El pensamiento de René Descartes ha sido tradicionalmente reconocido como el umbral de la Modernidad filosófica. Su formulación del cogito como fundamento incondicionado del saber, la primacía concedida a la razón como criterio de verdad, el rechazo de toda autoridad no fundada en la evidencia, y la aspiración a un conocimiento metódico y universal, constituyen los pilares de una nueva racionalidad. Sin embargo, más allá de esta lectura clásica, su obra encarna también una transformación más profunda, a saber, la gestación de una nueva forma de estar en el mundo definida por una concepción terrenal, activa y técnica de la existencia.
Frente a la visión medieval, que inscribía el sentido de la vida en un orden trascendente, el proyecto cartesiano inaugura una cosmovisión donde el conocimiento abandona la contemplación de verdades eternas para convertirse en un instrumento activo de intervención sobre la realidad. Así, el paso de un cosmos gobernado por fines divinos da lugar a un mundo manipulable, guiado por la voluntad del sujeto. Descartes configura el universo como res extensa: una materia carent