Buena amanecida Benito Cheriguini exalumno del
CHA Colegio de Huerfanos de la Armada Submarino 23-F
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Buena amanecida Benito Cheriguini exalumno del CHA Colegio de Huerfanos de la Armada Submarino 23-F
El libro, mezcla de realidad y ficción, tiene una primera parte en la que el
autor nos cuenta su infancia, su vida de interno en el Colegio de Huérfanos de
la Armada en Madrid, después habla de su estancia en los EE.UU como comandante
del submarino S-34 Cosme García y finalmente, nos hace vivir junto a él, en la
Base de Submarinos de Cartagena, las tensas y difíciles horas del
23F.
Simultáneamente con sus vivencias en el 23F, el autor introduce
en escena dos historias paralelas sobre dos submarinos que se encuentran de
maniobras y cuyos comandantes vivirán las horas del 23F de forma bien distinta,
tanto por sus diferentes formas de pensar como por las circunstancias que les
rodearon en aquellas horas.
El mensaje de concordia que el autor nos
envía se halla en el emotivo encuentro del protagonista con el "mensajero de la
nieve..." en EE.UU. Después de treinta años, dos niños, cuyas vidas se
bifurcaron sin apenas tener conciencia de su mutua existencia, se encuentran.
Ambos habían perdido a sus padres en la guerra civil: uno, sin motivo ni
fundamento, al principio de ella y el otro defendiendo la república en las
trincheras de Madrid poco antes de la entrada de las tropas de Franco.
Biografia
del autor
Benito
Chereguini de Tapia
ha sido durante cuarenta años oficial en activo de Armada. Oficial de submarinos
desde muy joven, desempeñó gran parte de su carrera en unidades submarinas o en
destinos de Estado Mayor de la Flotilla de Submarinos de Cartagena en donde se
encontraba el 23 de febrero de 1981. Además de navegar durante cuatro años en el
Buque Escuela de Guardiamarinas Elcano, ejerció de Ayudante de Campo del
Presidente del Gobierno (82/83), de Agregado Naval a las Embajadas de Montevideo
y Buenos Aires y de Jefe del Sector Naval de Cataluña hasta su retiro en 1990.
Leer
una parte...
CAPITULO
II
Ocho
años de internado en el Colegio
de
Huérfanos de la Armada
Cumpliendo
una promesa
Fabio
de Negri llevaba un buen rato sentado en uno de los pri-
meros
bancos de la capilla del Colegio de Huérfanos de la Armada, que
permanecía
silenciosa y vacía en aquella hora próxima al mediodía. Su
mirada,
en la que se reflejaba una cierta emoción, estaba dirigida a la ima-
gen
de la Virgen del Carmen que presidía, desde lo alto del altar central,
aquel
lugar de recogimiento que tanto sabía de sus debilidades, alegrías y
tristezas,
durante los últimos ocho años.
Estaba
allí en cumplimiento de una promesa; una de las muchas
que
había hecho, y que había prometido cumplir, si ingresaba en la Es-
cuela
Naval Militar. Había ingresado y allí estaba, a sus pies, preguntán-
dole
a la Señora cómo se las había arreglado para que en el examen oral
de
análisis matemático su mano acertara a sacar, precisamente, la bola
número
ocho...
Casi
le temblaba la mano al recordar el momento en que el presi-
dente
del Tribunal le había presentado una bolsa de terciopelo negro,
que
contenía tantas bolas como papeletas comprendía la asignatura, pa-
ra
que extrajera una de ellas. Su mano, guiada con toda seguridad por la
Virgen
del Carmen allí presente, había acertado a extraer aquella bendita
bola,
la número ocho, que correspondía a la única papeleta que se sabía
realmente
bien.
Aún,
si cabe, había sido más milagrosa su intervención cuando el
ponente
de física —a quien los guardiamarinas le habían puesto el mote
de
el
Perro, a causa de su agresividad examinando—, le había mandado
pintar
y explicar, sobre la negra pizarra, el circuito de un timbre eléctrico
que
figuraba en la papeleta de examen.
