Los antiguos griegos despreciaban a los ciudadanos llamados idiotikós o privados. Egoístas e ignorantes, indiferentes a la actividad política, constituían un peligro para la democracia. Según muestran las encuestas, los ciudadanos actuales somos unos idiotas superlativos. Los políticos, ante esa circunstancia, cabecean con gesto grave y desaprobatorio. Como si les pareciera mal. Pero no nos engañemos. Componen el gesto. No les sorprenden ni, en el fondo, les desagradan los ciudadanos idiotas. Por eso recibieron con irritación ?superada la perplejidad? el 15-M. Su irritación no respondía, sin más, a la defensa de sus particulares intereses. Es injusta la contraposición entre unos políticos delincuentes, encarnación de todas las perversiones, y un pueblo angelical, irrebatiblemente excelso. Esa descripción es una autocomplaciente simplificación y, sobre todo, un error de diagnóstico. El problema no es de personas sino de reglas de juego. En realidad, para nuestras democracias, la desidia de los ciudadanos y el envilecimiento de la vida política no son patologías sino síntomas de salud. La patología es lo extra