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LA
CATEDRAL DEL MAR
de Ildefonso Falcones de Sierra
Primera parte
: Siervos de la tierra
Año 1320
Masía de Bernat
Estanyol
Navarcles, Principado de Cataluña
En un momento en el que nadie parecía prestarle
atención, Bernat levantó la vista hacia el nítido
cielo azul. El sol tenue de fin
La treintena de invitados estaba exultante: la
vendimia de aquel año había sido espléndida. Todos, hombres, mujeres y niños,
habían trabajado de sol a sol, primero recolectando la uva y después pisándola,
sin permitirse una jornada de descanso.
Sólo cuando el vino estaba dispuesto para hervir en sus
barricas y los hollejos de la uva habían sido almacenados para destilar orujo
durante los tediosos días de invierno, los payeses celebraban las fiestas de
septiembre. Y Bernat Estanyol
había elegido contraer matrimonio durante esos días.
Bernat observó a sus invitados. Habían tenido que levantarse al
alba para recorrer a pie la distancia, en algunos casos muy extensa, que
separaba sus masías de la de los Estanyol. Charlaban
con animación, quizá de la boda, quizá de la cosecha, quizá de ambas cosas;
algunos, como un grupo donde se hallaban sus primos Estanyol
y la familia Puig, parientes de su cuñado, estallaron en carcajadas y lo
miraron con picardía. Bernat notó que se sonrojaba y
eludió la insinuación; no quiso siquiera imaginar la causa de aquellas risas.
Desperdigados por la expl
Bernat miró de reojo a su suegro, Pere Esteve, que no hacía más que pasear su inmensa barriga,
sonriendo a unos y dirigiéndose de inmediato a otros. Pere
volvió el alegre rostro hacia él y Bernat se vio
obligado a saludarle por enésima vez. Éste buscó con la mirada a sus cuñados y
los encontró mezclados entre los invitados. Desde el primer momento lo habían
tratado con cierto recelo, por mucho que Bernat se
hubiera esforzado por ganárselos.
Bernat volvió a levantar la vista al cielo. La cosecha y el tiempo
habían decidido acompañarlo en su fiesta. Miró hacia su masía y de nuevo hacia
la gente y frunció ligeramente los labios. De repente, pese al tumulto
reinante, se sintió solo. Apenas hacía un año que su padre había fallecido; en
cuanto a Guiamona, su herm
Una muerte que había convertido la masía de los Estanyol en el centro de interés de toda la región:
casamenteras y padres con hijas núbiles habían
desfilado por ella sin cesar. Antes nadie acudía a visitarlos, pero la muerte
de su padre, a quien sus arranques de rebeldía le habían merecido el apodo de
«el loco Estanyol», había devuelto las esperanzas a
quienes deseaban casar a su hija con el payés más rico de la región.
—Ya eres lo bastante mayor para casarte —le decían—.
¿Cuántos años tienes?
—Veintisiete, creo —contestaba.
—A esa edad ya casi deberías tener nietos —le
recriminaban—. ¿Qué harás solo en esta masía? Necesitas una mujer.
Bernat recibía los consejos con paciencia, sabiendo que
indefectiblemente iban seguidos por la mención de una candidata, cuyas virtudes
superaban la fuerza del buey y la belleza de la más increíble puesta de sol.
El tema no le resultaba nuevo. Ya el loco Estanyol, viudo tras nacer Guiamona,
había intentado casarlo, pero todos los padres con hijas casaderas habían
salido de la masía lanzando imprecaciones: nadie podía hacer frente a las
exigencias del loco Estanyol en cuanto a la dote que
debía aportar su futura nuera. De modo que el interés por Bernat
fue decayendo. Con la edad, el anciano empeoró y sus desvaríos de rebeldía se
convirtieron en delirios. Bernat se volcó en el
cuidado de las tierras y de su padre y, de repente, a los veintisiete años, se
encontró solo y asediado.
