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LOS BUQUES Y EL MAR

 

FERROL

 

 

ARTICULO PUBLICADO EN LA REVISTA GENERAL DE MARINA,

OCTUBRE DE 2002.

 

TÍTULO:

 

"UN MILITAR ESPAÑOL DEL RENACIMIENTO:

DON PEDRO NAVARRO, CONDE DE OLIVETO."

 

 

                          "La verdad en la Historia debe estar por encima  de todo. Para que ella

                           triunfe, serán necesarios, en muchas ocasiones, esfuerzos supremos;

                           habrá que demoler edificios de hondos fundamentos y borrar tradiciones

                           acariciadas en el sino de muchos pueblos".

                                   (Antonio Vázquez Rey, Cronista Oficial de Neda, 1954-1986)

 

                                                TENIENTE DE INTENDENCIA DE LA ARMADA

                                                 JAIME ANTON VISCASILLAS.

                                              

 

 

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Don Pedro Navarro, conde de Oliveto, fue sin duda uno de los soldados más bravos y valientes, a la par que desconocido para muchos, de nuestra historia naval y militar. Su invención de las minas de pólvora terrestres constituyó un hito que causó una verdadera revolución en el arte de la guerra, para el ataque y toma de plazas fuertes, hasta entonces inexpugnables.

Una faceta poco divulgada de este relevante y heróico guerrero fue su condición también de marino, que fue su primera profesión, llegando con el tiempo a alcanzar la dignidad de capitán general de la Armada, y encarnando como pocos el lema del infante de marina de ser "valiente por mar y por tierra". Nuestro ilustrado compañero el capitán Marval en la Miscelánea 25.304 de la REVISTA de julio del pasado año, hizo una sucinta recordación de su figura, que me impulsa a escribir estas líneas por un motivo eminentemente sentimental. Y es que  se trata de un ilustre antepasado mío, por su condición de ascendiente directo de mi abuelo materno (q.e.P.d.), el general auditor de la Armada don Eduardo Viscasillas y Navarro de Ituren (1900-1991), último vástago representante que usó su patronímico de origen.

Mi abuelo fue en vida, entre otras cosas y además de un innato militar de cuerpo entero -sin duda lo llevaba en la sangre-, un apasionado estudioso de la historia en general, y de su historial familiar en particular, que me inculcó la importancia de conservar el legado espiritual de nuestros ancestros. Sirva por ello este relato para recordar o saber algo más de aquel célebre capitán español del Renacimiento y como un homenaje a la memoria de ambos.

 

 

Origen y primeros tiempos.

 

Como todas las figuras grandes, Don Pedro Navarro fue, también, uno de los personajes más controvertidos y discutidos en la abundante historiografía que trató su figura, y que convirtió su vida y hazañas en origen de grandes disputas. Desde ser considerado un aventurero vulgar y traidor hasta ensalzarlo como uno de los militares de más mérito y de más justo renombre de nuestra historia castrense, cuya aportación al arte de la guerra fue decisiva en el albores de la Edad Moderna.

Finalmente se consolidó la base, tras concienzudas y rigurosas investigaciones en archivos españoles e italianos, de formar un juicio exacto de su obra, reconociéndole el justo título de inventor de las minas terrestres[1].

Hijo de padres hidalgos, el lugar y la fecha de su nacimiento también fueron discutidos, sentando su origen el historiador Fernando de Oviedo, contemporáneo suyo (en sus "Quincuagenas", tomo I), en donde afirma que:"Fue este conde Pedro Navarro, por su nacimiento navarro, e hijo de un hidalgo llamado Pedro de Roncal, que yo conocí, y desde muchacho sirvió al marqués de Cotrón, caballero del Reino  de Nápoles, el cual fue preso por turcos y llevado a Turquía, y en una nao del marqués anduvo este Pedro Navarro en curso por el mar Mediterráneo, e hizo buenas cosas, por lo cual la marquesa, mujer del dicho marqués y Don Enrique su hijo, le dieron la nao a Pedro Navarro...", interesante testimonio que corroboran otros autores documentados. Nació hacia 1460 en la villa de Garde (valle del Roncal, Navarra) -o quizá en la villa de Ituren, de donde tomaron nombre sus descendientes-, y murió en 1528 en el Castell Nuovo de Nápoles. Vivió, pues, alrededor de setenta años, de la que fue una existencia accidentada sin par, intensa y sorprendente.

