La Jaula de Oro de Shirin Ebadi  Tres Hermanos en La Pesadilla de La REVOLUCION IRANI

La Jaula de Oro de Shirin Ebadi  Subtítulo Tres Hermanos en La Pesadilla de La Revolución Iraní.

 

 


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LA JAULA DE ORO de Shirin Ebadi
Shirin Ebadi
  Precio: 18,00 € / 2.995 ptas.  Páginas: 256 ISBN: 9788497348539
EAN: 9788497348539  Código interno: 26006  Fecha: 27/8/2009  Colección: Ficción  Formato: 16x24 Cartoné

·Subtítulo: Tres hermanos en la pesadilla de la Revolución iraní.

SINOPSIS:
«Hoy estamos aquí para recordar. Sabemos muy bien que la sangre no se lava con sangre. Somos mujeres, no guerrilleros. Esposas, madres, hijas y herm
anas que han visto ya demasiada violencia…»

Esta novela narra la historia de una familia dividida por la Revolución y unida en un destino trágico, el de su país, Irán. Pero es también la historia de una amistad entre niñas surgida de un puñado de dulces de almendra que sobrevivió indemne a los impetuosos años de la infancia y a la inquietud de la adolescencia a través de unas cartas que viajaban con la regularidad de un diario íntimo, lleno de confidencias, recetas y memorias. Y es, sobre todo, la historia de cómo dos mujeres, en nombre de esa antigua amistad, lucharán por la vida y la memoria de un Irán hermoso, atormentado y cruel.

En su primera novela, la premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi nos transporta al pasado reciente de Irán a través de un relato inolvidable en el que, más allá de las guerras fratricidas, quiere transmitir un mensaje de esperanza.

La jaula de oro
Shirin Ebadi
La autora es abogada e iraní, premio Nobel de la Paz, activista pro derechos humanos. Defendió el caso de la masacre de estudiantes.
 
LA JAULA DE ORO

Shirin Ebadi

ISBN: 9788497348539

Primeras páginas:

Prólogo

—Espérame aquí, vuelvo enseguida —le dije al chófer del coche de alquiler.

A través del espejo retrovisor, comprobé si el pañuelo me cubría el cabello, aunque no tenía por qué preocuparme: el calor me lo había pegado a la frente. Al bajar del vehículo, me asaltó el aire tórrido del desierto de Javaran; aquello era un horno. Estábamos en pleno agosto, y el bochorno era insoportable. Por un momento, pensé en volver dentro, al amparo artificial del aire acondicionado.
No, no podía hacerlo, era imposible. Me sujeté bien el bolso al hombro y eché a andar con paso ligero. Al llegar junto a las viejas tumbas de comunistas y bahaíes, me acerqué a la multitud que se iba agolpando.

Debían de ser las fosas comunes. Una extensión informe de hierba y tierra, sin vallar. Los cuerpos de miles de disidentes políticos, caídos bajo los disparos de los pasdarán, los guardianes de la Revolución, se amontonaban unos encima de otros, como espigas segadas. Ni siquiera merecían un funeral o un entierro en un cementerio musulmán. No eran sólo zed e enguelab, contrarrevolucionarios, sino también comunistas. «Nada de ceremonias. Como mucho, os haremos saber dónde está el cuerpo.» Eso era cuanto les decían a los familiares de las víctimas. La muerte se descubría tras sem
anas, meses de silencio, incertidumbre, ausencia.

Así ocurrió con Yavad.

Yo estaba allí por él. En los últimos años habíamos perdido el contacto, pero siempre lo llevaría en mi corazón. A él y a toda nuestra generación violada, despedazada por medio siglo de ideologías que luchaban por dominar mi país. Nuestra noble Persia, el desventurado Irán. Ese día sofocante yo estaba allí por Yavad, de quien la historia me había separado. Y por Parí, Abás, Alí y todos los demás. Para reparar los años de incomprensión y alejamiento, borrar las palabras de odio y hallar otras, las de nuestra antigua amistad.
Me uní al nutrido grupo de mujeres y hombres. Llegaban de todas partes despacio, como una migración. Madres, esposas y herm
anas que sujetaban rosas o claveles rojos entre sus manos.
Eran muy distintas en todo, pero todas tenían la mirada digna y sin lágrimas. Muertos como éstos sólo pueden llorarse en casa. En el centro de la multitud, reconocí a una mujer a quien llamaban la Madre, la portavoz de su dolor. Se movía con dificultad entre la gente. Bajo el pañuelo se entreveía su cabello cano y escaso. Unos setenta años. Su hijo, un ingeniero que había estudiado en Estados Unidos, estaba enterrado en algún lugar de Javaran.

La Madre alzó lentamente el brazo y tomó la palabra. El murmullo cesó.

—Hoy estamos aquí para recordar. Sabemos muy bien que la sangre no se lava con sangre. Somos mujeres, no guerrilleros. Esposas, madres, hijas y herm
anas que han visto ya demasiada violencia. Matar a los asesinos no va a devolver a las víctimas a sus hogares…

—¡Calla, infiel! ¡No eran víctimas, sino traidores, zed e enguelab, y debían morir!

