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LA GUERRA DE ANDRÉS

De Francisco Moreno

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LA  GUERRA  DE  ANDRÉS

Novela

 

 

Francisco Moreno

 

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LA CARTA

 

         El lunes, diez de agosto de 1936, cuando no hacía más que tres semanas que la guerra civil española había comenzado, el pastor Andrés Ros, vecino del caserío de La Magdalena, recibió una carta en la que, según se acabó sabiendo, la república le nombraba soldado de artillería. Pero Andrés, que no sabía leer, no pudo enterarse del honor con que lo habían distinguido. Incapaz de traducir a ideas los garabatos escritos, tampoco pudo ponerse al corriente de que la patria estaba amenazada, ni de que tenía que presentarse de forma inmediata en el parque de artillería de Cartagena, ni de que sería declarado desertor caso de no hacerlo en el plazo, breve y terminante, de setenta y dos horas.

         Aquella mañana, como si fuera otra más de su monótona existencia de pastor, había salido el mozo con sus ovejas muy de madrugada para aprovechar esas horas en las que el sol nos alumbra generosamente pero aún no nos castiga con su fuego. Llevaba el ganado de aquí para allá, intentando dar con alguna vereda menos mortificada por la canícula cruel de aquella tierra extremosa, o algún rincón en que tal vez las sombras de una tapia solitaria o de algún tronco de árbol hubieran protegido las últimas hierbas de la calurosa estación.

         No serían aún las nueve de la mañana y, a pesar de ello, aquel implacable sol de agosto estaba ya muy alto en el cielo, abrasando el campo infinito y solitario.

         Andrés se llegó despacioso hasta un viejo algarrobo que ofrecía su parca sombra en medio del campo reseco. Se quitó la boina y, gozando quietamente del frescor de las ramas largas, añosas, se dispuso a liar un cigarrillo. Contempló ante él un camino ocre, innecesariamente retorcido, que serpenteaba hasta caer, casi despeñándose, en la rambla de Benipila. A cierta distancia, la pared frontera de la rambla, orgullosamente cortada en pico, recibía con toda su fuerza la luz poderosa del sol de agosto. Por detrás, apenas camufladas por algunas lomillas suaves, asomaban las primeras azoteas de La Magdalena. Al fondo destacaban sobre el lejano horizonte los tonos grises, más o menos azulinos, de unas montañitas que señalaban el comienzo de alguna sierra desconocida, perpetuamente vista por los vecinos de aquellas aldehuelas, pero jamás pisada por las abarcas con que protegían sus pies.

         Andrés era un mocetón que aún no había alcanzado los veinte años pero, visto a media distancia, podría parecer un hombre maduro que ya hubiera cumplido los cuarenta, dicho sea sin afán de exagerar. De mediana estatura y andares bamboleantes, se apoyaba en un cayado nudoso y asimétrico que no necesitaba para sostenerse, pero que contribuía a darle un aspecto de persona avejentada. Cubría su cabeza con una sempiterna y sucia boina destinada a proteger sus sesos del sol riguroso del verano y de los rocíos del invierno. Para andar tan cómodo como las mismísimas ovejas, calzaba unas alpargatas de esparto, las más de las veces deshechas por las largas excursiones a que le obligaba su oficio. Y entre la boina y las alpargatas, vestía su cuerpo con los ropajes más andrajosos y sucios de su exiguo guardarropa, dejando tan sólo a la vista un rostro curtido por el sol y permanentemente cubierto por la densa barba que hubiera podido crecer desde el último domingo.

         Andrés tenía el pastoreo como oficio y la filosofía como afición.

         Protegido por la sombra liviana del algarrobo, pensaba el filósofo pastor, mientras se esforzaba en apretar el tabaco contra la hoja de papel, en los problemas de la vida: que si las ovejas no se le empreñaban, o que si el tabaco estaba más caro que nunca... Pero sobre todo, aquellos días no dejaba de darle vueltas a la cuestión de la guerra que acababa de estallar, sobre la cual lo desconocía prácticamente todo: quiénes la habían iniciado, para qué, dónde, qué consecuencias, en fin, podrían desencadenarse sobre su tranquilo vivir de pastor. Y, tratando de entender las causas de esos complejos procesos históricos, se preguntaba sobre el arduo problema de llegar a conocer, a intuir tal vez, de qué materia podían estar hechas las entrañas del hombre; dura cuestión esta a la que han dedicado sus ocios muchos sabios desde el origen de los tiempos, y a la que un zagal analfabeto no habría de encontrar fácil respuesta.

         Este era, para el bueno de Andrés, un tema viejo y perturbador que le había preocupado ya desde que empezó a tener pensamientos de persona danzándole por entre las revueltas de los sesos. Y curiosamente había constituido el eje central de la última homilía pronunciada por el párroco de San Isidro antes de desaparecer de la faz de la tierra, o al menos de la vista de los humanos.