Pintarlo
lo pintó rápido, pero cuando llegó el momento de expli-
carlo,
resultó que aquel maldito timbre sólo producía un único y raquíti-
co
«ring», en lugar de un «ring» continuado, como todo timbre bien naci-
do
debía producir... En el suyo, por mucho que permaneciera el dedo
apretando
el pulsador, solamente se conseguía un corto «ring» que no
parecía
convencer al ponente, pues, para obtener otro «ring», había que
levantar
el dedo y volver a pulsar.Menos mal que al presidente,una buena
persona
sin duda, le hizo gracia el dichoso timbre y dio la solución por
buena,ordenándole
que continuara,porque,de no haber sido así,el Perro
le
hubiera mordido...
Llevaba
varios días flotando en una nube, en una mezcla de ale-
gría,
satisfacción y orgullo, que le envolvía desde el mismo instante en
que
supo que había ingresado en la Escuela Naval de Marín. Aquello
había
sucedido justo dos días antes, al regresar del paseo que dieron
hasta
la playa de Aguete, cerc
de
Marín.
Al
regresar del paseo, cuando se encontraban en la parte más alta
de
la carretera que conduce a la playa de Portocelo —en las inmediacio-
nes
de la Escuela Naval y justo en el lugar desde donde se domina la en-
trada
del Hotel Residencia de la Escuela— vieron un grupo de señoras,
entre
las que se encontraba su madre, que al reconocerlos levantaron sus
brazos,agitándolos alegremente,como señal inequívoca de buenas
noticias.
Nunca,
en toda su vida, volvería a experimentar una alegría tan
grande.
Echó a correr cuesta abajo, como un poseído, para fundirse
con
su madre en un abrazo tan entrañable como pleno de significados.
Jamás
unas lágrimas le habían producido mayor placer. Aquel abrazo,
con
el que celebraban su ingreso, tenía mucho de especial. Para él no
era
solamente la satisfacción de ver hecha realidad la ilusión de su vida:
ser
marino de guerra. No, era algo más. Era como si con su ingreso en
la
Escuela Naval le hubiera devuelto a su madre una parte del espíritu
de
su padre que le había sido arrebatado el mismo día que aquellos
malditos
rojos lo habían asesinado. Para su madre, ella se lo confesaría
más
tarde, era la satisfacción de haber cumplido con la obligación mo-
ral
de ver a uno de sus hijos, un De Negri Valla, seguir la carrera de su
padre.
Los
sábados, ducha
Desde
la estación del Norte,a la que había llegado con su
madre dos
horas
antes procedentes de Marín, se habían dirigido a casa de Asunción
Valla,
una prima de su madre. Con ella se había quedado su madre espe-
rando
que llegara la hora de dirigirse a la estación de Atocha para coger
el
tren correo que los conduciría a Cartagena. Ya no vivían en San Fer-
nando;
poco después de su ingreso en el CHA, su madre se había trasla-
dado
a la ciudad que la vio nacer y en donde residía parte de su familia.
Luego,
al quedarse solo, había cogido el autobús 14 en Cibeles. Los
tiem-
pos del 7 y del
8 quedaban atrás... y se había ido al CHA.
Caminaba
con el pulso acelerado, pensando que iba a despedirse de
todo
cuanto había sido su entorno, su vida, durante los últimos ocho
años:
compañeros, profesores, inspectores, monjas, médicos, contrama-
estres,
marineros, cocineros, mujeres de la lavandería... De todos, porque
todos
habían sido parte importante de su adolescencia y de su juventud.
Ahora,
al recordarlo, le invadía un curioso y extraño sentimiento de
orgullo
que se sobreponía a cualquier otro. Cierto que, en lo material,
había
pasado hambre, frío y penuria económica y cierto, también, que en
lo
espiritual y afectivo, sus carencias aún habían sido mayores.
