YO ESCOGÍ LA LIBERTAD de Victor Kravchenko
exiliado ruso denuncia sistemas totalitarios CAPITAN DEL EJERCITO ROJO
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Título: Yo escogí la libertad
Vida intima y politica de un alto funcionario soviético fugado de la embajada
de la URSS en Washington
Autor: Victor Kravchenko
Trad.: M.B.
Editorial: Ciudadela Libros
Colección: Ensayo
Precio: 21,50 €
Páginas: 496
Publicación: 20/02/2008
ISBN-10:
ISBN-EAN: 978-84-96836-24-2
Formato: Rústica 16x24
Una apasionante biografía,
escrita desde el corazón del horror del siglo XX
En esta biografía
novelada, Kravchenko muestra la dramática y terrible realidad de los
sistemas totalitarios que
Durante la II Guerra
Mundial, Kravchenko fue capitán del Ejército Rojo, justo antes de ser enviado a Estados
Unidos como funcionario de la Comisión
Soviética de Compras en Washington. Fue entonces, en 1943, cuando tomó la decisión de desertar y romper toda relación
con la URSS. Tuvo que ocultarse para poder escribir el que
sería uno de los más estremecedores relatos sobre lo que estaba pasando en
Rusia. Su libro Yo escogí la libertad
se aupó, en sólo ocho sem
Víctor A. Kravchenko apareció muerto en su apartamento de Manhattan,
con un tiro en la cabeza, en febrero de
1966, dejando viuda y dos hijos. Aunque su muerte aún no ha
sido esclarecida, su hijo Andrew
siempre ha defendido que fue un trabajo del KGB.
Yo escogí la libertad es la tremenda confesión ante el mundo
de un alto funcionario soviético sobre la realidad comunista en su patria. Su
deserción –hum
Víctor A. Kravchenko nació en 1905 en Yekaterinoslav, Rusia. En 1929 ingresó en el Partido Comunista.
Durante aquellos años fue testigo directo de las muertes por las grandes
hambrunas producidas por los planes colectivistas, así como de las inmensas
purgas estalinistas que acabaron con la vida de miles de personas.
http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276234345
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Los periódicos |
Aquello hizo más
dramática la historia y, como suponía, fue un bonito cumplido a la URSS. Pero
no era verdad. Lo cierto es que hacía mucho tiempo que tenía la idea de
desprenderme de la camisa de fuerza a la primera oportunidad, donde y cuando se
presentase. Aunque me hubieran destinado a China o a la Patagonia, en lugar de
a América, hubiera hecho la misma tentativa para lograr mi libertad y cumplir la
misión que me había impuesto.
Fue una tarea que
emprendí conscientemente, aunque desconozco el momento exacto de mi vida
interior en que lo decidí. Fue el resultado de sentimientos que maduraron
conmigo, lenta pero inevitablemente. Me hallaba bajo la violenta influencia de
todo lo que sufrí y pasé. Estaba impulsado por una niñez saturada por el
robusto idealismo de mi padre y la profunda fe religiosa de mi madre. La
bondad, el amor por la humanidad de ambos eran distintos en apariencia, pero,
en cierto modo, idénticos en sustancia. Y esa sustancia, sin duda, también
anidaba en mí.
También estaba
impelido por el espíritu de una nación que produjo rebeldes en sus edades más
oscuras, bajo los gobiernos más despóticos y más crueles. Lo único que sé es
esto: si hubiera creído posible luchar por la libertad dentro de la Unión
Soviética, me hubiera quedado allí... Si hubiera habido una verdadera esperanza
de cambiar a mejor –por la introducción de libertades democráticas, políticas y
económicas, por el abandono del programa de la Internacional Comunista por los
jefes de régimen–, me hubiera quedado allí. Desgraciadamente, el régimen, cada
año que pasaba, lejos de moverse hacia los ide
(...)
En América yo era un
extraño, sin ningún amigo no soviético, sin medios de supervivencia económica.
Si hubiera poseído tantos amigos ocultos como tiene la dictadura soviética, mis
problemas se habrían resuelto bastante fácilmente... Luego pensé que mi carrera
de ingeniero y mi experiencia profesional me permitirían resolver mi vida. Pero
en el momento de cortar con la comisión me hallaría sin dinero, sin amigos y
desvalido contra la terrible máquina de la calumnia y la venganza siempre a
disposición de mis ofendidos carceleros. Siete meses eran, en realidad, un
periodo muy breve para aclimatarse a América, para adquirir un pequeño
vocabulario y unos pocos contactos humanos.
