Creo que los jóvenes no tienen una idea clara de qué es realmente una empresa.
Para empezar, creo que hay muchos jóvenes que identifican el concepto “empresa” con un conjunto de imágenes negativas, como explotación, avaricia, mal rollo, malos jefes, trato inhumano, sueldos bajos, despidos, temporalidad, etc. Y ese prejuicio negativo no les ayuda para nada a integrarse, cuando les toca el turno, en el mundo laboral. Ni a prepararse bien para ese momento.
Las consecuencias que se derivan del hecho de que los jóvenes no se integren lo mejor posible en el mundo laboral, y que no identifiquen una empresa con algo bueno y positivo, son muy perjudiciales, tanto para ellos como para toda la sociedad.
Yo no voy a ser quien niegue que en las empresas haya muchas cosas que no son positivas, que no funcionan bien; pero eso pasa en cualquier actividad humana. En todos los ámbitos en los que nos movemos podemos encontrar aspectos positivos y negativos. La empresa, como digo, no es una excepción. Tampoco voy a negar que a la sociedad le queda, sin duda, mucho por hacer, y que la mayoría de los jóvenes que entran en el mercado laboral acaban engrosando las filas de los llamados “mileuristas” (es decir, los trabajadores que cobran un escaso sueldo mensual por debajo de los 1.000 euros), y que no les resulta nada fácil salir de una dinámica laboral negativa, muy poco motivante. Pero no siempre es así.
Creo que es importante que los jóvenes tengan una idea más amplia de lo que es una empresa; algo mejor explicada.
Para apreciar cualquier cosa hay que empezar por conocerla lo mejor posible. Una vez se conoce algo, se está en mejor disposición de juzgarlo. Y, en todo caso, de apreciar sus virtudes, al menos como compensación a sus defectos. Conociendo las virtudes y los defectos, uno ya puede hacerse una idea más justa y equilibrada de las cosas.
Creo, además, que de una mejor comprensión de lo que es una empresa, y del conocimiento de las posibilidades laborales o empresariales que existen en las empresas, y que puede aprovechar cualquier persona con ganas, se puede deducir una mayor inclinación de los jóvenes a formarse mejor para aprovechar esas oportunidades, en lugar de limitarse a quejarse, ya sea por la existencia del citado “mileurismo” o, en general, por “la injusticia del sistema capitalista”.
El sistema capitalista no es perfecto, pero creo que es el menos malo de los sistemas económicos que podemos tener. Un sistema en el que es verdad que nadie regala nada, que hay que trabajar duro para conseguir hacer una carrera y tener éxito, pero en el que quien se prepara y trabaja, casi con total probabilidad, lo consigue.
El caso de personajes tan conocidos como el fundador de Zara, Amancio Ortega, es una muestra de éxito desde cero en este sistema capitalista. Amancio Ortega empezó como vendedor de confección, hasta que un día puso una tienda, creó la marca Zara, y así hasta hacer realidad una de las mayores empresas textiles del mundo, dar trabajo a decenas de miles de personas, y convertirse en uno de los hombres mas ricos del planeta.
Pero vamos a empezar desde el principio. Empecemos explicando brevemente qué papel juega la empresa en el contexto de nuestra economía.
La economía y la empresa
La economía de mercado (es decir, la economía capitalista en la que vivimos en casi todos los países del mundo en el siglo XXI) se basa en la idea del funcionamiento “automático” de los mercados.
Voy a explicarme.
La economía gira alrededor del intercambio de productos y servicios que se realiza continuamente en todo el mundo. Si se piensa bien, ahora mismo, millones de personas están comprándose y vendiéndose cosas entre sí en todo el mundo (en Japón, en India, en Alemania, en Argentina…). Se compran y venden productos y servicios de todo tipo: electricidad, gasolina, pan, un corte de pelo, trabajo, etc. La economía liberal se centra en el funcionamiento de esos mercados. El éxito económico consiste en que esos mercados sean pujantes, que crezcan lo máximo posible, y que funcionen lo mejor posible. Que todo el que quiera vender o comprar un producto o servicio lo pueda hacer sin ninguna traba. Y que, una vez lo haya hecho, esté razonablemente satisfecho del resultado.
Eso quiere decir que si alguien quiere comprar electricidad, encuentre alguien que se la venda (a poder ser más de uno), y que pueda comprarla sin problemas. Que si alguien quiere vender coches, pueda ofrecerlos libremente al mercado, y encuentre compradores interesados. Es decir, que oferta y demanda se pongan de acuerdo, libremente, a un precio que sea justo para ambos. Sin intervenciones ajenas. Cuanto mayores y mejores son los mercados, más riqueza disfrutamos globalmente.
