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Manual de inquisidores

      José Antonio Fortea

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MANUAL DE INQUISIDORES

José Antonio Fortea

 

A la venta en Central Librera

 

 

 

Precio:

22,00 € / 3.660 ptas.

Páginas:

264

ISBN:

8497344456

Código interno:

90073

Fecha:

07/2/2006

Colección:

Fuera de colección

Formato:

16x24 Cartoné

· DIRECTORIVM INQUISITORVM DE FRAY NICOLÁS EYMERIC
· Traducción, selección y prólogo de José Antonio Fortea

SINOPSIS:

Nicolás Eymerich, inquisidor general del Reino de Aragón, escribió hacia 1376 en Aviñón un libro que alcanzaría suma importancia por su amplísima codificación de las prácticas y las argumentaciones, tanto teológicas como ideológicas, que justificaban la existencia del aparato represor de la Iglesia. Se trataba del "Directorium Inquisitorum (Manual de Inquisidores)", un tratado donde recopiló las leyes y normas esenciales para realizar correctamente la labor del inquisidor y que llegó a ser la obra más utilizada por todos los inquisidores posteriores. En él desgrana tanto la naturaleza y la razón de ser de la fe cristiana así como la perversión que radicaba en toda herejía, presunta o verdadera, al sustentarse contra la verdad y la recta doctrina, y especialmente aborda la práctica inquisitorial: quién puede remover a un inquisidor de su oficio, si expira su potestad una vez que fallece el Papa, si cabe proceder contra los reyes, si se debe juzgar por herejía a los ya muertos, si el inquisidor tiene derecho a disponer de tropa armada, qué hacer en caso de disconformidad del obispo del lugar, e incluso trata sobre las cárceles, los testigos, los interrogatorios, los tormentos…

El dominico Eymerich se basó para la redacción de este compendio tanto en la documentación existente hasta ese momento como en su propia experiencia como inquisidor. Y la importancia del "Directorivm Inquisitorvm" -que gracias a la traducción y edición del teólogo José Antonio Fortea tenemos hoy en nuestras manos- es tan grande que, después de la Biblia, fue uno de los primeros textos en ser impresos en 1503 y, cuando Roma quiso hacer frente a la rebelión protestante, ordenó reeditar el libro para que se transformase en el manual imprescindible de todos los inquisidores.

 

José Antonio Fortea es el TRADUCTOR, seleccionó los textos e hizo la introducción de MANUAL DE INQUISIDORES

José Antonio Fortea Cucurull (Barbastro, 1968) es sacerdote y teólogo especializado en Demonología. Cursó sus estudios de Teología para el sacerdocio en la Universidad de Navarra. Se licenció en la especialidad de Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología de Comillas. Pertenece al presbiterio de la diócesis de Alcalá de Henares (Madrid). En 1998 defendió su tesis de licenciatura «El exorcismo en la época actual» dirigida por el Secretario de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. En octubre de 2001 fue nombrado arcipreste.

Entre sus obras destacan sus tres tratados sobre demonología ("Daemoniacum", "Summa Daemoniaca" y "Exorcistica"), que han sido traducidos a distintos idiomas. Compagina su trabajo de teólogo con su labor como párroco de Santa María Magdalena en Anchuelo (Madrid).

·  Página web del autor: www.fortea.ws

 

MANUAL DE INQUISIDORES

  

José Antonio Fortea

ISBN: 8497344456

 

¿Qué fue la Inquisición?

¿Acaso no demostraremos una vez más, siguiendo las element
ales leyes de la lógica, que no resultará ardua la tarea para un clérigo del siglo XXI el prologar un libro sobre la Santa Inquisición ejerciendo su no menos santo oficio?

