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LA GUERRA DE ANDRÉS
LA GUERRA
DE ANDRÉS De
venta en Central Librera 15402 Ferrol
Novela
calle Dolores 2
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El
lunes, diez de agosto de 1936, cuando no hacía más que tres sem
Aquella
mañ
No
serían aún las nueve de la mañ
Andrés
se llegó despacioso hasta un viejo algarrobo que ofrecía su parca sombra en
medio del campo reseco. Se quitó la boina y, gozando quietamente del frescor de
las ramas largas, añosas, se dispuso a liar un cigarrillo. Contempló ante él un
camino ocre, innecesariamente retorcido, que serpenteaba hasta caer, casi
despeñándose, en la rambla de Benipila. A cierta
distancia, la pared frontera de la rambla, orgullosamente cortada en pico,
recibía con toda su fuerza la luz poderosa del sol de agosto. Por detrás, apenas
camufladas por algunas lomillas suaves, asomaban las primeras azoteas de La
Magdalena. Al fondo destacaban sobre el lejano horizonte los tonos grises, más
o menos azulinos, de unas montañitas que señalaban el comienzo de alguna sierra
desconocida, perpetuamente vista por los vecinos de aquellas aldehuelas, pero
jamás pisada por las abarcas con que protegían sus pies.
Andrés
era un mocetón que aún no había alcanzado los veinte años pero, visto a media
distancia, podría parecer un hombre maduro que ya hubiera cumplido los
cuarenta, dicho sea sin afán de exagerar. De medi
Andrés
tenía el pastoreo como oficio y la filosofía como afición.
Protegido
por la sombra livi
Este
era, para el bueno de Andrés, un tema viejo y perturbador que le había
preocupado ya desde que empezó a tener pensamientos de persona danzándole por
entre las revueltas de los sesos. Y curiosamente había constituido el eje
central de la última homilía pronunciada por el párroco de San Isidro antes de
desaparecer de la faz de la tierra, o al menos de la vista de los humanos.
-¿Qué
hay, hermanos míos, dentro de cada hombre? -se había preguntado el cura desde
el púlpito-. ¿Qué se esconde en el secreto fondo de cada alma, en los rincones
de cada corazón? Una llama de vida..., un hálito de gracia..., tal vez la
mácula pecaminosa del vicio... Sólo Dios, que todo lo ve, incluso lo más
recóndito, conoce la respuesta.
Sí,
¿de qué estará hecho el corazón del hombre? Aquella pregunta se quedó grabada
en la mente de Andrés; no se puede decir lo mismo de las posibles alternativas
que el propio cura se había dado a sí mismo, por la sencilla razón de que el
pastor no las había comprendido bien. Los pastores no suelen entender los
esdrújulos y, si los entienden, no les gustan. Hálito, mácula, recóndito y
cosas así, no son palabras de gran uso en campo abierto. Púlpito tampoco. Sin
embargo, el campo abierto y la soledad, que constituyen de forma genuina el
elemento de trabajo de los pastores, propician la reflexión y con ella la duda,
la pregunta. ¿Habrá bondad en lo hondo del ser humano? ¿Serán las entrañas del
hombre cálidas y blandas como la l
Decidió
dejar a un lado tan intrincados problemas y dedicarse algo más a sus anim
-Ya es
buen momento para dar la vuelta -dijo Andrés, como si estuviera hablando con el
algarrobo, la rambla o cualquier otro elemento del paisaje-; a las diez no
habrá quien aguante este maldito sol... ¡Cojiii... co...!
