Buena amanecida Benito Cheriguini exalumno del CHA Colegio de Huerfanos de la Armada Submarino 23-F

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Buena amanecida Benito Cheriguini   exalumno del CHA Colegio de Huerfanos de la Armada Submarino 23-F

El libro, mezcla de realidad y ficción, tiene una primera parte en la que el autor nos cuenta su infancia, su vida de interno en el Colegio de Huérfanos de la Armada en Madrid, después habla de su estancia en los EE.UU como comandante del submarino S-34 Cosme García y finalmente, nos hace vivir junto a él, en la Base de Submarinos de Cartagena, las tensas y difíciles horas del 23F.


Simultáneamente con sus vivencias en el 23F, el autor introduce en escena dos historias paralelas sobre dos submarinos que se encuentran de maniobras y cuyos comandantes vivirán las horas del 23F de forma bien distinta, tanto por sus diferentes formas de pensar como por las circunstancias que les rodearon en aquellas horas.


El mensaje de concordia que el autor nos envía se halla en el emotivo encuentro del protagonista con el "mensajero de la nieve..." en EE.UU. Después de treinta años, dos niños, cuyas vidas se bifurcaron sin apenas tener conciencia de su mutua existencia, se encuentran. Ambos habían perdido a sus padres en la guerra civil: uno, sin motivo ni fundamento, al principio de ella y el otro defendiendo la república en las trincheras de Madrid poco antes de la entrada de las tropas de Franco.

 

Biografia del autor

Benito Chereguini de Tapia ha sido durante cuarenta años oficial en activo de Armada. Oficial de submarinos desde muy joven, desempeñó gran parte de su carrera en unidades submarinas o en destinos de Estado Mayor de la Flotilla de Submarinos de Cartagena en donde se encontraba el 23 de febrero de 1981. Además de navegar durante cuatro años en el Buque Escuela de Guardiamarinas Elcano, ejerció de Ayudante de Campo del Presidente del Gobierno (82/83), de Agregado Naval a las Embajadas de Montevideo y Buenos Aires y de Jefe del Sector Naval de Cataluña hasta su retiro en 1990.

Leer una parte...

CAPITULO II

Ocho años de internado en el Colegio
de Huérfanos de la Armada

Cumpliendo una promesa
Fabio de Negri llevaba un buen rato sentado en uno de los pri-
meros bancos de la capilla del Colegio de Huérfanos de la Armada, que
permanecía silenciosa y vacía en aquella hora próxima al mediodía. Su
mirada, en la que se reflejaba una cierta emoción, estaba dirigida a la ima-
gen de la Virgen del Carmen que presidía, desde lo alto del altar central,
aquel lugar de recogimiento que tanto sabía de sus debilidades, alegrías y
tristezas, durante los últimos ocho años.
Estaba allí en cumplimiento de una promesa; una de las muchas
que había hecho, y que había prometido cumplir, si ingresaba en la Es-
cuela Naval Militar. Había ingresado y allí estaba, a sus pies, preguntán-
dole a la Señora cómo se las había arreglado para que en el examen oral
de análisis matemático su mano acertara a sacar, precisamente, la bola
número ocho...
Casi le temblaba la mano al recordar el momento en que el presi-
dente del Tribunal le había presentado una bolsa de terciopelo negro,
que contenía tantas bolas como papeletas comprendía la asignatura, pa-
ra que extrajera una de ellas. Su mano, guiada con toda seguridad por la
Virgen del Carmen allí presente, había acertado a extraer aquella bendita
bola, la número ocho, que correspondía a la única papeleta que se sabía
realmente bien.
Aún, si cabe, había sido más milagrosa su intervención cuando el
ponente de física —a quien los guardiamarinas le habían puesto el mote
de el Perro, a causa de su agresividad examinando—, le había mandado
pintar y explicar, sobre la negra pizarra, el circuito de un timbre eléctrico
que figuraba en la papeleta de examen.
Pintarlo lo pintó rápido, pero cuando llegó el momento de expli-
carlo, resultó que aquel maldito timbre sólo producía un único y raquíti-
co «ring», en lugar de un «ring» continuado, como todo timbre bien naci-
do debía producir... En el suyo, por mucho que permaneciera el dedo
apretando el pulsador, solamente se conseguía un corto «ring» que no
parecía convencer al ponente, pues, para obtener otro «ring», había que
levantar el dedo y volver a pulsar.Menos mal que al presidente,una buena
persona sin duda, le hizo gracia el dichoso timbre y dio la solución por
buena,ordenándole que continuara,porque,de no haber sido así,el Perro
le hubiera mordido...
Llevaba varios días flotando en una nube, en una mezcla de ale-
gría, satisfacción y orgullo, que le envolvía desde el mismo instante en
que supo que había ingresado en la Escuela Naval de Marín. Aquello
había sucedido justo dos días antes, al regresar del paseo que dieron
hasta la playa de Aguete, cercana al puerto pesquero de Bueu, en la ría
de Marín.
Al regresar del paseo, cuando se encontraban en la parte más alta
de la carretera que conduce a la playa de Portocelo —en las inmediacio-
nes de la Escuela Naval y justo en el lugar desde donde se domina la en-
trada del Hotel Residencia de la Escuela— vieron un grupo de señoras,
entre las que se encontraba su madre, que al reconocerlos levantaron sus
brazos,agitándolos alegremente,como señal inequívoca de buenas noticias.
Nunca, en toda su vida, volvería a experimentar una alegría tan
grande. Echó a correr cuesta abajo, como un poseído, para fundirse
con su madre en un abrazo tan entrañable como pleno de significados.
Jamás unas lágrimas le habían producido mayor placer. Aquel abrazo,
con el que celebraban su ingreso, tenía mucho de especial. Para él no
era solamente la satisfacción de ver hecha realidad la ilusión de su vida:
ser marino de guerra. No, era algo más. Era como si con su ingreso en
la Escuela Naval le hubiera devuelto a su madre una parte del espíritu
de su padre que le había sido arrebatado el mismo día que aquellos
malditos rojos lo habían asesinado. Para su madre, ella se lo confesaría
más tarde, era la satisfacción de haber cumplido con la obligación mo-
ral de ver a uno de sus hijos, un De Negri Valla, seguir la carrera de su
padre.

