha quedado con los pies clavados en el terruño. La familia, el verde del paisaje, el encolerizado Atlántico, los vientos fríos y malhumorados, la lluvia eterna..., son todos vínculos hipnóticos, grilletes apasionados, que les impiden marcharse a otras tierras. Aunque sin mover un solo pie de su suelo natal, en el fondo se van también, se convierten en emigrantes. El gris de la ciudad, poco a poco, va impregnando los sueños, las esperanzas, va calando las valías, el coraje, obligando a las gentes a marcharse, sí, a escurrirse a inhóspitos rincones de sí mismos. Y no hay peor emigración que la que viaja al país de las ilusiones muertas.

      La emigración, maldita diáspora eterna. Gabriel tiene ahora en mente que toda su familia ha sido emigrante. Cuatro generaciones, menos al abuelo que lo retuvo la guerra. En la habitación donde se encuentra, hay un cuadro muy antiguo con el retrato de su bisabuelo. Según le han contado sus padres, la fotografía se hizo justo antes de que se marchara para Argentina. Después nunca más se volvió a saber de él. A Gabriel le llaman la atención sus ojos sin vida que escapan del retrato para habitar los objetos de la habitación. Son unos ojos de místico que traspasan las cosas que miran. Tienen un parecido increíble con los ojos de Oscar. Esos ojos que parecen estar leyendo la tragedia que les deparará el destino, sin que se dé por enterada la conciencia.

       Enfrascado en profundas cavilaciones, Gabriel se dirige como un sonámbulo hacia la ventana. Los altos pinos que se elevan cerca de su casa, exhiben una faz monstruosa esta noche. Las estrellas se ven brillar a través del liviano follaje como si fuesen ojos trastornados, condenados a ver una vez tras otra una misma escena trágica. Da miedo mirar a esos ojos ofuscados de los pinos. Gabriel aparta con repugnancia la vista de ellos, buscando refugio en alguna esquina agradable del paisaje, hasta que termina  apoyándola distraído en la placa que da nombre a su calle. Camino del Paredón, está escrito en grandes letras blancas. Camino del paredón, lee una voz dramática que de repente le ha fluido a Gabriel de sus entrañas, dándole a aquellas palabras el significado grave y letal que nunca antes había percibido. Hasta entonces aquella placa había pasado para él inadvertida. Lo escrito allí eran simples palabras,  palabras que habrían podido ser otras cualquiera y para él seguirían siendo iguales por el hecho de haber estado allí desde que había nacido, formando parte del paisaje que veía día tras día, y que por cotidianas, perdían todo su misterio. Sí, aquello, lo de la guerra estaba hundido en el pozo de los tiempos. Era algo muy lejano, tan lejano que para un chico de su edad, era como si nunca hubiese sucedido. Algo había escuchado decir  a los viejos. Cosas inconexas, sobre las que no había puesto mucho interés pero que, sin embargo, se le habían colado de forma furtiva por los oídos.  De los fusilados, oyera decir un día que sus cuerpos muertos se habían dejado en las cunetas sin ser enterrados para escarmiento de las gentes. De la calle A Valenta, rampa que antecede tras una pronunciada curva al Camino del Paredón, había escuchado decir que le habían puesto ese nombre por la templanza con que los reos se habían encarado a la muerte. Pero, todas aquellas chispas de la historia no habían prendido el interés de un niño, para el que la guerra era un juego de valientes desprovisto de sufrimiento y tragedia.

       Gabriel observa ahora la placa del camino con unos ojos nuevos. Alguien parece haber corrido un telón invisible al mundo, surgiendo de pronto una realidad secreta. Estremece leer aquellas palabras: Camino del Paredón, y ver desfilar bajo ellas a los yonkies, con sus demacrados rostros iluminados por la luz insolente del alumbrado público, caminando de forma infantil y anárquica hacia la destrucción. Es como si aquellos muertos tan antiguos de los que hablaban los viejos se hubieran reencarnado en las sombras lastimosas de los yonkies, y estos, rebelándose a declararse muertos, tuviesen que morir una vez tras otra para cumplir la sentencia irrevocable del destino. Sí, es como si el dolor tuviese memoria. Gabriel la visualiza. Una memoria densa y opaca como la niebla, expandiéndose como un fantasma a través de la noche de los tiempos. Quizá los cuervos tengan grabado también en su memoria ese sufrimiento. Todas las mañanas, Gabriel los ve sobrevolar los pinos como si albergaran la esperanza de que pronto fuera a caer carne humana en desgracia.

