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LIBRO HISTORIA DEL CUERPO DE MAQUINISTAS DE LA ARMADA, de Carlos Bonaplata

 

 

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA GENERAL DE MARINA,

 OCTUBRE DE 2006

 

 

TÍTULO:

 

“EL ALMIRANTE DON AUGUSTO MIRANDA Y GODOY, CREADOR DEL ARMA SUBMARINA ESPAÑOLA”

 

En historia a nadie se le cree si no prueba lo que dice.

Las pruebas son los documentos y testimonios que exhibe.

 

 

JAIME ANTÓN VISCASILLAS

Titulado Superior de la Administración del Estado,

Teniente de Intendencia de la Armada (RT).

                                                      

 

 

 

En el número de mayo de la REVISTA, entre otros interesantes artículos, figura el titulado Del nombre de los Submarinos, del conocido historiador naval Agustín Ramón Rodríguez González, en el que refiriéndose al contralmirante García de los Reyes, incide una vez más en el reiterado error histórico de considerar al citado marino como “verdadero creador y gestor de nuestra Arma Submarina”.

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Teniente de Navío Augusto Miranda

 

 

Sin ánimo de entrar en polémica, como descendiente directo del almirante don Augusto Miranda y Godoy (1855-1920), Marino Ilustre español y, entre otras cosas, creador en 1915 del Arma Submarina Española, y, con el único propósito de sentar definitivamente las bases de la verdad histórica sobre el nacimiento del Arma Submarina, hago las siguientes puntualizaciones que considero es menester recordar:

 

La Ley Ferrándiz de 1908 y los intentos posteriores

 

La primera vez que una norma jurídica con rango de ley menciona a los submarinos, es la Ley de 7 de enero de 1908 (D.O. nº 5, de 8-1-1908), conocida como Ley Maura, Ferrándiz o Maura-Ferrándiz. En ella se especificaba la composición de la flota a construir, cuya médula fueron los tres acorazados de la clase “España”. Además y de modo alternativo, preveía: “Tres destroyers de unas trescientas cincuenta toneladas, a seis mil pesetas la tonelada con armamento completo o tres sumergibles o submarinos de doscientas cincuenta a trescientas toneladas, a siete mil pesetas la tonelada con armamento completo y garantía de construtor especial de esta clase de buques: 6.300.000 pesetas”.

Finalmente se decidió construir los tres “destroyers” (entonces todavía no se les denominaba destructores) que fueron los Bustamante, en lugar de los submarinos, debido fundamentalmente al éxito que, en la reciente guerra ruso-japonesa de 1904-1905, tuvieron los destructores nipones y a que en aquella época el submarino era prácticamente un desconocido y tan sólo se contaban unas pocas decenas de estas unidades entre todas las flotas militares del mundo. Es decir, los submarinos nacieron exclusivamente “sobre el papel” en la Ley Ferrándiz de 1908, pero ni llegaron a construirse en España ni a adquirirse a una nación extranjera.

El segundo intento de incorporar submarinos a nuestra escuadra no se produce hasta el año 1912 cuando el presidente del Gobierno don José Canalejas, contemplando el oscuro horizonte del ya entonces vislumbrante conflicto europeo, se propuso dotar a España de una fuerza naval respetable, independientemente del papel que España asumiese ante la guerra, y, por supuesto, en apoyo de su política exterior. Pero ese propósito se quedó en un simple anteproyecto de nuevas construcciones -que incluía “seis sumergibles de 400 toneladas en superficie”- y que debido al asesinato del presidente Canalejas el 12 de noviembre de aquel año, ni siquiera llegó a ser presentado a las Cortes.

El siguiente gobierno, esta vez presidido por el Conde de Romanones, intentó rescatar el programa naval de Canalejas, pero la corta vida del mismo impidió que fructificara.

Y llegamos al decisivo gabinete presidido por don Eduardo Dato en octubre de 1913, y el mandato de su ministro de Marina, almirante don Augusto Miranda. Este gobierno será el artífice por una parte, de la neutralidad de España en la Gran Guerra de 1914 y, por otra, del resurgimiento de nuestra Armada, tras el Desastre de 1898, con la materialización del más importante programa naval de la Restauración, por no decir de los últimos dos siglos que, ahora sí, vería definitivamente hecha realidad la creación del Arma Submarina española.

