YO ESCOGÍ LA LIBERTAD de Victor Kravchenko exiliado ruso denuncia sistemas totalitarios CAPITAN DEL EJERCITO ROJO

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Título: Yo escogí la libertad
Vida intima y politica de un alto funcionario soviético fugado de la embajada de la URSS en Washington

Autor: Victor Kravchenko
Trad.: M.B.
Editorial: Ciudadela Libros
Colección: Ensayo
Precio: 21,50 €
Páginas: 496

Publicación: 20/02/2008
ISBN-10:
ISBN-EAN: 978-84-96836-24-2
Formato: Rústica 16x24

Una apasionante biografía, escrita desde el corazón del horror del siglo XX

En esta biografía novelada, Kravchenko muestra la dramática y terrible realidad de los sistemas totalitarios que marcaron, ya para siempre, el convulso siglo XX.

Durante la II Guerra Mundial, Kravchenko fue capitán del Ejército Rojo, justo antes de ser enviado a Estados Unidos como funcionario de la Comisión Soviética de Compras en Washington. Fue entonces, en 1943, cuando tomó la decisión de desertar y romper toda relación con la URSS. Tuvo que ocultarse para poder escribir el que sería uno de los más estremecedores relatos sobre lo que estaba pasando en Rusia. Su libro Yo escogí la libertad se aupó, en sólo ocho semanas, a las listas de los libros más vendidos; el Reader’s Digest lo incluyó, resumido, como parte de sus selecciones; aparecía todos los días en las publicaciones de Hearst. A partir de ese momento, sufrió una serie de falsas acusaciones provenientes de la Unión Soviética y sus partidos satélites y tentáculos europeos, como la revista Les Lettres Françaises que, desde sus páginas, le acusó de crear una gran mentira al servicio de las agencias norteamericanas de inteligencia a base de propaganda antisoviética. Kravchenko les demandó, en Francia, y comenzó el único gran juicio en la historia contra el comunismo, que ha sido equiparado por muchos con el de Nuremberg contra los nazis por la gran cantidad de víctimas del terror ruso que testificaron en él. El escritor ganó el juicio.

Víctor A. Kravchenko apareció muerto en su apartamento de Manhattan, con un tiro en la cabeza, en febrero de 1966, dejando viuda y dos hijos. Aunque su muerte aún no ha sido esclarecida, su hijo Andrew siempre ha defendido que fue un trabajo del KGB.

Yo escogí la libertad es la tremenda confesión ante el mundo de un alto funcionario soviético sobre la realidad comunista en su patria. Su deserción –humana, trágica- la hizo pública en el New York Times. Era el 3 de abril de 1944.

El autor:

Víctor A. Kravchenko nació en 1905 en Yekaterinoslav, Rusia. En 1929 ingresó en el Partido Comunista. Durante aquellos años fue testigo directo de las muertes por las grandes hambrunas producidas por los planes colectivistas, así como de las inmensas purgas estalinistas que acabaron con la vida de miles de personas.

http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276234345

 

 

Los periódicos informaron de mi ruptura con el régimen soviético diciendo que, una vez probada la democracia americana, me desilusioné con el comunismo de Stalin. Fue mi experiencia directa de la libertad americana, dijeron o dieron a entender, la que me llevó a abandonar la Comisión Soviética de Compras.

Aquello hizo más dramática la historia y, como suponía, fue un bonito cumplido a la URSS. Pero no era verdad. Lo cierto es que hacía mucho tiempo que tenía la idea de desprenderme de la camisa de fuerza a la primera oportunidad, donde y cuando se presentase. Aunque me hubieran destinado a China o a la Patagonia, en lugar de a América, hubiera hecho la misma tentativa para lograr mi libertad y cumplir la misión que me había impuesto.

 

Fue una tarea que emprendí conscientemente, aunque desconozco el momento exacto de mi vida interior en que lo decidí. Fue el resultado de sentimientos que maduraron conmigo, lenta pero inevitablemente. Me hallaba bajo la violenta influencia de todo lo que sufrí y pasé. Estaba impulsado por una niñez saturada por el robusto idealismo de mi padre y la profunda fe religiosa de mi madre. La bondad, el amor por la humanidad de ambos eran distintos en apariencia, pero, en cierto modo, idénticos en sustancia. Y esa sustancia, sin duda, también anidaba en mí.