El Cojico era el perro pastor, compañero inseparable de
Andrés, amigo más que ayudante, hermano más que amigo, y hasta en ocasiones
jefe más que hermano. Tenía el cuerpo pequeño; labios negros, dientes grandes,
blancos y sanos; la mirada viva, bastante más inteligente que la del pastor;
los ojos muy abiertos y expresivos, con párpados negros como los labios; cuello
sólido; rabo cortado. El Cojico había recibido aquel
nombre, entre cariñoso y burlón, en honor de su madre, una perra coja. Él, a
pesar del apelativo que le había tocado en suerte, estaba tan entero como el
que más, y no sólo en materia de patas. Tenía un carácter independiente, y su
sentido de la disciplina no le impedía tomar a veces sus propias decisiones en
todo lo que tocaba a la conducción de ovejas.
Andrés
acompañó su grito largo al perro con dos pedradas bien tiradas. Con uno de los
brazos describió un gesto amplio, un movimiento abierto en dirección hacia el
camino que llevaba a la rambla. Todo ello bastó para poner en marcha el grupo
abigarrado que formaban el pastor, el perro, las cabras y las ovejas.
El Cojico no dejaba de trotar alrededor del rebaño, mostrando
constantemente su enojo. Su sentido del deber no le permitía soportar la mera hipótesis
de que alguno de los anim
-Oficio
esclavo el del pastor... –Andrés iba filosofando, o más bien quejándose,
mientras el grupo retornaba a la casa-. Te tienes que levantar con las gallinas
todos los días del año. Todos los días, pero todos, todos, porque los domingos
están hechos para los demás, pero no para ti. Y después sal al campo a buscar
hierbajos hasta que no puedas con tu alma. En invierno todavía es más
llevadero...
Un
zumbido, análogo al del vuelo de una avispa muy lej
-...porque
amanece tarde y el calor perdona, pero en verano..., en verano no te
entretengas más de lo justo entre las lomas desiertas, o fumando un pitillo por
la rambla, si es que valoras en algo a los anim
La
intensidad del zumbido crecía por momentos. Ya era un ruidoso traqueteo que
eclipsaba a todos los demás sonidos del campo. Andrés seguía con sus
reflexiones sobre la vida laboral del pastor.
-Oficio
esclavo, sí señor... Después de comer, haz en la casa los mil trabajos y
cuidados que te exigen los anim
Andrés
se detuvo junto a un almendro y contempló, recortada en el intenso azul de los
cielos, la silueta de un avión que volaba con rumbo a Cartagena. El ruido del
motor se hizo tan violento que parecía que alguien había despedazado el
firmamento y todavía estuviese empeñado en romper también la tierra, desgajar
los árboles y aplastar a los pastores. Las ovejas iniciaron una desbandada
enloquecida, tomando las más de ellas la cuesta abajo que seguía el camino de
la rambla, por cuyas anchuras se desperdigaron en una fuga tan frenética como inútil.
No consiguieron tranquilizarse hasta que el traqueteo del avión se comenzó a
perder, convertido de nuevo en lejano zumbido de avispa, tras los montecitos
desnudos del otro lado de la rambla.
-¡Maldito
fascista! -protestó el pastor, agitando hacia el cielo su cayado-. ¡Me cago en
todos los libertarios del mundo! ¡Me cago en todas las guerras y en todos los
aviadores!
En
aquel agosto agitado de 1936 se oían insultos nuevos que la juventud
rápidamente adoptó y usó con profusión. Como casi todos sus amigos de La
Magdalena, Andrés no sabía distinguir entre los diferentes tipos de guerreros,
ni matizar la influencia desigual que podrían tener unos y otros sobre el buen
orden de su rebaño.
-Y me
es igual que seas fascista, libertario, reaccionario o republicano -siguió
Andrés con su protesta-. Lo único que sé es que eres un hijo de puta. Cualquier
día nos va a caer un trasto de esos en la cabeza, o nos van a tirar las bombas
encima del g
Y se
puso, pedradas del pastor, carreras del perro, gritos de todos, a reorganizar
las deshechas filas de su ejército, mientras el inmenso cielo y la algo más
modesta superficie de la tierra recobraban su silenciosa calma habitual. Una
vez reagrupadas las huestes, Andrés prosiguió su caminata, seguro de que el rebaño
entero le seguiría como los niños pequeños siguen a una madre.