Con unos meses de
antelación, por lo menos, supe que daría el paso irrevocable a últimos de marzo
de 1944. Pasé más de un mes viajando: dos viajes a Lancaster (Pensilvania) y
uno a Chicago. Mi principal preocupación era salvaguardar a mis amigos, tanto
en la Comisión como en Rusia. Ni con palabras ni con expresiones traicioné
ninguno de mis planes, aunque hubiera querido contarlos y tener así,
naturalmente, el alivio de confiar en alguien. Sabía demasiado íntimamente lo
que significaría para cualquier ciudadano soviético tener siquiera una sombra
de culpabilidad en sus hojas de servicio, una vez que la NKVD se dedicara a mi
caso.
(...)
Mis perspectivas eran
negras e inquietantes. Deliberadamente, con completo conocimiento de las
espantosas consecuencias del acto, escogí una libertad precaria contra una
confortable esclavitud. Solamente el súbdito del moderno Estado policía puede
comprender perfectamente el miedo que su poder, ubicuidad y amoralidad pueden
inspirar en el corazón de un hombre.
Cuando salí de
Washington conocía la existencia de una decisión oficial de la comisión, ratificada
por Moscú, que me asignaba un cargo permanente en su plantilla. Aquello suponía
para mí un ascenso sustancial.
Debía entrar en este
nuevo trabajo unos pocos días después, el 3 de abril, con las bendiciones de
Moscú. Más adelante hubiera podido regresar a casa con experiencia comercial
extranjera, como un fiel hijo de Stalin que había arrostrado las tormentas de
la tentación burguesa. Entonces no habría ningún límite en las alturas que
pudiera escalar en la burocracia. Pero en aquellas cumbres hubiera continuado
siendo un esclavo del poder soviético, incapacitado para servir a mi pueblo, y
en alianza con sus opresores. Necesitaba libertad para la lucha contra el
despotismo, y para alcanzar esa libertad tuve que aceptar una multitud de
molestias, riesgos económicos y peligros físicos. Desde entonces, Víctor
Kravchenko ya no existió. Su identidad quedó borrada. Luego fue italiano,
yugoslavo, portugués; todo menos ruso. ¡Qué de nombres tuve!
En un oscuro y
depresivo hotel en Manhattan preparé el relato, parte del cual apareció en el Times
neoyorquino y otros periódicos el 4 de abril de 1944. Al leerlo ahora,
cuando la guerra ha concluido victoriosamente, veo que no hay nada en la
declaración que deba corregir. Por el contrario, el tiempo ha confirmado mis
temores y advertencias.
Acusé entonces al
Kremlin, cuando supuestamente estaba aliado con Gran Bretaña y América, de que
"perseguía miras incompatibles con dicha colaboración". Escribí que,
habiendo disuelto ostensiblemente la Internacional Comunista, Moscú continuaba
dirigiendo los movimientos comunistas de todos los países. Tratando de la
política de Stalin con respecto a Polonia, los Balcanes, Checoslovaquia,
Hungría, Austria y otros países, traté de demostrar que sus objetivos eran
puramente soviéticos y antidemocráticos. Después, añadía:
Mientras que dice
buscar el establecimiento de la democracia en países liberados del fascismo, el
Gobierno soviético en Rusia ha fracasado en dar el menor paso serio hacia el
establecimiento de las libertades element
El pueblo ruso está
sujeto, como antes, a indecibles opresiones y crueldades, mientras que la NKVD,
actuando por medio de sus miles de espías, continúa ejerciendo su dominio
desenfrenado sobre los pueblos de Rusia. En los territorios limpios de
invasores alemanes, el Gobierno soviético está restableciendo su régimen
político de violencia, mientras que las prisiones y los campos de concentración
continúan funcionando como antes.
