La Barcelona de los años treinta está en plena efervescencia por las continuas luchas obreras. Los anarquistas, cada día, tiñen de sangre las calles pasando cuentas con los dueños de las fabricas. En el Barrio Chino, los llamativos neones de La Criolla, cada noche, tiñen de rojo la calle del Cid. La sala de baile se había convertido, de la mano de Pepe Márquez, en el lugar donde todo está permitido. Todos los días se llena con lo bueno y mejor de la ciudad. Junto a ellos, anarquistas, políticos, intelectuales, transvestidos y policías buscan sexo, drogas y disfrute, mientras se aman, sueñan, sufren, traicionan y mueren.