     Gabriel se lleva las manos a la cabeza. Frota los cabellos como queriendo arrancar todas aquellas tonterías de su mente.  Observa los helechos retorcidos por el viento. Vegetales mudos que gritan con la intención desesperada de confesarle algo. El viento parece recoger aquel reclamo y golpea el cristal de la ventana con violencia como si quisiese colarse dentro de la vivienda.  El mundo parece conformar un gran ser vivo. Los pliegues trazados en el asfalto del camino, las glándulas por donde expulsa parte de sus miserias.

     Excitado, Gabriel corre las cortinas para no seguir mirando aquel escenario tan siniestro. La figura del órgano lo llama. Hace un par de años lo vio en unos grandes almacenes y decidió gastar todos sus ahorros en él. Empezó a tocarlo con dos dedos, hasta que poco a poco el resto de sus dedos fueron cobrando vida. Melodías simples al principio que se fueron complicando con el tiempo. Era cierto eso de que a partir de un origen insignificante podía surgir todo un universo. Gabriel lo había comprobado en él. Todo lo que se podía ser en este mundo estaba recluido en uno mismo esperando a ser inducido por el estimulo conveniente.

     Encendió el órgano. Una luz roja suspiró en él, mostrando sumisas todas sus teclas al afán excitado de sus manos.  Sumergió las yemas de sus dedos en los teclados, con la misma alegría con que chapoteaba en los barreños llenos de agua cuando era un niño.  El órgano suspiró tres sonidos sostenidos en el tiempo. Melodía triste que le recordó al valle entre montañas donde estaba ubicado su hogar. Las notas se encresparon después en un conglomerado de apretados sonidos, haciendo que bailasen atrevidas en una apretada escala de tonos. Aquel pedazo de canción,  Gabriel no lo sentía suyo. Lo había cazado su inspiración en ese amasijo de melodías que vuelan invisibles por el mundo.

       Alzando sus manos de forma ceremonial, y con el impulso de la reverencia de su espinazo, las dejó caer de nuevo sobre el teclado. Por un instante creyó escuchar el rugido tosco de unos camiones. La melodía que interpretaba dio violentos bandazos de lo grave hacia lo agudo. Fue entonces cuando explotó aquella imagen como un flash en su mente. Oscar tirado en una cuneta, con el disparo de la muerte clavado en una vena de su brazo. El blanco inocencia de sus piernas se le había subido a la cara. Y los ojos abiertos de espanto,  como si hubiera descubierto el misterio de la existencia justo antes de fallecer.

    La espantosa imagen del cadáver de Oscar desaparece,  pero Gabriel nota que sigue ahí escondida como un fantasma entre las sombras de su mente. Sus dedos esculpen  notas que vuelven ahora hacia atrás, de lo agudo a lo grave. Se han vuelto autónomas. Se nota que es la primera vez que ven el mundo. Tienen el tono afilado como la punta de un cuchillo. Se clavan con saña en el sentimiento. Gabriel observa fascinado aquella melodía que se ha desprendido de su ser. Vuela, libre, recorre histérica la habitación, hasta que se frena, encuadrando la mirada singular que desprenden los ojos de su bisabuelo. Aquellos ojos que son también los de Oscar, de los que se van y nunca vuelven, ojos de perdedor, de emigrantes, de soñadores, de rebeldes. Ojos perpetuos que reflejan la mirada maldita que asola esta tierra. Ahí esta otra vez el rugido ronco de los camiones, entrelazándose con las voces altisonantes de los yonkies. Sí, ahí está otra vez el eterno retorno, la memoria del dolor. Un escalofrío gigante obliga a Gabriel a  apaciguar sus manos. La melodía fenece, dejando una canción incompleta que  se retuerce en el silencio como una serpiente herida. Gabriel puede vislumbrar los ojos de aquel reptil musical. Expresan la necesidad de otras manos, de otros tiempos, de otros actores escenificando su tragedia en aquel camino, y que al fin,  de una vez por todas, la terminen.

 

 

                                                                   Julio César Grandal Doce jcgrandald@eresmas.com