         -¿Qué hay, hermanos míos, dentro de cada hombre? -se había preguntado el cura desde el púlpito-. ¿Qué se esconde en el secreto fondo de cada alma, en los rincones de cada corazón? Una llama de vida..., un hálito de gracia..., tal vez la mácula pecaminosa del vicio... Sólo Dios, que todo lo ve, incluso lo más recóndito, conoce la respuesta.

         Sí, ¿de qué estará hecho el corazón del hombre? Aquella pregunta se quedó grabada en la mente de Andrés; no se puede decir lo mismo de las posibles alternativas que el propio cura se había dado a sí mismo, por la sencilla razón de que el pastor no las había comprendido bien. Los pastores no suelen entender los esdrújulos y, si los entienden, no les gustan. Hálito, mácula, recóndito y cosas así, no son palabras de gran uso en campo abierto. Púlpito tampoco. Sin embargo, el campo abierto y la soledad, que constituyen de forma genuina el elemento de trabajo de los pastores, propician la reflexión y con ella la duda, la pregunta. ¿Habrá bondad en lo hondo del ser humano? ¿Serán las entrañas del hombre cálidas y blandas como la lana, o duras y frías y angustiosas, como dicen los viejos que es la guerra? 

         Decidió dejar a un lado tan intrincados problemas y dedicarse algo más a sus animales. Aspiró las primeras bocanadas del pitillo de picadura mientras veía cómo las ovejas mordiscaban aquí y allá los escasos y escondidos brotes que aún iban quedando. Desde que había salido de su casa con el rebaño, apenas pudo pararse más que para descansar unos minutos de vez en cuando bajo un árbol o tras el cobijo de alguna tapia. Las ovejas estaban empezando a indicarle con sus balidos que tenían ganas de regresar a la sombra amable del aprisco.

         -Ya es buen momento para dar la vuelta -dijo Andrés, como si estuviera hablando con el algarrobo, la rambla o cualquier otro elemento del paisaje-; a las diez no habrá quien aguante este maldito sol... ¡Cojiii... co...!

         El Cojico era el perro pastor, compañero inseparable de Andrés, amigo más que ayudante, hermano más que amigo, y hasta en ocasiones jefe más que hermano. Tenía el cuerpo pequeño; labios negros, dientes grandes, blancos y sanos; la mirada viva, bastante más inteligente que la del pastor; los ojos muy abiertos y expresivos, con párpados negros como los labios; cuello sólido; rabo cortado. El Cojico había recibido aquel nombre, entre cariñoso y burlón, en honor de su madre, una perra coja. Él, a pesar del apelativo que le había tocado en suerte, estaba tan entero como el que más, y no sólo en materia de patas. Tenía un carácter independiente, y su sentido de la disciplina no le impedía tomar a veces sus propias decisiones en todo lo que tocaba a la conducción de ovejas.

         Andrés acompañó su grito largo al perro con dos pedradas bien tiradas. Con uno de los brazos describió un gesto amplio, un movimiento abierto en dirección hacia el camino que llevaba a la rambla. Todo ello bastó para poner en marcha el grupo abigarrado que formaban el pastor, el perro, las cabras y las ovejas.

         El Cojico no dejaba de trotar alrededor del rebaño, mostrando constantemente su enojo. Su sentido del deber no le permitía soportar la mera hipótesis de que alguno de los animales se quedase rezagado o se distrajera con alguna hierba. Y, cuando alguno lo hacía, un ladrido o algo peor se encargaba muy pronto de recordarle que no estaba tratando con un perro pastor cualquiera, de esos que se conforman con que las cosas se hagan medio bien.

         -Oficio esclavo el del pastor... –Andrés iba filosofando, o más bien quejándose, mientras el grupo retornaba a la casa-. Te tienes que levantar con las gallinas todos los días del año. Todos los días, pero todos, todos, porque los domingos están hechos para los demás, pero no para ti. Y después sal al campo a buscar hierbajos hasta que no puedas con tu alma. En invierno todavía es más llevadero...

         Un zumbido, análogo al del vuelo de una avispa muy lejana, comenzó a hacerse perceptible más allá de las redondeces del horizonte, tal vez por la parte de aquellas lejanas montañas de tonos azules.

         -...porque amanece tarde y el calor perdona, pero en verano..., en verano no te entretengas más de lo justo entre las lomas desiertas, o fumando un pitillo por la rambla, si es que valoras en algo a los animales.

         La intensidad del zumbido crecía por momentos. Ya era un ruidoso traqueteo que eclipsaba a todos los demás sonidos del campo. Andrés seguía con sus reflexiones sobre la vida laboral del pastor.

         -Oficio esclavo, sí señor... Después de comer, haz en la casa los mil trabajos y cuidados que te exigen los animales, que son como tus hijos, y si te queda algo de tiempo, que normalmente no te va a quedar, échate una siesta rápida. Y, cuando el sol te lo vuelva a consentir, toma a tus niños, con perdón por la comparación, y sácalos de nuevo al campo a seguir royendo la maleza y el rastrojo que no encontraron o no quisieron por la mañana.

