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Juan José Rodríguez de los Ríos

 

 

 

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DON GIOVANNI

(El personaje)

 

-ENSAYO-

 

 

 

Wolfgang Amadeus Mozart

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan José Rodríguez de los Ríos

 

 

 

 

 

 

DON GIOVANNI, de W.A. Mozart

 

 

 

Algunos meses antes de que lo hiciera Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), el mito de Don Juan ya había sido puesto en música por Giuseppe Gazzaniga (1743-1818), en un “dramma giocoso” en un acto, que tituló “DON GIOVANNI, ossia Il Convitato di pietra, con libro de Giovanni Bertati (1735-1815), que se representó -con notable éxito- en el Teatro Giustinian di San Moisè, durante los carnavales venecianos de 1787, el 5 de febrero; aunque la comedia musical no haya podido resistir la comparación ante la del compositor salzburgués.

 

La “ópera de óperas”, según ha sido calificada por los estudiosos, y como “ópera perfecta”, en estimación del filósofo danés Sören Kierkegaard, “DON GIOVANNI, ossia Il Dissoluto Punito, “dramma giocoso” en dos actos, de Mozart, con libreto del abate, experto en aventuras amorosas, Lorenzo Da Ponte (1749-1838), basado en la leyenda de Don Juan. Fue encargada a petición de Pasquale Bondini, director del Teatro Nacional de Praga, donde se estrenó, en una primera versión, el 29 de octubre de 1787, y en una segunda, con algunas variantes, al año siguiente en Viena, el 7 de mayo. El éxito de su primera representación en la capital checa queda recogido en la crónica del  Prager  Oberpostamtzeitung: Los entendidos y los músicos coinciden en afirmar que en Praga no se ha interpretado nada semejante. Sin embargo, en la capital austríaca no gustó demasiado porque se consideró una obra complicada. Haydn reconoció que aquella música era demasiado buena para los vieneses. El propio Mozart manifestó: “Esta ópera no es para Viena, es para Praga; pero sobre todo la he escrito para mis amigos y para mí”.

 

Goethe escribió que la obra era única en su género; para Listz y Busoni estaba casi a la altura de una oración, motivo por el que no llegaron a entender el que Berlioz no la amase.

 

El mismísimo Beethoven dijo de ella que jamás la pondría en música, debido al libertinaje de su protagonista. La estimación del compositor de Bonn puede llegar a entenderse a través de la música con que dotó el sublime e inquebrantable amor del matrimonio protagonista de su única ópera: FIDELIO (1814).

 

En cuanto a fidelidad se refiere, también Mozart había dejado buena prueba de ella en EL RAPTO EN EL SERRALLO (1782), en las dos parejas formadas por el hidalgo -también español, como Don Giovanni- Belmonte y su enamorada Konstanze, y los criados de éstos, Blonde y Pedrillo.

 

Don Giovanni -el personaje que da título a la más genial de las óperas de Mozart- desafía con su actitud. Él es el eje, juega con la vida y la muerte de cuantos giran a su alrededor. No se atiene a ninguna regla, antes, por el contrario, las destruye; es el mayor perturbador de la convivencia social, la falta absoluta de vinculación es la meta de su existencia. Tiene una fuerza psíquica a la que no es posible oponerse, para que el resto de personajes se encuentren, en contra de su voluntad, en medio de un torbellino destructor.

 

Vive en Sevilla, en el siglo XVII; forma parte de la nobleza; posee un palacio y posiblemente tierras, lo que le hace acreedor de una gran posición. Tiene a su alcance lo que a cualquier mortal haría dichoso: juventud, dinero y títulos, lo cual le permite viajar por distintos países de Europa y Asia occidental. Su obsesión es el mítico asunto del sexo, tan antiguo como el mundo. Como muy bien apunta su criado, Leporello, que contabiliza en su catálogo a 2065 féminas seducidas por su patrón: ...no sólo conquista a condesas, baronesas, marquesas y princesas, lo hace también a campesinas, criadas y ciudadanas, hay mujeres de toda condición...

 

Todos los personajes quedarán marcados por la acción del libertino. Su desprecio hacia los valores humanos no conoce barreras. Se vale de su criado para cometer todo tipo de fechorías, en quien encuentra al cómplice idóneo, que lo sirve, renegando, en curiosa alternancia de admiración y obediencia.

