El segundo mandato de Trump, interpretado por sus fieles como el advenimiento del mesías, se ha planteado como una ruptura a los más de doscientos años de democracia estadounidense. Sin embargo, más que una anomalía del sistema, su presidencia resulta un reflejo de continuidad: el tan deseado por las élites y definitivo golpe a la democracia; o mejor dicho, a lo que queda de ella y del espejismo con el que aún mantiene la ilusión de su presencia. Una toma del poder por parte de los sectores más reaccionarios, impensable sin los graves daños estructurales del modelo democrático, sin el rearme estratégico de los más poderosos y sin un imperio norteamericano en decadencia.