Llevado por su carácter inquieto y sus deseos de viajar, se inició como hombre de mar en barcos de Vizcaya, embarcando después con unos comerciantes genoveses, pasando a Italia donde entró al servicio del marqués de Cotrón, quien le dio el mando de una nao con la que guerreó en el Mediterráneo, pasando posteriormente a tomar parte en numerosas luchas intestinas libradas en suelo itálico, y según el historiador Paulo Jovio, obispo de Nochera (contemporáneo de Navarro), participar en la guerra que en 1487 sostuvieron las repúblicas de Florencia y Génova, militando a las órdenes de los florentinos quienes le doblaron la paga porque les enseñó a hacer minas de pólvora para derribar fortalezas; el invento no tuvo el éxito que su autor esperaba, pero estudió con ahinco el modo de perfeccionarlo y lograr el mayor efecto. De nuevo al servicio del marqués de Cotrón, viajó con éste a Turquía, batiéndose nuevamente con éxito contra piratas berberiscos que operaban ante las costas de Argelia, Túnez y Trípoli, lo que le valió el sobrenombre de "Roncal el Salteador", según sus biógrafos navarros.

Herido de un disparo de arcabuz en 1499 al atacar una nave tripulada por piratas portugueses, hizo rumbo a Civitavecchia, renunciando temporalmente a la vida naval, para trocarla de nuevo por la militar al enterarse de que Gonzalo Fernández de Córdoba, a quién ya se le llamaba "el Gran Capitán" por su triunfal campaña de Calabria, reemprendía la guerra contra los franceses que pretendían sojuzgar el reino de Nápoles. Encomendándosele por éste a Navarro cuanto afectaba a la ingeniería y artillería, pues ya conocía su talento y valía, partió la expedición del puerto de Málaga, en mayo de 1500, con una escuadra al mando de Gonzalo de Córdoba como Capitán General, que se unió en Messina con la de Venecia para atacar juntas a los turcos, aunque los Reyes Católicos tenían también la intención de atacar después a los franceses que había en Nápoles.

Pronto se presentó la ocasión a Navarro para probar de nuevo su invento, pues en el sitio del castillo de San Jorge, en la Cefalonia (isla de Grecia), se explosionó una mina de pólvora el 25 de noviembre de 1500, logrando hacer saltar una parte de la muralla por la que penetraron nuestras tropas que vencieron a los turcos, tomando la fortaleza. También se empleó azufre para quemar a las fuerzas enemigas en sus propias galerías.

 

 

 

 

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Campaña en Italia con el Gran Capitán.

 

Tras la guerra contra los turcos, Navarro volvió a Italia con el Gran Capitán, tomando parte muy activa en la nueva guerra contra los franceses, distinguiéndose notablemente por sus profundos conocimientos militares, tanto en el ataque como en la defensa. Así, intervino victoriosamente en la toma de Tarento; después, en 1502, defendiendo la pequeña plaza de Canosa, al frente de seiscientos hombres se enfrentó a un fuerte ejército francés, muy superior, al mando de Bayardo. Navarro tuvo que entregar la plaza, por expreso mandato de su jefe el Gran Capitán, saliendo de ella con los honores de la guerra, tendidas las banderas y a toque de tambor, dando vivas a España.

El Gran Capitán salió de Barletta a esperarle, y le dijo, abrazándole: "¿Qué loor puedo yo dar a vuestras obras que satisfaga lo que ellas merecen?.

Continuó la campaña, con el Gran Capitán[2], apoderándose los españoles de la ciudad de Nápoles el 15 de mayo de 1502, aunque los franceses continuaron conservando los fuertes de Castell del Ovo y Castell Nuovo, infranqueables por sus magníficas defensas. Navarro no se rindió en su empeño preparando de nuevo sus minas, haciendo explosión el 11 de junio de 1503 en el recinto del Castell Nuovo, avanzando por la brecha el Gran Capitán, Navarro y García de Paredes, al frente de sus tropas, y poco después, por igual procedimiento, tomaron el Castell del Ovo. Ambas victorias y los terribles efectos de las minas conmovieron la opinión de toda Europa, aumentando el prestigio de su inventor, cuya fama se extendió por todo el orbe.