-Sabe
Dios de dónde viene ese cacharro y qué va a hacer a Cartagena, y si va a
Cartagena o a donde demonios vaya. Lo sabrá Dios, que todo lo ve, o eso decía
el cura de San Isidro, pero, ¡lo que es yo!...
Andrés
no sabía mucho sobre la guerra, quizá porque, al contrario que Dios, él nunca
veía nada, excepto alguno de aquellos aviones asustadores de ovejas que pasaban
a diario. La verdad es que nadie sabía mucho sobre ninguna cosa concreta en La
Magdalena. No se recibían periódicos ni habrían servido de gran cosa si se
recibieran, porque ninguno de los escasos habitantes de aquel poblacho era
capaz de leerlos. Solamente llegaban de tarde en tarde las contradictorias
noticias aportadas por dos o tres chicas que servían en Cartagena, entre ellas
Carolina y su prima Caridad.
Carolina
era la novia de Andrés.
Esta
Carolina era una hermosa alde
-Por
lo visto -decía la Cari, mucho más charlat
-Esos
son los enemigos del pueblo- apostilló alguien, sin conseguir cortar el
discurso de la Cari.
-...se
han levantado en armas porque quieren que en España, en vez de mandar los
republicanos, manden los alemanes. Y, claro, se han liado a tiros unos con
otros, y no veas la que han montado.
Casi
nadie lo entendía bien.
-Pero
yo -intervino la propia Carolina, que trabajaba toda la sem
-Y
eso, ¿qué cambia las cosas?- preguntó Andrés.
Otro
joven, de nombre Dionisio, y que en sus buenos tiempos había desempeñado las
funciones de capellán, o tal vez simple monaguillo, del cura de San Isidro,
creyó tener una respuesta adecuada a la pregunta de Andrés.
-Pues
eso cambia mucho las cosas, hijo mío; los falangistas no son enemigos del
pueblo. Sólo quieren que se prohíba quemar las iglesias.
Andrés
sentía por Carolina un gran cariño, e igualmente estimaba a Dionisio, cuyo
carácter tenaz y trabajador siempre admiró. Y tenía a ambos por personas
despiertas y razonables. Pero todas aquellas explicaciones de unos y otros no
le ayudaban a entender mejor el fenómeno de la guerra. No veía nada claro que
se tiraran bombas desde aviones sólo por evitar la quema de iglesias. Si la
enfermedad era mala, el remedio no era mejor, pensaba él; que se pongan unos
cuantos falangistas, o fascistas, o lo que sea, haciendo turno en cada iglesia,
y verás tú cómo no se vuelve a quemar ninguna más. El que no quiere que se
quemen las iglesias, que le ponga remedio, y los demás, cada cual a lo suyo.
Esa era su opinión y así se la exponía a su novia.
-Mira,
Carolina, a mí esa guerra ni me va ni me viene. Como si dijéramos, esa guerra
no es mía. ¿Qué me importa a mí, ni qué te importa a ti, lo que ocurra con las
iglesias o con los alemanes?
-Pues,
la verdad...
-Todas
esas cosas son de fuera de aquí. No son cosas de pastores ni de huertanos. Si
los curas se quieren pelear con la república, o con los falangistas, o con
quien sea, a mí me importa un pimiento. Mientras no se me vengan a pelear en
medio del g
Varios
días atrás habían aparecido por La Magdalena unos cuantos alborotadores en un
camión y, repartiéndose por todo el pueblo, se habían dedicado a gritar
extraños alegatos con dos o tres bocinas metálicas que se llevaban a la boca.
-¡Compañeros!