 

También estaba impelido por el espíritu de una nación que produjo rebeldes en sus edades más oscuras, bajo los gobiernos más despóticos y más crueles. Lo único que sé es esto: si hubiera creído posible luchar por la libertad dentro de la Unión Soviética, me hubiera quedado allí... Si hubiera habido una verdadera esperanza de cambiar a mejor –por la introducción de libertades democráticas, políticas y económicas, por el abandono del programa de la Internacional Comunista por los jefes de régimen–, me hubiera quedado allí. Desgraciadamente, el régimen, cada año que pasaba, lejos de moverse hacia los ideales humanos proclamados por la revolución, se alejaba de los mismos.

 

(...)

 

En América yo era un extraño, sin ningún amigo no soviético, sin medios de supervivencia económica. Si hubiera poseído tantos amigos ocultos como tiene la dictadura soviética, mis problemas se habrían resuelto bastante fácilmente... Luego pensé que mi carrera de ingeniero y mi experiencia profesional me permitirían resolver mi vida. Pero en el momento de cortar con la comisión me hallaría sin dinero, sin amigos y desvalido contra la terrible máquina de la calumnia y la venganza siempre a disposición de mis ofendidos carceleros. Siete meses eran, en realidad, un periodo muy breve para aclimatarse a América, para adquirir un pequeño vocabulario y unos pocos contactos humanos.

 

Con unos meses de antelación, por lo menos, supe que daría el paso irrevocable a últimos de marzo de 1944. Pasé más de un mes viajando: dos viajes a Lancaster (Pensilvania) y uno a Chicago. Mi principal preocupación era salvaguardar a mis amigos, tanto en la Comisión como en Rusia. Ni con palabras ni con expresiones traicioné ninguno de mis planes, aunque hubiera querido contarlos y tener así, naturalmente, el alivio de confiar en alguien. Sabía demasiado íntimamente lo que significaría para cualquier ciudadano soviético tener siquiera una sombra de culpabilidad en sus hojas de servicio, una vez que la NKVD se dedicara a mi caso.

 

(...)

 

Mis perspectivas eran negras e inquietantes. Deliberadamente, con completo conocimiento de las espantosas consecuencias del acto, escogí una libertad precaria contra una confortable esclavitud. Solamente el súbdito del moderno Estado policía puede comprender perfectamente el miedo que su poder, ubicuidad y amoralidad pueden inspirar en el corazón de un hombre.

 

Cuando salí de Washington conocía la existencia de una decisión oficial de la comisión, ratificada por Moscú, que me asignaba un cargo permanente en su plantilla. Aquello suponía para mí un ascenso sustancial.

 

Debía entrar en este nuevo trabajo unos pocos días después, el 3 de abril, con las bendiciones de Moscú. Más adelante hubiera podido regresar a casa con experiencia comercial extranjera, como un fiel hijo de Stalin que había arrostrado las tormentas de la tentación burguesa. Entonces no habría ningún límite en las alturas que pudiera escalar en la burocracia. Pero en aquellas cumbres hubiera continuado siendo un esclavo del poder soviético, incapacitado para servir a mi pueblo, y en alianza con sus opresores. Necesitaba libertad para la lucha contra el despotismo, y para alcanzar esa libertad tuve que aceptar una multitud de molestias, riesgos económicos y peligros físicos. Desde entonces, Víctor Kravchenko ya no existió. Su identidad quedó borrada. Luego fue italiano, yugoslavo, portugués; todo menos ruso. ¡Qué de nombres tuve!

 

En un oscuro y depresivo hotel en Manhattan preparé el relato, parte del cual apareció en el Times neoyorquino y otros periódicos el 4 de abril de 1944. Al leerlo ahora, cuando la guerra ha concluido victoriosamente, veo que no hay nada en la declaración que deba corregir. Por el contrario, el tiempo ha confirmado mis temores y advertencias.

 

Acusé entonces al Kremlin, cuando supuestamente estaba aliado con Gran Bretaña y América, de que "perseguía miras incompatibles con dicha colaboración". Escribí que, habiendo disuelto ostensiblemente la Internacional Comunista, Moscú continuaba dirigiendo los movimientos comunistas de todos los países. Tratando de la política de Stalin con respecto a Polonia, los Balcanes, Checoslovaquia, Hungría, Austria y otros países, traté de demostrar que sus objetivos eran puramente soviéticos y antidemocráticos. Después, añadía:

Mientras que dice buscar el establecimiento de la democracia en países liberados del fascismo, el Gobierno soviético en Rusia ha fracasado en dar el menor paso serio hacia el establecimiento de las libertades elementales del pueblo ruso.