El Rey  Fernando II de Aragón y V de Castilla[3], le premió y recompensó sus méritos concediéndole la investidura del título de conde de Oliveto, lugar situado en Nápoles.

Después de estas campañas, regresó a España, uniéndose al ejército que se organizó en Cataluña contra Francia, pasando al Rosellón (que pertenecía a la Corona de Aragón) en donde fortaleció sus defensas y bajo su dirección se construyeron las fortalezas de Salces. Posteriormente,  el Rey Fernando le ordenó marchar contra el duque de Nájera, que se había rebelado en 1507. Navarro disponía en aquel momento de las tropas que habían estado con él en Nápoles y de numerosa artillería. El duque no se atrevió a entrar en lucha contra oponente de tanto crédito y entró rápidamente en negociaciones para concertar la paz.

 

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Capitán General de la Armada.  Las conquistas de Orán, Bujía y Trípoli.

 

Decidido el Rey Católico a continuar nuestras empresas en África (por consejo del cardenal Cisneros, que deseaba se cumpliera el testamento de la reina Isabel), nombró a Navarro capitán general de la Armada en 1508, confiriéndole el mando de una escuadra de galeras que partió de Málaga y debía conquistar nuevos territorios para la Corona. Tras limpiar de piratas nuestras costas y las africanas, el 23 de julio de ese año conquistó el Peñón de Vélez de la Gomera y por orden del rey acudió después a liberar a la guarnición portuguesa de Arcila, sitiada por los moros y en gran aprieto.

Poco después tuvo que regresar a España para organizar una nueva expedición para conquistar Orán, esta vez al mando del propio cardenal Jiménez de Cisneros, que llevó a Navarro como lugarteniente.  Hecho de nuevo a la mar, la imponente expedición partió de Cartagena el 16 de mayo de 1509, compuesta de 90 naves y 14.000 hombres -lo que da idea del poderío de España en aquel tiempo- pero pronto afloraron las disensiones entre ambos jefes. Tras tomar fácilmente la plaza de Mozalquivir, Navarro dirigió el ataque contra Orán causando a los moros más de 4.000 bajas y 8.000 prisioneros frente a las escasas bajas de los españoles. Navarro, continuando sus desavenencias con Cisneros, llegó a decirle: "Tan mal está un ejército con dos generales como lo estaría una persona con dos cabezas y un reino con dos reyes".  Cisneros le contestó suavemente, pero como la respuesta no fue del agrado de Navarro, éste le replicó: "Debéis volver a vuestro arzobispado a recibir los aplausos por vuestra victoria de Orán; de hoy más no se dará aquí un paso sino a nombre del rey y bajo mi conducta, que yo sé mandar soldados como vos sabéis apacentar las ovejas de vuestra diócesis, que están sin pastor;  y de este modo cada uno hará su oficio. Ved vos qué tal arzobispo haría yo, y juzgad qué tal general seréis vos". El cardenal regresó a España y el Rey envió cuantos auxilios pudo a Navarro, que continuó sus conquistas, y pronto la victoria de Bujía, en enero de 1510, perteneciente entonces al reino de Argel. Después de la toma de esta ciudad, se presentaron a Navarro los moros más autorizados de Argel para someterse a España, y el rey de Tunez se declaró espontáneamente vasallo y tributario del Rey Católico; obligándose todos ellos a poner en libertad a los cristianos que se encontraban cautivos en sus dominios. También en Bujía, Navarro reparó las fortificaciones y dejó una fuerte guarnición.

Después de esta campaña, Navarro partió hacia Trípoli, auxiliado por las galeras de Nápoles y Sicilia, donde luchó contra berberiscos y logró derrotarles, no sin importantes bajas. Cuando el Rey tuvo noticia de la brillante victoria de Navarro, organizó refuerzos para mandárselos. Reunidos 7.000 hombres, confió el mando a don García de Toledo, primogénito del duque de Alba, y se les envió a Trípoli, donde se unieron a las fuerzas de Navarro cuando éste se disponía a embarcar para  atacar la isla de los Gelves. El 28 de agosto de 1510 desembarcaron en primer término las fuerzas mandadas por don García, las cuales, y no obstante lo ordenado por Navarro, penetraron en el interior de la isla, bajo un sol asfixiante que produjo pronto la extenuación de los soldados, aprovechando la ocasión los moros para atacarlos, cayendo entre ellos el propio don García de Toledo. Huídos los supervivientes y reembarcados, Navarro, que aún no había desembarcado, juzgó oportuno renunciar a la empresa, alejándose con su flota de la isla. Este y otros intentos desgraciados hicieron popular el triste dicho: "Los Gelves, madre, malos son de ganare".