Los sábados, ducha
Desde la estación del Norte,a la que había llegado con su madre dos
horas antes procedentes de Marín, se habían dirigido a casa de Asunción
Valla, una prima de su madre. Con ella se había quedado su madre espe-
rando que llegara la hora de dirigirse a la estación de Atocha para coger
el tren correo que los conduciría a Cartagena. Ya no vivían en San Fer-
nando; poco después de su ingreso en el CHA, su madre se había trasla-
dado a la ciudad que la vio nacer y en donde residía parte de su familia.
Luego, al quedarse solo, había cogido el autobús 14 en Cibeles. Los tiem-
pos del 7 y del 8 quedaban atrás... y se había ido al CHA.
Caminaba con el pulso acelerado, pensando que iba a despedirse de
todo cuanto había sido su entorno, su vida, durante los últimos ocho
años: compañeros, profesores, inspectores, monjas, médicos, contrama-
estres, marineros, cocineros, mujeres de la lavandería... De todos, porque
todos habían sido parte importante de su adolescencia y de su juventud.
Ahora, al recordarlo, le invadía un curioso y extraño sentimiento de
orgullo que se sobreponía a cualquier otro. Cierto que, en lo material,
había pasado hambre, frío y penuria económica y cierto, también, que en
lo espiritual y afectivo, sus carencias aún habían sido mayores.
Se le agolpaban los recuerdos de su niñez y se veía durmiendo, bajo
aquel mismo banco, mientras se celebraba la misa que era diaria y obliga-
toria. La diana, en hora bien temprana y el lavado de cara matinal, al más
puro estilo gatuno, eran motivo más que suficientes para que llegara a la
capilla muerto de sueño.
Le parecía inaudito su comportamiento de antaño, pero así había
sucedido.Y no es que le pareciera inaudito,por irreverente,que él sabía que
la Virgen le había perdonado..., sino porque no concebía cómo había sido
capaz de dormir debajo del banco, sobre el duro suelo, muerto de frío y,
sobre todo, soportando, particularmente en verano, el desagradable olor
que despedían los pies de sus compañeros...
Aún fue capaz de sonreír cuando, por un instante, le pareció sentir
el inconfundible tufillo que despedían botas y calcetines de los internos
de aquella época, en la que sólo se duchaban y cambiaban de ropa inte-
rior una vez por semana.
A mediados de septiembre, cuando finalizadas las vacaciones de
verano, regresaban al CHA las monjas de San José —cuya única tarea era
la de cuidar del vestuario de los alumnos—, les entregaban unos pantalo-
nes de pana, un jersey, unas botas de becerro vuelto y el consabido
«baby». Estaba muy bien, sólo que aquellas prendas debían durar hasta el
mes de mayo del año siguiente... Más de una vez había tenido que ama-
rrar las suelas al cuerpo de las botas, mediante cuerdas, para poder cami-
nar con cierta dignidad, al no disponer de otro calzado con que sustituir-
las. Y ¿qué decir de los pantalones, que al cabo de unos meses de uso
podían mantenerse de pie sin ayuda alguna?
Por un momento se recreó, con placer, en la imagen de aquellas
duchas de los sábados por la tarde y hasta le pareció que sentía, sobre su
cuerpo desnudo, el agua caliente que tanto había deseado. La ducha,
sobre todo en invierno, era a «toque de corneta»: un minuto para remo-
jarse, dos para enjabonarse, tres para quitarse el jabón y se acabó...
Solamente en verano, cuando se duchaban con agua fría, el buena perso-
na de don Alfonso, su amigo el inspector, tenía una cierta mano ancha.

El clan de Salamanca
Sí, don Alfonso era una excelente persona. Era, también, el único
inspector que imponía respeto, por igual, a grandes y pequeños. Se decía
que estaba escribiendo una novela y que tenía una querida que se llama-
ba Margarita.
Era el inspector de más edad, aparte de don Teodoro, el profesor de
ingreso, y no tendría más de cuarenta años. Muchos domingos y días fes-
tivos, cuando estaba de servicio, se sentaba en un banco del pasillo y con-
taba a los más pequeños divertidas aventuras de su juventud, allá en su
Asturias natal.De alguna manera,servía para hacerles olvidar que en aque-
llos momentos otros más afortunados estaban disfrutando de sus familias
en Madrid.
Además, gozaba de la absoluta confianza del capitán de navío, don
Manuel de Quevedo, subdirector del colegio, conocido por Cabeza de
Huevo por su calvicie y especial forma de la cabeza.
En el resto de los inspectores había de todo, aunque, con el paso
de los años, había terminado apreciando y siendo amigo de casi todo
aquel «clan de Salamanca», como les llamaban entre ellos. Todos, natu-
ralmente, tenía su mote: Salacatriqui —en recuerdo de un guardia urba-
no de San Fernando, el Yanqui, el Víbora, el Resucitado, porque se había
incorporado en relevo de otro al que llamaban el Muerto y alguno más.
A casi todos ellos los había traído el jefe de estudios, el famoso
Chato que era salmantino. El Chato era comandante castrense de la Ar-
mada y más célebre por su mala uva y por su larga mano que por la de-
dicación religiosa que se esperaba de él.
Más de uno, como sus compañeros de curso Cebreiro y Oliva, le
habían enseñado, en «caliente», las marcas que les habían dejado en sus
respectivas caras las «caricias» del susodicho, y todo, como era el caso de
Oliva, por una «bobada»; porque había roto, con una piedra, las mirillas
de cristal de todas las aulas del colegio: no se había librado ni una...
El Chato, así llamado por la magnitud de su apéndice nasal, era tris-
temente famoso por su fuerza descomunal —alto y de fuerte comple-
xión— y por la larga mano que tenía para pegar. Su especialidad eran
unos pescozones —los pegaba a traición— que hacían saltar las lágrimas
de dolor y de rabia, o unas sonoras y desprevenidas bofetadas que deja-
ban las orejas calientes durante un buen rato...
No olvidaría nunca que el «chato» había sido el causante de su pri-
mera, y única, visita a la «corrección». Le había sorprendido en el estudio
cuando, con otro compañero, jugaba con la tapa del pupitre levantándo-
la con un dedo para ver quién era más fuerte... El Chato les había sor-
prendido entrando «traidoramente» por la puerta trasera del estudio,dado
que siempre solía hacerlo por la puerta delantera. Verlos y dirigirse hacia
ellos con la velocidad de una locomotora fue todo uno. La bofetada que
iba dirigida a él se la ganó su compañero, pues él se había agachado a
tiempo... La falta, jugar con la tapa del pupitre durante el estudio, fue con-
siderada gravísima y castigada con una noche y un día de «corrección».
Recibía ese calificativo una celda —no merecía otro nombre, aquel
miserable zulo de dos metros de largo por uno y medio de ancho...— en
la que se encerraba, por uno, dos, o varios días, a los alumnos que come-
tían alguna irregularidad, como escaparse, insultar o desobedecer a un
inspector...
Nunca, aunque todas las sospechas recaían en el Chato, se llegó a
saber de quién había partido la humillante idea de crear el castigo de la
corrección que era, evidentemente, una flagrante violación de los dere-
chos humanos. Ni se supo el autor, ni se comprendía cómo podía casti-
garse a adolescentes a permanecer encerrados durante días —a veces
hasta quince— en tan humillante situación.
La corrección era algo disonante, algo fuera de tono, en aquel cole-
gio, el CHA, en el que se podía pasar hambre o frío; ser castigado con
plantones, de mayor o menor duración, o privado de la salida de los
domingos, pero todo dentro del mayor respeto a los alumnos. No, nunca
entendería la existencia de aquel baldón. Alguna vez había llegado a pen-
sar que el director, una excelente persona —almirante en la reserva—
desconocía la existencia de tal castigo. Pese a ese baldón, el CHA siempre
permanecería en su recuerdo como el entrañable colegio en el que había
llegado niño y había salido hecho un hombre.
La «corrección» —situada en la tercera planta del ala sur—no dis-
ponía de más luz que la que le proporcionaba una triste bombilla que col-
gaba del techo. La única ventana era de hierro —de rejilla tipo mallor-
quina, como las de los barcos— y estaba convenientemente soldada, para
impedir que se pudiera abrir. El «condenado» estaba obligado a perma-
necer, prácticamente a oscuras, el tiempo que durara su encierro. Al
«ingresar en prisión», el alumno era invitado a desnudarse por completo
delante del inspector que le acompañaba, para que éste pudiera compro-
bar que no era portador de tabaco, cerillas, mechero ni, naturalmente,
navajas, cuerdas o utensilios peligrosos...
Una vez comprobado que no llevaba ningún material prohibido, se
les daba una colchoneta y una repugnante y sucia manta para dormir sobre
el duro suelo. No, no le perdonaría nunca al Chato la injusticia que había
cometido con él. Por lo demás, entre ellos, el hecho de dormir una noche
en «corrección» era como perder la virginidad: ya era más hombre...
Pero aquello había ocurrido cinco o seis años antes, cuando era un
niño, porque en aquel momento el que estaba allí hablando con su Virgen
del Carmen era, nada más y nada menos, que el recién ingresado aspiran-
te de primer año de la Escuela Naval Militar, Fabio de Negri.