Repetidas veces a lo largo de muchos años me he preguntado qué sucesión de acontecimientos tuvieron que pasar para que se pueda explicar lo que hicieron los cristianos durante novecientos años después de sufrir las últimas persecuciones rom
anas, es decir, constituirse ellos mismos en maquinaria represora. Los cristianos pasaron de ser una minoría perseguida, pobre y despreciada por el conjunto de la población a ser ellos mismos toda una sociedad, todo un mundo. Monarcas, soldados, comerciantes, campesinos, turbas de menesterosos, todos ellos conformando una comunidad completa que unida como un cuerpo exigirá la erradicación de la peste de la herejía. El paralelismo con la situación de la que procedía, con sus orígenes imperiales, son evidentes, sólo que al revés. El común de la población del Imperio pedía la erradicación de la nueva religión cristiana; ahora el común de la Cristiandad exigirá el fin de las herejías. ¿Qué tuvo que suceder para que una religión que predicaba el amor, la compasión y la misericordia acabara quemando en la hoguera a seres humanos en nombre de ese mismo mensaje de perdón y caridad? ¿Qué mecanismos sociales e ideológicos se conjugaron para crear una férrea institución ante la que ya nadie podría estar seguro, ante la que todos, perseguidores y perseguidos, podían ser sospechosos?

La respuesta es mucho más compleja de lo que la gente suele suponer, y esto es así porque para responderla lo primero es conocer qué fue en verdad la Inquisición. No olvidemos que este es uno de esos temas históricos en los que la ficción ha logrado deformar intensamente la visión de la realidad. La Inquisición es una vergüenza absolutamente reprobable, una mancha (otra más) de la historia de la humanidad. Sin embargo, la Inquisición auténtica y real no fue tal y como nos pintan ciertos relatos. Hagamos una
analogía: las antiguas películas del oeste nos presentan un indio malvado y pérfido. Debido a ello, todo el mundo creía que el indio era un ser maléfico, el resumen de toda iniquidad. Algo parecido ocurre con la Inquisición: los seres humanos que ejercieron el oficio de inquisidores no eran la suma, la culminación ni la perfección de toda maldad, no eran monstruos despiadados en busca de sangre. La Inquisición fue algo reprobable y maligno, pero las simplificaciones nos traicionan. La Inquisición real fue una institución mucho más interesante, ambigua y repleta de facetas de lo que la gente se suele imaginar por las películas.

Bastará leer este libro, este manual de la época, para que se derrumben no pocos esquemas preestablecidos acerca de esta judicatura de la teología. Los juicios acerca de la Inquisición son muy opinables, incluidos los míos, pero los hechos no son opinables. El manual de un inquisidor del siglo XIV no es una opinión más sobre el tema, es un hecho objetivo. Leer este libro supone descubrir en qué cantidad de detalles contrarios a la realidad histórica incurren la casi totalidad de las novelas, películas y opiniones del ciudadano corriente. La Inquisición no fue como cada uno se la imagina, sino como nos dicen los escritos de la época. Es necesario darse cuenta de la complejidad de esta institución y del peligro de las afirmaciones simplistas, porque la realidad casi siempre es más compleja de lo que imaginamos.

 

Correo electrónico:

fort939@gmail.com

 


Dirección:

Rvdo. José Antonio Fortea
Parroquia Ntra. Sra. de Zulema
28 819 Villalbilla
España

 

FRAY NICOLAS EYMERIC

Así debía ser un buen inquisidor     EL MUNDO

Fray Nicolás Eymeric, inquisidor general de Aragón, hizo de su “Directorium Inquisitorum” una auténtica guía para condenar herejes. En él definía quiénes debían ser perseguidos y cuáles eran las penas a imponer. José Antonio Fortea –exorcista y sacerdote católico– acaba de traducir este libro de 1376, que supone un viaje en el tiempo por la irracionalidad teológica que movía la justicia católica.

La quema. “Prueba jurídica de los libros”, de Cristóbal Llorens, expuesto en el Museo de Bellas Artes de Valencia.

La quema. “Prueba jurídica de los libros”, de Cristóbal Llorens, expuesto en el Museo de Bellas Artes de Valencia.


Silla muy especial. Instrumento de tortura del siglo XVII.

Silla muy especial. Instrumento de tortura del siglo XVII.