Las esperanzas de
reformas políticas y soci
Y mantengo que, más
que cualquier otro pueblo, el ruso requiere que se le concedan los element
Nada ha sucedido,
desde que escribí estas palabras, que altere el cuadro. La dictadura
estalinista continúa cruelmente activa y centralizada, y sus métodos de terror,
sin suavizar. No puedo esperar que el ciudadano medio de una nación democrática
comprenda el verdadero carácter de una tiranía dictatorial. Quienes han
redactado el sumario de los crimin
(...)
Sin embargo, algunas
de las mismas personas que condenaron a los conspiradores hitlerianos no
quieren condenar a los conspiradores soviéticos contra las libertades del
pueblo ruso. La tarea de levantar la conciencia del mundo contra los horrores
rusos todavía está por cumplirse.
***
Los presagios con los
que comencé mi nueva vida se justificaron rápidamente por los hechos.
Cuando apareció en la
prensa la noticia de mi acción, la Comisión Soviética de Compras pretendió, al
principio, que no me conocía. Evidentemente, esperaba instrucciones de Moscú.
Después reconoció mi existencia y procedió a la publicación de las inevitables
declaraciones que ensuciaban mi persona.
Su denuncia más
significativa, y la que no pude prever, fue que yo era todavía capitán del
Ejército Rojo. De este modo buscó convertir mi huida política en una deserción
militar, estableciendo una base legal para solicitar mi extradición y colocarme
ante el pelotón de fusilamiento de Stalin. En realidad, mi breve carrera
militar concluyó en un hospital hacía más de dos años. Desde entonces fui un
funcionario civil. Antes de que el comisariado de Comercio Exterior pudiera
enviarme, o me hubiera enviado al extranjero, me libraron formal y totalmente
de toda obligación militar.
La prensa comunista y
cripto-comunista se lanzó vigorosamente a la batalla. El ataque del Daily-Worker
de 5 de abril, firmado por un tal Starobin, empezaba así: "El caso de
un despreciable desertor: Hitler trae aquí sus últimas reservas". Estaba
redactado en el estilo típico de la vituperación del Partido. Pero leyendo por
encima había una nota que los no iniciados no podían descubrir, y que resonaba
fuertemente en mis oídos adiestrados.
Era la nota de una
amenaza directa. El camarada Starobin daba cuenta de "una desagradable
traición de alguien que se llamaba a sí mismo funcionario de una comisión
soviética comercial. T
Al leer aquellas
palabras, recordé que, en el caso de Trotski, la mano vengadora asía un piolet,
con el cual lo asesinó en la ciudad de México. Después de unos cuantos párrafos
más de injurias, el camarada Starobin volvía a la misma canción. Después,
refiriéndose al hecho de que yo había invocado la protección de la opinión
pública americ
Nuestro país no es
una tierra de nadie para enemigos de nuestros aliados y de nuestro propio
esfuerzo de guerra... Sería un mal día aquel en el que Estados Unidos se
convirtiera en un invernadero para lagartos de este género, en un asilo de
tipos que no son lo bastante hombres para decir directamente al pueblo de la
Unión Soviética lo que lloran en el Times
neoyorquino.
De esta forma, el Daily
Worker dio a entender a los más estúpidos de sus lectores que todo aquel
que es "lo bastante hombre" ¡puede hablar directamente al pueblo de
la Unión Soviética! ¡Esto después de conceder que yo había "vivido de
prestado" porque la policía no conocía mis opiniones! Yo sería
"borrado", no por los agentes secretos de la patria espiritual del
camarada Starobin, desde luego, sino por la "humanidad que miraba hacia
delante".
No me costó trabajo
descifrar el mensaje. A menos que me hundiera en el silencio, la "mano
vigilante y vengativa" haría su noble tarea; sólo así no habría muerte por
medio de hachas. Otros podrían desdeñar aquellas amenazas como simple retórica;
afortunadamente, yo sabía demasiado sobre los métodos y los agentes del régimen
que había denunciado.
(...)
Ahora el libro ha
quedado concluido. He referido mi historia. Los asesinos que dicen servir a la
"humanidad que mira hacia delante" quizá puedan "borrarme"
con el tiempo. Mi vida "prestada" puede terminarse, pero no podrán
borrar este relato, dedicado al pueblo ruso, que tanto tiempo lleva sufriendo y
del cual he salido. Me atrevo a esperar que algún día pueda gozar de una
libertad verdadera y de una verdadera democracia económica.