         Andrés se detuvo junto a un almendro y contempló, recortada en el intenso azul de los cielos, la silueta de un avión que volaba con rumbo a Cartagena. El ruido del motor se hizo tan violento que parecía que alguien había despedazado el firmamento y todavía estuviese empeñado en romper también la tierra, desgajar los árboles y aplastar a los pastores. Las ovejas iniciaron una desbandada enloquecida, tomando las más de ellas la cuesta abajo que seguía el camino de la rambla, por cuyas anchuras se desperdigaron en una fuga tan frenética como inútil. No consiguieron tranquilizarse hasta que el traqueteo del avión se comenzó a perder, convertido de nuevo en lejano zumbido de avispa, tras los montecitos desnudos del otro lado de la rambla.

         -¡Maldito fascista! -protestó el pastor, agitando hacia el cielo su cayado-. ¡Me cago en todos los libertarios del mundo! ¡Me cago en todas las guerras y en todos los aviadores!

         En aquel agosto agitado de 1936 se oían insultos nuevos que la juventud rápidamente adoptó y usó con profusión. Como casi todos sus amigos de La Magdalena, Andrés no sabía distinguir entre los diferentes tipos de guerreros, ni matizar la influencia desigual que podrían tener unos y otros sobre el buen orden de su rebaño.

         -Y me es igual que seas fascista, libertario, reaccionario o republicano -siguió Andrés con su protesta-. Lo único que sé es que eres un hijo de puta. Cualquier día nos va a caer un trasto de esos en la cabeza, o nos van a tirar las bombas encima del ganado...

         Y se puso, pedradas del pastor, carreras del perro, gritos de todos, a reorganizar las deshechas filas de su ejército, mientras el inmenso cielo y la algo más modesta superficie de la tierra recobraban su silenciosa calma habitual. Una vez reagrupadas las huestes, Andrés prosiguió su caminata, seguro de que el rebaño entero le seguiría como los niños pequeños siguen a una madre.

         -Sabe Dios de dónde viene ese cacharro y qué va a hacer a Cartagena, y si va a Cartagena o a donde demonios vaya. Lo sabrá Dios, que todo lo ve, o eso decía el cura de San Isidro, pero, ¡lo que es yo!...

         Andrés no sabía mucho sobre la guerra, quizá porque, al contrario que Dios, él nunca veía nada, excepto alguno de aquellos aviones asustadores de ovejas que pasaban a diario. La verdad es que nadie sabía mucho sobre ninguna cosa concreta en La Magdalena. No se recibían periódicos ni habrían servido de gran cosa si se recibieran, porque ninguno de los escasos habitantes de aquel poblacho era capaz de leerlos. Solamente llegaban de tarde en tarde las contradictorias noticias aportadas por dos o tres chicas que servían en Cartagena, entre ellas Carolina y su prima Caridad.

         Carolina era la novia de Andrés.

         Esta Carolina era una hermosa aldeana de dieciséis años, tal vez no muy alta, pero con un cuerpo gracioso y construido con muy ajustadas proporciones. Sus andares tenían un movimiento rítmico y altivo que causaba la admiración de todos los mozos de La Magdalena, y la envidia de muchas de sus vecinas. Dos grandes ojos negros, siempre muy abiertos, daban vida a un rostro redondo, de piel morena, en el que jamás dejaba de brillar una chispa pícara. No era, sin embargo, muy habladora y, tal vez por eso, gozaba de las simpatías de todo el mundo. Y singularmente, claro está, de las de Andrés.

         -Por lo visto -decía la Cari, mucho más charlatana y marisabidilla que su prima, a los contados mozos y mozas del lugar-,  en algún sitio de por ahí, creo que en América o en Sevilla, unos cuantos locos, que es a los que llaman los fascistas,...

         -Esos son los enemigos del pueblo- apostilló alguien, sin conseguir cortar el discurso de la Cari.

         -...se han levantado en armas porque quieren que en España, en vez de mandar los republicanos, manden los alemanes. Y, claro, se han liado a tiros unos con otros, y no veas la que han montado.

         Casi nadie lo entendía bien.

         -Pero yo -intervino la propia Carolina, que trabajaba toda la semana como criada de una casa grande de Cartagena, en las mismísimas Puertas de Murcia- he oído decir que no son fascistas, sino falangistas.

         -Y eso, ¿qué cambia las cosas?- preguntó Andrés.

         Otro joven, de nombre Dionisio, y que en sus buenos tiempos había desempeñado las funciones de capellán, o tal vez simple monaguillo, del cura de San Isidro, creyó tener una respuesta adecuada a la pregunta de Andrés.

         -Pues eso cambia mucho las cosas, hijo mío; los falangistas no son enemigos del pueblo. Sólo quieren que se prohíba quemar las iglesias.