“Manual de Inquisidores. Directoriun Inquisitorum de Fray Nicolás Eymeric” (La Esfera de los libros), traducido por J. A. Fortea, está ya a la venta.

“Manual de Inquisidores. Directoriun Inquisitorum de Fray Nicolás Eymeric” (La Esfera de los libros), traducido por J. A. Fortea, está ya a la venta.


Por Martín Mucha

 

El inquisidor, ¿puede atormentar a los testigos para obtener la verdad? ¿Puede castigar a los que manifiestamente han testificado contra un inocente? ¿Puede castigar a los que simplemente han testificado en falso? Respondemos que sí, que puede..." (Manual de Inquisidores, primera parte, capítulo XXXIV). Ellos decidían destinos. Porque el Papa los investía del poder de Dios, les daba la espada de la fe para liberar la tierra de los impíos. Los inquisidores contaban con dos armas: la Biblia y el Directorium Inquisitorum de Fray Nicolás Eymeric. Esta obra fue parida probablemente en Aviñón, en 1376, 20 años después de que Eymeric hubiese sido nombrado inquisidor general de Aragón. En tierras ibéricas aprendió que había muchos entuertos que desfacer. E hizo un manual sencillo, conciso, de cómo debían actuar. Sin saberlo, hizo un tratado de la filosofía vital de una época. Y la descripción de los fundamentos de una institución que nació en 1231, con Gregorio IX. Su último aliento fue en España en 1821; casi seis siglos después, con muchas almas enviadas al infierno.

"Esa época invocó uno de los más malignos demonios que existen, la maquinaria de represión del pensamiento", señala José Antonio Fortea, un hombre que ha visto los diversos rostros del diablo. Este exorcista —sólo hay dos en España— y especialista en demonología ha traducido y comentado a Eymeric. El resultado es un ejercicio de taxidermia sobre un proceso jurídico irracional.

Bastaban indicios, pequeños rumores para que el aparato inquisitorial comenzase a andar. "Qué han de ser considerados indicios suficientes o causas razonables para exponer a alguien a los inte- rrogatorios y tormentos es algo que no se puede determinar con una norma perfecta e infalible, aunque aquí se dan algunas reglas. La primera es que si se ve que el delatado en sus confesiones vacila (...). La segunda regla es que si contra alguien que ya tiene fama de ser hereje se encuentra a un testigo, sólo uno, pero que es testigo no de oídas, entonces hay que hacerle preguntas al difamado", cuenta Fortea.

Se trataba de sostener las tesis con criterios casi lógicos; ecuaciones teológicas imperfectas para justificar acciones: "La mala fama y un testigo constituyen dos indicios fuertes. Dos indicios fuertes bastan para atormentar (...). La quinta regla es que también ha de ser interrogado alguien si tiene varios indicios fuertes contra él, aunque ni tenga mala fama, ni testigo que no sea de oídas. Pues los muchos indicios (...) bastan para torturar" (parte primera, capítulo XXVII). Prácticamente toda razón se admitía.

El poder de la tortura mitificó a los inquisidores. Los llenó de un poder sostenido por las reflexiones de Eymeric, que ordenó tesis sueltas y respondió preguntas fundamentales. Definió que la muerte de un Papa que había nombrado a un inquisidor no anulaba su poder.

El Directorium Inquisitorum definió la real jerarquía dentro de la Iglesia Católica de los inquisidores. "Si los obispos o los prelados proceden con su autoridad ordinaria, como el inquisidor actúa con autoridad delegada, entonces ciertamente es mayor la autoridad del inquisidor que la del obispo" (parte primera, capítulo V). ¿Quiénes podían alcanzar la categoría de inquisidores? La respuesta siempre fue absolutamente vaga. "El inquisidor debe ser de vida honesta, circunspecto por la prudencia, firme en la constancia, erudito eminentemente en la doctrina de la fe, bien ceñido de virtudes" (parte primera, capítulo I). Sólo es concreto en una cosa. Debe tener 40 años.