Sin embargo, la primera visita que recibió Bernat cuando todavía no había enterrado al difunto fue la
del alguacil del señor de Navarcles, su señor feudal.
«¡Cuánta razón tenías, padre!», pensó Bernat al ver llegar al alguacil y varios soldados a
caballo.
—Cuando yo muera —le había repetido el viejo hasta la
saciedad en los momentos en que recuperaba la cordura—, ellos vendrán; entonces
debes enseñarles el testamento. —Y señalaba con un gesto la piedra bajo la
cual, envuelto en cuero, se hallaba el documento que recogía las últimas
voluntades del loco Estanyol.
—¿Por qué, padre? —le preguntó Bernat
la primera vez que le hizo aquella advertencia.
—Como bien sabes —le contestó—, poseemos estas tierras
en enfiteusis, pero yo soy viudo, y si no hubiera hecho testamento, a mi muerte
el señor tendría derecho a quedarse con la mitad de todos nuestros muebles y
anim
—¿Y si me lo quitasen? —preguntó Bernat—. Ya sabes cómo son...
—Aunque lo hicieran, está registrado en los libros.
La ira del alguacil y la del señor corrieron por la
región e hicieron aún más atractiva la situación del huérfano, heredero de
todos los bienes del loco.
Bernat recordaba muy bien la visita que le había hecho su ahora
suegro antes del comienzo de la vendimia. Cinco sueldos, un colchón y una
camisa blanca de lino; aquélla era la dote que ofrecía por su hija Francesca.
—¿Para qué quiero yo una camisa blanca de lino? —le preguntó Bernat sin dejar de trastear con la paja en la planta baja
de la masía.
—Mira —contestó Pere Esteve.
Apoyándose sobre la horca, Bernat
miró hacia donde le señalaba Pere Esteve:
la entrada del establo. La horca cayó sobre la paja. A contraluz apareció
Francesca, vestida con la camisa blanca de lino... ¡Su cuerpo entero se le
ofrecía a través de ella!
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Bernat. Pere Esteve
sonrió.
Bernat aceptó la oferta. Lo hizo allí mismo, en el pajar, sin ni
siquiera acercarse a la muchacha, pero sin apartar los ojos de ella.
—¡Te felicito! —oyó que le decían por detrás mientras le
palmeaban con fuerza la espalda. Su suegro se había acercado a él—. Cuídamela
bien —añadió siguiendo la mirada de Bernat y
señalando a la muchacha, que ya no sabía dónde esconderse—. Aunque si la vida
que le vas a proporcionar es como esta fiesta... Es el mejor banquete que he
visto nunca. ¡Seguro que ni el señor de Navarcles
puede gozar de estos manjares!
Bernat había querido agasajar a sus invitados y había preparado
cuarenta y siete hogazas de pan rubio de harina de trigo; había evitado la cebada,
el centeno o la espelta, usu
—Seguro —le contestó a su suegro, apartando de su
mente aquel mal recuerdo.
Ambos observaron la expl
De repente las mujeres se pusieron en movimiento. La
olla ya estaba lista y las escudillas que los invitados habían traído empezaron
a llenarse. Pere y Bernat
tomaron asiento a la única mesa que había en la expl
La gente, de pie, sentada en maderos o en el suelo,
empezó a dar cuenta del ágape con la mirada puesta en unos corderos
constantemente vigilados por algunas mujeres, mientras bebían vino, charlaban,
gritaban y reían.
—Una gran fiesta, sí señor —sentenció Pere Esteve entre cucharada y
cucharada.
Alguien brindó por los novios. Al momento todos se
sumaron.
—¡Francesca! —gritó su padre con el vaso alzado hacia la
novia, que se hallaba entre las mujeres, junto a los corderos.
Bernat miró a la muchacha, que de nuevo escondió el rostro.
—Está nerviosa —la excusó Pere
guiñándole un ojo—. ¡Francesca, hija! —volvió a gritar—. ¡Brinda con nosotros!