Se
le agolpaban los recuerdos de su niñez y se veía durmiendo, bajo
aquel
mismo banco, mientras se celebraba la misa que era diaria y obliga-
toria.
La di
puro
estilo gatuno, eran motivo más que suficientes para que llegara a la
capilla
muerto de sueño.
Le
parecía inaudito su comportamiento de antaño, pero así había
sucedido.Y
no es que le pareciera inaudito,por irreverente,que él sabía que
la
Virgen le había perdonado..., sino porque no concebía cómo había sido
capaz
de dormir debajo del banco, sobre el duro suelo, muerto de frío y,
sobre
todo, soportando, particularmente en verano, el desagradable olor
que
despedían los pies de sus compañeros...
Aún
fue capaz de sonreír cuando, por un instante, le pareció sentir
el
inconfundible tufillo que despedían botas y calcetines de los internos
de
aquella época, en la que sólo se duchaban y cambiaban de ropa inte-
rior
una vez por sem
A
mediados de septiembre, cuando finalizadas las vacaciones de
verano,
regresaban al CHA las monjas de San José —cuya única tarea era
la
de cuidar del vestuario de los alumnos—, les entregaban unos pantalo-
nes
de p
«baby».
Estaba muy bien, sólo que aquellas prendas debían durar hasta el
mes
de mayo del año siguiente... Más de una vez había tenido que ama-
rrar
las suelas al cuerpo de las botas, mediante cuerdas, para poder cami-
nar
con cierta dignidad, al no disponer de otro calzado con que sustituir-
las.
Y ¿qué decir de los pantalones, que al cabo de unos meses de uso
podían
mantenerse de pie sin ayuda alguna?
Por
un momento se recreó, con placer, en la imagen de aquellas
duchas
de los sábados por la tarde y hasta le pareció que sentía, sobre su
cuerpo
desnudo, el agua caliente que tanto había deseado. La ducha,
sobre
todo en invierno, era a «toque de corneta»: un minuto para remo-
jarse,
dos para enjabonarse, tres para quitarse el jabón y se acabó...
Solamente
en verano, cuando se duchaban con agua fría, el buena perso-
na
de don Alfonso, su amigo el inspector, tenía una cierta mano ancha.
El
clan de Salamanca
Sí,
don Alfonso era una excelente persona. Era, también, el único
inspector
que imponía respeto, por igual, a grandes y pequeños. Se decía
que
estaba escribiendo una novela y que tenía una querida que se llama-
ba
Margarita.
Era
el inspector de más edad, aparte de don Teodoro, el profesor de
ingreso,
y no tendría más de cuarenta años. Muchos domingos y días fes-
tivos,
cuando estaba de servicio, se sentaba en un banco del pasillo y con-
taba
a los más pequeños divertidas aventuras de su juventud, allá en su
Asturias
natal.De alguna manera,servía para hacerles olvidar que
en aque-
llos
momentos otros más afortunados estaban disfrutando de sus familias
en
Madrid.
Además,
gozaba de la absoluta confianza del capitán de navío, don
Huevo
por su calvicie y especial forma de la cabeza.
En
el resto de los inspectores había de todo, aunque, con el paso
de
los años, había terminado apreciando y siendo amigo de casi todo
aquel
«clan de Salamanca», como les llamaban entre ellos. Todos, natu-
ralmente,
tenía su mote: Salacatriqui —en recuerdo de un guardia urba-
no
de San Fernando, el Yanqui, el Víbora, el Resucitado,
porque se había
incorporado
en relevo de otro al que llamaban el Muerto y alguno más.
A
casi todos ellos los había traído el jefe de estudios, el famoso
Chato
que era salmantino. El Chato era comandante castrense de la Ar-
mada
y más célebre por su mala uva y por su larga mano que por la de-
dicación
religiosa que se esperaba de él.