Navarro renunció a ulteriores conquistas, dejando a don Diego de Vera[4] como gobernador de Trípoli, regresando a España.

 

Ultimas campañas, triple cautiverio y muerte.

 

Su espíritu inquieto le impedía permanecer alejado de donde hubiera o pudiera haber guerra. Reconciliado con Cisneros y habiéndose reanudado la guerra contra los franceses en 1512, marchó de nuevo a Italia para ponerse a las órdenes de don Ramón de Cardona, a la sazón virrey de Nápoles.  La primera misión de Navarro en su nuevo cargo fue el sitio de Bolonia, tomada por los franceses. Quiso entonces emplear sus famosas minas para derribar las murallas de la ciudad, pero la naturaleza del terreno impidió que produjeran el efecto deseado.  Cardona ordenó levantar el sitio, pero influido por los Colonna y Navarro decidió presentar nueva batalla a los franceses, que tuvo lugar en los campos de Rávena el 11 de abril de aquel año. A pesar de la valiente actuación de Navarro y los españoles, los franceses se hicieron con la victoria, debida principalmente a la doble superioridad de su artillería e infantería. O lo que es lo mismo, fueron vencidos por lo que se ha llamado "la ley del número". Así, quedando la mayor parte prisioneros y entre ellos el propio don Pedro Navarro, que fue conducido a Francia por su captor, el caballero de Albrit (o Labrit).  Este pidió por su rescate veinte mil escudos, que Fernando el Católico no quiso pagar, mal aconsejado por los enemigos de Navarro y disgustado contra él por la derrota, por lo cual padeció prisión durante más de tres años. Naturalmente y como resulta comprensible, aun en estos tiempos, esto le produjo un gran enojo contra su rey, al verse abandonado y humillado después de los muchos, valiosos y leales servicios que le había prestado.

Francisco I de Francia, conociendo su enorme prestigio y valía, pagó su rescate y le sacó de la prisión nombrándole general de sus ejércitos, a los que él incorporó seis mil navarros, gascones y vascones, que se pusieron espontáneamente a sus órdenes. El Rey francés le envió al Milanesado, donde tomó la plaza fuerte de Novara, y a continuación Vigevano y Pavía, luchó en la batalla de Mariñano y entró victoriosamente en Milán, cuya plaza y su duque, Maximiliano de Sforza, se rindieron a la vista de los estragos que produjeron las minas que dispuso Navarro, regresando éste después a Francia.

En 1522 volvió a Italia para socorrer a Lautrec, tomando parte en la batalla de Bicoca. Marchó después a Génova con refuerzos franceses, pero cuando desembarcaba, la plaza fue tomada por los españoles al mando del marqués de Pescara, que le hicieron prisionero y le confinaron en el Castell Nuovo de Nápoles (de gran recuerdo para él, por haberlo rendido, como ya vimos, muchos años antes, elevándolo a la gloria), donde permaneció otros tres años de cautiverio, siendo puesto en libertad a consecuencia del Tratado de Madrid de 1526, por canje con don Hugo de Moncada.

De nuevo libre, reunió nuevas tropas en Francia, y con Lautrec marchó a Italia luchando otra vez contra los españoles. Muerto Lautrec, pasó a las órdenes del marqués de Saluzzo. Cuando los franceses levantaron el bloqueo de Nápoles, tuvieron que emprender una desastrosa retirada hacia Aversa, y en ella fue de nuevo hecho prisionero Navarro por los españoles, siendo otra vez confinado en el Castell Nuovo, donde murió en 1528.

Su muerte también fue misteriosa, pues hubo varias versiones al respecto, pero sin duda puso fin a una vida inquieta, devorada por la pasión de la guerra y el servicio de las armas.

 

El juicio histórico.