         Andrés sentía por Carolina un gran cariño, e igualmente estimaba a Dionisio, cuyo carácter tenaz y trabajador siempre admiró. Y tenía a ambos por personas despiertas y razonables. Pero todas aquellas explicaciones de unos y otros no le ayudaban a entender mejor el fenómeno de la guerra. No veía nada claro que se tiraran bombas desde aviones sólo por evitar la quema de iglesias. Si la enfermedad era mala, el remedio no era mejor, pensaba él; que se pongan unos cuantos falangistas, o fascistas, o lo que sea, haciendo turno en cada iglesia, y verás tú cómo no se vuelve a quemar ninguna más. El que no quiere que se quemen las iglesias, que le ponga remedio, y los demás, cada cual a lo suyo. Esa era su opinión y así se la exponía a su novia.

         -Mira, Carolina, a mí esa guerra ni me va ni me viene. Como si dijéramos, esa guerra no es mía. ¿Qué me importa a mí, ni qué te importa a ti, lo que ocurra con las iglesias o con los alemanes?

         -Pues, la verdad...

         -Todas esas cosas son de fuera de aquí. No son cosas de pastores ni de huertanos. Si los curas se quieren pelear con la república, o con los falangistas, o con quien sea, a mí me importa un pimiento. Mientras no se me vengan a pelear en medio del ganado, tanto me da.

         Varios días atrás habían aparecido por La Magdalena unos cuantos alborotadores en un camión y, repartiéndose por todo el pueblo, se habían dedicado a gritar extraños alegatos con dos o tres bocinas metálicas que se llevaban a la boca.

         -¡Compañeros! -decían, sin dirigirse a nadie concreto-. ¡La república está en peligro! Los enemigos del pueblo se han alzado en armas contra todos nosotros. Sí, hermanos, contra todos nosotros. Quieren esclavizar a los hombres libres de los pueblos de España. Quieren volver a poner sobre nuestros cuellos la bota con la que nos oprimieron a lo largo de los siglos. Quieren robarnos nuestro pan, reducirnos a la condición de mercancías. ¿Y nosotros lo habremos de consentir? ¡No! Tal vez otros estén dispuestos a pasar por ese aro, pero los bravos habitantes de La Magdalena, no. Los bravos habitantes de La Magdalena, hoy más que nunca, tienen que estar preparados para hacer realidad la consigna de la clase trabajadora. ¡Unios, hermanos proletarios!

         Pero aquello no le sonaba a Andrés más que a una retahíla de palabras huecas e impalpables. A él nunca le habían pisado el cuello con una alpargata, y mucho menos con una bota; y, en lo que podía recordar, nadie le había robado el pan, ni ninguna otra cosa que no fueran las minucias que se rapiñan los niños entre sí. Todas aquellas frases revueltas que venían diciendo los de las bocinas eran como una canción rara y distante; una canción de otras tierras, cuyas palabras no era capaz de entender, pero que tenía una musiquilla conocida que le recordaba a las afirmaciones, gritadas por gentes igualmente extrañas, que había tenido que oír en su primerísima juventud, cuando era apenas un chicorro de once o doce años. También entonces había venido algún que otro grupo de forasteros a La Magdalena a decir cosas semejantes.

         -¡Españoles! -gritaban aquellos desconocidos, usando más o menos el mismo tipo de altavoces metálicos-. ¡La patria hispana está en peligro! El materialismo ateo quiere esclavizarnos con las cadenas de la república. Pero no podrán engañar al noble pueblo de La Magdalena, el de los altos blasones, el de la límpida ejecutoria. ¿Habremos de soportarlo? ¿Habremos de asistir impasibles a la quiebra y a la putrefacción de la patria sagrada de nuestros mayores? ¡No! Otros quizá lo hagan, pero nosotros sabemos bien qué nos demanda nuestra fe. Españoles, hoy como ayer y como siempre, no podemos tener más que una consigna: en el nombre de Dios, ¡viva el rey!

         Aquel niño de once o doce años nunca llegó a saber qué altos blasones serían aquellos, ni dónde podrían estar situados, siendo La Magdalena un pueblito en que todas las casas eran de planta baja. Por eso estaba convencido de que los griteríos con que cuatro agitadores venían de vez en cuando a turbar el tranquilo discurrir de su vida y la de sus vecinos, no eran más que lo que parecían: palabras, palabras, palabras... Siempre la misma canción, a la que le van cambiando la letra, sin conseguir atinar con una que tenga sentido.

         Y con estos pensamientos iba distrayendo nuestro pastorcico su lenta caminata de regreso por los ásperos senderos, apenas dibujados, que llevaban desde la rambla de Benipila hasta La Magdalena. Las ovejas remontaron con parsimonia la dura pendiente de salida de la rambla. El Cojico iba detrás de ellas, dándoles prisa.

         Andrés vio a lo lejos las copas de las primeras higueras, que señalaban la proximidad del pueblo, y aceleró el paso para ganar pronto su sombra. Hacía ya algún tiempo que las brevas habían desaparecido de entre el follaje, y los higos aún estaban empezando a mostrar sus brotes. En la canícula de agosto las ramas de las higueras no le ofrecían al caminante más que el frescor de una grata sombra que, al decir de algunos, era bueno evitar. En junio, en cambio, cuando las dulces brevas estaban en sazón, Andrés solía quedarse un rato debajo de aquellos mismos árboles, comiendo sus frutos. Arrancaba una breva de la rama y decía para sí, antes de llevársela a la boca: "la brevilla, p'al que la pilla”. Después tomaba otra y repetía: “la brevilla, p'al que la pilla". Tenía un íntimo sentido del pundonor que le obligara a justificarse por comer lo que no era suyo.

