Aunque a lo largo de los últimos tiempos la Iglesia ha experimentadoen su seno algunas modificaciones positivas en la relación entrevarones y mujeres, no llega de modo manifiesto, en lo profundo de susreflejos institucionales, a desprenderse de una misoginia visceral que desespera a muchas cristianas. La vida de la Iglesia continúacargando un desprecio rampante sobre las mujeres. Como reverso dedesconfianza y miedos, ese desprecio alimenta formas de violencialarvada, como esa condescendencia que, en la vida diaria, humilla amuchas mujeres en las parroquias o en la vida religiosa y que es causa de injusticias cuyo testimonio herido y púdico se empieza a recogerhoy de boca de cristianas de otros continentes, entregadas en cuerpo y alma a la obra de la caridad.