El próximo paso hacia
la seguridad mundial está, no en una organización universal –aunque esto deba
suceder–, sino en la liberación de las masas rusas. Si, por algún milagro,
Rusia fuera democratizada de repente, se vería cómo la mayor parte de la
tensión que ahora amenaza la paz del mundo se relajaría automáticamente y que
la genuina cooperación mundial sería posible. Podrán decirme que la liberación
de Rusia de su yugo totalitario es un asunto que concierne solamente a los
rusos. Los que piensan así están completamente equivocados. En muchos aspectos,
la seguridad de toda la civilización y la probabilidad de una paz duradera
dependen de esa liberación.
No soy lo bastante
confiado para esperar el milagro de nuestra generación. Pero sí sé con certeza
que la comprensión de la realidad rusa por parte del mundo democrático es la
condición previa para la liberación de mi país desde su interior. El peso de
una oposición mundial, el levantamiento de su apoyo espiritual, que ahora sirve
para fortalecer el despotismo del Kremlin, acelerarían y ayudarían a las
aspiraciones rusas de libertad.
Este libro, que es la
biografía de un ruso típico, cuyo sentido de la libertad no fue destruido, es
mi llamada a la conciencia democrática de América y del mundo.
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Víctor Kravchenko murió violentamente en
1966, como consecuencia de unas heridas de bala. Ruso, ingeniero de
profesión, había g |
Desde que salió de la
Unión Soviética, a mediados de los años 40, Kravchenko vivió una aventura
extraordinaria. En su país –por así llamarlo– había llegado a conocer como
pocos la realidad del monstruo comunista. Había nacido en una familia
perseguida por el zarismo y saludó el golpe de estado leninista como una
emancipación. Y se convirtió en un joven comunista comprometido y serio.
Pero pronto se dio
cuenta de la realidad. Sufrió persecuciones, aunque su capacidad profesional y
su intuición le llevaron a salvar todos los escollos, incluida la gran purga
desencadenada por Stalin tras el asesinato de Kirov, novelada con mano maestra
por Victor Serge en El caso Tuláyev.
Como culminación de
una carrera accidentada, pero conducida con mano firme, Kravchenko consiguió
ser destinado a un puesto en Washington. Ya lo tenía todo planeado. No volvería
jamás a la Unión Soviética.
Los últimos capítulos
de Yo escogí la libertad cuentan de forma inolvidable,
digna de Ninotchka –de la que, por cierto, existe una curiosísima
secuela española titulada Escuela de comunismo–, los primeros días en C
Kravchenko sí sabía
lo que quería, y en su libro relata la presión oficial de la que eran objeto
los funcionarios en el extranjero, así como la persecución a la que fue
sometido en cuanto dio el paso de romper con los soviéticos.
No cuenta, claro está, lo que Horacio
Vázquez-Rial narra en un prólogo conciso y jugoso. Y es que la publicación de Yo
escogí la libertad en inglés y luego en francés provocó un proceso, un
intento de repetir las purgas estalinistas en… París. Lo puso en
En Estados Unidos,
Kravchenko se había dado cuenta del éxito de la mentira comunista. A pesar de
la
Sin ahorrar detalles,
con la claridad de quien lo ha vivido todo en primera persona y la frialdad de
un ingeniero, Kravchenko describe en esta autobiografía novelada su experiencia
de la realidad comunista: las muertes por hambre, las arbitrariedades, la
mentira sistemática, los chantajes, la represión, las torturas, los campos de
concentración, la bestialidad y el envilecimiento moral a que conduce sin
remedio el socialismo real.
Yo escogí la libertad fue un
gigantesco éxito en su tiempo. No pudo echar por tierra la mistificación
comunista, pero abrió una brecha que tuvo particular importancia en la
evolución de la derecha norteameric
El libro de
Kravchenko carece de la intensidad dolorosa, casi insoportable, de los Relatos
de Kolymá de Shalámov, o de la amplitud y la profundidad humanista de las
novelas y testimonios de Soljenitsin. Pero, gracias a su sencillez
periodística, se lee de un tirón y nos sigue enseñando nuevos aspectos de las
abominaciones cometidas en nombre de la gran utopía del siglo XX.