         -No me extrañaría nada que el año que viene -pensó- tengamos aquí mandando a los alemanes, y nos prohíban esto de comer las brevas que pillemos...

         Y echó de nuevo a andar hasta su casa, detrás del pequeño ejército de ovejas que, desentendiéndose de él y de las órdenes ruidosas y perentorias del Cojico, habían emprendido veloz retirada hacia sus cuarteles en cuanto empezaron a reconocer los caminos del pueblo.

         Andrés vivía con su madre, una viuda aparentemente fuerte, de boca fina e inexpresiva. La señora Dolores llevaba, verano e invierno, largas faldas con diversos tonos de gris, color que, en infinitos matices, también tenían sus blusas, pañuelos, corpiños, mandiles y sayas. Tal vez por ser más bien alta y blandir casi siempre una hoz en su mano derecha, esta buena matrona tenía el aspecto respetable de un criminal sin escrúpulos que lo mismo podría quemar una iglesia, pongamos por ejemplo, que despanzurrar a alguien que, por las callejas polvorientas del caserío, pareciera haberla mirado mal. Sin embargo, ese aspecto terrible no pasaba de las apariencias a los hechos. Aquella buena mujer no era fuerte más que para ocuparse de la escasa y desagradecida huerta que rodeaba malamente su casa, para adorar a su hijo por encima de cualquier otro amor o interés, y para llorar con energía y ruido, en cuanto tenía una razón que le pareciera suficiente.

         Pero aquel día la señora Dolores no tenía motivos para el llanto, y sí para el orgullo de madre.

         -Andresico, hijo -saludó al entrar Andrés en la casa-, ¿a que no sabes qué? ¿Quién te crees que ha estado aquí esta mañana preguntando por Andrés Ros, eh?

         -¿Y cómo habría de saberlo?

         La señora Dolores metió la mano entre dos de las capas de diferentes tonos de gris que cubrían su cuerpo y sacó una carta.

         -Mira, esta cartica ha traído el cartero para ti.

         Andrés miró con cierta sorpresa a su madre. Pudo percibir una expresión de orgullo adornando el rostro, prematuramente rugoso, de la señora Dolores.

         -Y le tuve que poner la cruz en la libreta que traía. Debe de ser algo de importancia, porque las cartas normalmente vienen sin cruz, pero esta..., esta carta vino con cruz.

         Podía parecer pueril, pero el cartero jamás paraba en La Magdalena, un pueblo tan pobre y tan pequeño que ni tenía alcaldía, ni bar, ni familia rica, ni ninguno de esos destinatarios a los que se suelen enviar las cartas. Pero hoy el cartero sí se había parado y, tras preguntar por Andrés Ros, su hijo, le había dejado entre las manos a la buena Dolores aquella cartica medio arrugada, con su dirección, su sello y su remite.

         -¡Una carta! ¿Qué podrá ser? -se interrogaban mutuamente, pues ya quedó dicho que allí nadie era capaz de realizar esa operación de descifrado llamada lectura.

         -Que te digo que tiene que ser algo importante, Andresico...

         -¡Qué cosa más rara! -exclamó Andrés-. ¿Quién querrá escribirme a mí? ¡Qué pena no saber leer! Ya mi padre, que era muy bruto...

         -Eso sí que no, que era un hombre muy cabal...

         -Era muy bruto, caramba -remató Andrés, con gesto enérgico, como queriendo imitar la supuesta brutalidad de su difunto padre-, aunque fuera cabal. Pero, con todo lo bruto que Dios lo hizo, siempre decía que un hombre podrá tener una casa grande, y mucha tierra y ganado, y familia y amigos y dineros; pero un hombre no queda rematado si no sabe leer y escribir. ¿Y sabes lo que te digo? Pues que tenía razón. Y que yo habré de aprender a leer y a escribir, y no tendré necesidad de que nadie me lea las cartas que reciba.

         -Pues en La Magdalena -respondió su madre, con sentido práctico- no sé quien te va a enseñar, porque por aquí, desde que se fue el cura de San Isidro, si es que se fue..., ya no queda nadie que sepa. Vas a tener que aprender tú solico.

         -Otro vendrá que me enseñe, madre. Pero todo se andará a su debido tiempo. El problema es que ahora tengo que buscar a alguien que me diga qué demontres está escrito aquí.

         -Díselo el domingo a Carolina -sugirió la señora Dolores.

         Era la única posibilidad. Carolina venía desde Cartagena al pueblo todos los domingos del año. Tras levantarse muy temprano, hacer su cama y preparar la mesa para el desayuno de los señores, echaba a andar en paciente soledad los diez kilómetros que la separaban de La Magdalena. El lunes deshacía ese mismo camino, más o menos a la misma hora y por el mismo medio de trasporte, y se volvía a Cartagena para una nueva semana de trabajo.