-decían, sin dirigirse a nadie concreto-. ¡La república está en peligro! Los
enemigos del pueblo se han alzado en armas contra todos nosotros. Sí, hermanos,
contra todos nosotros. Quieren esclavizar a los hombres libres de los pueblos
de España. Quieren volver a poner sobre nuestros cuellos la bota con la que nos
oprimieron a lo largo de los siglos. Quieren robarnos nuestro pan, reducirnos a
la condición de mercancías. ¿Y nosotros lo habremos de consentir? ¡No! Tal vez
otros estén dispuestos a pasar por ese aro, pero los bravos habitantes de La
Magdalena, no. Los bravos habitantes de La Magdalena, hoy más que nunca, tienen
que estar preparados para hacer realidad la consigna de la clase trabajadora. ¡Unios, hermanos proletarios!
Pero
aquello no le sonaba a Andrés más que a una retahíla de palabras huecas e
impalpables. A él nunca le habían pisado el cuello con una alpargata, y mucho
menos con una bota; y, en lo que podía recordar, nadie le había robado el pan,
ni ninguna otra cosa que no fueran las minucias que se rapiñan los niños entre
sí. Todas aquellas frases revueltas que venían diciendo los de las bocinas eran
como una canción rara y distante; una canción de otras tierras, cuyas palabras
no era capaz de entender, pero que tenía una musiquilla conocida que le
recordaba a las afirmaciones, gritadas por gentes igualmente extrañas, que
había tenido que oír en su primerísima juventud,
cuando era apenas un chicorro de once o doce años. También entonces había
venido algún que otro grupo de forasteros a La Magdalena a decir cosas
semejantes.
-¡Españoles!
-gritaban aquellos desconocidos, usando más o menos el mismo tipo de altavoces
metálicos-. ¡La patria hisp
Aquel
niño de once o doce años nunca llegó a saber qué altos blasones serían
aquellos, ni dónde podrían estar situados, siendo La Magdalena un pueblito en
que todas las casas eran de planta baja. Por eso estaba convencido de que los
griteríos con que cuatro agitadores venían de vez en cuando a turbar el
tranquilo discurrir de su vida y la de sus vecinos, no eran más que lo que
parecían: palabras, palabras, palabras... Siempre la misma canción, a la que le
van cambiando la letra, sin conseguir atinar con una que tenga sentido.
Y con
estos pensamientos iba distrayendo nuestro pastorcico
su lenta caminata de regreso por los ásperos senderos, apenas dibujados, que
llevaban desde la rambla de Benipila hasta La
Magdalena. Las ovejas remontaron con parsimonia la dura pendiente de salida de
la rambla. El Cojico iba detrás de ellas, dándoles
prisa.
Andrés vio a lo lejos las copas de las
primeras higueras, que señalaban la proximidad del pueblo, y aceleró el paso
para g
-No me
extrañaría nada que el año que viene -pensó- tengamos aquí mandando a los
alemanes, y nos prohíban esto de comer las brevas que pillemos...
Y echó
de nuevo a andar hasta su casa, detrás del pequeño ejército de ovejas que,
desentendiéndose de él y de las órdenes ruidosas y perentorias del Cojico, habían emprendido veloz retirada hacia sus
cuarteles en cuanto empezaron a reconocer los caminos del pueblo.
Andrés
vivía con su madre, una viuda aparentemente fuerte, de boca fina e inexpresiva.
La señora Dolores llevaba, verano e invierno, largas faldas con diversos tonos
de gris, color que, en infinitos matices, también tenían sus blusas, pañuelos,
corpiños, mandiles y sayas. Tal vez por ser más bien alta y blandir casi
siempre una hoz en su mano derecha, esta buena matrona tenía el aspecto
respetable de un criminal sin escrúpulos que lo mismo podría quemar una
iglesia, pongamos por ejemplo, que despanzurrar a alguien que, por las callejas
polvorientas del caserío, pareciera haberla mirado mal. Sin embargo, ese aspecto
terrible no pasaba de las apariencias a los hechos. Aquella buena mujer no era
fuerte más que para ocuparse de la escasa y desagradecida huerta que rodeaba
malamente su casa, para adorar a su hijo por encima de cualquier otro amor o
interés, y para llorar con energía y ruido, en cuanto tenía una razón que le
pareciera suficiente.
