Una mujer friega platos en Milán. Lleva años fregando. El esmog vuelve a ensuciar al instante los cristales que acaba de limpiar, el marido ya no la espera al final de la faena, y la soprano que podría haber sido lleva décadas callada y agazapada en algún rincón dentro de ella. Ni siquiera conocemos su nombre. Otra mujer ha salido de la calle. Se llama Stellina. Construyó su independencia con un teléfono y una tarifa fija, con frialdad y sentido práctico. Ahora tiene su apartamento, un trabajo como dependienta y una certeza que no la abandona: el dinero fue la única forma de libertad que le ofrecieron. Las dos hablan solas. Las dos saben, aunque no lo digan así, que ocupan los dos extremos del mismo insulto. Armanda Guiducci publicó este díptico de monólogos en 1976 con una precisión que no ha cedido con el tiempo: la esposa y la puta, las dos figuras que el orden patriarcal utiliza para clasificar a las mujeres, son antitéticas y sin embargo equivalentes. Ambas se ven expoliadas de cualquier valor. Ambas son, para ese orden, desechos.