Alba y su marido son profesores y viven en la ciudad con su perro Oliver y un gato callejero llamado IggyPop. Cuando deciden comprar una destartalada casa del siglo XIX en una de las villas más despobladas de la provincia de Cáceres, no sospechan que acabarán trasladando toda su vida a ese lugar de forma permanente. Así, lo que en un principio proyectaban como una segunda residencia donde alejarse del bullicio de la urbe se convierte en su hogar, tan cerca
de la naturaleza y todas sus criaturas como siempre habían querido.
En plena escalada de precios, con los materiales de construcción en costes históricos y sin mano de obra disponible, no tienen más remedio que trasladarse a la casa y ponerse ellos mismos a efectuar las obras sin tener una mínima noción de albañilería, fontanería o electricidad.
Un trozo de planeta, que puede leerse como diario y también como misiva sentimental, constituye un testimonio de esos meses de trabajo en que, con mucho empeño y el optimismo que concede la ignorancia, consiguen el milagro de terminar una casa y comenzar una nueva vida. Pero, eso sí, tras salvar un tr