Quizás te parecerá que el funcionamiento correcto de los mercados sea una cosa simple, pero no lo es. Si lo piensas bien, es casi milagroso que cualquiera de nosotros pueda ir cualquier día a un supermercado a comprar algo tan simple como un yogur. Sin avisar antes, y aunque muchas personas también vayan a comprar yogures ese día, lo más probable es que encontremos los yogures que buscamos, y que podamos comprarlos a un precio razonable.
O que podamos circular con nuestro coche por cualquier carretera, cualquier día, y que no tengamos problemas para comprar gasolina en cualquier gasolinera de las muchas que encontraremos en cualquier trayecto que hagamos. Esos actos, que a ti te parecerán de lo más normal, no son posibles en los países en los que no existen unos mercados que funcionen correctamente.
¿Pero qué es lo que hace que haya gasolineras donde las necesitamos, o suficiente yogur para todos? Pues el mecanismo de adaptación automática de oferta y demanda que facilita un mercado libre.
Ese mecanismo automático (que hace más de un siglo fue definido como “la mano invisible” por Adam Smith, el padre de la economía moderna), funciona como un regulador de la oferta y la demanda, a través de los precios. Cuando no hay suficiente oferta en el mercado para cubrir la demanda de algún producto, el precio sube, porque los vendedores se dan cuenta de que el producto escasea, y tratan de sacar provecho, y los compradores aceptan pagar más caro con tal de no quedarse sin el producto. Pero, automáticamente pasan dos cosas:
aparece más oferta, porque, a un precio mayor, más empresas podrán cubrir los costes de producción, y se animarán a entrar en el negocio (si no encuentran obstáculos para hacerlo, como permisos o carencia de personal cualificado, por ejemplo), o las que ya estén haciéndolo intentaran producir más, y disminuye la demanda, porque al nuevo precio hay clientes que dejan de comprar el producto, porque les parece caro (y pueden resolver sus necesidades con productos alternativos). Lo mismo ocurre en sentido contrario. Si de algún producto hay más oferta que demanda, los precios bajan, porque los vendedores que no han vendido todo su producto bajan el precio para venderlo, pero, de inmediato, ocurren dos fenómenos:
1) la oferta baja, porque algunos productores dejan de producir, porque al bajar el precio ya no les interesa seguir fabricando, y
2) la demanda sube, porque hay nuevos clientes a quienes no les interesaba el producto al precio antiguo, o no podían comprarlo, pero que sí que quieren comprarlo al nuevo precio, ya que es más bajo.
Todo ello ocurre hasta que oferta y demanda vuelven a reequilibrarse, a un nuevo precio más bajo.
Es posible que, como consecuencia de la llegada masiva al mercado de nuevos oferentes, el producto pase a ser excesivamente abundante, y los precios bajen tanto que provoquen el inicio de otro ciclo, porque haya fabricantes que abandonen la producción, hasta que haya escasez, con lo que los precios vuelvan a subir, hasta que se vuelva a aumentar la producción, etc. etc.
Los ciclos económicos están explicados en parte por ese mecanismo: escasez-exceso-escasez…
El mercado es el regulador “invisible” de demanda y oferta, a través del mecanismo de los precios.
Un ejemplo actual del funcionamiento de ese mecanismo lo estamos viendo todos los días con el mercado del petróleo. Al superar la demanda de petróleo a la oferta, el precio sube, y automáticamente anima a las empresas a producir más, por ejemplo buscando petróleo en yacimientos antes abandonados. La subida de precios también empuja a los consumidores a consumir menos, sea ahorrando energía, o buscando energía de fuentes alternativas. El resultado será, con mayor o menor celeridad, que demanda y oferta, en un plazo de tiempo, se reequilibrarán, a un menor precio.
En nuestra economía liberal de mercado, cada oferente y cada demandante decide libremente qué hacer en función de lo que le ofrece o le pide el mercado: producir más o producir menos, subir los precios o bajar los precios, comprar más o comprar menos, comprar un producto o comprar otro alternativo. Y ello es así porque oferente y demandante actúan como seres humanos inteligentes, racionales, y movidos por la búsqueda del máximo bienestar. Es por eso que prefieren vender su producto a 10€ que hacerlo a 5€, o que compran más cuando es más barato.
Si entiendes esta sencilla explicación, entiendes las bases del funcionamiento de la economía. ¿Verdad que no parece tan difícil?
Pues las empresas se asientan sobre esas ideas fundamentales. Ellas son los principales actores de los mercados. Los principales actores de la economía. Compran y venden, invierten o desinvierten, en función del mercado. Los otros dos actores de la economía, con los que las empresas se han de interrelacionar, son las administraciones públicas y los consumidores. No hay más secretos.