En La aventura africana Fernando Savater invita al lector a no considerar la aventura como una alternativa exótica a la vulgaridad gris de cada día, animándole en cambio a afrontar la perspectiva de riesgo y maravilla que arroja sobre lo cotidiano. En sus páginas el autor vuelve sobre su noción ética de la aventura, o aventura de la ética, en un ensayo sobre África y la literatura de algunos que, como él, quedaron hechizados por sus misterios. Es el caso de Percival Christopher Wren con su Beau geste , retrato inolvidable de un puñado de marginados, acosados hasta la desesperación por un enemigo invisible y la indiferencia criminal del desierto africano ; de Sir Henry Rider Haggard y las aventuras de Allan Quatermain, en las que se siente como en ningún otro lugar el latigazo delicioso de la aventura bien contada, de la intriga y el riesgo, la osadía y la abnegación ; de la plasticidad descriptiva y el sentido del ritmo narrativo de Henryk Sienkiewicz en A través del desierto , y, por último, de Sir Arthur Conan Doyle, el representante más genuino del género extrovertido (con permiso de Jung) en La