LA FÁBRICA DE LÁPICES

LA FÁBRICA DE LÁPICES. NOVELA FERROL

Editorial:
FALSARIA
Materia
MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
ISBN:
978-84-16882-05-2
Disponibilidad:
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Trabajaba en la fábrica de lápices.
Cada mañana, con las primeras luces que se filtraban entre las ramas de los árboles, salía de mi casa situada sobre el balcón del mar. Descendía por las pendientes, pisaba la tierra y la hierba, atravesaba los bosques y me sentaba a la popa de aquella lancha que surcaba la ría y me dejaba a los pies de la colina en donde estaba la fábrica. Todavía tenía pensamientos propios, todavía no me los habían arrebatado.
En la fábrica encapsulaba el grafito en el interior de los lápices Johann Sindel (dorado sobre negro clase extra número dos). Mis manos de plomo refulgían en la oscuridad. Tus manos eran de colores.
Pero un día la fábrica cerró y tuve que buscar otra ocupación.
Jamás volví a tener un trabajo como aquel.
Cruzamos el mar seco hacia la ciudad del viento y mi sombra me abandonó. Las líneas de mis manos comenzaron a desaparecer y tu iniciaste tu trabajo de Penélope. Cada noche tratabas de prolongar las líneas de mis manos que desaparecían durante el día, mientras me internaba en la espesura.
Por las noches trataba de reconstruirme, de rehacerme del derribo del día a día. Esperaba a mi sombra que viajaba libre a países lejanos y me contaba las historias al oído mientras dormía. Yo ya era otro.
Pero un día lo ví, creí reconocerlo cruzando la calle cojeando, con su barba blanca larga y su pelo encrespado del mismo color. Era el hombre que seleccionaba la madera de cedro en el interior de los bosques americanos. Lo seguí olvidándome de horarios, entrando en la vida auténtica, con el plomo y mis pensamientos olvidados empezando a latir en mi interior. Te seguí a lo largo del curso de un riachuelo urbano y viendo como te metías en tu cabaña. Me llevé unas piezas de madera que había apoyadas en el exterior de tu pequeña casa, sabía de donde venían. Buscaba mi última oportunidad.


‘La fábrica de lápices’, de Santiago Alcázar Mouriño
por Falsaria

La vida no es tan perfecta como nos gustaría. Podemos elegir uno u otro camino, pero nunca sabremos cuál es el mejor. Ni siquiera tenemos tiempo para pensarlo demasiado. El ritmo del día a día no deja lugar a muchas preguntas ni reflexiones profundas. En cambio, un día te paras a pensar y encuentras tiempo para mirar a al mundo. Te das cuenta de que la vida no consiste en alcanzar la perfección, sino la felicidad. Y cada uno la encuentra en aquello que le llena el alma. Aprendes a realizar el duro ejercicio de rellenar los huecos de la existencia. Y de esto versa la novela La fábrica de lápices, de Santiago Alcázar Mouriño.

La fábrica de lápices nos presenta a un narrador personaje, un hombre que hace repaso de su vida en sus últimos días mientras se encuentra recluido en un hospital de Finlandia. Con él caminamos por innumerables paisajes y sentimos el frío de las paredes que le encierran, del suelo que empieza a tambalearse bajo sus pies, del sentir cómo la lucha por la vida intenta escapar del impávido tic tac del reloj. Los viajes en barco, los paseos por el bosque, el primer amor, el peso de una tediosa rutina sobre los hombros… No hay pasaje o capítulo de este libro que no consiga atarnos a ese mundo interior. Es un universo tan rico de descripciones, de emociones y de lugares tan comunes que resulta imposible apartar la mirada.

Mediante un lenguaje tremendamente poético, recorremos la vida del protagonista de su mano, apelando al sentimiento primigenio inherente al ser humano. Qué somos y qué nos gustaría ser, qué hacemos y qué nos gustaría hacer, dónde vamos y dónde queremos ir… Preguntas que parecen imposibles de responder. Bueno, más que imposibles de contestar, difíciles de llevar a la práctica. Al entrar en el ritmo frenético del mundo que nos rodea, nos perdemos con frecuencia. No obstante, Santiago Alcázar Mouriño nos tiende una mano en este proceso. A través de las reflexiones del protagonista, nos propone llenar los vacíos, reflexionar sobre lo que realmente es importante y lo que perdurará más allá cuando la oscuridad aceche. El autor nos invita a reconstruirnos a nosotros mismos, a ir desde el principio hacia el final. Es una llamada a atravesar los bosques, a romper con la banalidad y comenzar a fortalecer los cimientos.

