Desde siempre la palabra estrés se ha ligado al albur de la experiencia de vida y ha sido objeto de predestinación fatal. Atender sus manifestaciones sin entender su causa es tanto como desconocer su importancia en la sobrevivencia humana. Apagarlo con los métodos de la modernidad es tan nefasto como su no activación. Cualquiera sea el campo de acción donde se ocupen las personas están expuestas a sucesos que se obliga afrontar con éxito. Para lograrlo, su naturaleza asiste con la activación de una respuesta que garantiza sobrevivir. Cada ser humano tiene la posibilidad de activar la respuesta y todos tienen la capacidad, la potestad y el poder para dilucidar su causalidad. Conocer, Comprender y Aceptar su causalidad es un camino que debe recorrerse, bien de manera previsionista o para resolver las situaciones que la activan. Respuesta dispuesta por la naturaleza e indispensable para una experiencia de vida sana y duradera, próxima al estado de felicidad. Lejos de proponer enemistades fatalistas e inevitables, el estrés plantea amistad respetuosa y sincera, para ser valorada con serena paciencia por quienes pretendan despertar, haciéndose cargo de su propia existencia.