Más
de uno, como sus compañeros de curso Cebreiro y Oliva, le
habían
enseñado, en «caliente», las
respectivas
caras las «caricias» del susodicho, y todo, como era el caso de
Oliva,
por una «bobada»; porque había roto, con una piedra, las mirillas
de
cristal de todas las aulas del colegio: no se había librado ni una...
El
Chato, así llamado por la magnitud de su apéndice nasal, era tris-
temente
famoso por su fuerza descomunal —alto y de fuerte comple-
xión—
y por la larga mano que tenía para pegar. Su especialidad eran
unos
pescozones —los pegaba a traición— que hacían saltar las lágrimas
de
dolor y de rabia, o unas sonoras y desprevenidas bofetadas que deja-
ban
las orejas calientes durante un buen rato...
No
olvidaría nunca que el «chato» había sido el causante de su pri-
mera,
y única, visita a la «corrección». Le había sorprendido en el estudio
cuando,
con otro compañero, jugaba con la tapa del pupitre levantándo-
la
con un dedo para ver quién era más fuerte... El Chato les había sor-
prendido
entrando «traidoramente» por la puerta trasera del estudio,dado
que
siempre solía hacerlo por la puerta delantera. Verlos y dirigirse hacia
ellos
con la velocidad de una locomotora fue todo uno. La bofetada que
iba
dirigida a él se la ganó su compañero, pues él se había agachado a
tiempo...
La falta, jugar con la tapa del pupitre durante el estudio, fue con-
siderada
gravísima y castigada con una noche y un día de «corrección».
Recibía
ese calificativo una celda —no merecía otro nombre, aquel
miserable
zulo de dos metros de largo por uno y medio de ancho...— en
la
que se encerraba, por uno, dos, o varios días, a los alumnos que come-
tían
alguna irregularidad, como escaparse, insultar o desobedecer a un
inspector...
Nunca,
aunque todas las sospechas recaían en el Chato, se llegó a
saber
de quién había partido la humillante idea de crear el castigo de la
corrección
que era, evidentemente, una flagrante violación de los dere-
chos
humanos. Ni se supo el autor, ni se comprendía cómo podía casti-
garse
a adolescentes a permanecer encerrados durante días —a veces
hasta
quince— en tan humillante situación.
La
corrección era algo disonante, algo fuera de tono, en aquel cole-
gio,
el CHA, en el que se podía pasar hambre o frío; ser castigado con
plantones,
de mayor o menor duración, o privado de la salida de los
domingos,
pero todo dentro del mayor respeto a los alumnos. No, nunca
entendería
la existencia de aquel baldón. Alguna vez había llegado a pen-
sar
que el director, una excelente persona —almirante en la reserva—
desconocía
la existencia de tal castigo. Pese a ese baldón, el CHA siempre
permanecería
en su recuerdo como el entrañable colegio en el que había
llegado
niño y había salido hecho un hombre.
La
«corrección» —situada en la tercera planta del ala sur—no dis-
ponía
de más luz que la que le proporcionaba una triste bombilla que col-
gaba
del techo. La única vent
quina,
como las de los barcos— y estaba convenientemente soldada, para
impedir
que se pudiera abrir. El «condenado» estaba obligado a perma-
necer,
prácticamente a oscuras, el tiempo que durara su encierro. Al
«ingresar
en prisión», el alumno era invitado a desnudarse por completo
delante
del inspector que le acompañaba, para que éste pudiera compro-
bar
que no era portador de tabaco, cerillas, mechero ni, naturalmente,
navajas,
cuerdas o utensilios peligrosos...
Una
vez comprobado que no llevaba ningún material prohibido, se
les
daba una colchoneta y una repugnante y sucia manta para dormir sobre
el
duro suelo. No, no le perdonaría nunca al Chato la injusticia que había
cometido
con él. Por lo demás, entre ellos, el hecho de dormir una noche
en
«corrección» era como perder la virginidad: ya era más hombre...