Pero
aquel día la señora Dolores no tenía motivos para el llanto, y sí para el
orgullo de madre.
-Andresico, hijo -saludó al entrar Andrés en la casa-, ¿a
que no sabes qué? ¿Quién te crees que ha estado aquí esta mañ
-¿Y
cómo habría de saberlo?
La
señora Dolores metió la mano entre dos de las capas de diferentes tonos de gris
que cubrían su cuerpo y sacó una carta.
-Mira,
esta cartica ha traído el cartero para ti.
Andrés
miró con cierta sorpresa a su madre. Pudo percibir una expresión de orgullo
adornando el rostro, prematuramente rugoso, de la señora Dolores.
-Y le
tuve que poner la cruz en la libreta que traía. Debe de ser algo de
importancia, porque las cartas normalmente vienen sin cruz, pero esta..., esta
carta vino con cruz.
Podía
parecer pueril, pero el cartero jamás paraba en La Magdalena, un pueblo tan
pobre y tan pequeño que ni tenía alcaldía, ni bar, ni familia rica, ni ninguno
de esos destinatarios a los que se suelen enviar las cartas. Pero hoy el
cartero sí se había parado y, tras preguntar por Andrés Ros, su hijo, le había
dejado entre las manos a la buena Dolores aquella cartica
medio arrugada, con su dirección, su sello y su remite.
-¡Una
carta! ¿Qué podrá ser? -se interrogaban mutuamente, pues ya quedó dicho que
allí nadie era capaz de realizar esa operación de descifrado llamada lectura.
-Que
te digo que tiene que ser algo importante, Andresico...
-¡Qué
cosa más rara! -exclamó Andrés-. ¿Quién querrá escribirme a mí? ¡Qué pena no
saber leer! Ya mi padre, que era muy bruto...
-Eso
sí que no, que era un hombre muy cabal...
-Era
muy bruto, caramba -remató Andrés, con gesto enérgico, como queriendo imitar la
supuesta brutalidad de su difunto padre-, aunque fuera cabal. Pero, con todo lo
bruto que Dios lo hizo, siempre decía que un hombre podrá tener una casa
grande, y mucha tierra y g
-Pues
en La Magdalena -respondió su madre, con sentido práctico- no sé quien te va a
enseñar, porque por aquí, desde que se fue el cura de San Isidro, si es que se
fue..., ya no queda nadie que sepa. Vas a tener que aprender tú solico.
-Otro
vendrá que me enseñe, madre. Pero todo se andará a su debido tiempo. El
problema es que ahora tengo que buscar a alguien que me diga qué demontres está escrito aquí.
-Díselo
el domingo a Carolina -sugirió la señora Dolores.
Era la
única posibilidad. Carolina venía desde Cartagena al pueblo todos los domingos
del año. Tras levantarse muy temprano, hacer su cama y preparar la mesa para el
desayuno de los señores, echaba a andar en paciente soledad los diez kilómetros
que la separaban de La Magdalena. El lunes deshacía ese mismo camino, más o
menos a la misma hora y por el mismo medio de trasporte, y se volvía a
Cartagena para una nueva sem
-Si
Carolina se lleva la carta -continuó la madre de Andrés-, puede pedirle a
alguien de la casa de Cartagena que se la lea. Y cuando vuelva, una sem
Y así lo
hicieron. El domingo Andrés se vistió algo mejor y se arregló un poco más de lo
que lo hacía a diario. Realmente, el cambio más importante en su aspecto
dominguero consistía en haberse bañado y afeitado, porque la ropa de los
domingos, si bien hay que reconocer que no era la misma que la de los demás
días, no la superaba en mucho, ni por buena ni por nueva.