Pan con glicerina
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que hacer: ni tenía
que estudiar, ni había exámenes en perspectiva, ni su futuro era incierto.
Era la situación ideal que, como le había dicho el almirante Abarzuza
cuando entró a saludarle, no volvería a tener ocasión de experimentar en
su vida.
Era verdad pues su objetivo para los próximos días, hasta el 15 de
enero, en que se incorporaría a la Escuela Naval, consistía en recrearse en
su maravillosa condición de recién ingresado y divertirse todo lo que
pudiera. Los primeros días en Cartagena —la peñica, como la llamaban
cariñosamente— le abrumarían a enhorabuenas y felicitaciones: familia,
amigos y también, ¡cómo no!, las niñas de la pandilla que, a partir de
ahora, lo mirarían de otra forma; estaba seguro de que, aunque no lleva-
ra aún el uniforme, alguna de ellas le vería los catorce botones dorados
sobre el pecho.
Cambiando de postura —ya había olvidado lo duros que podían
resultar los bancos— permitió que su fantasía retrocediera a través del
túnel del tiempo para acercar al presente, una vez más, vivencias largo
tiempo olvidadas. Recordó su llegada al internado, ocho años antes,
acompañado por su hermano Ricardo, que en la actualidad ya era todo un
flamante Teniente de Artillería. Más tarde, el encuentro con los que se-
rían sus compañeros durante todo el bachillerato, sus profesores, los ins-
pectores, ¡cuánto había llovido...!
Se vio a sí mismo entrar por primera vez en el dormitorio seis, el
de los más pequeños, y también vio como se levantaba, algún que otro
jueves por la noche, para «hurtarle» a su buen amigo Claudio uno de los
seis bombones que su madre le había traído, horas antes, durante la visi-
ta que hacían las viudas a sus hijos.
Gracias a las notables «paletas» con que Dios le había dotado, que
le permitían comer el bombón a «raspillazos», y a los mendrugos de pan
que recogía al terminar la cena, podía apaciguar sus hambres sin necesi-
dad de recurrir a la glicerina.
Aquello de la glicerina no es que lo hubiera hecho muchas veces,
pero sí las suficientes como para no olvidarlo. La idea fue de su amigo
Luis Nieto; a él, y sólo a él, se le había ocurrido subir a la enfermería,
aprovechando los días más fríos, para que les pusieran glicerina en las
manos que el frío había cortado y agrietado. Luego, le había explicado,
todo era cuestión de traspasar aquel pegajoso líquido al trozo de pan
que les daban en la merienda: al menos así el pan tenía algo de sabor
dulce...
Sí,realmente habían pasado hambre en aquellos primeros años cua-
renta. Fueron los años en los que algunos mayores abusaban de los más
pequeños cambiándoles «la salsa por el pescao»: los pequeños daban el
trozo de merluza que les ponían de cena y los mayores, a cambio, daban
la salsa, ¡claro...!
Fueron los años en que se robaban patatas en la cocina para termi-
nar comiéndolas casi crudas y también los años en que, los más ágiles, se
sobrealimentaban subiéndose a las acacias y comiéndose a puñados los
racimos de sus blancas y «dulces» semillas...

¿Yo? ¡Yo qué coño voy a disponer!
Ahondando en sus recuerdos, le había llegado el turno a un famo-
so sargento de infantería de marina, el sargento Figueroa, más conoci-
do por el Bistea, al que su particular pronunciación de beef-steakle había
hecho merecedor de tal mote. Este personaje, por lo demás una magní-
fica persona, había protagonizado una anécdota realmente divertida.
Entre las muchas innovaciones que había llevado a cabo el almi-
rante Abarzuza, cuando asumió la dirección del colegio, se encontraba el
arriado de la bandera. Este acto debía realizarse a diario, en el patio de la
capilla, con asistencia del profesor de servicio y de todos los alumnos. A
tal efecto, y con objeto de que el acto fuera presidido por un oficial de la
Armada, eximió a los profesores civiles de montar dicho servicio.
Una vez formados los alumnos se procedía al arriado de la bande-
ra de España, que descendía lentamente mientras sonaban las pitadas
reglamentarias que, bien orgulloso de su cometido, daba el contramaestre
de cargo con su brillante pito de plata. Luego, al finalizar, y de acuerdo
con la tradición, se cantaba «la oración» —por este nombre se la cono-
cía— que ponía fin a la ceremonia de arriado de bandera en todos los
buques de la Armada.
Sucedió que, mientras no se hubo completado la plantilla de oficiales,
los profesores civiles tuvieron que ejercer de tales pese a su desconocimien-
to de las costumbres y tradiciones de la Armada. Aquel día, el profesor de
servicio era don Manuel Terol, Don Pollas, castizo farmacéutico madrileño
que les daba clase de química orgánica e inorgánica.
El apodo se lo había ganado a pulso, pues resultaba que los alum-
nos se habían dado cuenta de que si le agobiaban llamándole insistente-
mente: «¡Don Manuel! ¡Don Manuel! ¡Don Manuel!», al tercer don Ma-
nuel, saltaba con un «¿Don Manuel?, ¿Don Manuel?, ¡Don Pollas!» que
arrancaba la carcajada general.
Aquella tarde, una vez finalizado el arriado de bandera, el sargento
Figueroa se volvió a don Manuel —mano en la gorra— solicitando su
venia para iniciar el canto de la oración. Desgraciadamente era la prime-
ra vez que don Manuel actuaba de profesor de servicio desde que se había
institucionalizado el arriado de bandera, y no tenía ni la más mínima idea
de lo que tenía que hacer o decir.
Después de unos segundos de observarse el uno al otro, el sargento
Figueroa decidió darle una pista al profesor, «soplándole el comienzo de la
primera estrofa de la oración que decía:«Tú que dispones de cielo y mar...»:
—Tú que dispones...—la voz de Figueroa,tan fuerte como él,llegó
clara hasta el último rincón del patio.
Las sucesivas expresiones del rostro de don Manuel Terol fueron
dignas de perpetuarse: primero expresó sorpresa, luego desconcierto, a
continuación estupor, finalmente guasa y, por último, sin perder la com-
postura y haciendo gala de su mejor casticismo, dijo:
—¿Yo? ¡Yo qué coño voy a disponer!
Aquella tarde hasta en los cielos tuvieron que reír...