Pero
aquello había ocurrido cinco o seis años antes, cuando era un
niño,
porque en aquel momento el que estaba allí hablando con su Virgen
del
Carmen era, nada más y nada menos, que el recién ingresado aspiran-
te
de primer año de la Escuela Naval Militar, Fabio de Negri.
Pan
con glicerina
Por
primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que hacer: ni tenía
que
estudiar, ni había exámenes en perspectiva, ni su futuro era incierto.
Era
la situación ideal que, como le había dicho el almirante Abarzuza
cuando
entró a saludarle, no volvería a tener ocasión de experimentar en
su
vida.
Era
verdad pues su objetivo para los próximos días, hasta el 15 de
enero,
en que se incorporaría a la Escuela Naval, consistía en recrearse en
su
maravillosa condición de recién ingresado y divertirse todo lo que
pudiera.
Los primeros días en Cartagena —la peñica, como la llamaban
cariñosamente—
le abrumarían a enhorabuenas y felicitaciones: familia,
amigos
y también, ¡cómo no!, las niñas de la pandilla que, a partir de
ahora,
lo mirarían de otra forma; estaba seguro de que, aunque no lleva-
ra
aún el uniforme, alguna de ellas le vería los catorce botones dorados
sobre
el pecho.
Cambiando
de postura —ya había olvidado lo duros que podían
resultar
los bancos— permitió que su fantasía retrocediera a través del
túnel
del tiempo para acercar al presente, una vez más, vivencias largo
tiempo
olvidadas. Recordó su llegada al internado, ocho años antes,
acompañado
por su hermano Ricardo, que en la actualidad ya era todo un
flamante
Teniente de Artillería. Más tarde, el encuentro con los que se-
rían
sus compañeros durante todo el bachillerato, sus profesores, los ins-
pectores,
¡cuánto había llovido...!
Se
vio a sí mismo entrar por primera vez en el dormitorio seis, el
de
los más pequeños, y también vio como se levantaba, algún que otro
jueves
por la noche, para «hurtarle» a su buen amigo Claudio uno de los
seis
bombones que su madre le había traído, horas antes, durante la visi-
ta
que hacían las viudas a sus hijos.
Gracias
a las notables «paletas» con que Dios le había dotado, que
le
permitían comer el bombón a «raspillazos», y a los mendrugos de pan
que
recogía al terminar la cena, podía apaciguar sus hambres sin necesi-
dad
de recurrir a la glicerina.
Aquello
de la glicerina no es que lo hubiera hecho muchas veces,
pero
sí las suficientes como para no olvidarlo. La idea fue de su amigo
Luis
Nieto; a él, y sólo a él, se le había ocurrido subir a la enfermería,
aprovechando
los días más fríos, para que les pusieran glicerina en las
manos
que el frío había cortado y agrietado. Luego, le había explicado,
todo
era cuestión de traspasar aquel pegajoso líquido al trozo de pan
que
les daban en la merienda: al menos así el pan tenía algo de sabor
dulce...
Sí,realmente habían pasado hambre en aquellos primeros años
cua-
renta.
Fueron los años en los que algunos mayores abusaban de los más
pequeños
cambiándoles «la salsa por el pescao»: los pequeños daban el
trozo
de merluza que les ponían de cena y los mayores, a cambio, daban
la
salsa, ¡claro...!
Fueron
los años en que se robaban patatas en la cocina para termi-
nar
comiéndolas casi crudas y también los años en que, los más ágiles, se
sobrealimentaban
subiéndose a las acacias y comiéndose a puñados los
racimos
de sus blancas y «dulces» semillas...
¿Yo?
¡Yo qué coño voy a disponer!
Ahondando
en sus recuerdos, le había llegado el turno a un famo-
so
sargento de infantería de marina, el sargento Figueroa, más conoci-
do
por el Bistea, al que su particular pronunciación de beef-steakle había
hecho
merecedor de tal mote. Este personaje, por lo demás una magní-
fica
persona, había protagonizado una anécdota realmente divertida.
