La figura del monje que recorre estas páginas no representa un ideal ni una excepción, sino una condición humana concreta: la de quien ha vivido largo tiempo dentro de una forma -religiosa, intelectual, estética- y, al acercarse el final, descubre que ninguna forma sustituye del todo a la entrega.
He querido escribir desde la lentitud, evitando el dramatismo y la moraleja, porque las verdaderas crisis rara vez se presentan como rupturas espectaculares. Suelen manifestarse como desgastes, desplazamientos mínimos, silencios acumulados. También la fe, cuando es real, atraviesa zonas donde no consuela ni explica.