Bogotá en los años ochenta era una ciudad que buscaba su identidad entre el humo de los buses y el frío característico de la sabana. Bogocine llegó como un bálsamo necesario, una excusa para reunirse en torno a historias que no siempre eran las propias, pero que terminaban explicando la realidad local. Henry Laguado no solo trajo películas de diversas latitudes; trajo una forma de resistencia cultural frente a la violencia que azotaba las calles bogotanas en aquel entonces. Cada función se convertía en un acto de fe y en una pequeña victoria contra la oscuridad que pretendía apagar las luces de la capital.
Este libro es un viaje por esos años donde el cine salvó a muchos de la monotonía reinante y del miedo constante. Es la historia de una revolución que no usó armas, sino imágenes y sonidos poderosos. Fue una revolución que enseñó a ver más allá de las montañas bogotanas y a entender que la cultura es el lazo más fuerte que une a los seres humanos. Bogocine sigue vivo y en este relato cobra una nueva fuerza para inspirar a las futuras generaciones de creadores y espectadores.