Noto en la voz (tono y léxico) de Andy Jorge Blanco a un poeta realista y tímido a la vez, casi fotógrafo, de esos fotógrafos que pasan inadvertidos para los fotografiados. Así, en sus versos una niña viaja de espaldas en un autobús, practicando matemáticas con su madre, y ninguna de las dos sabrá jamás que habita en un poema.
Varias mujeres protagonizan este viaje poético: la llovida Sevilla, la lejana Luanda, la dolorosa y destruida Gaza, y, por supuesto, La Habana, siempre La Habana: difuminada, dispersa, borrosa y no borrada, otra mujer total, con nombre propio, con geografía resemantizada y también dolorosa. Este es un libro tan cubano que solo se podía escribir desde fuera, como parte de una tradición muy nuestra (Byrne, Heredia, Gastón Baquero, Sarduy, Kozer y tantos otros). Sé de lo que hablo. Andy Jorge Blanco habita la misma mujer visible que yo, Sevilla, con otra mujer visible dentro, La Habana, y a veces canta-llora por ambas.
Este libro es otro ejemplo. Poesía intimista y nostálgica, poesía inmigratoria; poesía descalza, limpia, honesta, sin afeites, en la que se narra y se ret