Aprovecha ahora, porque dentro de poco nos iremos... casi todos.
Las carcajadas azoraron todavía más a Francesca. La
muchacha levantó a media altura un vaso que le habían puesto en la mano y, sin
beber de él y dando la espalda a las risas, volvió a dirigir su atención a los
corderos.
Pere Esteve chocó su vaso contra el de
Bernat haciendo saltar el vino. Los invitados los
imitaron.
—Ya te encargarás tú de que se le pase la timidez —le
dijo con voz potente, para que le oyeran todos los presentes.
Las carcajadas estallaron de nuevo, en esta ocasión
acompañadas de pícaros comentarios a los que Bernat
prefirió no prestar atención.
Entre risas y bromas todos dieron buena cuenta del
vino, del cerdo y de la olla de verduras y gallina. Cuando las mujeres
empezaban a retirar los corderos de las brasas, un grupo de invitados calló y
desvió la mirada hacia el linde del bosque de las tierras de Bernat, situado más allá de unos extensos campos de
cultivo, al final de un suave declive del terreno que los Estanyol
habían aprovechado para plantar parte de las cepas que les proporcionaban tan
excelente vino.
En unos segundos se hizo el silencio entre los
presentes.
Tres jinetes habían aparecido entre los árboles.
Seguían sus pasos varios hombres a pie, uniformados.
—¿Qué hará aquí? —preguntó en un susurro Pere
Esteve.
Bernat siguió con la mirada a los hombres que se acercaban
rodeando los campos. Los invitados murmuraban entre sí.
—No lo entiendo —dijo al fin Bernat,
también en un susurro—, nunca había pasado por aquí. No es el camino del
castillo.
—No me gusta nada esta visita —añadió Pere Esteve.
La comitiva se movía lentamente. A medida que las
figuras se acercaban, las risas y los comentarios de los jinetes sustituían el
alboroto que hasta entonces había reinado en la expl
—¡Bernat! ¡Bernat! —exclamó Pere Esteve zarandeándole el
brazo—. ¿Qué haces aquí? Corre a recibirlo.
Bernat se levantó de un salto y corrió a recibir a su señor.
—Sed bienvenido a vuestra casa —lo saludó, jadeante,
cuando estuvo ante él.
Llorenç de Bellera, señor de Navarcles, tiró de las riendas de su caballo y se detuvo
frente a Bernat.
—¿Tú eres Estanyol, el hijo del
loco? —inquirió secamente.
—Sí, señor.
—Hemos estado cazando, y de vuelta al castillo nos ha
sorprendido esta fiesta. ¿A qué se debe?
Entre los caballos, Bernat
acertó a vislumbrar a los soldados, cargados con distintas piezas: conejos,
liebres y gallos salvajes. «Es vuestra visita la que necesita explicación —le
hubiera gustado contestarle—. ¿O es que tal vez el hornero os
Hasta los caballos, quietos y con sus grandes ojos
redondos dirigidos hacia él, parecían esperar su respuesta.
—A mi matrimonio, señor.
—¿Con quién te has desposado?
—Con la hija de Pere Esteve, señor.
Llorenç de Bellera permaneció en
silencio, mirando a Bernat por encima de la cabeza de
su caballo. Los anim
—¿Y? —ladró Llorenç de Bellera.
—Mi esposa y yo mismo —dijo Bernat
tratando de disimular su disgusto— nos sentiríamos muy honrados si su señoría y
sus acompañantes tuvieran a bien unirse a nosotros.
—Tenemos sed, Estanyol
—afirmó el señor de Bellera por toda respuesta.
Los caballos se pusieron en movimiento sin necesidad
de que los caballeros los espoleasen. Bernat,
cabizbajo, se dirigió hacia la masía al lado de su señor. Al final del camino
se habían congregado todos los invitados para recibirlo; las mujeres con la
vista en el suelo, los hombres descubiertos. Un rumor ininteligible se levantó
cuando Llorenç de Bellera
se detuvo ante ellos.