 

Hoy los estudios históricos y sobre todo la filosofía de la historia, están lo suficientemente adelantados como para emitir un juicio exacto y ecuánime de su figura. Si se le censuró por haber pasado al servicio de los franceses después de haber luchado tanto contra ellos, hay  que tener en cuenta que, en aquel tiempo, todavía no estaba formado el concepto de patriotismo que luego siguió, y era costumbre generalizada y corriente la "desnaturalización", es decir, la facultad de marchar de la propia patria para servir a otro país, como a la inversa los príncipes podían repudiarles. En el caso de Navarro, como ya vimos, se debió a su injusto abandono por el Rey, tras su desgracia en la batalla de Rávena en 1512.

La Historia es maestra de la vida y está llena de ejemplos. A fines del siglo XV los capitanes españoles Juan Cervellón y Carlos de Arellano pasaron también al servicio del rey de Francia, y en el siglo XVI el príncipe Andrea Doria dejó el servicio de éste para pasar al del emperador Carlos V.

Pedro de Torres, contemporáneo también de Navarro, no sólo no le considera traidor sino que, por el contrario dice que hizo muy bien, pues el Rey lo abandonó en su prisión por el odio que le tenía el duque de Alba, por avaricia, y por los rencores y envidias que despertaba en la Corte. También dice Torres que cuando Navarro escribió al Rey Fernando comunicándole que se separaba de su servicio, éste le contestó que bien lo podía hacer, puesto que era libre. Con gran dignidad y nobleza, don Pedro Navarro devolvió al Rey Católico el título de conde de Oliveto[5] que de él había recibido y su patente de general español.

Pero las verdades acaban imponiéndose, y el honor de Navarro quedó resarcido. En su tumba y como homenaje escribieron los españoles el siguiente epitafio : "Ilustre capitán español muerto al servicio de los franceses". Después el duque de Sessa, sobrino del Gran Capitán, elevó a don Pedro Navarro un sepulcro de mármol, junto al de Lautrec, en la Iglesia de Santa María la Nueva de Nápoles, honrando su memoria.

El Arma de Ingenieros de nuestro Ejército le considera como una de sus glorias más antiguas, y el juicio que le merece queda consignado en las siguientes palabras del teniente coronel Sojo: "El territorio situado al sur de los Pirineos puede vanagloriarse de haber producido en el siglo XV un genio militar extenso, fecundo, inmenso, digno de codearse con aquellos monumentales cerebros del Renacimiento que se llamaron Miguel Angel, Rafael, Vinci, Cisneros y Fernando el Católico".

 

 

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El Casal de los Navarro de Ituren.

 

"Infanzones e Hijosdalgos notorios de sangre desde tiempo inmemorial”, la estirpe de los Navarro de Ituren se documenta desde el siglo XIV en el norte de Navarra, en la villa de Ituren,  de la que tomaron su nombre y en la que tuvieron su sede. Por la reconquista bajaron a Aragón, estableciéndose en Tarazona, donde también tuvieron palacio durante siglos, hoy irreconocible del que tan sólo quedan algunos vestigios. Sí se conserva, a Dios gracias,  el magnífico panteón familiar dieciochesco. Probaron su nobleza en las Ordenes militares y en otros estamentos, entroncando su linaje con otras nobles familias como los De Vera, Visconti, Ximénez de Embún o Benítez de Lugo.

Tal fue la querencia de don Pedro Navarro por la milicia, que prácticamente todos sus descendientes, por más de quince generaciones, fueron militares en los diversos cuerpos del Ejército y la Armada. La mayor parte ejercieron relevantes carreras en la milicia y algunos también en la política, siendo todos ellos grandes servidores de España y de la Monarquía. Así, entre otros, Juan Navarro de Ituren es gobernador del castillo de Gante en 1652; Matías Navarro de Ituren en 1706 es lugarteniente de una compañía de Felipe V, combatiendo en la Guerra de Sucesión y posteriormente será Visitador General de las Salinas del Reino de Aragón; su nieto, también llamado Matías, es nombrado coronel de Infantería con Carlos IV.  El más destacado fue, quizá, Juan Navarro de Ituren y Caramús (1790-1860), que tomó parte en las guerras de la Independencia y contra las tropas carlistas.  Como capitán de Infantería será alférez de la Guardia Valona entre 1815 y 1820 (Guardia de Corps del Palacio Real, cuyos oficiales ostentaban dos empleos menos que en el Ejército), llegando a ser Intendente General de la Isla de Cuba en 1842 y consejero real de Ultramar; su hijo Juan Navarro de Ituren y de Vera (1842-1885) será varias veces diputado en Cortes y gobernador civil de Zaragoza con la Restauración en 1874; hasta llegar a su nieto, mi abuelo, el general auditor de la Armada don Eduardo Viscasillas y Navarro de Ituren (1900-1991), consejero togado del Consejo Supremo de Justicia Militar, y con quien se ha extinguido el nombre de su ilustre apellido, aunque siempre podamos conformarnos con mantener su recuerdo y también su espíritu.