«Deutschland, Deutschland über alles...»
Don Anselmo Romero era un germanófilo a ultranza —cabeza y
físico a tono— que durante los años victoriosos de Alemania, en la se-
gunda guerra mundial, bastaba con que uno de sus alumnos se levantara,
brazo en alto, cantando el «Deutschland, Deutschland über alles...», para
que él los imitara uniendo su potente voz a la de sus avispados alumnos que
habían iniciado el himno justo en el preciso momento en que iba a comen-
zar a preguntar la lección del día...
Por cierto que la segunda guerra mundial no le había causado exce-
siva preocupación. Era muy niño, y salvo lo que oía contar a los mayores,
poco más sabía. Sin embargo, sí que recordaba que un día, a finales de
1944 o principio de 1945, se había presentado voluntario para ir a la Di-
visión Azul.
Aquello tuvo lugar una noche que se había ido la luz y que, por
tanto, les habían dejado salir del estudio. Al salir al pasillo se encontraron
—sentados en una mesa y alumbrados con un par de velas— a un grupo
de mayores que, según explicaban, estaban reclutando voluntarios para ir
a la División Azul. Las cosas iban mal en Alemania y Franco pedía volun-
tarios a partir de los quince años. No lo había pensado dos veces antes de
ponerse al final de la larga cola:
—Pero bueno, Fabio, ¿no te has enterado de que solamente pueden
apuntarse los mayores de quince años?
—Sí, pero me han dicho que también pueden ir, con independen-
cia de la edad, los que midan más de un metro sesenta, yyo mido más...
Todo resultó ser una broma, pero entonces se había sentido muy
orgulloso de haberse presentado voluntario para luchar contra los comu-
nistas que, para él, eran lo mismo que los rojos...
En el CHA todos eran franquistas y, sin embargo, no había nadie
que perteneciera a la Falange. Es más, jamás se les impartió ningún tipo
de educación o enseñanza política: ni sobre la Falange, ni sobre nada que
se le pareciera. De la Falange sólo conocían a José Antonio y el Cara al
sol. Admiraban la figura de José Antonio y cantaban el Cara al sol, pero no
lo hacían porque se identificaran con lo que representaba,sino porque era
un himno romántico, que hablaba de primaveras y de banderas victorio-
sas, y ellos estaban llenos de juventud e ideales.
Como la mayoría de los alumnos del CHA, durante aquellos años
bélicos, se sentía germanófilo. Los alemanes luchaban contra Rusia y el
comunismo era la bestia negra que había asesinado a los padres de los
más de doscientos huérfanos que había en el CHA. No había elección:
Cartagena (España núm. 3), Mahón (la Mola), Málaga, Paracuellos del
Jarama (Madrid) y los buques sublevados a favor de la República eran los
escenariosen donde habían sido asesinados la mayoría de los padres de sus
compañeros. Conocía todas las historias al dedillo y eran tema frecuente de
conversación en las largas tardes de domingo, cuando se quedaban sin salir
por no disponer de las dos o tres pesetas que costaba el cine.
Por esa misma razón, la carencia de dinero, y por no conocer a
niñas de su edad en Madrid o en las cercanías del colegio,en Arturo Soria,
sus recuerdos sentimentales eran escasos: unos acrósticos, unos versos a
una niña, por nombre Juanis, que vivía en la Colonia de Albéniz, próxi-
ma a la plaza de Chamartín y que formaba parte de un grupo en el que
las mayores eran las hermanas Penella.
Juanis era una cría de su edad, catorce años, muy guapa, que se dis-
putaban él y su amigo y rival Gonzalo Fery. La veían los domingos en la
plaza de Chamartín y algunas veces cuando, acompañando a la pandilla
de las niñas mayores, se acercaba a charlar con ellos a través de la verja
que separaba el colegio del pinar.
También en Cartagena, en donde vivía su madre y a donde iba
todos los veranos, Navidades y Semana Santa, se había enamorado, a los
quince años, de la hermana de un compañero de colegio con la que llegó
a intercambiar un par de cartas y hasta había recibido una fotografía...
Más tarde, cuando aprobada la Reválida se preparaba para el ingreso
en la Escuela Naval, sí que se había enamorado, o al menos eso había cre-
ído, de una esbelta y rubia argentina, de Córdoba, con la que había man-
tenido una larga correspondencia epistolar.
La había conocido en Madrid, un Jueves Santo, cuando paseaba sin
rumbo y sin dinero, como de costumbre, con su amigo Pedro Laroble.
Vestían el uniforme azul, con gorra de plato del CHA, que les hacía sen-
tirse incómodos bajo el implacable sol que caía aquella tarde sobre Ma-
drid.
Alcira Patricia, que así se llamaba la joven en cuestión, había salido
a pasear y recorrer los monumentos —era Jueves Santo— junto con su
hermana, que era algo mayor que ella. Se las habían encontrado saliendo
del Hotel París, en la Puerta del Sol, y su decisión fue rápida:
—Pedro, yo la rubia y tú la morena, ¿de acuerdo?
Las abordaron, sin pensárselo dos veces, y después de un duro
combate habían conseguido ablandar la firme decisión de las jóvenes de
no hablar con desconocidos, por muy altos y uniformados que fueran...
En un principio, las dos hermanas se habían hecho pasar por fran-
cesas que estudiaban en Suiza y estaban visitando España. Gracias a que
ambos habían elegido el francés como idioma para el ingreso en la
Escuela Naval y a su irreprochable comportamiento, la rendición de las
jóvenes no se hizo esperar.
A la salida de una de las iglesias visitadas, Alcira le había confesado,
hablándole con el más puro acento porteño:
—Fabio, vais a perdonarnos por haberos mentido, pero somos
argentinas y es el truco que ponemos en práctica para conocer las inten-
ciones de los «moscones» que se nos acercan. Nos ponemos a hablar en
francés, sin hacer caso de los «asaltantes», hasta que cansados se retiran...
Vosotros sois los únicos que habéis mantenido el tipo sin abandonar.
Aquella tarde, al finalizar de recorrer los monumentos, las acompa-
ñaron al hotel y se despidieron de ellas hasta el día siguiente por la tarde,
que las invitaron a dar un paseo por Madrid en autobús, de dos pisos...
eso sí: ¡todo un agasajo! No tenían dinero para más...
Una foto que le había dado Alcira había servido para mantener
vivo, durante mucho tiempo, el recuerdo de aquella rubia argentina que
tanto le había cautivado a sus diecisiete años.