Antes de presentar el plato fuerte de la que será llamada “segunda ley de escuadra”, el ministro don Augusto Miranda propuso construir una unidad aislada, un crucero explorador tipo Scout según la terminología inglesa de la época, de los que tan necesitada estaba la flota, para dar continuidad a las construcciones de la Ley Ferrándiz de 7 de enero de 1908. Así nació el crucero explorador Reina Victoria Eugenia (después rebautizado a causa de las vicisitudes políticas, con los nombres de República y Navarra), cuya construcción se autorizó por Ley de 30 de julio de 1914.

A continuación, el almirante Miranda presentó un programa de nuevas construcciones que tendría que ser también continuación del de 1908, y que será conocido como Primer Plan Miranda. Este proyecto, aprobado por Real Decreto de 29 de abril de 1914, fue presentado y leído en las Cortes, aunque Miranda decidió retirarlo antes de su discusión para modificarlo radicalmente en vista del estallido de la guerra europea en agosto de ese año. Este proyecto de ley non nata, además de otras construcciones navales y obras, ya preveía construir seis submarinos.

La conflagración europea que poco después degeneró en guerra mundial y la prudencia más elemental aconsejaban no emprender la ejecución de un plan tan vasto de nuevas construcciones, cuando se esperaba que el curso de los acontecimientos, recogiendo las enseñanzas prácticas de la guerra en la mar, operaría una revisión profunda en los tipos de los futuros buques. La experiencia real demostró que la pretendida supremacía del acorazado -se puso de manifiesto- era fácil víctima de la audacia de los pequeños submarinos, que se revelaron como la más eficaz fuerza naval durante la primera guerra mundial.

Todo ello influyó en el ánimo y pensamiento doctrinal del almirante Miranda, que confirmó sus ideas respecto a la importancia decisiva del arma submarina en la guerra naval.

 

 

 

 

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Contralmirante Miranda

 

La Ley Miranda de 1915: la creación del Arma Submarina Española

 

La Ley de 17 de febrero de 1915 (D.O. núm. 39, del 18 de febrero), que en honor de su autor ha pasado a la historia con el nombre de “Ley Miranda”, supuso el definitivo nacimiento del Arma Submarina Española, al incorporar en su virtud, los primeros submarinos a nuestra flota.

La Ley Miranda marcó un hito en nuestra historia naval, no sólo por la amplitud del programa de construcciones navales en ella previsto, sino también por la profunda y trascendental reorganización y reestructuración de nuestra Armada que abarcó, incluyendo la modernización y rehabilitación de los arsenales y la construcción de nuevas bases navales secundarias (Mahón, en Menorca; Marín, La Graña, Villagarcía y Ríos, en Galicia), además de importantísimas reformas en asuntos de material y de personal que le siguieron en otras disposiciones normativas promovidas por el ministro don Augusto Miranda, lo que en conjunto constituyó una verdadera reconstrucción con los criterios más modernos de su época.

De la extraordinaria importancia que el almirante Miranda otorgó a los submarinos como fuerza naval es concluyente y notorio el hecho de que determinó construir nada menos que ¡veintiocho! (28) unidades de esta clase.

Por si esto fuera poco, y con el deseo de incorporar cuanto antes los submarinos a nuestra Armada, sin esperar al previsible prolongamiento de los plazos de construcciones, el almirante Miranda introdujo muy certeramente un artículo adicional al texto de la Ley de 17 de febrero de 1915, que rezaba: “Se autoriza al Ministro de Marina para adquirir, por gestión directa con cargo a los créditos concedidos por esta ley, hasta cuatro sumergibles y el material necesario para las enseñanzas y prácticas del personal que ha de dotarlos y un buque especial de salvamento. Se le autoriza, asimismo, para organizar el servicio en los submarinos con oficiales del Cuerpo General de la Armada, y para reorganizar el Cuerpo de Maquinistas y los de Contramaestres, Condestables y demás subalternos, ajustando sus servicios y sus plantillas a las necesidades del nuevo material, dentro de los créditos consignados para personal en el actual presupuesto”.

Al amparo de esta disposición legal, los que en principio debían constituir la quinta serie del programa de submarinos aprobado, fueron en realidad los primeros que se incorporaron, aunque pertenecientes a distintos tipos. Y fueron adquiridos, como ya quedó apuntado, por gestión directa del almirante Miranda a naciones todavía no beligerantes y, por tanto, susceptibles de vender barcos de guerra a un país extranjero.

El Isaac Peral -que recibió este nombre en honor del insigne marino-inventor- fue adquirido a la empresa Electric Boat Co de los Estados Unidos. Botado el 22 de julio de 1916 y que se entregó en enero de 1917, fue el primer submarino español efectivo y con él también entraron en servicio los primeros motores Diesel, a flote, de la Armada. Su primer comandante fue el capitán de corbeta Fernando de Carranza y Reguera, quien marchó a los EEUU (Astilleros Quincy, Massachussets) con el núcleo de dotación para adquirir los conocimientos necesarios para el manejo del buque.