Entre
las muchas innovaciones que había llevado a cabo el almi-
rante
Abarzuza, cuando asumió la dirección del colegio, se encontraba el
arriado
de la bandera. Este acto debía realizarse a diario, en el patio de la
capilla,
con asistencia del profesor de servicio y de todos los alumnos. A
tal
efecto, y con objeto de que el acto fuera presidido por un oficial de la
Armada,
eximió a los profesores civiles de montar dicho servicio.
Una
vez formados los alumnos se procedía al arriado de la bande-
ra
de España, que descendía lentamente mientras sonaban las pitadas
reglamentarias
que, bien orgulloso de su cometido, daba el contramaestre
de
cargo con su brillante pito de plata. Luego, al finalizar, y de acuerdo
con
la tradición, se cantaba «la oración» —por este nombre se la cono-
cía—
que ponía fin a la ceremonia de arriado de bandera en todos los
buques
de la Armada.
Sucedió
que, mientras no se hubo completado la plantilla de oficiales,
los
profesores civiles tuvieron que ejercer de tales pese a su desconocimien-
to
de las costumbres y tradiciones de la Armada. Aquel día, el profesor de
servicio
era don
que
les daba clase de química orgánica e inorgánica.
El
apodo se lo había g
nos
se habían dado cuenta de que si le agobiaban llamándole insistente-
mente:
«¡Don
nuel,
saltaba con un «¿Don
arrancaba
la carcajada general.
Aquella
tarde, una vez finalizado el arriado de bandera, el sargento
Figueroa
se volvió a don
venia
para iniciar el canto de la oración. Desgraciadamente era la prime-
ra
vez que don
institucionalizado
el arriado de bandera, y no tenía ni la más mínima idea
de
lo que tenía que hacer o decir.
Después
de unos segundos de observarse el uno al otro, el sargento
Figueroa
decidió darle una pista al profesor, «soplándole el comienzo de la
primera
estrofa de la oración que decía:«Tú que dispones de
cielo y mar...»:
—Tú
que dispones...—la voz de Figueroa,tan fuerte como él,llegó
clara
hasta el último rincón del patio.
Las
sucesivas expresiones del rostro de don
dignas
de perpetuarse: primero expresó sorpresa, luego desconcierto, a
continuación
estupor, finalmente guasa y, por último, sin perder la com-
postura
y haciendo gala de su mejor casticismo, dijo:
—¿Yo?
¡Yo qué coño voy a disponer!
Aquella
tarde hasta en los cielos tuvieron que reír...
«Deutschland,
Deutschland über alles...»
Don
Anselmo Romero era un germanófilo a ultranza —cabeza y
físico
a tono— que durante los años victoriosos de Alemania, en la se-
gunda
guerra mundial, bastaba con que uno de sus alumnos se levantara,
brazo
en alto, cantando el «Deutschland, Deutschland über alles...», para
que
él los imitara uniendo su potente voz a la de sus avispados alumnos que
habían
iniciado el himno justo en el preciso momento en que iba a comen-
zar
a preguntar la lección del día...
Por
cierto que la segunda guerra mundial no le había causado exce-
siva
preocupación. Era muy niño, y salvo lo que oía contar a los mayores,
poco
más sabía. Sin embargo, sí que recordaba que un día, a finales de
1944
o principio de 1945, se había presentado voluntario para ir a la Di-
visión
Azul.
Aquello
tuvo lugar una noche que se había ido la luz y que, por
tanto,
les habían dejado salir del estudio. Al salir al pasillo se encontraron
—sentados
en una mesa y alumbrados con un par de velas— a un grupo
de
mayores que, según explicaban, estaban reclutando voluntarios para ir
a
la División Azul. Las cosas iban mal en Alemania y Franco pedía volun-
tarios
a partir de los quince años. No lo había pensado dos veces antes de
ponerse
al final de la larga cola:
—Pero
bueno, Fabio, ¿no te has enterado de que solamente pueden
apuntarse
los mayores de quince años?