 

Al levantarse el telón, Leporello monta guardia ante la casa del Commendatore, mientras su amo intenta seducir a la hija de éste, Donna Anna. Las primeras palabras del criado denotan la rabia y envidia hacia quien es servido; es que ha incorporado a su existencia demasiado del vivir de su patrón: Noche y día fatigarse por quien nada agradece; lluvia y viento soportar, comer mal y mal dormir... Quiero ser un caballero, y no quiero servir más...

 

El Commendatore muere a manos de Don Giovanni cuando trata de vengar la acción cobarde del libertino, al mancillar el buen nombre de su hija. Ésta no descansará hasta que el asesino pague por su crimen: ¡Huye, cruel, huye! Deja que muera también yo, ahora que está muerto, oh Dios, quien la vida me dio. El ruego que hace a su prometido, Don Ottavio, no deja lugar a dudas: Jura que vengarás, si puedes, esa sangre.

 

La pareja de campesinos formada por Zerlina y su flamante esposo, Masetto, sufrirán el acoso del noble, ella siendo conquistada, en ambiguo desagrado, al no demostrar contrariedad al sentirse amada por alguien de una condición social superior; su juego está entre el sí y el no. En el fondo, no se termina de creer la elección del joven caballero: Quisiera, y no quisiera, me tiembla un poco el corazón; feliz, es verdad sería, pero puedes burlarme todavía. Más ultrajante es el trato que le da a Masetto, al que ordena su marcha con la amenaza de la espada; teniendo el lugareño, muy a su pesar, que dejar el terreno libre al noble: He comprendido, si, señor, inclino la cabeza, y me voy; ya que a vos os place así, no replicaré más.

 

Si hay alguien que sufra más en el caótico mundo que rodea al joven caballero, es la desconsolada dama burgalesa, Donna Elvira. Ella, que viaja desde Castilla hasta Andalucía en busca de quien le prometió matrimonio, se verá engañada una y otra vez, sin llegar a estar del todo convencida de la maldad del hombre anhelado: ¿Podré creer, entonces, que mi llanto haya conquistado ese corazón? ¿Arrepentido, entonces, el amado Don Giovanni a su deber y a mi amor regresa?.

 

Don Ottavio soporta, resignado, con el peso de la penalidad de Donna Anna, su prometida: De su paz depende la mía, lo que a ella le place la vida me entrega, lo que la aflige la muerte me da.

 

Para dar forma al sentir de los personajes, será conveniente llevar a efecto un recorrido pormenorizado de los pasos del libertino en el día en que acontecen los hechos de la trama.

 

Mientras el criado vigila los accesos en el exterior del palacio del Commendatore, sale corriendo de la casa Don Giovanni, embozado, para que no se le identifique, perseguido por  Donna Anna, a quien ha tratado de seducir, sin conseguirlo. El padre lo desafía a duelo, pero el libertino tiene a menos batirse con el anciano: Vete ,no me digno a luchar contigo. Se baten y el Commendatore muere. Al huir con el sirviente, éste le critica su cobarde acción; el amo le amenaza con la espada: ¡Calla, no me fastidies, ven conmigo, si no quieres recibir algo también tú!.

 

 

Don Giovanni camina con Leporello por una calle próxima a su palacio encontrándose con Donna Elvira, que ha viajado desde Burgos a Sevilla en busca del caballero que le ha prometido matrimonio. Ella le reprocha el abandono, y el burlador, antes de huir, le pide al sirviente que le explique a la dama las razones que tuvo para marchar de Castilla. El criado le narra las conquistas de su señor, en la famosa y cruel aria del “catálogo”.

 

El caballero de vida licenciosa llega a un paraje campestre donde los lugareños celebran, con cantos y bailes, el enlace entre Zerlina y Masetto. El noble les ofrece su protección e invita a palacio para que reciban regalos y agasajos, ordenando al sirviente que el campesino esté especialmente contento y entretenido, mientras él se queda al lado de la aldeana: Al fin estamos libres Zerlinetta gentil, de ese bobalicón: ¿qué decís, mi querida, sé hacer las cosas bien?.