Se sabe que eran personas ligadas al papado que podían defender sus intereses políticos y enfrentarse a sus enemigos. Por ello, podía "ir con tropa armada y tener cárcel propia". Las técnicas para obtener información fueron diversas y sostenidamente ingeniosas. Iban desde el potro y la garrucha —estiramiento corporal al límite—, hasta el brasero, la tortura con agua y el cepo. Una de las más sádicas fue el "aplastapulgares", un mecanismo para aplastar los dedos de las manos o de los pies (aunque había variantes para codos y rodillas). Consistía en unas tablillas con agujeros minúsculos donde se introducían los dedos de las manos y los pies destrozándolos a su paso por las ranuras.

Pero nadie derrotaba a "la doncella de hierro". Permitía una muerte lenta. Era tan tenebrosa que apenas se usó, pues su sola cercanía atemorizaba. Era simplemente un sarcófago de metal que tenía púas en su interior.

El hereje arrepentido no era condenado a muerte, se libraba de ella. Su pena era conmutada y sólo pasaría a estar en prisión de por vida, condenado a llevar pesadas cruces delante y detrás y a ser "atormentado con el pan de la angustia y el agua del dolor". Eso, además de sanciones pecuniarias para sostener el aparato logístico de la Inquisición.

"El inquisidor, ¿puede exigir los gastos de aquéllos contra los que procede y condenar con sentencia a pagar esos gastos? Respondemos que así como los estipendios no dan suficiente como para ejercer el oficio, ‘a nadie se le pide que milite a su costa’, como se dice en la primera epístola a los corintios, así también los inquisidores, que son jueces delegados, pueden pedir los gastos" (parte primera, capítulo XLVII).

Los enemigos mortales no pueden testificar; pero sí los maledicentes y los infames. El inquisidor puede atormentar a los testigos para obtener la verdad y durante su labor puede recibir regalos: "Nunca, es inhumano; muchas veces, vil; siempre, es pura y simple avaricia" (parte primera, capítulo XLVII).

Ésos no son los únicos privilegios. No tenía que rendir cuentas de lo recaudado en concepto de gastos.

En caso de muerte del que ha sido castigado, la penitencia no será cumplida por los herederos; esto sólo cuando implicaba oraciones, ayunos o peregrinaciones. En lo referente a bienes, la pena se hereda. Se puede extender a hijos, súbditos y sobrinos. Indistintamente en línea paterna y materna.

"El nombre de herejía conlleva tres cosas: elección, adhesión y división" (tercera parte, capítulo III). Léase, Dios reñía con el concepto de la libertad. La tercera parte del Directorium Inquisitorum aniquila todo pensamiento alejado del catolicismo más ortodoxo. Y condena por igual a seguidores de Platón que a adoradores del diablo.

Se enumeran las condenas a filósofos como Platón. Era herejía pensar, como él, que "el alma era un único Dios que habitaba en todos". "Que cualquier cosa está constituida por átomos, cuerpos minúsculos, y que, cuando los átomos se dividen, la cosa se corrompe. Y cuando se unen, algo se genera". Aristóteles merecía la hoguera por sostener teorías tan etéreas e inofensivas como que "el movimiento no empezó, ni el tiempo, sino que todas las cosas fueron desde la eternidad".

Alos que leían a Averroes los sacrificaban por sostener que "sólo existía un único intelecto para todos los hombres (...). De esto se podría inferir que el alma condenada de Judas es el alma salvada de Pedro, lo que es herético".

Rabí Moisés Ben Maimón aparecía en ese index por decir que la "fornicación simple no es de ningún modo pecado por derecho natural, sino que es pecado sólo por prohibición de la ley. Esto lo dicen los cínicos, llamados así por su inmundicia e impudicia, pues, como los perros, copulan abiertamente (...). Dicen que sería lícito y honesto unirse a las esposas en los lugares abiertos, en los caminos y en las plazas. Y de hecho lo hacen. Por imitar esta costumbre de los perros les vino el nombre".