—Sí,
pero me han dicho que también pueden ir, con independen-
cia
de la edad, los que midan más de un metro sesenta, yyo mido más...
Todo
resultó ser una broma, pero entonces se había sentido muy
orgulloso
de haberse presentado voluntario para luchar contra los comu-
nistas
que, para él, eran lo mismo que los rojos...
En
el CHA todos eran franquistas y, sin embargo, no había nadie
que
perteneciera a la Falange. Es más, jamás se les impartió ningún tipo
de
educación o enseñanza política: ni sobre la Falange, ni sobre nada que
se
le pareciera. De la Falange sólo conocían a José Antonio y el Cara al
sol.
Admiraban la figura de José Antonio y cantaban el Cara al sol, pero no
lo
hacían porque se identificaran con lo que representaba,sino porque era
un
himno romántico, que hablaba de primaveras y de banderas victorio-
sas,
y ellos estaban llenos de juventud e ideales.
Como
la mayoría de los alumnos del CHA, durante aquellos años
bélicos,
se sentía germanófilo. Los alemanes luchaban contra Rusia y el
comunismo
era la bestia negra que había asesinado a los padres de los
más
de doscientos huérfanos que había en el CHA. No había elección:
Cartagena
(España núm. 3), Mahón (la Mola), Málaga, Paracuellos del
Jarama
(Madrid) y los buques sublevados a favor de la República eran los
escenariosen
donde habían sido asesinados la mayoría de los padres de sus
compañeros.
Conocía todas las historias al dedillo y eran tema frecuente de
conversación
en las largas tardes de domingo, cuando se quedaban sin salir
por
no disponer de las dos o tres pesetas que costaba el cine.
Por
esa misma razón, la carencia de dinero, y por no conocer a
niñas
de su edad en Madrid o en las cercanías del colegio,en
Arturo Soria,
sus
recuerdos sentimentales eran escasos: unos acrósticos, unos versos a
una
niña, por nombre Juanis, que vivía en la Colonia de Albéniz, próxi-
ma
a la plaza de Chamartín y que formaba parte de un grupo en el que
las
mayores eran las herm
Juanis
era una cría de su edad, catorce años, muy guapa, que se dis-
putaban
él y su amigo y rival Gonzalo Fery. La veían los domingos en la
plaza
de Chamartín y algunas veces cuando, acompañando a la pandilla
de
las niñas mayores, se acercaba a charlar con ellos a través de la verja
que
separaba el colegio del pinar.
También
en Cartagena, en donde vivía su madre y a donde iba
todos
los veranos, Navidades y Sem
quince
años, de la herm
a
intercambiar un par de cartas y hasta había recibido una fotografía...
Más
tarde, cuando aprobada la Reválida se preparaba para el ingreso
en
la Escuela Naval, sí que se había enamorado, o al menos eso había cre-
ído,
de una esbelta y rubia argentina, de Córdoba, con la que había man-
tenido
una larga correspondencia epistolar.
La
había conocido en Madrid, un Jueves Santo, cuando paseaba sin
rumbo
y sin dinero, como de costumbre, con su amigo Pedro Laroble.
Vestían
el uniforme azul, con gorra de plato del CHA, que les hacía sen-
tirse
incómodos bajo el implacable sol que caía aquella tarde sobre Ma-
drid.
Alcira
Patricia, que así se llamaba la joven en cuestión, había salido
a
pasear y recorrer los monumentos —era Jueves Santo— junto con su
herm
del
Hotel París, en la Puerta del Sol, y su decisión fue rápida:
—Pedro,
yo la rubia y tú la morena, ¿de acuerdo?
Las
abordaron, sin pensárselo dos veces, y después de un duro
combate
habían conseguido ablandar la firme decisión de las jóvenes de
no
hablar con desconocidos, por muy altos y uniformados que fueran...