Guárdame la toba, por favor
Llevaba mucho rato sentado; le apetecía estirar las piernas y fumar-
se un cigarrillo. Miró a la Virgen, por última vez, y abandonó la capilla
saliendo al pasillo.
Al encender el pitillo sonrió pensando que, al menos y así lo espe-
raba, no volvería a fumar más «tobas» (colillas) en su vida. Porque, ¡madre
las que se había fumado ya...! ¡Tendría que pasar mucho tiempo, y fumar-
se muchas cajetillas,para igualar en número de cigarrillos el de colillas que
se había fumado en los últimos cinco años! Para su desgracia, había co-
menzado a fumar muy joven, con trece o catorce años. Primero fumó,
como todos los críos de su edad, pitillos de matalahúva —se fabricaban
con la semilla de aquella planta.Más tarde fumó de todo y como no abun-
daba el dinero, ¡pues colillas, como todo el mundo en el colegio...!
Hubo una época en la que cuando alguien, un afortunado, por su-
puesto, encendía un cigarrillo surgían voces, desde todos los rincones,
solicitando la toba.
—¡Guárdame la toba!, ¡guárdame la toba!
—¡La he pedido yo primero!
—¡No, yo!
—¡Yo...!
Había hasta especialistas en fumar tobas; tal era el caso de un com-
pañero al que apodaban el Toboso. Pese a ser hijo de un oficial de alta
graduación de la Armada, siempre andaba sin un duro y llegó a fumarse
tantas colillas que se le formó una pequeña úlcera en el centro de los
labios, a causa de lo mucho que las apuraba... Con las agujas de los pinos
formaba una pinza —lo hacían todos— que le servía para sujetar la toba
y evitar quemarse los dedos.
Miró el reloj: eran las dos y media y, por tanto, había perdido el
autobús de los profesores en el que tanto le hubiera gustado viajar a
Madrid. Se le había hecho tarde hasta para comer con su madre y su tía,
como les había prometido. Bueno, las llamaría por teléfono y se excusa-
ría con una mentira piadosa.
Antes de salir, cruzó el vestíbulo y abrió la puerta de la sala de pro-
fesores para comprobar si quedaba alguno y despedirse: estaba vacía, ¡qué
remedio!, se dijo, se iría caminando hasta la parada del 45 y luego ya vería
cómo se las apañaba.
Se había despedido de la mayoría de los profesores y de casi todos
los inspectores. No era momento de recordar algún que otro cero, algún
que otro suspenso o algún que otro plantón... Todos lo despidieron con
palabras afectuosas, pues no en balde había llegado al CHA con diez años
y salía con dieciocho.
Además, nunca olvidaría la enorme categoría y el prestigio —para
propios y extraños— del claustro de profesores que había tenido duran-
te su bachiller y durante su preparación para ingreso en la Escuela Naval.
Sobre todo en lo relativo a ciencias eran envidiados por los alum-
nos de otros colegios y por los de las academias de preparación que había
en Madrid, que se morían de envidia cuando se les decía que tenían de
profesores a Percha en Geometría y Entrambasaguas en Trigonometría
—con su famosa fórmula, que sólo conocían un ruso y él, pero que el
ruso había muerto... Su prestigio entre los estudiantes de la época estaba
fuera de toda duda.
Ambos eran dos «figuras», Percha porque les contaba, y al parecer
era cierto, que salía de juerga con el que luego sería rey de Marruecos
Hassan II, que por aquellas épocas se dejaba caer por Madrid de incóg-
nito. Entrambasaguas, porque su afición era la espada y aquello de «estu-
ve tirando a espada este fin de semana...» les tenía impresionados,aunque,
por supuesto, era motivo de cachondeo.
No le iban a la zaga don Rafael Gómez, don Ángel, alias el Viejo
—que había sido compañero de promoción de Franco— y don Dio-
nisio, en análisis matemático. Villar en Física y don Manuel Terol en Quí-
mica.
En Filosofía habían tenido a don Anselmo Romero, catedrático en
la universidad. En Historia, a don Joaquín Benítez, a quien nunca le agra-
decería bastante que con sus conocimientos y buen decir hiciera nacer en
él su gran afición por la historia.
En Literatura y Latín, a don Blas Cantón y a Elizalde, que le había
hecho copiar «copie capio, De Negri, copie, capio...» más de una vez. En
Ciencias, a don Juan de Dios Leal —religioso de La Salle de quien se
decía que había trabajado con los alemanes en la fabricación de «agua
pesada» y, por último, don Rafael Reigosa, alias Mondoñedo, que había lle-
gado al colegio como inspector y poco después ya era catedrático de uni-
versidad.