La irrupción histórica de la Inquisición logró detener una segmentación aún mayor del cristianismo. "Se debe entender que esta institución sólo perseguía a los que profesaban la religión; por ejemplo, los judíos no eran juzgados, a excepción de los que se habían convertido al cristianismo", señala Fortea. Evitó cismas mayores que se veían venir.

En el Directorium se enumeran más de 70 facciones que habían interpretado las escrituras a su particular modo. Eymeric les puso nombre propio. Todos los que osaban contradecir a Roma eran enemigos.

En la misma selección estaban los adoradores de Caín, los llamados cainitas. Los nicolaítas, por Nicolás, diácono de la Iglesia de Jerusalén, quien fue nombrado por Pedro. Este abandonó a su esposa por causa de su belleza. Permitió que quien quisiera usurpar su puesto con ella lo hiciera. Intercambiaban parejas. Los circunceliones, una suerte de secta masoquista, se mataban entre ellos mismos por amor al martirio. Se hacían llamar mártires.

Éstos estaban en la misma lista que sectas mucho más inofensivas, como los acuarianos, perseguidos porque solían ofrecer agua, en lugar de vino tinto, en el cáliz del sacramento. O los hieraquitas, cuya falta era que creían que en el cielo no había lugar para los niños. Los antidicomaritas, porque tuvieron el atrevimiento de contradecir la virginidad de María, pero no antes del nacimiento de Cristo, sino después. La atacaban al creer que ella, después de que nació Jesús, tuvo relaciones sexuales con su esposo.

Rescata, además, el espíritu visionario de los jovinianos, que sostenían que no había ninguna diferencia entre las casadas y las vírgenes, o entre los que ayunan y los que comen sencillamente. La virtud estaba, para ellos, "en algo más".

Según la particular cosmovisión de Eymeric, los adoradores de demonios no eran herejes. Ellos quemaban animales, se frotaban el cuerpo y las ropas con sangre. "Marcan un círculo en tierra, dentro del círculo ponen a un niño y un espejo o ánfora u otras cosas, mientras el necromante lee un libro e invoca al demonio". Les temía. Los condenó a que fueran tratados como tales.

En el jubileo del año 2000, el papa Juan Pablo II pidió perdón por la Inquisición. Lo hizo en nombre de la Iglesia. Porque comenzó persiguiendo la herejía y durante siglos fue añadiendo pecados a su lista. Carlos V estuvo a punto de darle el poder de perseguir todo pecado público y privado. Toda conciencia que se alejase de esa teología totémica y obtusa. Fortea hace una pregunta fundamental en el apéndice de su traducción: "¿Puede existir una nueva Inquisición en el marco jurídico de una democracia? El alzamiento del nazismo en una de las naciones más cultas de Europa es un claro aviso. La defensa de la tolerancia puede dar lugar a tendencias y acciones de indudable corte fascista. El socialismo soviético era una doctrina intolerante, pero dio lugar a la ‘caza de brujas’ del senador McCarthy en Estados Unidos. Esto puede resultar algo etéreo. Vayamos a un caso concreto. ¿Los padres de una niña tienen derecho a que su hija vaya cubierta por un velo al colegio? El Estado sólo debe intervenir cuando sea necesario, cuando se vulnere un derecho objetivo. Puede parecer sorprendente que un clérigo como yo defienda el derecho de un padre musulmán a que su hija lleve velo. Es que en materia de derechos no existe el otro. El otro, algún día, seré yo", analiza Fortea.

Los últimos días de su vida, Fray Nicolás Eymeric los vivió en Girona, donde nació y volvió para morir. En su epitafio se escribe: "Praedicator veridicus, inquisitor intrepidus, doctor egregius". Un homenaje a su obra. Al manual que llevaba a los hombres al infierno.

A pesar del tiempo transcurrido desde la abolición de la Inquisición, se siguen publicando volúmenes que tratan sobre la misma.