En
un principio, las dos herm
cesas
que estudiaban en Suiza y estaban visitando España. Gracias a que
ambos
habían elegido el francés como idioma para el ingreso en la
Escuela
Naval y a su irreprochable comportamiento, la rendición de las
jóvenes
no se hizo esperar.
A
la salida de una de las iglesias visitadas, Alcira le había confesado,
hablándole
con el más puro acento porteño:
—Fabio,
vais a perdonarnos por haberos mentido, pero somos
argentinas
y es el truco que ponemos en práctica para conocer las inten-
ciones
de los «moscones» que se nos acercan. Nos ponemos a hablar en
francés,
sin hacer caso de los «asaltantes», hasta que cansados se retiran...
Vosotros
sois los únicos que habéis mantenido el tipo sin abandonar.
Aquella
tarde, al finalizar de recorrer los monumentos, las acompa-
ñaron
al hotel y se despidieron de ellas hasta el día siguiente por la tarde,
que
las invitaron a dar un paseo por Madrid en autobús, de dos pisos...
eso
sí: ¡todo un agasajo! No tenían dinero para más...
Una
foto que le había dado Alcira había servido para mantener
vivo,
durante mucho tiempo, el recuerdo de aquella rubia argentina que
tanto
le había cautivado a sus diecisiete años.
Guárdame
la toba, por favor
Llevaba
mucho rato sentado; le apetecía estirar las piernas y fumar-
se
un cigarrillo. Miró a la Virgen, por última vez, y abandonó la capilla
saliendo
al pasillo.
Al
encender el pitillo sonrió pensando que, al menos y así lo espe-
raba,
no volvería a fumar más «tobas» (colillas) en su vida. Porque, ¡madre
las
que se había fumado ya...! ¡Tendría que pasar mucho tiempo, y fumar-
se
muchas cajetillas,para igualar en número de cigarrillos
el de colillas que
se
había fumado en los últimos cinco años! Para su desgracia, había co-
menzado
a fumar muy joven, con trece o catorce años. Primero fumó,
como
todos los críos de su edad, pitillos de matalahúva —se fabricaban
con
la semilla de aquella planta.Más tarde fumó de todo y como no abun-
daba
el dinero, ¡pues colillas, como todo el mundo en el colegio...!
Hubo
una época en la que cuando alguien, un afortunado, por su-
puesto,
encendía un cigarrillo surgían voces, desde todos los rincones,
solicitando
la toba.
—¡Guárdame
la toba!, ¡guárdame la toba!
—¡La
he pedido yo primero!
—¡No,
yo!
—¡Yo...!
Había
hasta especialistas en fumar tobas; tal era el caso de un com-
pañero
al que apodaban el Toboso. Pese a ser hijo de un oficial de alta
graduación
de la Armada, siempre andaba sin un duro y llegó a fumarse
tantas
colillas que se le formó una pequeña úlcera en el centro de los
labios,
a causa de lo mucho que las apuraba... Con las agujas de los pinos
formaba
una pinza —lo hacían todos— que le servía para sujetar la toba
y
evitar quemarse los dedos.
Miró
el reloj: eran las dos y media y, por tanto, había perdido el
autobús
de los profesores en el que tanto le hubiera gustado viajar a
Madrid.
Se le había hecho tarde hasta para comer con su madre y su tía,
como
les había prometido. Bueno, las llamaría por teléfono y se excusa-
ría
con una mentira piadosa.
Antes
de salir, cruzó el vestíbulo y abrió la puerta de la sala de pro-
fesores
para comprobar si quedaba alguno y despedirse: estaba vacía, ¡qué
remedio!,
se dijo, se iría caminando hasta la parada del 45 y luego ya vería
cómo
se las apañaba.
Se
había despedido de la mayoría de los profesores y de casi todos
los
inspectores. No era momento de recordar algún que otro cero, algún
que
otro suspenso o algún que otro plantón... Todos lo despidieron con
palabras
afectuosas, pues no en balde había llegado al CHA con diez años