         -Si Carolina se lleva la carta -continuó la madre de Andrés-, puede pedirle a alguien de la casa de Cartagena que se la lea. Y cuando vuelva, una semana después, saldremos de dudas.

         Y así lo hicieron. El domingo Andrés se vistió algo mejor y se arregló un poco más de lo que lo hacía a diario. Realmente, el cambio más importante en su aspecto dominguero consistía en haberse bañado y afeitado, porque la ropa de los domingos, si bien hay que reconocer que no era la misma que la de los demás días, no la superaba en mucho, ni por buena ni por nueva.

         El joven fue a casa de Carolina hacia las nueve de la mañana. Tras los saludos de rigor y la expansión alegre, natural entre jóvenes que se quieren mucho más de lo que se ven, el pastor fue directamente al grano.

         -Carolina, me ha pasado algo que nunca me había ocurrido.

         -¿Es cosa de la guerra? -preguntó la joven, lanzando la pregunta desde el fondo más recóndito y negro de su corazón de mujer, allí donde se mezclan los recuerdos y las intuiciones. Carolina oía en parte las charlas de la casa donde que trabajaba, y ya había aprendido que, desde el comienzo de la guerra, estaban pasando muchas cosas que nunca antes habían ocurrido. Oyendo tantas conversaciones asustadas, llegó a convencerse de que todo suceso nuevo tenía algo que ver con la guerra. Lo bueno y lo malo, lo perverso y lo sublime... Si ocurría algo que jamás había ocurrido, casi se podía asegurar que la guerra andaba por medio, como un diablo pillastre, haciendo de las suyas.

         -No –respondió Andrés-, no tiene nada que ver con la guerra. Es que he recibido una carta. Mírala.

         Y puso la carta en manos de su novia.

         -Pues puede ser de la guerra, Andrés -insistió Carolina, tratando de hallar en el sobre algún rasgo del que pudiera deducirse algo-. Yo sé que los que tienen que ir a la guerra reciben unas cartas en las que se lo dicen. ¡Ay, Dios mío, Dios mío...!

         -Pero, mujer -protestó él-, hay que ver cómo eres. También le escriben cartas a los que cobran las herencias, como le pasó al primo de Dionisio, aquel que se fue para Murcia a vivir como un señor. ¿Por qué va a tener que ser una carta de la guerra? ¿Qué tengo yo que ver con la guerra, si ya te he dicho mil veces que eso no es cosa nuestra?

         -No sé. Tú dices que no es cosa nuestra, como si tú renunciaras a la guerra. Pero esa no es la cuestión. A saber si la guerra renuncia a ti...

         -Mira, Carolina, sea lo que sea, tengo que aclararlo. Por eso necesito pedirte un favor. Llévate la cartica a Cartagena, a ver si allí alguien te la puede leer, y ya me contarás, el domingo que viene, lo que dice.

         -Me parece muy bien. Seguro que doña Elisa me la leerá con mucho gusto, que es una señora muy amable. Antes era un poco más estirada conmigo, pero últimamente la encuentro yo..., no sé, como si fuera más bien una amiga mía, salvando las distancias, y no la señora de la casa.

         Iban los jóvenes manteniendo este coloquio mientras se dirigían, en placentero paseo, a la cercana población de San Isidro. Todas las parejas de novios de los caseríos y pequeños núcleos de aquella zona iban a San Isidro los domingos por la mañana. La costumbre tenía su origen en la asistencia a la misa dominical, pero la iglesia se había quemado dos o tres años antes, y el cura había desaparecido, como ya sabemos, sin dejar el mínimo rastro. Puede que se marchara a regiones remotas, llenas de monjas, de esdrújulos, de aviones, de iglesias y de falangistas alemanes. O que estuviera escondido en el altillo de algún granero. O que lo hubieran dejado caer a una fosa y le hubieran echado sobre la sotana medio metro de tierra, en cualquiera de los infinitos bancales del pueblo, tal vez incluso en medio de la rambla.

         Pero a nadie le importaba en demasía el paradero del clérigo. Su marcha, si vamos a lo que cuenta, dejó a la comarca sin servicios religiosos, y a Andrés con la duda perpetua sobre la materia que podría haber dentro de cada hombre. El caso es que, con cura o sin él, muchas personas, e infaliblemente todas las parejas de novios, seguían cumpliendo, como una liturgia, el rito del paseo semanal.

         Andrés, que era vitalista y soñador, le contaba a Carolina cómo las cartas inesperadas, y sobre todo las que vienen con cruz, solían ser mensajeros de las mejores noticias. En particular, insistía en su idea de que estas cartas constituían el medio tradicional utilizado por los notarios para comunicar las herencias a los parientes de los difuntos ricos. El enamorado joven no dejó de recordar que su abuelo materno se había ido para Argelia allá por 1910 y que en todo ese cuarto de siglo no había llegado a dar señal alguna de vida. Abuelo, emigrante y en ignorado paradero, era un perfecto candidato a testador.