El
joven fue a casa de Carolina hacia las nueve de la mañ
-Carolina,
me ha pasado algo que nunca me había ocurrido.
-¿Es
cosa de la guerra? -preguntó la joven, lanzando la pregunta desde el fondo más
recóndito y negro de su corazón de mujer, allí donde se mezclan los recuerdos y
las intuiciones. Carolina oía en parte las charlas de la casa donde que
trabajaba, y ya había aprendido que, desde el comienzo de la guerra, estaban
pasando muchas cosas que nunca antes habían ocurrido. Oyendo tantas conversaciones
asustadas, llegó a convencerse de que todo suceso nuevo tenía algo que ver con
la guerra. Lo bueno y lo malo, lo perverso y lo sublime... Si ocurría algo que
jamás había ocurrido, casi se podía asegurar que la guerra andaba por medio,
como un diablo pillastre, haciendo de las suyas.
-No
–respondió Andrés-, no tiene nada que ver con la guerra. Es que he recibido una
carta. Mírala.
Y puso
la carta en manos de su novia.
-Pues
puede ser de la guerra, Andrés -insistió Carolina, tratando de hallar en el
sobre algún rasgo del que pudiera deducirse algo-. Yo sé que los que tienen que
ir a la guerra reciben unas cartas en las que se lo dicen. ¡Ay, Dios mío, Dios
mío...!
-Pero,
mujer -protestó él-, hay que ver cómo eres. También le escriben cartas a los que
cobran las herencias, como le pasó al primo de Dionisio, aquel que se fue para
Murcia a vivir como un señor. ¿Por qué va a tener que ser una carta de la
guerra? ¿Qué tengo yo que ver con la guerra, si ya te he dicho mil veces que
eso no es cosa nuestra?
-No
sé. Tú dices que no es cosa nuestra, como si tú renunciaras a la guerra. Pero
esa no es la cuestión. A saber si la guerra renuncia a ti...
-Mira,
Carolina, sea lo que sea, tengo que aclararlo. Por eso necesito pedirte un
favor. Llévate la cartica a Cartagena, a ver si allí
alguien te la puede leer, y ya me contarás, el domingo que viene, lo que dice.
-Me
parece muy bien. Seguro que doña Elisa me la leerá con mucho gusto, que es una
señora muy amable. Antes era un poco más estirada conmigo, pero últimamente la
encuentro yo..., no sé, como si fuera más bien una amiga mía, salvando las
distancias, y no la señora de la casa.
Iban
los jóvenes manteniendo este coloquio mientras se dirigían, en placentero
paseo, a la cerc
Pero a
nadie le importaba en demasía el paradero del clérigo. Su marcha, si vamos a lo
que cuenta, dejó a la comarca sin servicios religiosos, y a Andrés con la duda
perpetua sobre la materia que podría haber dentro de cada hombre. El caso es
que, con cura o sin él, muchas personas, e infaliblemente todas las parejas de
novios, seguían cumpliendo, como una liturgia, el rito del paseo sem
Andrés,
que era vitalista y soñador, le contaba a Carolina cómo las cartas inesperadas,
y sobre todo las que vienen con cruz, solían ser mensajeros de las mejores
noticias. En particular, insistía en su idea de que estas cartas constituían el
medio tradicional utilizado por los notarios para comunicar las herencias a los
parientes de los difuntos ricos. El enamorado joven no dejó de recordar que su
abuelo materno se había ido para Argelia allá por 1910 y que en todo ese cuarto
de siglo no había llegado a dar señal alguna de vida. Abuelo, emigrante y en
ignorado paradero, era un perfecto candidato a testador.
-¿Te
das cuenta, Carolina, de lo que puede medrar un cristiano en Argelia, que es una
tierra en la que no hay más que moros? ¿Te imaginas lo mucho que puede
conseguir? Todos hemos oído, y no me digas que no, contar historias increíbles
de tesoros y palacios en el país de los moros, donde abundan los collares de
perlas como aquí los cordajes de esparto.