 

El pueblo ruso está sujeto, como antes, a indecibles opresiones y crueldades, mientras que la NKVD, actuando por medio de sus miles de espías, continúa ejerciendo su dominio desenfrenado sobre los pueblos de Rusia. En los territorios limpios de invasores alemanes, el Gobierno soviético está restableciendo su régimen político de violencia, mientras que las prisiones y los campos de concentración continúan funcionando como antes.

 

Las esperanzas de reformas políticas y sociales acariciadas por el pueblo ruso al principio de la guerra han resultado ser ilusiones vanas.

 

Y mantengo que, más que cualquier otro pueblo, el ruso requiere que se le concedan los elementales derechos políticos: libertad genuina de prensa, libertad de deseo y libertad de miedo. Lo que el pueblo ruso ha obtenido de su Gobierno ha sido solamente palabrería acerca de estas libertades. Durante años ha vivido en un deseo y temor constantes. El pueblo ruso ha aprendido tanto con sus sacrificios inconmensurables, que ha salvado al país, así como al propio régimen existente, y por su medio han sido asestados golpes tan decisivos al fascismo, que han determinado el curso de la guerra.

Nada ha sucedido, desde que escribí estas palabras, que altere el cuadro. La dictadura estalinista continúa cruelmente activa y centralizada, y sus métodos de terror, sin suavizar. No puedo esperar que el ciudadano medio de una nación democrática comprenda el verdadero carácter de una tiranía dictatorial. Quienes han redactado el sumario de los criminales de guerra nazis estuvieron próximos a esta comprensión cuando describieron el régimen. Al leer aquel documento no pude menos que exclamar: "¡He aquí un sumario adecuado para el régimen soviético! Sólo necesitamos cambiar unos pocos nombres, sustituir nazi por soviético, y tendremos un cuadro de la institución del Kremlin".

 

(...)

 

Sin embargo, algunas de las mismas personas que condenaron a los conspiradores hitlerianos no quieren condenar a los conspiradores soviéticos contra las libertades del pueblo ruso. La tarea de levantar la conciencia del mundo contra los horrores rusos todavía está por cumplirse.

 

***

 

Los presagios con los que comencé mi nueva vida se justificaron rápidamente por los hechos.

 

Cuando apareció en la prensa la noticia de mi acción, la Comisión Soviética de Compras pretendió, al principio, que no me conocía. Evidentemente, esperaba instrucciones de Moscú. Después reconoció mi existencia y procedió a la publicación de las inevitables declaraciones que ensuciaban mi persona.

 

Su denuncia más significativa, y la que no pude prever, fue que yo era todavía capitán del Ejército Rojo. De este modo buscó convertir mi huida política en una deserción militar, estableciendo una base legal para solicitar mi extradición y colocarme ante el pelotón de fusilamiento de Stalin. En realidad, mi breve carrera militar concluyó en un hospital hacía más de dos años. Desde entonces fui un funcionario civil. Antes de que el comisariado de Comercio Exterior pudiera enviarme, o me hubiera enviado al extranjero, me libraron formal y totalmente de toda obligación militar.

 

La prensa comunista y cripto-comunista se lanzó vigorosamente a la batalla. El ataque del Daily-Worker de 5 de abril, firmado por un tal Starobin, empezaba así: "El caso de un despreciable desertor: Hitler trae aquí sus últimas reservas". Estaba redactado en el estilo típico de la vituperación del Partido. Pero leyendo por encima había una nota que los no iniciados no podían descubrir, y que resonaba fuertemente en mis oídos adiestrados.

 

Era la nota de una amenaza directa. El camarada Starobin daba cuenta de "una desagradable traición de alguien que se llamaba a sí mismo funcionario de una comisión soviética comercial. Tales traidores, desde Trotski a ese Kravchenko –decía– engañan a la gente durante algún tiempo. Pero –y entonces venían las advertencias– la mano vigilante y vengadora de la humanidad, que mira hacia adelante, da con ellos y entonces los borra".