En esta ocasión La esfera de los libros reedita un libro fundamental para entender la Inquisición, su razón de ser y su funcionamiento. Se trata del Directorium Inquisitorvm, obra escrita en 1376 por Nicolás Eymeric, inquisidor general del Reino de Aragón.

El libro es un compendio de toda la regulación canónica existente en la época así como una recopilación de las justificaciones que la Teología había elaborado.

No obstante, y a pesar del carácter fundamental del Directorium, hay que aclarar que es una obra interesante principalmente para iniciados en el estudio del tema, y no para los que busquen una obra divulgativa.

En cuanto a la aportación de José Antonio Fortea, además del nuevo orden dado a la obra de Eymeric, destaca la introducción y el apéndice. Estas dos partes, si bien breves, sí tienen un fuerte componente divulgativo, mostrándonos que la Inquisición no fue tan cruel como muchos se imaginan. En ellos, Fortea insiste en la necesidad de juzgar a la Inquisición según la mentalidad de la época, recalcando, en cualquier caso, que su misma existencia era contraria al espíritu evangélico. Destaca igualmente el esfuerzo por intentar mostrar la imagen real de lo que la Inquisición fue, alejándose, por tanto, de un imagen preconcebida y hoy en día mayoritaria producto en parte de la leyenda negra de la Iglesia católica. Así, gráficamente, nos expone como en el imaginario colectivo existe una visión luminosa y soleada de la Grecia clásica o de la Roma Imperial.

Sin embargo, cuando los europeos nos referimos a la Edad Media surge de manera espontánea una imagen tenebrosa y oscura. Nos imaginamos a los europeos de entonces forrados de pieles y haciendo frente a un frío invernal que todo lo cubría. Sin embargo, ¿por qué si en el Imperio Romano las temperaturas eran las mismas nos los imaginamos siempre en un vestido escasamente protector? Este ejemplo le sirve a Fortea para llamarnos la atención sobre la influencia de los perjuicios, que incluso para los historiadores están presentes. Fortea finaliza el apéndice haciéndonos notar que “la democracia de por sí no protege del deseo de purga de las ideas”, por lo que avisa de la posibilidad de que en pleno siglo XXI surjan nuevas inquisiciones. ¿No habrá surgido quizá ya una nueva, el pensamiento único, que parece querer borrar cualquier idea que se manifieste en su contra?

Javier Mª Pérez- Roldán y Suanzes- Carpegna             artículo

 

Inquisición, institución judicial creada por el pontificado en la edad media, con la misión de localizar, procesar y sentenciar a las personas culpables de herejía. En la Iglesia primitiva la pena habitual por herejía era la excomunión. Con el reconocimiento del cristianismo como religión estatal en el siglo IV por los emperadores romanos, los herejes empezaron a ser considerados enemigos del Estado, sobre todo cuando habían provocado violencia y alteraciones del orden público. San Agustín aprobó con reservas la acción del Estado contra los herejes, aunque la Iglesia en general desaprobó la coacción y los castigos físicos.


Orígenes

En el siglo XII, en respuesta al resurgimiento de la herejía de forma organizada, se produjo en el sur de Francia un cambio de opinión dirigida de forma destacada contra la doctrina albigense. La doctrina y práctica albigense parecían nocivas respecto al matrimonio y otras instituciones de la sociedad y, tras los más débiles esfuerzos de sus predecesores, el papa Inocencio III organizó una cruzada contra esta comunidad. Promulgó una legislación punitiva contra sus componentes y envió predicadores a la zona. Sin embargo, los diversos intentos destinados a someter la herejía no estuvieron bien coordinados y fueron relativamente ineficaces.