—Vamos, vamos —les ordenó mientras desmontaba—; que
siga la fiesta.
La gente obedeció y dio media vuelta en silencio.
Varios soldados se acercaron a los caballos y se hicieron cargo de los anim
El señor de Bellera y sus
dos acompañantes tomaron asiento. Bernat se retiró
unos pasos mientras éstos empezaban a charlar. Las mujeres acudieron prestas
con jarras de vino, vasos, hogazas de pan, escudillas con gallina, platos de
cerdo salado y el cordero recién hecho. Bernat buscó
con la mirada a Francesca, pero no la encontró. No estaba entre las mujeres. Su
mirada se cruzó con la de su suegro, que ya estaba junto a los demás invitados,
y éste señaló con el mentón en dirección a las mujeres. Con un gesto casi
imperceptible Pere Esteve
sacudió la cabeza y se dio media vuelta.
—¡Continuad con vuestra fiesta! —gritó
Llorenç de Bellera con una
pierna de cordero en la mano—. ¡Vamos, venga, adelante!
En silencio, los invitados empezaron a dirigirse hacia
las brasas donde se habían asado los corderos. Sólo un
grupo permaneció quieto, a salvo de las miradas del señor y sus amigos: Pere Esteve, sus hijos y algunos
invitados más. Bernat vislumbró el blanco de la
camisa de lino entre ellos y se acercó.
—Vete de aquí, estúpido —ladró su suegro.
Antes de que pudiera decir nada, la madre de Francesca
le puso un plato de cordero en las manos y le susurró:
—Atiende al señor y no te acerques a mi hija.
Los payeses empezaron a dar cuenta del cordero, en
silencio, mirando de reojo hacia la mesa. En la expl
—Antes se os oía reír —gritó el señor de Bellera—, tanto que incluso habéis espantado la caza.
¡Reíd, maldita sea!
Nadie lo hizo.
—Bestias rústicas —dijo a sus acompañantes, que
acogieron el comentario con carcajadas.
Los tres saciaron su apetito con el cordero y el pan
candeal. El cerdo salado y las escudillas de gallina quedaron arrinconados en
la mesa. Bernat comió de pie, algo apartado, y
mirando de soslayo hacia el grupo de mujeres en el que se escondía Francesca.
—¡Más vino! —exigió el señor de Bellera levantando el vaso—. Estanyol
—gritó de repente buscándolo entre los invitados—, la próxima vez que me pagues
el censo de mis tierras, tendrás que traerme vino como éste, no el brebaje con
que tu padre me ha estado engañando hasta ahora. —Bernat
lo oyó a sus espaldas. La madre de Francesca se acercaba con la jarra—. Estanyol, ¿dónde estás?
El caballero golpeó la mesa justo cuando la mujer
acercaba la jarra para llenarle la copa. Unas gotas de vino salpicaron la ropa
de Llorenç de Bellera.
Bernat ya se había acercado hasta él. Los amigos del señor se
reían de la situación y Pere Esteve
se había llevado las manos al rostro.
—¡Vieja estúpida! ¿Cómo te atreves a derramar el vino? —La
mujer agachó la cabeza en señal de sumisión, y cuando el señor hizo amago de
abofetearla, se apartó y cayó al suelo. Llorenç de Bellera se volvió hacia sus amigos y estalló en carcajadas
al ver cómo la anci
Pere Esteve tomó a Francesca del brazo
y se acercó hasta la mesa para entregársela a Bernat.
La muchacha temblaba.
—Señoría —dijo Bernat—, os
presento a mi mujer, Francesca.
—Eso está mejor —comentó Llorenç,
examinándola de arriba abajo sin recato alguno—, mucho mejor. Tú nos servirás
el vino a partir de ahora. [...]
Resumen
de LA CATEDRAL DEL MAR
(c) 2006, Ildefonso Falcones de Sierra
(c) 2006, Grupo Editorial Random
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