         -¿Te das cuenta, Carolina, de lo que puede medrar un cristiano en Argelia, que es una tierra en la que no hay más que moros? ¿Te imaginas lo mucho que puede conseguir? Todos hemos oído, y no me digas que no, contar historias increíbles de tesoros y palacios en el país de los moros, donde abundan los collares de perlas como aquí los cordajes de esparto.

         -Perlas... ¡qué maravilla!

         -Sí, perlas... -insistía él, con su imaginación volando, tal vez en una alfombra oriental-. Las casas de los moros son muy grandes y siempre se ven muy bien encaladas. Los pisos están abiertos y no tienen más paredes que las columnas que sostienen la techumbre, para que corra el aire por las estancias y trepen adentro las parras de los jardines; así pueden los moros comer las uvas desde su propia cama, sin más trabajo que el de echarles la mano para cogerlas.

         -Pues será muy peligroso -le respondía Carolina, siguiendo a su novio en el juego festivo de dejar libre el vuelo de los sueños-, porque como se confunda algún collar de perlas con un racimo, se puede atragantar. ¡Mira que si tu abuelo se ha muerto comiendo perlas, y te ha dejado en herencia el palacio, con sus tesoros y sus parras...!

         -Y sus esclavas -suspiraba el pastor-, que los palacios de los moros están llenos de esclavas blancas y negras, rubias y morenas, que andan de aquí para allá, medio tapadas con sedas transparentes... Una le pone al moro sobre la mesilla de noche uno de esos botijos especiales, forrados de plata, que se usan por aquellos climas, otra le saca el ganado para que él no se moleste, otra le canta para que se duerma...

         -¡Esclavas! No veo yo para qué sirven las esclavas, a la hora de la verdad...

         Embriagados por aquella charla excitante, unida a las naturales emociones que recibían del mucho amor y de los pocos años, no es de extrañar que a última hora de la mañana, cuando regresaban a La Magdalena, el demonio les hiciera entretenerse más de la cuenta entre los troncos rugosos y grises de los almendros. Y, junto a las rocas del alto, en lugar que Andrés y sus ovejas conocían bien, comenzaron por sentarse en el suelo, siguieron con sus pláticas, pasaron a las caricias y los besos inocentes, y acabaron retozando, abrazados el uno al otro, en la más placentera de las luchas. Carolina, que hasta entonces había sido doncella, no tardó en entregarse y por fin, como se suele decir, se hizo mujer.

         La joven ceñía con fuerza el cuerpo agitado de su novio, al tiempo que protestaba, pidiendo por favor que no, como hembra decente que era. Su mano izquierda apretaba la carta hasta casi hacerla pedazos. De las ramas de los almendros colgaban racimos de perlas, pero su brillo no hería los grandes ojos de la mocita, clavados en algún punto indefinido de un cielo intensamente azul, el mismo cielo que a diario surcaba con su zumbido de avispa algún que otro avión de desconocida procedencia.

         Se les había hecho algo tarde. Anduvieron el camino de regreso a buen paso y en silencio total. Él no sabía qué decir, y ella prefería no decir nada. Cuando llegaron a la casa de Carolina, sólo lograron despedirse con unos monosílabos apenas murmurados. Andrés, cabizbajo y confuso, marchó a su casa para almorzar en compañía de la señora Dolores. El joven comió rápido y en silencio, y después de comer no durmió la siesta. Para mayor inquietud de su madre, que no estaba acostumbrada a verlo tan taciturno, se levantó de la mesa y le dijo que se iba a buscar a Carolina.

         Cuando Andrés llegó a la casa de su novia se encontró con el padre de ella, el bueno de Pencho, que estaba a la puerta, sentado debajo de la parra.

         -Bueno, Andresico -le dijo, poniéndose en pie-, la Carolina no se encuentra bien. Se ha echado en la cama y me ha dicho que te diga que ya os veréis el domingo que viene.

         -Pero, ¿no puedo pasar a verla?

         -No -respondió Pencho de forma lacónica y contundente, entrando en la casa y cerrando la puerta casi en las narices del joven.

         Andrés se quedó preocupado. Suponía que Carolina no estaba realmente enferma, sino confundida y avergonzada por lo que les había pasado en las rocas del alto. Comprendiendo los sentimientos de la muchacha, decidió no darle demasiada importancia a su actitud. Podría despedirse de ella el lunes por la mañana, cuando saliera, con la carta en la mano, hacia su trabajo en Cartagena.

         Los lunes de madrugada solían coincidir ambos jóvenes en el cruce de la rambla para despedirse, pero este lunes no era un lunes más, como tampoco el domingo había sido un domingo cualquiera. Carolina salió de su casa mucho antes de la hora habitual; no deseaba encontrarse con su novio, aunque no sabía muy bien por qué. Llevando la carta en la bolsa de lona, tomó el camino de Cuesta Blanca, para seguir después la carretera de Cartagena.