La Inquisición en sí no se constituyó hasta 1231, con los estatutos Excommunicamus del papa Gregorio IX. Con ellos el papa redujo la responsabilidad de los obispos en materia de ortodoxia, sometió a los inquisidores bajo la jurisdicción del pontificado, y estableció severos castigos. El cargo de inquisidor fue confiado casi en exclusiva a los franciscanos y a los dominicos, a causa de su mejor preparación teológica y su supuesto rechazo de las ambiciones mundanas. Al poner bajo dirección pontificia la persecución de los herejes, Gregorio IX actuaba en parte movido por el miedo a que Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano, tomara la iniciativa y la utilizara con objetivos políticos. Restringida en principio a Alemania y Aragón, la nueva institución entró enseguida en vigor en el conjunto de la Iglesia, aunque no funcionara por entero o lo hiciera de forma muy limitada en muchas regiones de Europa.

Dos inquisidores con la misma autoridad --nombrados directamente por el Papa-- eran los responsables de cada tribunal, con la ayuda de asistentes, notarios, policía y asesores. Los inquisidores fueron figuras que disponían de imponentes potestades, porque podían excomulgar incluso a príncipes. En estas circunstancias sorprende que los inquisidores tuvieran fama de justos y misericordiosos entre sus contemporáneos. Sin embargo, algunos de ellos fueron acusados de crueldad y de otros abusos.

 

Procedimientos

Los inquisidores se establecían por un periodo definido de semanas o meses en alguna plaza central, desde donde promulgaban órdenes solicitando que todo culpable de herejía se presentara por propia iniciativa. Los inquisidores podían entablar pleito contra cualquier persona sospechosa. A quienes se presentaban por propia voluntad y confesaban su herejía, se les imponía penas menores que a los que había que juzgar y condenar. Se concedía un periodo de gracia de un mes más o menos para realizar esta confesión espontánea; el verdadero proceso comenzaba después.

Si los inquisidores decidían procesar a una persona sospechosa de herejía, el prelado del sospechoso publicaba el requerimiento judicial. La policía inquisitorial buscaba a aquellos que se negaban a obedecer los requerimientos, y no se les concedía derecho de asilo. Los acusados recibían una declaración de cargos contra ellos. Durante algunos años se ocultó el nombre de los acusadores, pero el papa Bonifacio VIII abrogó esta práctica. Los acusados estaban obligados bajo juramento a responder de todos los cargos que existían contra ellos, convirtiéndose así en sus propios acusadores. El testimonio de dos testigos se consideraba por lo general prueba de culpabilidad.

Los inquisidores contaban con una especie de consejo, formado por clérigos y laicos, para que les ayudaran a dictar un veredicto. Les estaba permitido encarcelar testigos sobre los que recayera la sospecha de que estaban mintiendo. En 1252 el papa Inocencio IV, bajo la influencia del renacimiento del Derecho romano, autorizó la práctica de la tortura para extraer la verdad de los sospechosos. Hasta entonces este procedimiento había sido ajeno a la tradición canónica.

Los castigos y sentencias para los que confesaban o eran declarados culpables se pronunciaban al mismo tiempo en una ceremonia pública al final de todo el proceso. Era el sermo generalis o auto de fe. Los castigos podían consistir en una peregrinación, un suplicio público, una multa o cargar con una cruz. Las dos lengüetas de tela roja cosidas en el exterior de la ropa señalaban a los que habían hecho falsas acusaciones. En los casos más graves las penas eran la confiscación de propiedades o el encarcelamiento. La pena más severa que los inquisidores podían imponer era la de prisión perpetua. De esta forma la entrega por los inquisidores de un reo a las autoridades civiles, equivalía a solicitar la ejecución de esa persona.

Aunque en sus comienzos la Inquisición dedicó más atención a los albigenses y en menor grado a los valdenses, sus actividades se ampliaron a otros grupos heterodoxos, como la Hermandad, y más tarde a los llamados brujas y adivinos. Una vez que los albigenses estuvieron bajo control, la actividad de la Inquisición disminuyó, y a finales del siglo XIV y durante el siglo XV se supo poco de ella. Sin embargo, a finales de la edad media los príncipes seculares utilizaron modelos represivos que respondían a los de la Inquisición.