La voz resonó en el aire tenso, por encima de nuestras cabezas. Busqué con los ojos a la mujer que había hablado. Un chador negro la envolvía de pies a cabeza.

Vi que estábamos rodeados de mujeres y hombres del goruh e feshar. Una vez más, las fuerzas que atacaban y dispersaban las manifestaciones estaban listas para entrar en acción. Nos agrupamos en busca de protección, hombro con hombro, sin saber qué hacer. Recordé las palabras que me había dicho mi madre cuando salí de casa:
—Shirin, yun, querida, no vayas; es peligroso.
Me vino a la mente la idea de que, tal vez, al año siguiente, le tocaría a mi madre celebrar un rito funerario por su hija. Los goruh e feshar, como si obedeciesen una orden tácita, sacaron cadenas y cuchillos. Estaban a punto de agredirnos. A nuestro alrededor, sólo silencio y el olor compacto de nuestro miedo.

Se lanzaron al ataque del círculo más externo. La multitud se disgregó. Las mujeres corrían en todas direcciones, esquivando patadas y puñetazos. Los lebas shajsi, los agentes de paisano, alcanzaron enseguida a los pocos hombres que había.

—Así aprenderéis —refunfuñaban mientras golpeaban espaldas con sus porras—. Estas concentraciones de traidores se tienen que acabar! Vuestros hijos no merecen ninguna ceremonia. Eran enemigos de Alá y de Irán. Haberlo pensado antes. Haberles inculcado los verdaderos valores. ¡Han muerto por vuestra culpa!

Y arrastraban a sus víctimas medio inconscientes, dejando finos regueros de sangre en la arena. Casi todas las personas que había en el suelo tenían el pelo cano.

Una de las mujeres con chador le tiraba piedras a la Madre, y logró golpearla en la frente. Al ver la sangre, prosiguió más aprisa, enloquecida. Una granizada de golpes, como si no le bastaran todas las piedras del desierto. Varias compañeras la imitaron.

La Madre permanecía inmóvil. Los guijarros silbaban en torno a su cuerpo erguido.

—Cobardes —murmuraba con los ojos fijos.
Yo también me sentía incapaz de dar un paso; aquella escena de violencia irreal me paralizaba. Una mujer me empujó en su huida; nunca sabré si pretendía ayudarme o esquivarme. En cualquier caso, me despertó de aquel estado de hipnosis. Eché a correr tras la desconocida. Veía confusamente rostros de mujeres postradas, oía el sonido metálico de las cadenas, percibía el olor acerado de la sangre.

—¡Cobardes! —gritó ahora la Madre, que cada vez estaba más lejos.

Tropecé con una rama, me caí, me levanté. Entre la muchedumbre no se distinguían amigos de enemigos, y te podían arrollar, pisotear o golpear en cualquier instante. El corazón me subió a la garganta y me latía en el cerebro, ahogando todos mis pensamientos. Corría con la boca seca y sin aliento. Un hombre me asió por un brazo y me volví, a ciegas, para darle un puntapié.

—Señora Ebadi, soy yo.

Era el chófer. Me llevó hasta el automóvil casi en volandas, y salimos a toda velocidad. Sin fuerzas, me sequé el sudor que me caía sobre los ojos e intenté calmarme. De repente, sentí frío; miré hacia abajo y vi que, en la huida, había perdido un zapato.

Apoyé el pie en una rodilla; la planta tenía arañazos y sangraba. Vi caer una gota densa sobre la alfombrilla del coche, y sólo entonces advertí el escozor de las heridas.

Información de la revista TIEMPO:
La jaula de oro








La revolución iraní produjo un cisma entre los partidarios del ayatolá y los del sha de Persia. En su primera novela, Shirin Ebadi narra una historia de enfrentamiento ideológico, de diálogo y esperanza en el seno de una de esas familias divididas por el nacimiento de la República Islámica de Irán.

Shirin Ebadi
Shirin Ebadi (Irán, 1947) es jurista y profesora de la Universidad de Teherán, además de ser la fundadora del Centro por la Defensa de los Derechos Humanos. En el año 2003 recibió el premio Nobel de la Paz por su defensa activa de la democracia y los derechos de las mujeres, los niños y los refugiados en la República Islámica de Irán.

La jaula de oro / Shirin Ebadi / La esfera de los libros / 256 págs / Precio: 18e / Publicación: 27 de agosto

Prólogo

–Espérame aquí, vuelvo enseguida –le dije al chófer del coche de alquiler.
A través del espejo retrovisor comprobé si el pañuelo me cubría el cabello, aunque no tenía por qué preocuparme: el calor me lo había pegado a la frente. Al bajar del vehículo, me asaltó el aire tórrido del desierto de Javaran; aquello era un horno. Estábamos en pleno agosto y el bochorno era insoportable. Por un momento, pensé en volver dentro, al amparo artificial del aire acondicionado.