Como libro pionero de
la disidencia, Yo escogí la libertad sigue siendo una lección, casi un
manual, sobre el poder de la mentira. También, por tanto, para los tiempos
oscuros que nos ha tocado vivir.
VÍCTOR KRAVCHENKO: YO
ESCOGÍ LA LIBERTAD. Ciudadela (Madrid), 2008, 320 páginas.
Pinche aquí para
acceder a la web de JOSÉ MARÍA MARCO.
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“Yo
escogí la libertad”, de Víctor Kravchenko
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Kravchenko era capitán del Ejército Rojo
durante la segunda guerra mundial. Enviado a los Estados Unidos en 1943 para
comprar material de guerra, aprovechó el viaje para desertar y afincarse en los
Estados Unidos. Su libro autobiográfico Yo escogí la libertad fue un bombazo.
En Francia, los comunistas le acusaron de mentir. Kravchenko denunció a los
acusadores y… ganó el juicio. Ha sido el único gran juicio contra el comunismo.
Una impresionante historia
Víctor
Kravchenko murió violentamente en 1966, como consecuencia de unas heridas de
bala. Ruso, ingeniero de profesión, había g
Desde que salió de la Unión Soviética, a mediados de los años 40, Kravchenko vivió una aventura extraordinaria. En su país –por así llamarlo– había llegado a conocer como pocos la realidad del monstruo comunista. Había nacido en una familia perseguida por el zarismo y saludó el golpe de estado leninista como una emancipación. Y se convirtió en un joven comunista comprometido y serio.
Pero pronto se dio cuenta de la realidad. Sufrió persecuciones, aunque su capacidad profesional y su intuición le llevaron a salvar todos los escollos, incluida la gran purga desencadenada por Stalin tras el asesinato de Kirov, novelada con mano maestra por Victor Serge en El caso Tuláyev.
Como culminación de una carrera accidentada, pero conducida con mano firme, Kravchenko consiguió ser destinado a un puesto en Washington. Ya lo tenía todo planeado. No volvería jamás a la Unión Soviética.
Los últimos capítulos de Yo
escogí la libertad
cuentan de forma inolvidable, digna de Ninotchka –de la que, por cierto, existe
una curiosísima secuela española titulada Escuela de comunismo–, los primeros
días en C
Kravchenko sí sabía lo que quería, y en su libro relata la presión oficial de la que eran objeto los funcionarios en el extranjero, así como la persecución a la que fue sometido en cuanto dio el paso de romper con los soviéticos.
No cuenta, claro está, lo que Horacio
Vázquez-Rial narra en un prólogo conciso y jugoso. Y es que la publicación de
Yo escogí la libertad en inglés y luego en francés provocó un proceso, un
intento de repetir las purgas estalinistas en… París. Lo puso en
En Estados Unidos, Kravchenko se
había dado cuenta del éxito de la mentira comunista. A pesar de la
Sin ahorrar detalles, con la claridad de quien lo ha vivido todo en primera persona y la frialdad de un ingeniero, Kravchenko describe en esta autobiografía novelada su experiencia de la realidad comunista: las muertes por hambre, las arbitrariedades, la mentira sistemática, los chantajes, la represión, las torturas, los campos de concentración, la bestialidad y el envilecimiento moral a que conduce sin remedio el socialismo real.
Yo
escogí la libertad fue
un gigantesco éxito en su tiempo. No pudo echar por tierra la mistificación
comunista, pero abrió una brecha que tuvo particular importancia en la
evolución de la derecha norteameric
El libro de Kravchenko carece de la intensidad dolorosa, casi insoportable, de los Relatos de Kolymá de Shalámov, o de la amplitud y la profundidad humanista de las novelas y testimonios de Soljenitsin. Pero, gracias a su sencillez periodística, se lee de un tirón y nos sigue enseñando nuevos aspectos de las abominaciones cometidas en nombre de la gran utopía del siglo XX.
Como libro pionero de la disidencia, Yo escogí la libertad sigue siendo una lección, casi un manual, sobre el poder de la mentira. También, por tanto, para los tiempos oscuros que nos ha tocado vivir.
LIBRERÍA CENTRAL
LIBRERA Calle Dolores 2 15402 Ferrol
centrallibrera@telefonica.net Teléfono 981 35 27 19 http://www.centrallibrera.com