 

 

                                                           BIBLIOGRAFÍA

 

Archivo personal del autor.

Archivo personal y memorias del general don Eduardo Viscasillas y Navarro de Ituren.

Archivo de la Corona de Aragón. Documentos relativos a la Familia Navarro de Ituren.

Certificación de la Antigua, Distinguida y Noble Cofradía del Señor San Pablo de Caballeros Hijosdalgos, instituida en la parroquial Iglesia de Santa María Magadalena de Tarazona. 13 de abril de 1831.

Diccionario enciclopédico Espasa-Calpe. Madrid, 1988.

General Benavides Moro: "Capitanes españoles del Renacimiento".

González-Doria, Fernando: "Diccionario Heráldico y Nobiliario". Editorial Bitácora, s.l. San Fernando de Henares (Madrid), 1994.

Instituto Salazar y Castro: "Elenco de Grandezas y Títulos nobiliarios españoles",  Ediciones de la Revista Hidalguía, Madrid, 1983.

Moreno Lapeña, José Luis: "Tarazona y su comarca II-III". (Anotaciones sobre la Historia de Tarazona). Moreno Twose, 1999.

 

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[1] España e Italia se disputaron la primacía de tal invento, pero hoy está completamente deslindada a favor de España, en la persona de Don Pedro Navarro, conde de Oliveto. Así lo corroboran la mayor parte de los estudios: los de Zarco del Valle; Aparici y García; Varela y Limia; y Mina, entre otros.

[2] Don Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), conocido por el Gran Capitán, fue virrey de Nápoles de 1504 a 1507. Muerta Isabel la Católica, al igual que después Don Pedro Navarro, sufriría la calumnia de sus enemigos en la Corte e incluso el "maquiavelismo" del Rey Católico, quien, haciéndose eco de aquéllos, le pidió explicaciones de su gestión, a lo que respondió, según la leyenda, con las llamadas "cuentas del Gran Capitán", que han quedado como modelo de cuentas absurdas.

[3] El Rey Católico (1452-1516), al morir su esposa Isabel en 1504, asumió la regencia de Castilla por disposición testamentaria de la reina. Sin embargo, ante las exigencias de su yerno Felipe el Hermoso, que reclamaba el gobierno, tuvo que ceder y retirarse a Aragón. La inesperada muerte de Felipe (1506) obligó a Fernando a encargarse nuevamente de la regencia, durante la cual se conquistaron Orán, Bujía y Trípoli, en gran parte por obra de Navarro. Por último, completó la unidad nacional con la conquista de Navarra en 1512, que anexionó a Castilla.

[4] Se da la curiosa circunstancia de ser este personaje antepasado también del general Viscasillas y Navarro de Ituren, descendiente de su familia por varias ramas. Es el De Vera, linaje antiquísimo pues tiene su origen en el Rey don Ramiro I de Aragón (1035-1063), hijo bastardo de don Sancho III el Mayor de Navarra, que fue el primero en usar el escudo de armas de los De Vera.

[5] Este título nobiliario, concedido con todo mérito a Don Pedro Navarro en 1503, resultó vacante tras su renuncia y devolución al Rey. Posteriormente le fue otorgado por la Reina Juana I (bajo la regencia de su padre) a Don Ramón de Cardona y Requesens, Gobernador del Reino de Nápoles, Capitán General y Virrey de Sicilia, en 22 de diciembre de 1515. Fue rehabilitado en 1927, siendo su actual titular la duquesa de Pastrana.