El correo de la nieve
Al dirigirse a la puerta del vestíbulo, con intención de salir a la
calle, un marinero, que lo cruzaba en aquel momento, le había advertido
de que estaba nevando desde hacía un buen rato. Efectivamente, estaba
nevando y, al salir a la calle, los gruesos y blancos copos se posaban sua-
vemente sobre sus hombros, sobre los árboles y sobre el asfalto de la
calle Arturo Soria.
Al ver caer aquella nieve una especie de ensoñación se apoderó de
él, haciéndole recordar imágenes del pasado.
El telón de fondo de aquellas recuperadas imágenes era el mismo
que en aquel momento le rodeaba: la nieve. Los personajes eran dos ado-
lescentes que no representaban más de once o doce años. En uno de ellos
se reconoció a sí mismo y, en el otro, a aquel muchacho que traía los tele-
gramas y al que no veía desde hacía muchos años.Ambos estaban hablan-
do, apoyados en la verja del CHA, indiferentes a la nieve que caía.
Era una vivencia que se repetía siempre que nevaba intensamente
en Madrid. Cuando esto ocurría, los autobuses que salían diariamente de
la plaza de la Cibeles no podían circular hasta el CHA y, por tanto, ni los
profesores ni los alumnos medio pensionistas podían llegar al colegio. Se
suspendían las clases y era un día de fiesta, sobre todo para los más
pequeños, que disfrutaban jugando en la nieve.
Había conocido aquel chico,cuyo nombre no recordaba —si es que
se lo había dicho alguna vez— un domingo que amaneció con más de un
palmo de nieve. Fue poco después de terminada la misa cuando don
Alfonso le pidió que saliera a la puerta del colegio y preguntara al niño
que estaba parado en ella qué era lo que quería:
—Hola, ¿quieres algo?
—Vengo a traer un telegrama urgente para... bueno, aquí lo pone
—lehabía dicho, alargándole el pequeño envoltorio azul—, me tienen
que firmar en este recibo.
La conversación se hilvanó más tarde, cuando le devolvió el recibo
firmado por don Alfonso. El motivo fue un manojo de cromos de fut-
bolistas que el mensajero repasaba en sus manos...
—Oye, qué suerte; tienes completo el Atlético Aviación y a mí me
faltan Tabales y Juncosa. ¿Me los cambias por otros? Yo te puedo dar a
Huete, el murciano, que es muy difícil y lo tengo repetido.
—No hace falta que me des ninguno a cambio. Yo también los
tengo repetidos. A Huete ya lo tengo. En otra ocasión me darás alguno
que yo no tenga.
Se habían vuelto a encontrar en bastantes ocasiones durante aque-
llos primeros años de internado en los que en invierno nevaba con cierta
frecuencia. En los años siguientes no recordaba que hubiera nevado, ni
siquiera ligeramente. Por su parte, se había acostumbrado a la idea de
verlo aparecer cuando nevaba e, indefectiblemente, salía a su encuentro
siempre que esto ocurría.
Luego pasaron los años y no volvió a verlo. Poco a poco su imagen
se fue difuminando en su memoria hasta olvidarlo por completo. Tanto
que, cuando regresó de su ensueño, le sorprendió que su memoria hubie-
ra sido capaz de recuperar un recuerdo que durante tantos años había
permanecido perdido en su subconsciente.
El claxon de un coche, que sonó intempestivo a sus espaldas, le
hizo dar un respingo y volverse con cara de pocos amigos hacia el cau-
sante de su sobresalto. Le duró poco el gesto: una cara, sobradamente
conocida, se asomaba por una de las ventanillas traseras haciéndole señas
inequívocas de que subiera al vehículo.
Era el Chato... que ya no era el jefe de estudios y al que, a causa de
graves problemas en la vista, el almirante había concedido un coche ofi-
cial;le invitaba a subir y a acompañarle a Madrid.Subió,pero declinó,con
una excusa, su invitación de acercarlo hasta el centro de la capital. Al lle-
gar a la glorieta, en donde se cogía el tranvía 45, se despidió y agrade-
ciéndole su invitación bajó del coche.
Mientras observaba como se alejaba tuvo la sensación de que
dentro de él, con el Chato, viajaban hacia el olvido todos los malos ra-
tos de ocho años de internado. En adelante, sólo recordaría los mo-
mentos de alegría y de felicidad que el CHA le había proporcionado.
Eran muchos.
Atrás quedaban los partidos de fútbol que había jugado —a diario,
después de comer— prácticamente desde el primer día que pisó el cole-
gio; los partidos «internacionales», en los que había defendido la camise-
ta roja del CHA jugando contra Ramiro de Maeztu, Calasancio, el Pilar o
contra el Colegio de Huérfanos de Ejército, el CHE, entre otros.
¡Qué lejos parecían estar aquellas salidas de los domingos a Madrid
para ir al cine y a jugar al billar en los bajos del cine Callao! Pertenecían a
su época de adolescente cuando, ya con dieciséis y diecisiete años, su
madre podía enviarle algún dinero para pipas y caramelos que, en reali-
dad, terminaban invertidos en la compra de algún paquete de Ideales, de
Noventa o de picadura verde...
Estaba seguro de que cuando, el día de mañana, contara a sus hijos
el hambre y el frío que había pasado, las tobas que se había fumado, su
menguado presupuesto y las lágrimas que había tenido que tragarse, com-
pletamente solo, lo haría con orgullo. Habían sido unos años duros,
espartanos, pero había valido la pena vivirlos; sí, señor...



CAPITULO III
Fabio de Negri, comandante
del submarino S-34

«Last forecast: a gale is coming»
En el puente del submarino S-34, situado en la parte más alta de
la vela, su comandante, el capitán de corbeta Fabio de Negri, comentaba
con el teniente de navío Balbuena el contenido del último parte meteo-
rológico que, procedente del Navy Meteorogical Center de la cercana
base norteamericana de Norfolk, había llegado minutos antes.
—Sí, no me cabe la menor duda; esto es un galecomo una catedral
y tendremos que manejarlo con mucho cuidado. En realidad, ya me lo
había anticipado Fellows, el capitán de fragata jefe del Estado Mayor de
COMSUBRON 22 (Commander Submarine Squadron 22), cuando me
despedí de él momentos antes de subir a bordo:
—Fabio, sorry, but we’re going to have a gale that will be directly on your cour-
se and, as you know, a gale is almost a hurricane.
—Pues, vaya, por una vez ya podía haberse equivocado, ¿no te
parece, comandante?
—Sí, por supuesto. De entrada, y por culpa del viento, tú y yo nos
hemos quedado sin nuestros respectivos sombreros. Menos mal que mi
boina solamente me costó cuatro perras; la compré, el último día en
Cartagena, en Sánchez, la sombrerería de la calle Mayor. Tu gorro ruso sí
que debió de costarte un riñón ¿no?... —El interpelado no tuvo tiempo
para contestar...
—¡Cuidado, comandante! ¡Agárrate que vienen otra vez «las tres
Marías»...!
En efecto, una ola de respetables dimensiones —tres o cuatro
metros de altura— se acercaba,amenazadora,por la amura de estribor del
submarino S-34. A medida que se iba aproximando, la proa del submari-
no subía y subía... hasta que alcanzaba la cresta de la ola. Luego, desde lo
alto, y sin apenas respiro, la proa caía violenta, con un golpe seco, sobre
la masa de agua que se abría, quejosa, permitiendo que toda la cubierta
de proa del submarino se hundiera en ella hasta desaparecer por com-
pleto.
¡Era todo un espectáculo! Pero si impresionante era ver la cubier-
ta de proa del S-34a más de un metro por debajo de la superficie del
agua, no lo era menos el cáncamo de agua que se producía como resul-
tado del choque de la enorme ola contra la vela. En efecto, a continua-
ción del impacto, la masa de agua ascendía hasta sobrepasar la altura del
puente; luego, por efecto de la gravedad y el viento, se curvaba adoptan-
do esa figura tan clásica, de cáncamo, que le ha dado su nombre. A Dios
gracias, las Marías sólo eran tres y, entre María y María, la mar aminora-
ba su furia y les permitía recobrar el aliento antes de que llegara la si-
guiente embestida.
Con cada cáncamo caían sobre el puente toneladas de agua. Sin
embargo, y dado que a la María se la podía identificar desde lejos, se po-
dían tomar ciertas medidas; no demasiadas desde luego. Peor eran los
rociones de agua que el viento arrancaba de la cresta de las olas; eran
imprevisibles y llegaban al puente con tal fuerza que hacían daño sobre el
desprevenido que recibía su impacto directo en el rostro.
La altura de la vela del submarino —diez metros— y el continuo y
violento zarandeo que el oleaje imprimía a su casco, habían convertido el
reducido espacio del puente del S-34en una agitada, y mojada, coctelera,
que hacía inútil todo intento de permanecer seco o de mantener la vertical.
Mirando la mar, blanca a causa de la espuma que el viento origina-
ba en el continuo rastrilleo de las olas, vinieron a la memoria del coman-
dante unos versos que había escrito años atrás, cuando era guardiamarina
a bordo del buque escuela Juan Sebastián de Elcano.
Le había llegado la inspiración durante un temporal, pocos días
antes del día de Navidad del año 1953.Se encontraban cruzando entre los
cabos Polonio y Santa María (Uruguay), en demanda de Buenos Aires,
cuando les sorprendió un pampero que les retrasó la entrada en puerto.
Hacía tiempo que había perdido la poesía, pero aún recordaba el acrósti-
co —ALCIRA— con el que comenzaba y que había dedicado a una
guapa argentina que había conocido en Madrid antes de ingresar en la
Escuela Naval.