No, no podía hacerlo, era imposible. Me sujeté bien el bolso al hombro y eché a andar con paso ligero. Al llegar junto a las viejas tumbas de comunistas y bahaíes, me acerqué a la multitud que se iba agolpando. Debían de ser las fosas comunes. Una extensión informe de hierba y tierra sin vallar. Los cuerpos de miles de disidentes políticos caídos bajo los disparos de los pasdarán, los guardianes de la Revolución, se amontonaban unos encima de otros como espigas segadas. Ni siquiera merecían un funeral o un entierro en un cementerio musulmán. No eran sólo zed e enguelab, contrarrevolucionarios, sino también comunistas. “Nada de ceremonias. Como mucho, os haremos saber dónde está el cuerpo”. Eso era cuanto les decían a los familiares de las víctimas. La muerte se descubría tras sem
anas, meses de silencio, incertidumbre, ausencia.

Así ocurrió con Yavad.
Yo estaba allí por él. En los últimos años habíamos perdido el contacto, pero siempre lo llevaría en mi corazón. A él y a toda nuestra generación violada, despedazada por medio siglo de ideologías que luchaban por dominar mi país. Nuestra noble Persia, el desventurado Irán. Ese día sofocante yo estaba allí por Yavad, de quien la historia me había separado. Y por Parí, Abás, Alí y todos los demás. Para reparar los años de incomprensión y alejamiento, borrar las palabras de odio y hallar otras, las de nuestra antigua amistad. Me uní al nutrido grupo de mujeres y hombres. Llegaban de todas partes despacio, como una migración. Madres, esposas y herm
anas que sujetaban rosas o claveles rojos entre sus manos.

Eran muy distintas en todo, pero todas tenían la mirada digna y sin lágrimas. Muertos como estos sólo pueden llorarse en casa. En el centro de la multitud, reconocí a una mujer a quien llamaban la Madre, la portavoz de su dolor. Se movía con dificultad entre la gente. Bajo el pañuelo se entreveía su cabello cano y escaso. Unos setenta años. Su hijo, un ingeniero que había estudiado en Estados Unidos, estaba enterrado en algún lugar de Javaran.

La Madre alzó lentamente el brazo y tomó la palabra. El murmullo cesó.
–Hoy estamos aquí para recordar. Sabemos muy bien que la sangre no se lava con sangre. Somos mujeres, no guerrilleros. Esposas, madres, hijas y herm
anas que han visto ya demasiada violencia. Matar a los asesinos no va a devolver a las víctimas a sus hogares...
–¡Calla, infiel! ¡No eran víctimas, sino traidores, zed e enguelab, y debían morir!

La voz resonó en el aire tenso, por encima de nuestras cabezas. Busqué con los ojos a la mujer que había hablado. Un chador negro la envolvía de pies a cabeza.

Vi que estábamos rodeados de mujeres y hombres del goruh e feshar. Una vez más, las fuerzas que atacaban y dispersaban las manifestaciones estaban listas para entrar en acción. Nos agrupamos en busca de protección, hombro con hombro, sin saber qué hacer. Recordé las palabras que me había dicho mi madre cuando salí de casa:
—Shirin, yun, querida, no vayas; es peligroso.

Me vino a la mente la idea de que, tal vez, al año siguiente le tocaría a mi madre celebrar un rito funerario por su hija. Los goruh e feshar, como si obedeciesen una orden tácita, sacaron cadenas y cuchillos. Estaban a punto de agredirnos. A nuestro alrededor, sólo silencio y el olor compacto de nuestro miedo.

Se lanzaron al ataque del círculo más externo. La multitud se disgregó. Las mujeres corrían en todas direcciones, esquivando patadas y puñetazos. Los lebas shajsi, los agentes de paisano, alcanzaron enseguida a los pocos hombres que había.
–Así aprenderéis –refunfuñaban mientras golpeaban espaldas con sus porras–. ¡Estas concentraciones de traidores se tienen que acabar! Vuestros hijos no merecen ninguna ceremonia. Eran enemigos de Alá y de Irán. Haberlo pensado antes. Haberles inculcado los verdaderos valores. ¡Han muerto por vuestra culpa! Y arrastraban a sus víctimas medio inconscientes, dejando finos regueros de sangre en la arena. Casi todas las personas que había en el suelo tenían el pelo cano. Una de las mujeres con chador le tiraba piedras a la Madre y logró golpearla en la frente. Al ver la sangre, prosiguió más aprisa, enloquecida. Una granizada de golpes, como si no le bastaran todas las piedras del desierto. Varias compañeras la imitaron.

La Madre permanecía inmóvil. Los guijarros silbaban en torno a su cuerpo erguido.
–Cobardes –murmuraba con los ojos fijos–.
Yo también me sentía incapaz de dar un paso; aquella escena de violencia irreal me paralizaba. Una mujer me empujó en su huida; nunca sabré si pretendía ayudarme o esquivarme. En cualquier caso, me despertó de aquel estado de hipnosis. Eché a correr tras la desconocida. Veía confusamente rostros de mujeres postradas, oía el sonido metálico de las cadenas, percibía el olor acerado de la sangre.
–¡Cobardes! –gritó ahora la Madre, que cada vez estaba más lejos.



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