Los otros tres restantes, fueron adquiridos a la Marina italiana, pertenecientes a una serie de 24 submarinos costeros que estaban construyendo en los astilleros Fiat-San Giorgio, de La Spezia. El ministro don Augusto Miranda pudo conseguir, hacia mediados de 1916, la cesión de los tres últimos buques de esa serie, ya en estado avanzado, que recibieron los numerales “A1”, “A2” y “A3”. Nombró comandantes al capitán de corbeta Mateo García de los Reyes, para el A1, y jefe de la escuadrilla; y a los tenientes de navío José Cantillo y Eduardo García Ramírez, para los A2 y A3, respectivamente. Todos ellos, también, con los correspondientes núcleos de dotación, viajaron a La Spezia en julio de 1916 para adquirir la aptitud de submarinos.

Por Real Orden de 17 de junio de ese año se asignó los nombres de Narciso Monturiol  y Cosme García (en honor de los ilustres precursores de la navegación submarina) a los A1 y A2, después de sus botaduras. El A3 nunca llegó a tener nombre. Fueron entregados a la Armada en agosto de 1917.

Diseñados por el eminente ingeniero naval Cesare Laurenti, señala Manuel Ramírez Gabarrús, en su magnífico libro “El Arma Submarina Española”: “como unidades de guerra tenían posiblemente bastantes limitaciones, dado su reducido desplazamiento de 265 toneladas en superficie y sólo dos tubos lanzatorpedos; pero para ser utilizados como buques-escuela se prestaban admirablemente. Y esto era lo que necesitaba la Marina española en aquellos momentos en se intentaba crear un arma submarina partiendo de la nada”.

Desde el principio, se eligió el apostadero de Cartagena para la ubicación de la Base de Submarinos que, por Real Orden de 11 de octubre de 1918, pasó a denominarse Estación de Submarinos. Todos los servicios de la Base y Escuela de Submarinos, ésta última creada también en cumplimiento de la Ley Miranda, -que ya preveía la creación de una escuela para la instrucción y adiestramiento de las futuras dotaciones de submarinos- así como el cuartel y alojamientos de marinería, se instalaron en la antigua sede del tinglado para maestranza y en la sala de gálibos del Arsenal, sólido edificio terminado de construir en 1755.

Por Real Decreto de 19 de julio de 1915 se regularon los emolumentos del personal destinado en submarinos, y en 28 de diciembre de 1916 se promulgó una ley sobre accidentes en submarinos.

De todas las construcciones de unidades navales previstas en la Ley Miranda, sólo lo relativo a los submarinos no se cumplió en su totalidad. Así, de los 28 submarinos a que aspiraba, se adquirieron o construyeron 16. Las demás unidades fueron:

-         cuatro cruceros (Blas de Lezo; Méndez Núñez; Príncipe Alfonso –después rebautizado Libertad y Galicia; y Almirante Cervera); además del ya aprobado Reina Victoria Eugenia.

-         seis destructores cazatorpederos.

-         Tres cañoneros (Cánovas del Castillo, Canalejas y Dato).

-         Dieciocho guardacostas.

En otro punto del mismo texto legal se matizaba: “Los buques, a excepción de los cañoneros y guardacostas, se contratarán a medida que vayan a construirse inmediatamente en los siguientes grupos o series: dos grupos de dos, los cruceros; dos grupos de tres, los cazatorpederos, y en cuatro series de seis y una de cuatro, los sumergibles. En cada una de las series se aprovecharán los progresos alcanzados por la industria naval”.

Lo programado inicialmente en la ley[1], se amplió posteriormente a nuevos cruceros y destructores, como preveía su propio articulado, por lo que su desarrollo duró 15 años en vez de los seis inicialmente previstos.

A todo lo anterior hay que añadir lo ya apuntado sobre las obras a realizar en arsenales, bases navales y habilitaciones nuevas en puertos de refugio, así como la construcción de material flotante necesario, que también autorizó -con minucioso detalle- la Ley de 17 de febrero de 1915, y a cuyo amparo fueron realizadas.

 

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El Almirante Augusto Miranda

 

Las reformas en materia de personal: su profesionalización

 

Si importantes fueron las reformas que en materia de material emprendió el almirante Miranda, no lo fueron menos las que afectaron por completo al personal de la Armada, que equivalió a la creación de unos cuerpos modernos de oficiales, suboficiales y marinería.