Es más, en La fábrica de lápices, no solo asistimos al análisis y el viaje interior del personaje. También a la propia madurez creativa del autor, quien demuestra una tremenda sensibilidad y lucidez en una narrativa de gran calidad. Hay momentos en los que la belleza de sus palabras es tal que estas golpean directamente en lo más hondo. Nos dejan un halo de nostalgia y un grito ahogado a su paso. Al igual que en su anterior obra, Ser nadie, plantea un camino de ida y regreso hasta el principio. Desde la niñez a la vejez y vuelta a la infancia de la mano esos hijos que pasarán por los mismos parajes en un futuro.

Cuando se ha superado más de la mitad de la vida, hay que aprovechar el tiempo, ahora menor. Es importante saber vivir con lo que uno es, trabajar sobre eso y marcharse con plenitud. Así, el discurso debe plantearse desde la savia que se abre paso dentro cuando el frío amenaza con llevárselo todo. Santiago Alcázar Mouriño cuenta los últimos resquicios de un hombre anciano y, partiendo del final, nos redirige a la vida. Su novela es un canto a la poesía que reside en cada corazón, una música tan sincera y tan bella que mece y besa el espíritu.
Entrevista a Santiago Alcázar Mouriño. ‘La fábrica de lápices’
Escrito por Falsaria
el 3 noviembre, 2016 203 Me Gusta
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Buenos días, Santiago. En su nueva novela, La fábrica de lápices, asistimos al recorrido interior que hace un hombre maduro en el último periodo de su vida. ¿Qué te resulta más difícil a la hora de realizar una historia tan profunda e incluso existencial como esta? ¿Cuánto tiempo te ha llevado escribirla?

Hola, buenos días a todos.

Lo más difícil es encontrar el tiempo, tener el tiempo para escribirla sin descuidar mis ocupaciones familiares y laborales. Mientras ese proceso de escritura dura, tratar de mantener el estado de ánimo que requiere el libro a lo largo del día es lo más difícil, para al final de la jornada poder volver a él, que te espera. No soltar la tensión del libro cuando no puedes dedicarle el tiempo suficiente y te lo está reclamando creo que es lo más complicado.

Sobre el tiempo que me ha llevado escribirla, creo que no es solo la escritura. Piensas el libro, tienes el título y a partir de ahí va naciendo. Tienes las notas y un día te sientas y empiezas: como el agua de las fuentes va manando. Lo llevas todo el día en la cabeza, a veces lo rechazas porque te molesta y dices que hay cosas más importantes (que las hay), pero ya no te deja, ya está contigo y lo tienes que acabar. Son las suturas que le haces a tu vida.

Este libro puede que haya estado conmigo un par de años.



Tu narración es muy poética, impacta en el espíritu. ¿Hay algún autor que te haya influido especialmente?

Hay muchos autores y libros concretos que me han influido a lo largo de los años. La influencia que dejan viene marcada también por el momento en que los haya leído, por la edad, por la situación que estuviera viviendo en esos momentos. Concibo los libros y la lectura como algo que está ahí para enseñarte, como una escuela de vida. Hay libros que te enseñan a ser la persona que querrías ser, te enseñan lo que debes y no debes hacer en esta vida. Los que te muestran la belleza y la derrota. La épica íntima, eso es lo que me interesa. Ese aprendizaje. En esa línea, hoy te puedo citar El extranjero, de Camus, que leí cuando intentaba estudiar en Santiago; Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal; Martin Eden, de Jack London, Samuel Beckett, la pentalogía autobiográfica de Bernhard, Vida y época de Michael K… y mañana te podría decir otros. Kafka, Walser, Carver, Bukowski. Nunca hay suficiente tiempo para leer todo lo bueno que hay.



Ser nadie, tu anterior obra, también se centra en el concepto de “volver a construirse” sobre lo que uno es. Si lo trasladamos a tu trabajo, ¿es difícil reconstruirse a uno mismo como escritor? ¿Ha sido complicado coger la esencia de Ser nadie y convertirlo en algo diferente con La fábrica de lápices?

Dicen que uno siempre escribe el mismo libro. Puede que del libro anterior me quedaran balas en la recámara y por eso he escrito este. Cada uno tiene sus obsesiones, que son las que no le dejan descansar por la noche. Si estuviera en paz conmigo mismo, seguro que no escribiría. Escribo para hacer las paces conmigo mismo y este libro son las esquirlas que quedaron del anterior.

