Lo peor de todo no es la soledad, ni las ausencias, ni tampoco el silencio. Lo peor de todo es darse cuenta de que eres un intruso. De que siempre lo fuiste, y siempre lo serás. Eres un intruso en este mundo. Un intruso en la vida de la gente.
Darse cuenta de que tienes una esencia repleta de amor. Una esencia sólo para dar. Darse cuenta de que eso es lo que eres; eso es lo que somos, luz y amor.
Pero ello de nada sirve, porque no eres nada más que un intruso; sólo un intruso lleno de amor. Un intruso en las costumbres de las gentes. Un intruso, en la vida ajena.