En el Paleolítico superior, lo sagrado se vinculaba al cuerpo femenino y al símbolo del cuenco, asociado a la protección y generación de la vida, representado por las venus paleolíticas. Luego durante el Mesolítico, los humanos observaron los ciclos de la naturaleza. En el Neolítico, se comprendió que la vida surgía de la unión del principio femenino (el vientre o cuenco) y el masculino (la semilla). Al principio la representación de esta espiritualidad fue la Gran Diosa Madre. Sin embargo, desde aproximadamente 5000 a.C. el principio masculino comenzó a imponerse. El texto trata de comprender esa ruptura y aportar a la integración de los contenidos psicosociales que quedaron bloqueados, al imponerse la semilla como rectora de los procesos históricos.