 

Al leer aquellas palabras, recordé que, en el caso de Trotski, la mano vengadora asía un piolet, con el cual lo asesinó en la ciudad de México. Después de unos cuantos párrafos más de injurias, el camarada Starobin volvía a la misma canción. Después, refiriéndose al hecho de que yo había invocado la protección de la opinión pública americana, concluía como sigue:

Nuestro país no es una tierra de nadie para enemigos de nuestros aliados y de nuestro propio esfuerzo de guerra... Sería un mal día aquel en el que Estados Unidos se convirtiera en un invernadero para lagartos de este género, en un asilo de tipos que no son lo bastante hombres para decir directamente al pueblo de la Unión Soviética lo que lloran en el Times neoyorquino.

De esta forma, el Daily Worker dio a entender a los más estúpidos de sus lectores que todo aquel que es "lo bastante hombre" ¡puede hablar directamente al pueblo de la Unión Soviética! ¡Esto después de conceder que yo había "vivido de prestado" porque la policía no conocía mis opiniones! Yo sería "borrado", no por los agentes secretos de la patria espiritual del camarada Starobin, desde luego, sino por la "humanidad que miraba hacia delante".

 

No me costó trabajo descifrar el mensaje. A menos que me hundiera en el silencio, la "mano vigilante y vengativa" haría su noble tarea; sólo así no habría muerte por medio de hachas. Otros podrían desdeñar aquellas amenazas como simple retórica; afortunadamente, yo sabía demasiado sobre los métodos y los agentes del régimen que había denunciado.

 

(...)

 

Ahora el libro ha quedado concluido. He referido mi historia. Los asesinos que dicen servir a la "humanidad que mira hacia delante" quizá puedan "borrarme" con el tiempo. Mi vida "prestada" puede terminarse, pero no podrán borrar este relato, dedicado al pueblo ruso, que tanto tiempo lleva sufriendo y del cual he salido. Me atrevo a esperar que algún día pueda gozar de una libertad verdadera y de una verdadera democracia económica.

 

El próximo paso hacia la seguridad mundial está, no en una organización universal –aunque esto deba suceder–, sino en la liberación de las masas rusas. Si, por algún milagro, Rusia fuera democratizada de repente, se vería cómo la mayor parte de la tensión que ahora amenaza la paz del mundo se relajaría automáticamente y que la genuina cooperación mundial sería posible. Podrán decirme que la liberación de Rusia de su yugo totalitario es un asunto que concierne solamente a los rusos. Los que piensan así están completamente equivocados. En muchos aspectos, la seguridad de toda la civilización y la probabilidad de una paz duradera dependen de esa liberación.

 

No soy lo bastante confiado para esperar el milagro de nuestra generación. Pero sí sé con certeza que la comprensión de la realidad rusa por parte del mundo democrático es la condición previa para la liberación de mi país desde su interior. El peso de una oposición mundial, el levantamiento de su apoyo espiritual, que ahora sirve para fortalecer el despotismo del Kremlin, acelerarían y ayudarían a las aspiraciones rusas de libertad.

 

Este libro, que es la biografía de un ruso típico, cuyo sentido de la libertad no fue destruido, es mi llamada a la conciencia democrática de América y del mundo.

 

Víctor Kravchenko murió violentamente en 1966, como consecuencia de unas heridas de bala. Ruso, ingeniero de profesión, había ganado dinero en Perú y se había instalado en Manhattan. Su hijo nunca creyó que la muerte fuera un suicidio. Siempre mantuvo que su padre fue asesinado por los servicios secretos soviéticos. No resulta inverosímil.

Desde que salió de la Unión Soviética, a mediados de los años 40, Kravchenko vivió una aventura extraordinaria. En su país –por así llamarlo– había llegado a conocer como pocos la realidad del monstruo comunista. Había nacido en una familia perseguida por el zarismo y saludó el golpe de estado leninista como una emancipación. Y se convirtió en un joven comunista comprometido y serio.

 

Pero pronto se dio cuenta de la realidad. Sufrió persecuciones, aunque su capacidad profesional y su intuición le llevaron a salvar todos los escollos, incluida la gran purga desencadenada por Stalin tras el asesinato de Kirov, novelada con mano maestra por Victor Serge en El caso Tuláyev.

 

Como culminación de una carrera accidentada, pero conducida con mano firme, Kravchenko consiguió ser destinado a un puesto en Washington. Ya lo tenía todo planeado. No volvería jamás a la Unión Soviética.