Así, respecto a la Marinería, creó y organizó las especialidades de: artillería, radio, maniobra, electricidad, hidrografía y marineros de oficio, a las que se añadieron posteriormente otras más; reorganizó los maquinistas, que tenían reglamentación aparte; creó un nuevo empleo, el de maestres, intermedio entre los cabos y los suboficiales, como el de los cabos veteranos de nuestros tiempos. En cuanto a los suboficiales, estableció nuevos reglamentos para los cuerpos de condestables, contramaestres y suboficiales maquinistas, que sirvieron de base para los de las demás especialidades. Abrió las escuelas de la Maestranza de Arsenales, y reguló los estudios y carreras de todos los empleos anteriormente citados.

En cuanto a la enseñanza de los oficiales, nada más tomar posesión de su cargo modificó el plan de estudios de la Escuela Naval Militar, ordenando que se diera un interés especial a la práctica de la profesión, incluyendo las máquinas y las calderas, diciendo que los guardiasmarinas debían atenderlas y engrasarlas “para vencer la repugnancia a mancharse”. Dispuso que se eliminaran de las asignaturas todas las teorías que no tuvieran una clara influencia en los estudios posteriores. Incorporó a la Escuela Naval la Academia del Cuerpo de Administración, hoy de Intendencia, que llevaba 15 años cerrada, abriéndola a universitarios con estudios de Derecho y Economía.

Como complemento lógico del plan de escuadra, creó la Escuela de Ingenieros Navales[2] en Ferrol, que llevaba 30 años cerrada, incorporándola a la Academia de Maquinistas, ya existente, que pasó a denominarse Academia de Ingenieros y Maquinistas. Debido a la escasez de aspirantes, admitió el ingreso de oficiales del Cuerpo General, de Ingenieros del Ejército y de universitarios. De este magnífico centro docente saldrían prestigiosos ingenieros navales como, entre otros, Juan Antonio Suanzes, Nicolás Franco, Alfredo Pardo, o los propios hijos del almirante Miranda, Augusto y Pedro Miranda, todos los cuales llegarían a ostentar importantes cargos de responsabilidad.

Por otra parte, admitió también a oficiales de Artillería del Ejército para el ingreso en la Academia de Artillería de la Armada. Inició el sistema de especialidades del Cuerpo General al crear las de Artillería y Tiro Naval, además de las de Telemetristas y Apuntadores de Marinería.

Todas las medidas anteriores de reorganización en los aspectos orgánico y de formación pueden considerarse sin duda el inicio de la profesionalización integral del personal de la Armada.

En resumen, la obra del almirante Miranda al frente de la Armada fue tan extensa y variada que, como señaló su nieto el almirante general don Carlos Vila Miranda[3] en ocasión memorable: “es difícil encontrar otro período en la historia, si es que hay alguno, en el que se hayan realizado tantas y tan fructíferas reformas en nuestra Armada”.

Su enorme talento y prestigio ha quedado sellado de manera indeleble como una de las figuras más grandes de nuestra Historia Naval, habiendo sido reconocido por la Armada, a la que tanto amó y que, si quiera de forma testimonial, quedó demostrado en sus nombramientos de Ministro de Marina (que ostentó en cinco gobiernos y en los tres empleos del almirantazgo), Consejero de Estado, Senador vitalicio del Reino, y, finalmente, con su designación como Presidente del Gobierno, cargo este último que inicialmente declinó asumir por motivos de salud. Su muerte truncó inexorablemente la posibilidad de acceso a la más alta magistratura de la Nación, en lo que ha sido un capítulo inédito de nuestra historia.

Al recordar con admiración y orgullo su biografía, que resumí en estas mismas páginas (en el número de noviembre de 2000), con la íntima satisfacción de haber servido en la Armada como oficial profesional, sólo me cabe reproducir lo ya escrito sobre mi bisabuelo: excelente marino y eficaz gobernante, cuya personalidad merece calificarlo de auténtico estadista, y cuya vida entera estuvo entregada al servicio de la Armada y al engrandecimiento de España.

 

Conclusiones

 

Siguiendo a Ramírez Gabarrús, cabe afirmar con total rotundidad que al almirante don Augusto Miranda y Godoy se le debe el hecho de que España incorporase los submarinos a su renaciente flota; es decir, que naciera aquí un Arma Submarina a semejanza de las que ya existían en las principales Armadas del mundo.

Así, el Arma Submarina Española, haciendo honor a su tradición de origen, conmemora cada año el aniversario de su creación precisamente el 17 de febrero, fecha de promulgación de la conocida Ley Miranda, que S.M. el Rey don Alfonso XIII, gran entusiasta de la Armada, sancionó tal día del año 1915 con el refrendo de su autor y Ministro de Marina, el almirante don Augusto Miranda.

