Dora sale a caminar porque el silencio de su casa ya le pesa demasiado. Su hijo, al que quiere con locura, está lejos y las llamadas son esporádicas. Viuda desde hace años, su vida transcurre en una geografía mínima: los pocos metros cuadrados de una casa vieja y las calles de un barrio que, hace tiempo, ha dejado de pertenecerle. Los paseos, detallistas, describen lugares comunes y pretenden reivindicar la poca identidad que le queda al centro de la ciudad. La rutina de la protagonista se despliega en estas páginas a través de sus quehaceres, nimios, repetitivos y simples, cruzándola con diferentes personajes pintorescos de la zona durante un caluroso verano. La desaparición de tres chicas del barrio, a las que Dora lleva tiempo sin encontrarse en los lugares comunes, comenzará a obsesionarla, volviéndose una urgencia personal.
Con una mirada íntima y despojada de artificios, esta novela explora la soledad urbana no como una tragedia, sino como un estado de sitio habitual. A través de una cotidianidad aparentemente anodina, se despliega el mapa emocional de una mujer que busca su lugar en una ciudad