 

Los últimos capítulos de Yo escogí la libertad cuentan de forma inolvidable, digna de Ninotchka –de la que, por cierto, existe una curiosísima secuela española titulada Escuela de comunismo–, los primeros días en Canadá y en Estados Unidos del grupo de rusos que acompañaban a Kravchenko: todos compartieron la misma ingenua admiración ante la abundancia y el mismo desconcierto ante una libertad que les confunde, sin que sepan qué hacer con lo que se les aparece como pura y simple "anarquía".

 

Kravchenko sí sabía lo que quería, y en su libro relata la presión oficial de la que eran objeto los funcionarios en el extranjero, así como la persecución a la que fue sometido en cuanto dio el paso de romper con los soviéticos.

 

No cuenta, claro está, lo que Horacio Vázquez-Rial narra en un prólogo conciso y jugoso. Y es que la publicación de Yo escogí la libertad en inglés y luego en francés provocó un proceso, un intento de repetir las purgas estalinistas en… París. Lo puso en marcha el Partido Comunista de Francia, y contó con la colaboración de parte de la plana mayor de la intelectualidad de este país, algunos de cuyos miembros habían vivido sin mayores problemas bajo la ocupación nazi. Kravchenko lo ganó, pero la propaganda comunista había logrado contrarrestar, al menos en parte, el escándalo suscitado por el libro.

 

En Estados Unidos, Kravchenko se había dado cuenta del éxito de la mentira comunista. A pesar de la información que circuló desde el primer momento, la opinión pública occidental, incluida la norteamericana, estaba dispuesta a creerse a pies juntillas la farsa del paraíso soviético. La publicación de su libro, en 1946, constituyó un torpedo en plena línea de flotación de esa ilusión criminal.

 

Sin ahorrar detalles, con la claridad de quien lo ha vivido todo en primera persona y la frialdad de un ingeniero, Kravchenko describe en esta autobiografía novelada su experiencia de la realidad comunista: las muertes por hambre, las arbitrariedades, la mentira sistemática, los chantajes, la represión, las torturas, los campos de concentración, la bestialidad y el envilecimiento moral a que conduce sin remedio el socialismo real.

 

Yo escogí la libertad fue un gigantesco éxito en su tiempo. No pudo echar por tierra la mistificación comunista, pero abrió una brecha que tuvo particular importancia en la evolución de la derecha norteamericana, a la que proporcionó argumentos para elaborar una posición, firme desde entonces, contra quienes habían sido los aliados contra Hitler. Su lectura, hoy en día, sigue siendo tan apasionante como lo debió de ser a mediados de los años 40. Víctor Kravchenko, como Victor Serge o Victor Souvarin, pertenece a la generación de disidentes de antes de la guerra a los que se ya refirió Carlos Semprún en estas mismas páginas. Luego vinieron los grandes testimonios de Soljenitsin o de Shalámov, entre otros muchos.

 

El libro de Kravchenko carece de la intensidad dolorosa, casi insoportable, de los Relatos de Kolymá de Shalámov, o de la amplitud y la profundidad humanista de las novelas y testimonios de Soljenitsin. Pero, gracias a su sencillez periodística, se lee de un tirón y nos sigue enseñando nuevos aspectos de las abominaciones cometidas en nombre de la gran utopía del siglo XX.

 

Como libro pionero de la disidencia, Yo escogí la libertad sigue siendo una lección, casi un manual, sobre el poder de la mentira. También, por tanto, para los tiempos oscuros que nos ha tocado vivir.

 

 

VÍCTOR KRAVCHENKO: YO ESCOGÍ LA LIBERTAD. Ciudadela (Madrid), 2008, 320 páginas.

 

Pinche aquí para acceder a la web de JOSÉ MARÍA MARCO.



“Yo escogí la libertad”, de Víctor Kravchenko

 

 


Kravchenko era capitán del Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial. Enviado a los Estados Unidos en 1943 para comprar material de guerra, aprovechó el viaje para desertar y afincarse en los Estados Unidos. Su libro autobiográfico Yo escogí la libertad fue un bombazo. En Francia, los comunistas le acusaron de mentir. Kravchenko denunció a los acusadores y… ganó el juicio. Ha sido el único gran juicio contra el comunismo. Una impresionante historia

 

 

 

 

 

Víctor Kravchenko murió violentamente en 1966, como consecuencia de unas heridas de bala. Ruso, ingeniero de profesión, había ganado dinero en Perú y se había instalado en Manhattan. Su hijo nunca creyó que la muerte fuera un suicidio. Siempre mantuvo que su padre fue asesinado por los servicios secretos soviéticos. No resulta inverosímil.

