Beth tardó año y medio en juntar los pedazos. Se fue a Italia con el corazón roto y ha vuelto a San Francisco con un trabajo nuevo, la risa recuperada y Giovanni D'Angelo al lado: el chico que la escuchó sin pedir nada.
Jarek Nowak también ha vuelto. Un año en Polonia le enseñó que no hay explicación que arregle lo que hizo. Ha dejado de buscarla. No pide que lo escuche ni que lo perdone. Solo se queda cerca, el tiempo que haga falta. Y así no hay manera de seguir odiándolo.
Giovanni no dice nada. Giovanni tampoco se va.
Beth se lo dejó claro a Jarek el primer día: la confianza, cuando se rompe, no se recupera.
Lo sigue creyendo cada mañana.
Un poco menos cada noche.
Porque perdonarlo es lo de menos. Lo que le da miedo es volver a romperse.