La frase “trabajaba en la fábrica de lápices” la tenía grabada en la memoria. La escuché un día en una conversación en el pueblo del que soy originario. Se repitió constantemente durante años en mi cabeza, hasta que cristalizó en esa fábrica que existió en Ferrol: Hispania, con sus lápices Johann Sindel. Creo que debió ser bonito haber trabajado allí, fabricar esos lápices. Utilizo la fábrica como metáfora de lo ideal y traslado mis obsesiones, que son las mismas que en Ser nadie, pero avanzan un poco más: el tiempo que acaba, la muerte prematura, el tiempo que resta y poder hacer de verdad lo que quieres hacer; disponer de tiempo, no de migajas, de segundos; el trabajo, la espesura que te convierte en otro, no en lo que en realidad eres, lo que en realidad querrías ser. El mundo de la infancia, la naturaleza, la vejez, la enfermedad, la belleza como redención.



¿Qué es lo que más te motiva cuando escribes?

Escribo por necesidad, no tengo un plan. No sé si habrá otro libro mañana. Expulsar estas historias me sana. “Buscaba las palabras que depositar en los huecos donde residía el vacío”, pero creo que este mundo en muchos casos nos tiene prisioneros y esta es mi manera de reivindicarlo.



¿A qué autores sueles seguir?

De los actuales sigo, a Vila-Matas, a Manuel Rivas, Javier Marías, Menéndez Salmón, Cercas, Gracia Armendáriz, Houllebecq, Modiano, Coetzee, Auster…



¿Con qué frase definirías tu obra?

Creo que definirse a si mismo, a la propia obra, es muy difícil, a la par que moverse en un territorio de autocomplacencia en cuanto empieces a hablar. Como se dice en el libro: “y no soy más que otra gota que forma parte de la lluvia”.

Solo diría: no fue una impostura.



¿Hay algo que nunca tratarías en tus novelas, sobre lo que nunca escribirías?

No podría escribir de lo que no conozco, de lo que no he experimentado, de lo que no he vivido, de lo que no sé; de lo que no estoy preparado para contar ni tengo el conocimiento ni el atrevimiento para ello. Yo escribo del día a día, de los días sin ventanas al exterior, del encierro, de la épica íntima. De un modo de vida que creo equivocado. De cómo vivimos y cómo deberíamos vivir. Mi literatura está pegada a la vida, al crecer de los niños y las pequeñas alegrías.



Como decíamos antes, este no es tu primer libro, ¿cómo te sentiste la primera vez que publicaron uno de tus manuscritos?

Pues feliz, es como un nacimiento. Fruto de un trabajo. Lo importante es estar satisfecho tú mismo del resultado, que lo veas sólido. Hice lo que pude, pero estoy contento. “Fracasa otra vez, fracasa mejor”. Publicar es más difícil que escribir, pero ese es otro tema.



¿Qué consideras más importante al escribir una novela?

Creo que la idea central ha de ser muy clara y contundente. Tiene que tener verdad, sobre todo en el tipo de libros que yo escribo, que están pegados a la vida. Sus raíces han de estar bien asentadas y alrededor de ellas ir construyendo los demás planetas y satélites. El resto de ese universo. Un universo armónico. Un bosque que vaya surgiendo alrededor de ese pequeño primer árbol. Aunque sean pequeñas novelas como esta, que sean verdaderas.



¿Qué es lo próximo que podremos leer de Santiago Alcázar Mouriño? ¿Algún proyecto en marcha?

De momento tengo los bolsillos vacíos. He guardado los papeles en sus cajas y mi mesa en lo más hondo de la casa (inencontrable) está despejada. Mi herida está curada, pero sé que se abren otras.

Debo seguir caminando al trabajo cada día, cada vez aparcando más lejos para que surjan los pensamientos propios, aquellos que están enterrados en el fondo de mi mismo y que recuerdan lo que en realidad éramos. Entrar de noche, salir de noche. Una frase golpea en mi interior, son las esquirlas que quedaron perdidas, me agacho y las guardo en los bolsillos de mi pantalón.



Datos del autor

Nombre: Santiago Alcázar Mouriño
Género: novela romántica, poética
Bio: Santiago Alcázar Mouriño (Ferrol, 1972), vive en A Coruña. Estudió Geografía e Historia en la Universidad de Santiago de Compostela. Es autor de Ser nadie (2014, Éride Ediciones).