 

Desde que salió de la Unión Soviética, a mediados de los años 40, Kravchenko vivió una aventura extraordinaria. En su país –por así llamarlo– había llegado a conocer como pocos la realidad del monstruo comunista. Había nacido en una familia perseguida por el zarismo y saludó el golpe de estado leninista como una emancipación. Y se convirtió en un joven comunista comprometido y serio.  

Pero pronto se dio cuenta de la realidad. Sufrió persecuciones, aunque su capacidad profesional y su intuición le llevaron a salvar todos los escollos, incluida la gran purga desencadenada por Stalin tras el asesinato de Kirov, novelada con mano maestra por Victor Serge en El caso Tuláyev. 

Como culminación de una carrera accidentada, pero conducida con mano firme, Kravchenko consiguió ser destinado a un puesto en Washington. Ya lo tenía todo planeado. No volvería jamás a la Unión Soviética. 

Los últimos capítulos de Yo escogí la libertad cuentan de forma inolvidable, digna de Ninotchka –de la que, por cierto, existe una curiosísima secuela española titulada Escuela de comunismo–, los primeros días en Canadá y en Estados Unidos del grupo de rusos que acompañaban a Kravchenko: todos compartieron la misma ingenua admiración ante la abundancia y el mismo desconcierto ante una libertad que les confunde, sin que sepan qué hacer con lo que se les aparece como pura y simple “anarquía”. 

Kravchenko sí sabía lo que quería, y en su libro relata la presión oficial de la que eran objeto los funcionarios en el extranjero, así como la persecución a la que fue sometido en cuanto dio el paso de romper con los soviéticos. 

No cuenta, claro está, lo que Horacio Vázquez-Rial narra en un prólogo conciso y jugoso. Y es que la publicación de Yo escogí la libertad en inglés y luego en francés provocó un proceso, un intento de repetir las purgas estalinistas en… París. Lo puso en marcha el Partido Comunista de Francia, y contó con la colaboración de parte de la plana mayor de la intelectualidad de este país, algunos de cuyos miembros habían vivido sin mayores problemas bajo la ocupación nazi. Kravchenko lo ganó, pero la propaganda comunista había logrado contrarrestar, al menos en parte, el escándalo suscitado por el libro. 

En Estados Unidos, Kravchenko se había dado cuenta del éxito de la mentira comunista. A pesar de la información que circuló desde el primer momento, la opinión pública occidental, incluida la norteamericana, estaba dispuesta a creerse a pies juntillas la farsa del paraíso soviético. La publicación de su libro, en 1946, constituyó un torpedo en plena línea de flotación de esa ilusión criminal. 

Sin ahorrar detalles, con la claridad de quien lo ha vivido todo en primera persona y la frialdad de un ingeniero, Kravchenko describe en esta autobiografía novelada su experiencia de la realidad comunista: las muertes por hambre, las arbitrariedades, la mentira sistemática, los chantajes, la represión, las torturas, los campos de concentración, la bestialidad y el envilecimiento moral a que conduce sin remedio el socialismo real.  

Yo escogí la libertad fue un gigantesco éxito en su tiempo. No pudo echar por tierra la mistificación comunista, pero abrió una brecha que tuvo particular importancia en la evolución de la derecha norteamericana, a la que proporcionó argumentos para elaborar una posición, firme desde entonces, contra quienes habían sido los aliados contra Hitler. Su lectura, hoy en día, sigue siendo tan apasionante como lo debió de ser a mediados de los años 40. Víctor Kravchenko, como Victor Serge o Victor Souvarin, pertenece a la generación de disidentes de antes de la guerra a los que se ya refirió Carlos Semprún en estas mismas páginas. Luego vinieron los grandes testimonios de Soljenitsin o de Shalámov, entre otros muchos. 

El libro de Kravchenko carece de la intensidad dolorosa, casi insoportable, de los Relatos de Kolymá de Shalámov, o de la amplitud y la profundidad humanista de las novelas y testimonios de Soljenitsin. Pero, gracias a su sencillez periodística, se lee de un tirón y nos sigue enseñando nuevos aspectos de las abominaciones cometidas en nombre de la gran utopía del siglo XX. 

Como libro pionero de la disidencia, Yo escogí la libertad sigue siendo una lección, casi un manual, sobre el poder de la mentira. También, por tanto, para los tiempos oscuros que nos ha tocado vivir. 

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