Justo es en historia atribuir a cada cual lo suyo. La historia del Arma Submarina Española tiene sus precursores en los insignes inventores Narciso Monturiol, Cósme García e Isaac Peral, cuyos proyectos realmente ambiciosos, no recibieron en su tiempo el apoyo que merecían; su definitivo creador y principal impulsor en la figura del ilustre almirante Augusto Miranda, que como eficaz gobernante supo aunar las fuerzas necesarias para llevar adelante su gran política de reformas; y a su  primer jefe y  decisivo organizador en el también ilustre marino  Mateo García de los Reyes.

Sólo puede crear algo quien tiene el poder necesario para hacerlo. Sin quitar mérito alguno a García de los Reyes, que lo tuvo y mucho, hay que señalar que en 1915/1916, cuando por ley se crea el Arma Submarina y se incorporan los primeros submarinos a nuestra flota, el entonces capitán de corbeta García de los Reyes era un simple aunque destacado oficial de Marina, y sólo por impulso de quien ejercía la máxima responsabilidad de la Armada, que no era otro que el ministro de Marina almirante don Augusto Miranda, era posible crear una fuerza naval nueva, entonces verdaderamente innovadora, que fue el Arma Submarina.

Prueba patente de la alta consideración que el almirante Miranda otorgó al entonces joven García de los Reyes, y de que supo apreciar en él su gran valía personal y competencia profesional, es el hecho de que lo nombró comandante del submarino A1 (Narciso Monturiol) y jefe de la escuadrilla -cuyo mando desempeñaría durante once años-, además de presidente de la Comisión Inspectora de la construcción de los submarinos. Después, sería asimismo primer jefe de la Base y Escuela de Submarinos en Cartagena, y, al igual que don Augusto Miranda, llegaría también por sus méritos a ceñir el almirantazgo y a ostentar el importante cargo de ministro de Marina.

Por último, al contemplar el glorioso pasado, el presente y el esperanzador futuro que depara al Arma Submarina la llegada de la nueva Serie-80, me uno muy cordialmente a la propuesta que sobre nombres de submarinos formula Agustín R. Rodríguez González,  incluyendo entre ellos -siguiendo la tradición inveterada en la Armada de reasignar con el nombre de Marinos Ilustres los buques de guerra a través de la historia-, y como no podía ser menos, el nombre meritísimo del creador del Arma Submarina, el Almirante don Augusto Miranda.

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

ANTÓN VISCASILLAS, Jaime: “Almirante Miranda”. Revista General de Marina, junio 2000.

ANTÓN VISCASILLAS, Jaime: “El Almirante don Augusto Miranda y Godoy en la Historia Naval de España”. Revista General de Marina, noviembre 2000.

Archivo personal del autor.

Boletín Informativo para Personal, número 98. Servicio de Publicaciones del Cuartel General de la Armada.

Diario Oficial del Ministerio de Marina, varios números.

Orden Ministerial número 145/2002, de 27 de junio, por la que se dispone el traslado de los restos mortales del Almirante don Augusto Miranda y Godoy al Panteón de Marinos Ilustres. Boletín Oficial del Ministerio de Defensa, número 131, de 5 de julio de 2002.

RAMÍREZ GABARRÚS, Manuel: “El Arma Submarina Española”. Edita E.N. Bazán. Barcelona 1983.

Revista General de Marina, varios números.

ROBERT, Juan B.: “El Almirante don Augusto Miranda y Godoy”. Revista General de Marina, mayo 1945.

VILA MIRANDA, Carlos: Panegírico del Excmo. Sr. Almirante Don Augusto Miranda y Godoy. Panteón de Marinos Ilustres. San Fernando, 22 de septiembre de 2002.

 

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[1] Por Ley de 11 de enero de 1922 se prorrogaron los plazos y anualidades señalados en la Ley de 17 de febrero de 1915, hasta la total ejecución de las construcciones navales y obras en la misma previstas y autorizadas.

[2] Real Orden de 3 de febrero de 1915. La Academia de Ingenieros y Maquinistas de Ferrol se mantendrá hasta 1932, año en que se traslada a Madrid la Escuela de Ingenieros Navales, tomando la de Ferrol el nombre de Escuela de Maquinistas.

[3] En el Panegírico que sobre el Almirante Miranda leyó en el acto solemne del Traslado de sus restos mortales al Panteón de Marinos Ilustres, que tuvo lugar en San Fernando el 17 de septiembre de 2002.