-Perlas...
¡qué maravilla!
-Sí,
perlas... -insistía él, con su imaginación volando, tal vez en una alfombra
oriental-. Las casas de los moros son muy grandes y siempre se ven muy bien
encaladas. Los pisos están abiertos y no tienen más paredes que las columnas
que sostienen la techumbre, para que corra el aire por las estancias y trepen
adentro las parras de los jardines; así pueden los moros comer las uvas desde
su propia cama, sin más trabajo que el de echarles la mano para cogerlas.
-Pues
será muy peligroso -le respondía Carolina, siguiendo a su novio en el juego
festivo de dejar libre el vuelo de los sueños-, porque como se confunda algún
collar de perlas con un racimo, se puede atragantar. ¡Mira que si tu abuelo se
ha muerto comiendo perlas, y te ha dejado en herencia el palacio, con sus
tesoros y sus parras...!
-Y sus
esclavas -suspiraba el pastor-, que los palacios de los moros están llenos de
esclavas blancas y negras, rubias y morenas, que andan de aquí para allá, medio
tapadas con sedas transparentes... Una le pone al moro sobre la mesilla de
noche uno de esos botijos especi
-¡Esclavas!
No veo yo para qué sirven las esclavas, a la hora de la verdad...
Embriagados
por aquella charla excitante, unida a las natur
La
joven ceñía con fuerza el cuerpo agitado de su novio, al tiempo que protestaba,
pidiendo por favor que no, como hembra decente que era. Su mano izquierda
apretaba la carta hasta casi hacerla pedazos. De las ramas de los almendros
colgaban racimos de perlas, pero su brillo no hería los grandes ojos de la
mocita, clavados en algún punto indefinido de un cielo intensamente azul, el
mismo cielo que a diario surcaba con su zumbido de avispa algún que otro avión
de desconocida procedencia.
Se les
había hecho algo tarde. Anduvieron el camino de regreso a buen paso y en
silencio total. Él no sabía qué decir, y ella prefería no decir nada. Cuando
llegaron a la casa de Carolina, sólo lograron despedirse con unos monosílabos
apenas murmurados. Andrés, cabizbajo y confuso, marchó a su casa para almorzar
en compañía de la señora Dolores. El joven comió rápido y en silencio, y
después de comer no durmió la siesta. Para mayor inquietud de su madre, que no
estaba acostumbrada a verlo tan taciturno, se levantó de la mesa y le dijo que
se iba a buscar a Carolina.
Cuando
Andrés llegó a la casa de su novia se encontró con el padre de ella, el bueno
de Pencho, que estaba a la puerta, sentado debajo de
la parra.
-Bueno,
Andresico -le dijo, poniéndose en pie-, la Carolina
no se encuentra bien. Se ha echado en la cama y me ha dicho que te diga que ya
os veréis el domingo que viene.
-Pero,
¿no puedo pasar a verla?
-No
-respondió Pencho de forma lacónica y contundente,
entrando en la casa y cerrando la puerta casi en las narices del joven.
Andrés
se quedó preocupado. Suponía que Carolina no estaba realmente enferma, sino
confundida y avergonzada por lo que les había pasado en las rocas del alto.
Comprendiendo los sentimientos de la muchacha, decidió no darle demasiada importancia
a su actitud. Podría despedirse de ella el lunes por la mañ
Los
lunes de madrugada solían coincidir ambos jóvenes en el cruce de la rambla para
despedirse, pero este lunes no era un lunes más, como tampoco el domingo había
sido un domingo cualquiera. Carolina salió de su casa mucho antes de la hora
habitual; no deseaba encontrarse con su novio, aunque no sabía muy bien por
qué. Llevando la carta en la bolsa de lona, tomó el camino de Cuesta Blanca,
para seguir después la carretera de Cartagena.