Arrancaba el pampero de las jarcias,
locas en extraño arpegio,
cascadas de trinos y folías.
Infierno y cielo, diabólica armonía
ramera la mar, lasciva, su pecho alzaba,
al beso frío de la Pampa...

Por un instante, y en alas del recuerdo, la expresión del rostro del
comandante, hasta aquel momento seria y por momentos tensa, apareció
distendida y sonriente. En su hoja de servicios había muchos días de mar y
muchos temporales —lo avalaban sus casi dos mil días de mar, de los que
ochocientos habían sido navegando a bordo del buque escuela Juan Sebastián
de Elcano, pero nunca, navegando en superficie y a lo largo de toda su carre-
ra submarinista, había visto meterse la cubierta de proa de un submarino
debajo del agua como se metía la del S-34. Claro que nunca, a bordo de un
submarino, había corrido un temporal. Los submarinos, salvo impondera-
bles como era su caso, siempre navegaban en inmersión y bajo el agua, a
determinada profundidad, los efectos del oleaje eran casi imperceptibles.
Aún existía otra razón que justificaba tal comportamiento: el extre-
mo de proa del S-34, como el de todos los submarinos pertenecientes a
la clase Guppy, tenía cierta similitud con un gigantesco cuchillo en el que
su borde afilado estuviera dirigido hacia el cielo. Esta forma tan caracte-
rística propiciaba su penetración en el agua haciendo desaparecer, a poca
mar que hubiera, no sólo la proa sino también toda la cubierta hasta la
base misma de la vela.
No, no podía hacer inmersión y era una pena. Se lo habían adverti-
do muy seriamente: la zona por la que navegaban era de ejercicios de sub-
marinos nucleares y solamente estaba permitida la navegación en super-
ficie dentro de los límites de unos canales, de seguridad, perfectamente
establecidos. Además, y esto era lo peor, el interior de la vela estaba par-
cialmente ocupada por algunos de los respetos, de mayor tamaño, que le
había entregado la Armada norteamericana.
Habían abandonado la base de submarinos de New London aquel
mediodía —19 de noviembre de 1972— después de que un inoportuno
retraso, provocado por la avería de una giroscópica, le obligara a modifi-
car la hora de salida prevista.