         Pero Andrés, temiendo que ella pudiera adelantar su partida, también se había anticipado a la cita de los lunes y llegó a tiempo de verla alejarse. Quiso darle una voz, uno de aquellos sones vibrantes como las órdenes que le daba al Cojico en sus quehaceres por los campos abiertos, pero no fue capaz de emitir sonido alguno. Se quedó un rato en medio del camino, admirando el andar de su novia, pues pocas cosas había, si es que había alguna, que se moviesen con tanta gracia como Carolina cuando andaba. Al ver cómo se perdía la imagen querida tras un repecho, pensaba Andrés en que tendría que estar toda una semana sin ella; y podía ser una semana más larga de lo habitual, después de lo que había ocurrido el día anterior en las rocas del alto.

         Ocupado con estos pensamientos, no se acordaba ya para nada del asunto de la carta ni de la herencia.

         Y avanzó así la semana. Andrés tuvo que soportar que el paso del tiempo se hiciera más lento de lo habitual. A un lunes eterno le siguió una sucesión de días inacabables, proceso que, tras una espera que Andrés fue capaz de sufrir gracias a sus filosóficas reflexiones de pastor, acabó dando lugar a la llegada del viernes. Ese día, al regresar Andrés a su casa con las ovejas, se encontró con la visita inesperada de la guardia civil. La pareja estaba constituida por un par de robustos cuarentones de amplios mostachos, con sus fusiles en bandolera y sus brillantes tricornios reflejando en todas las direcciones las luces de agosto. Estaban quietos, aparentemente ajenos a la brutal indiferencia del sol, de pie en medio del campo, sobre el que componían la única nota de color verde.

         -¿Andrés Ros? -preguntó uno de los guardias, tomando el fusil y apuntando con él al pastor.

         Andrés se descubrió y, sosteniendo entre sus manos sudorosas la boina, intentó responder a la escueta pregunta.

         -Yo soy -consiguió decir.

         El guardia civil tenía un aspecto magnífico, que le hizo a Andrés evocar la imagen de su abuelo que él mismo se había formado en su mente: alto, fuerte, con enormes mostachos y ademán seguro y enérgico; pero lo que le llamaba la atención especialmente era aquel sombrero negro y brillante, digno del rey de los moros. 

         -Queda arrestado, en nombre de la autoridad militar, por el supuesto delito de deserción -replicó el del mostacho, haciendo regresar bruscamente a Andrés de sus pensamientos.

         El pastor no entendió el grave significado de las palabras del guardia civil, y probablemente la perplejidad de su rostro así lo dejaba ver. Pero sí entendió que le estaban atando los brazos con una guita por detrás de su espalda. Aquello iba en serio.

         -¿No ha recibido usted una carta de incorporación a filas? ¿No sabe que estamos en guerra?

         -¡Yo no sé leer, se lo juro! ¡Carolina viene el domingo! -protestaba Andrés de forma incoherente, sin ofrecer resistencia-. Carolina tiene la carta. ¡Yo no sé leer!

         Mientras le ataban, los guardias le iban increpando con leves reproches, como pidiendo perdón por lo que estaban haciendo. Pero no atendían a razón alguna de lo que el pastor pudiera alegar, si es que propiamente se podían llamar razones a las frases inconclusas y atropelladas del pobre chaval.

         -Unos en el frente, jugándose la vida, y otros tan tranquilos en su casa, ¿eh? Pero, ¿usted en qué estaba pensando? Pues le va a caer el pelo.

         -¡Vamos a ver a Carolina, que ella les explicará!

         Y se lo llevaron, sin hacer caso alguno de sus protestas, un guardia a cada lado, caminando lentamente por la carretera de Cuesta Blanca. Mientras iniciaban el mismo recorrido que todos los lunes llevaba a Carolina a su trabajo, Andrés intentó hacerles comprender a los civiles todo lo sucedido.

         -Yo creí que era una carta de una herencia -les iba explicando-, porque mi abuelo vive donde los moros y seguro que está forrado de perlas. La Carolina tiene una señora en Cartagena que es muy amiga suya y que le lee todo lo que haga falta. Por eso el domingo, cuando lo de las rocas del alto..., bueno, el domingo, en el paseo a San Isidro, yo le di la carta y le dije que...

         Las razones inconexas y deslavazadas que Andrés iba hilvanando sobre la carta, la Carolina, la herencia, los collares, su abuelo y la señora de la casa de Cartagena no le sirvieron más que para tranquilizarse a sí mismo. Los guardias civiles no le hacían caso alguno; charlaban de sus cosas y se reían.

         El trío avanzaba lentamente por las veredas; ninguno de los tres parecía tener mucha prisa. Detrás se había quedado la señora Dolores, llorando como una magdalena, apoyada en la parra, hasta que los perdió de vista en la primera vuelta del camino. En cuanto vio que desaparecían, la pobre madre guardó el ganado en el aprisco, cerró la casa y se fue pegando gritos por todo el pueblo. No parecía que la guardia civil le estuviera llevando un hijo, sino que alguien le arrancaba la piel a tiras con sádica parsimonia.

 

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