El verano tenía que ser esto: una furgoneta vieja, cinco horas de carretera y el mar al final. Pero a Victoria le estalla un termómetro en la mano sin que nadie lo toque, la tierra se abre bajo las ruedas mientras Raúl duerme y Clara jura que ha viajado dos horas hacia atrás sin moverse de la cama.
A Phillipe todavía no le ha pasado nada. Todavía.
Aquella pieza sumeria que los cuatro sostuvieron el día del solsticio no volvió entera a su sitio: se repartió. Tierra, agua, fuego y aire, uno para cada uno. Y alguien lleva semanas siguiéndoles el rastro hasta la Costa Brava. No viene a pedirles nada: los necesita vivos solo hasta el próximo solsticio.
Unas vacaciones que empiezan con calas y castells, siguen con un primer beso dentro de un tornado y terminan con cuatro chicos aprendiendo por las malas que un don también sirve para hacer daño.