Adiós, muchachos, adiós, pedazos del corazón...
La despedida, pese al retraso, había sido realmente emocionante:
no faltó nadie a la cita. Allí acudieron los mandos del Squadron 22, con
sujefe,captainMatson y todo su staff,compuesto por los commander Fellows,
Carr y Fletcher. También estuvieron, acompañándoles, sus respectivas
mujeres: Jane Matson y Allix Fellows, junto con Jane Carr y Marion
Fletcher.
El trato con ellas había sido todo un descubrimiento y una sorpre-
sa bien agradable. De edades comprendidas entre treinta y cuarenta años,
supersonalidad se parecía más,en su forma de ser y actuar,a la de las muje-
res españolas, de su misma clase, que al estereotipo que tenían —producto
del cine, naturalmente— de la mujer norteamericana.
Estaba deseando contarle a Paloma, su mujer, la continuación de
aquella historia en la que ella y su hijo Fabio habían sido protagonistas
años atrás, cuando el había estado en Portsmouth y que de nuevo, y mer-
ced a un gentil detalle del jefe de submarinos de New London y su mujer,
se había vuelto a repetir en un gesto realmente simpático.
Valía la pena recordarla. Había ocurrido en aquel puerto inglés en
el que con motivo de su visita, a bordo del Juan Sebastián de Elcano, había
vivido unos momentos realmente emocionantes y apreciado el savoir faire
de los marinos de la Royal Navy.
Resultó que la cámara de oficiales del Saint Vincent Squadron—sus
anfitriones durante su estancia en puerto—habían invitado a comer al
comandante y a la cámara de oficiales del Elcano en las vetustas, pero
espléndidas, instalaciones del Squadron.
Fue durante el aperitivo, previo a aquella comida, cuando inespera-
damente apareció un marinero del Elcanoportador de un telegrama para él.
No le extrañó, pues su mujer estaba embarazada y fuera de cuentas.
Efectivamente, su suegro le comunicaba desde Tenerife, donde se
encontraba su mujer, que había nacido su hijo Fabio y que tanto la madre
como el niño...
La noticia corrió rápidamente y, enterado el capitán de navío, jefe
del Saint Vincent, ordenó que le abrieran una botella de champagne para
celebrar con él tan feliz acontecimiento.
Aquello había sido solamente el principio de toda una serie de deta-
lles. Camino de la inmensa sala —mesa de comedor de madera, de más
de quince metros de largo— en donde se iba a celebrar la comida, se le
había acercado el páter del Saint Vincent para preguntarle el nombre del
recién nacido, el de su madre y la religión que profesaban. Se sorprendió
un poco, pero no le había dado la menor importancia. Fue luego, al ter-
minar de comer y llegada la hora de los brindis, cuando comprendió el in-
terés del páter.
Nunca olvidaría las emotivas palabras del jefe del Saint Vincent Squa-
droncuando se levantó y alzó su copa:
—Gentlemen, before proposing a toast to General Franco and Elisabeth the
II, must raise my glass to Paloma, the wife of Lieutenant De Negri, and their son
Fabio who was born a few hours ago.
Finalizado el brindis, y ya sentados los comensales, se levantó de
nuevo y cogiendo un lepanto de marinero inglés, de tamaño apropiado
para un niño que le ofrecía su ayudante sobre un almohadón de tercio-
pelo rojo, continuó:
—I am asking Lieutenant De Negri to honour us by letting his son Fabio
wear on his head this Navy Sailor`s hat on the day of his Primera Comunión.
El páter se había informado previamente...
Cuando terminaron los aplausos con que se habían recibido sus
palabras, cogió de encima de la mesa y le entregó una pieza pequeña, de
plata sobre soporte de madera, que representaba al navío Saint Vincent
con las velas desplegadas y que servía para sujetar el menú. Pidiéndole
disculpas por lo sencillo del obsequio, le pidió que se lo entregara a su
mujer en nombre del Saint Vincent Squadron.
Días después, la mujer del jefe del Sain Vincent recibió un espléndi-
do ramo de esterlicias que su suegro, conocedor de la predilección que las
inglesas tienen por esta flor, le había enviado desde Tenerife. A savoir faire
inglés, savoir fairechicharrero...
La historia finalizó, años después, cuando su hijo hizo la Primera
Comunión en Cartagena, vestido de marinero español pero con el lepan-
to del Saint Vincent Squadron. ¡La de veces que tuvo que repetir la his-
toria a sus compañeros presentes, para justificar aquella «traición» a la
Armada española!
Pues bien, ocho años después, en New London, se había repetido
la historia en la persona del hijo, recién nacido, de uno de sus oficiales, el
teniente de navío Riego.
Sucedió que él le había contado su anécdota de Portsmouth a Jane,
la mujer del capitán de navío Matson, que era su jefe directo, pues man-
daba el segundo escuadrón de submarinos en New London.
La noche del día en que nació el primer hijo de aquel oficial se
encontraba cenando junto con sus oficiales, en la residencia de dicho
jefe.
Fue una sorpresa para todos, incluso para él, pues nada le había
anticipado el capitán de navío Matson. La anécdota se repitió, paso a
paso, sin salirse del guión.
Al terminar la cena, el anfitrión, luego de dedicarle un guiño de
complicidad, procedió a brindar por la madre y el recién nacido, en tér-
minos equivalentes a los de antaño, sólo que cambiando a la reina Isabel
II por el presidente Nixon...
Después le ofreció un gorro infantil de marinero de la Navy y, a
continuación, rogó a Riego que su hijo llevara aquel gorro cuando hicie-
ra su Primera Comunión. También los submarinistas norteamericanos te-
nían savoir faire.
Volvía a pensar en los oficiales submarinistas y en sus mujeres y
como dato curioso recordaba que no había conocido ni un solo divorcia-
do, ni divorciada, entre los oficiales de la base. Claro que quizá tuviera
algo que ver, en el tema del divorcio, el célebre almirante «nuclear» Ri-
ckover, del que se contaban dos anécdotas muy sabrosas.
Una, referente a la admiración y respeto que suscitaba en la US
Navy, decía que:
«In the United States, there is no one qualified to be Jesus Christ;
but if would be only one, this one would be Admiral Rickover» (En los
Estados Unidos no existe ninguna persona cualificada para ser Jesucristo;
pero, si existiera sólo una, esta sería el almirante Rickover...).
Y la otra, relativa a sus particulares criterios de selección, era que no
concedía el mando de un submarino nuclear a un oficial divorciado,porque:
«La persona que se ha equivocado una vez, puede equivocarse dos
y el comandante de un submarino nuclear no puede permitirse el lujo de
equivocarse, ni tan siquiera, una sola vez...».
También estaban en el muelle, mezclados con la multitud, la totali-
dad de losoficiales del USS Bang —nombre que tenía el S-34cuando
navegaba bajo la bandera de las barras y las estrellas: su comandante y
amigo, David J. Harris, acompañado de Cathy, su mujer, el lieutenant
commander Iber, con Peg, y los lieutenant Huffaker, Petrino y Sullivan...
Todosacudieron a despedirles y hasta con sus hijos, como en el caso de
Huffaker.
La nota alegre, y triste al mismo tiempo, la dieron las leales y fieles
alumnas del Conneticut College, que, encabezadas por Carol —la culta
Carol, que era capaz de recitar a García Lorca, Neruda y Shakespeare y
hasta conocía la historia de «Delenda est Cartago», acudieron a despedirlos
en masa.
Fue la última instantánea que quedó impresa en su retina mientras
la amura de babor del submarino se apoyaba suavemente, casi con des-
gana, en el muelle de madera del Pier núm. 4, para hacer cabeza sobre él,
abrir la popa y poder dar atrás sin impedimentos.
Luego, dando la proa a la multitud que les despedía, y mientras la
popa del S-34se deslizaba lenta pero decidida hacia atrás, su retina dis-
paraba, uno tras otro, los últimos flashes, consciente de que algún día for-
marían parte de su bagaje sentimental más preciado.
En su memoria aparecían, agrupadas y algo separadas de la multi-
tud, aquellas chiquillas que, con los ojos llenos de lágrimas, decían adiós
a unos marinos españoles que, salvo milagro, nunca jamás volverían a en-
contrar.
Allí estaba, sobresaliendo por su estatura, la francesa Cristina, la
sueca Ann —Calamity Ann, como la habían bautizado...—, la medio
española Cathy Platen, Amalia, Leslie, Pamela y, por supuesto, Carol; no
faltaba ninguna del grupo de Knowlton House que tan hospitalariamen-
te les habían recibido.
Aún continuaban resonando en sus oídos las notas del «Adiós
muchachos, adiós pedazos del corazón...» que, ante el asombro y la
envidia de los oficiales norteamericanos, les habían dedicado sus fieles
amigas.
Tampoco faltó Ingrid, la rubia camarera alemana del club de ofi-
ciales de la base, que les había proporcionado la letra de Lili Marleeny que
les acompañaba, durante las tardes de los happy hour...

 

Con horizonte claro y cielos despejados. Así de suave suena el subtítulo de este libro y así de suave es su lectura. Una novela marinera desde su comienzo hasta su final. En ella se nos narra desde la infancia la vida de un lobo de mar de la Armada Española. Desde su ingreso en la escuela de huérfanos de la Armada hasta su madurez al frente del estado mayor de la flotilla de submarinos de la Armada en Cartagena.

El libro recorre varias facetas, como ya hemos mencionado la niñez y el periodo de formación en la escuela de huérfanos de la Armada hasta que se convierte en un oficial. Otro recorrido interesante son las vivencias y anécdotas al ir a recoger los subarinos de la clase Guppy que la USS Navy entregó a la Armada Española en los años 70.

Finalmente, y esta es la parte de más tensión, nos sumergimos en las horas del frustrado golpe del 23-F. El cómo se vivieron esas horas desde el ámbito militar. Siempre ha sido una duda, una inquietud el saber como influyeron esas horas de incertidumbre en una base o acuartelamiento cualquier de España, incluídas las zonas implicadas como el caso de Valencia.  Qué se pasaba por la cabeza de los mandos y cómo se actuó en esas frenéticas horas.

Como protagonistas de esta segunda parte del libro tenemos la historia paralela de los submarinos de la clase Guppy S33 y S36, a los cuales pilla el 23 de Febrero fuera de Cartagena, uno en Málaga y el S36 en Valencia. Son dos historias totalmente distintas de cómo se vivió el intento de golpe y las reacciones de sus oficiales y dotaciones, son dos historias que nos meten en tensión y que trasladan mensajes de camaradería, sentido común y sentido del deber.

Con un estilo narrativo muy limpio y ameno, el libro se hace corto y se lee de una tacada. Un libro muy recomendable para los lobos marinos que frecuentan este puerto y que es algo distinto a los típicos libros de cañones, polvora y járcias que estamos acostumbrados a reseñar por estos mares.

BUENA AMANECIDA. Con horizontes claros y cielo despejado
Benito Chereguini de Tapia
176 págs. 150 x 215 mm.
Rústica
ISBN: 978-84-7486-181-5 

 

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