Pero
Andrés, temiendo que ella pudiera adelantar su partida, también se había
anticipado a la cita de los lunes y llegó a tiempo de verla alejarse. Quiso darle
una voz, uno de aquellos sones vibrantes como las órdenes que le daba al Cojico en sus quehaceres por los campos abiertos, pero no
fue capaz de emitir sonido alguno. Se quedó un rato en medio del camino,
admirando el andar de su novia, pues pocas cosas había, si es que había alguna,
que se moviesen con tanta gracia como Carolina cuando andaba. Al ver cómo se
perdía la imagen querida tras un repecho, pensaba Andrés en que tendría que
estar toda una sem
Ocupado
con estos pensamientos, no se acordaba ya para nada del asunto de la carta ni
de la herencia.
Y
avanzó así la sem
-¿Andrés
Ros? -preguntó uno de los guardias, tomando el fusil y apuntando con él al
pastor.
Andrés
se descubrió y, sosteniendo entre sus manos sudorosas la boina, intentó
responder a la escueta pregunta.
-Yo
soy -consiguió decir.
El
guardia civil tenía un aspecto magnífico, que le hizo a Andrés evocar la imagen
de su abuelo que él mismo se había formado en su mente: alto, fuerte, con
enormes mostachos y ademán seguro y enérgico; pero lo que le llamaba la
atención especialmente era aquel sombrero negro y brillante, digno del rey de
los moros.
-Queda
arrestado, en nombre de la autoridad militar, por el supuesto delito de
deserción -replicó el del mostacho, haciendo regresar bruscamente a Andrés de
sus pensamientos.
El
pastor no entendió el grave significado de las palabras del guardia civil, y probablemente
la perplejidad de su rostro así lo dejaba ver. Pero sí entendió que le estaban
atando los brazos con una guita por detrás de su
espalda. Aquello iba en serio.
-¿No
ha recibido usted una carta de incorporación a filas? ¿No sabe que estamos en guerra?
-¡Yo
no sé leer, se lo juro! ¡Carolina viene el domingo! -protestaba Andrés de forma
incoherente, sin ofrecer resistencia-. Carolina tiene la carta. ¡Yo no sé leer!
Mientras
le ataban, los guardias le iban increpando con leves reproches, como pidiendo
perdón por lo que estaban haciendo. Pero no atendían a razón alguna de lo que
el pastor pudiera alegar, si es que propiamente se podían llamar razones a las
frases inconclusas y atropelladas del pobre chaval.
-Unos
en el frente, jugándose la vida, y otros tan tranquilos en su casa, ¿eh? Pero,
¿usted en qué estaba pensando? Pues le va a caer el pelo.
-¡Vamos
a ver a Carolina, que ella les explicará!
Y se
lo llevaron, sin hacer caso alguno de sus protestas, un guardia a cada lado,
caminando lentamente por la carretera de Cuesta Blanca. Mientras iniciaban el
mismo recorrido que todos los lunes llevaba a Carolina a su trabajo, Andrés
intentó hacerles comprender a los civiles todo lo sucedido.
-Yo
creí que era una carta de una herencia -les iba explicando-, porque mi abuelo
vive donde los moros y seguro que está forrado de perlas. La Carolina tiene una
señora en Cartagena que es muy amiga suya y que le lee todo lo que haga falta.
Por eso el domingo, cuando lo de las rocas del alto..., bueno, el domingo, en
el paseo a San Isidro, yo le di la carta y le dije que...
Las razones inconexas y deslavazadas
que Andrés iba hilv
El
trío avanzaba lentamente por las veredas; ninguno de los tres parecía tener
mucha prisa. Detrás se había quedado la señora Dolores, llorando como una
magdalena, apoyada en la parra, hasta que los perdió de vista en la primera
vuelta del camino. En cuanto vio que desaparecían, la pobre madre guardó el g
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