El Santo Oficio

Alarmado por la difusión del protestantismo y por su penetración en Italia, en 1542 el papa Pablo III hizo caso a reformadores como el cardenal Juan Pedro Carafa y estableció en Roma la Congregación de la Inquisición, conocida también como la Inquisición romana y el Santo Oficio. Seis cardenales, incluido Carafa, constituyeron la comisión original, cuyos poderes se ampliaron a toda la Iglesia. En realidad, el Santo Oficio era una institución nueva vinculada a la Inquisición medieval sólo por vagos precedentes. Más libre del control episcopal que su predecesora, concibió también su función de forma diferente. Mientras la Inquisición medieval se había centrado en las herejías que ocasionaban desórdenes públicos, el Santo Oficio se preocupó de la ortodoxia de índole más académica y, sobre todo, la que aparecía en los escritos de teólogos y eclesiásticos destacados.

Durante los 12 primeros años, las actividades de la Inquisición romana fueron modestas hasta cierto punto, reducidas a Italia casi por completo. Cuando Carafa se convirtió en el papa Pablo IV en 1555 emprendió una persecución activa de sospechosos, incluidos obispos y cardenales (como el prelado inglés Reginald Pole). Encargó a la Congregación que elaborara una lista de libros que atentaban contra la fe o la moral, y aprobó y publicó el primer Índice de Libros Prohibidos en 1559. Aunque papas posteriores atemperaron el celo de la Inquisición romana, comenzaron a considerarla como el instrumento consuetudinario del Gobierno papal para regular el orden en la Iglesia y la ortodoxia doctrinal; por ejemplo, procesó y condenó a Galileo en 1633. En 1965 el papa Pablo VI, respondiendo a numerosas quejas, reorganizó el Santo Oficio y le puso el nuevo nombre de Congregación para la Doctrina de la Fe.


Inquisición española

Diferente también de la Inquisición medieval, la Inquisición española se fundó con aprobación papal en 1478, a propuesta del rey Fernando V y la reina Isabel I. Esta Inquisición se iba a ocupar del problema de los llamados marranos, los judíos que por coerción o por presión social se habían convertido al cristianismo; después de 1502 centró su atención en los conversos del mismo tipo del Islam, y en la década de 1520 a los sospechosos de apoyar las tesis del protestantismo. A los pocos años de la fundación de la Inquisición, el papado renunció en la práctica a su supervisión en favor de los soberanos españoles. De esta forma la Inquisición española se convirtió en un instrumento en manos del Estado más que de la Iglesia, aunque los eclesiásticos, y de forma destacada los dominicos, actuaran siempre como sus funcionarios.

La Inquisición española estuvo dirigida por el Consejo de la Suprema Inquisición, pero sus procedimientos fueron similares a los de su réplica medieval. Con el tiempo se convirtió en un tema popular, en especial en las zonas protestantes, por su crueldad y oscurantismo, aunque sus métodos fueran parecidos a los de instituciones similares en otros países católicos romanos y protestantes de Europa. Sin embargo, su superior organización y la consistencia del apoyo que recibía de los monarcas españoles, descollando Felipe II, hicieron que tuviera un mayor impacto en la religión, la política o la cultura que las instituciones paralelas de otros países. Esta eficacia y el apoyo político permitieron a Tomás de Torquemada, el primero y más notable gran inquisidor, ejecutar por miles a supuestos herejes.

El gran inquisidor y su tribunal tenían jurisdicción sobre los tribunales locales de virreinatos como México y Perú, donde estuvieron más ocupados con la hechicería que con la herejía. El emperador Carlos V introdujo la Inquisición en los Países Bajos en 1522, pero no consiguió acabar con el protestantismo. Se estableció en Sicilia en 1517, aunque no lo pudo hacer en Nápoles y Milán. Los historiadores han señalado que muchos territorios protestantes tenían instituciones tan represivas como la Inquisición española, por ejemplo el consistorio de Ginebra en tiempos del reformador francés Juan Calvino. La Inquisición quedó al fin suprimida en España en 1843, tras un primer intento, fallido, de los liberales en las Cortes de Cádiz, en 1812.

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