 

En este encuentro entre el caballero y la campesina tiene lugar uno de los dúos más sentidos del repertorio mozartiano, cuando Don Giovanni le dice: Allí nos daremos la mano, allí me dirás que si; mira, no está lejos, partamos, querida mía, de aquí, mientras se dirigen al castillo del noble, abrazados. La pareja es detenida por Donna Elvira, que le hace comprender a Zerlina las intenciones del joven; éste la reprocha: ídolo mío, ¿no ves que quiero divertirme?..., mientras que a la campesina le asegura: La pobre infeliz está enamorada de mí, y por piedad debo fingir amor; puesto que soy, para mi desgracia, un hombre de buen corazón.

 

 

Queda el caballero solo lamentando sus fallidos proyectos: Me parece que hoy el demonio se divierte oponiéndose a mis placenteros planes; ¡salen todos mal! Cuando lo encuentran Don Ottavio y Donna Anna, le requieren de su amistad y generosidad, con el fin de descubrir al asesino del anciano de la orden caballeresca; el noble, haciendo gala de un alarde de cinismo, amparado en la más cruel de las felonías, les hace saber: Ordenad: mis amigos, mis parientes, esta mano, esta espada, mis bienes, la sangre daré por serviros: pero vos, bella Donna Anna, ¿por qué lloráis así, quién fue el cruel, quién osó turbar la calma de vuestra existencia.

 

La conversación es interrumpida por Donna Elvira, que se acerca a ellos con el ánimo de descubrir al hipócrita, teniendo lugar un bello cuarteto lleno de contradicciones, en el que cada cual expone sus puntos de vista. La dama castellana reprocha la actitud del burlador y previene de su maldad a los apenados prometidos, quienes sienten piedad ante la majestad de la dama burgalesa, mientras el noble trata de convencer a la pareja de que Donna Elvira ha perdido el juicio: Está loca, no le hagáis caso, está loca. Cuando la muchacha castellana se retira, el caballero añade: ¡Pobre desgraciada! Sus pasos quiero seguir: no quiero que cometa alguna locura. Perdonad, bellísima Donna Anna; si en algo puedo serviros, en mi casa os espero: ¡amigos, adiós!.

 

A Don Giovanni se le acerca su sirviente para referirle la fiesta de los campesinos en el palacio; el noble quiere que ésta continúe, no dudando en ordenar a Leporello que los emborrache, para lograr sus propósitos amatorios con la gentil Zerlina, lo que da lugar a una bellísima y alegre aria: Hasta que tengan la cabeza caliente por el vino, una gran fiesta haz preparar, si encuentras en la plaza a alguna muchacha, también a ella intenta traer contigo...

 

 

El libertino invita a todos los lugareños a participar del baile; cuando descubre a la campesina, trata de llevarla al jardín, donde la atrapa. Al escapársele de su acoso, forcejean y aparece Masetto; el noble hace uso de su valor para decirle : Tu bella Zerlina no puede, la pobrecilla, estar más sin ti, decidiendo dejar para más adelante la seducción.

 

 

En la fiesta se presentan tres enmascarados, a quienes Don Giovanni manda invitar. Mientras Leporello hace bailar, en contra de su voluntad, a Masetto, el noble inicia una contradanza con Zerlina, a la que conduce junto a una puerta haciéndosela cruzar por la fuerza; la campesina pide socorro a gritos. Los enmascarados, que no son otros que Donna Anna, Donna Elvira y Don Ottavio, que no han creído en la inocencia del burlador, acuden en ayuda de la lugareña. Al forzar la puerta, aparece la campesina, el noble y su criado, a quien su señor hará pasar por el seductor de la joven. En un acto de la más cobarde vileza, el libertino sale con la espada en la mano, fingiendo querer herir a su sirviente: ...He aquí al bribón que te ha ofendido: ¡pero yo lo castigaré! ¡Muere, inicuo!...

 

 

En la escena que sigue a lo referido, tiene lugar una declaración del licencioso que mejor justifica su psicología y personalidad, al responder a la sentencia que emiten las tres máscaras -ya sin ellas- y la pareja de campesinos, al hacerle saber que el mundo entero sabrá del horrendo crimen que cometió en la persona del Commendatore. Don Giovanni, en enorme contradicción, les dice: ...Mi cabeza está confusa, ya no se que hago, y una horrible tempestad, oh Dios, me está amenazando. Pero no me falta valor, no me pierdo ni confundo, aunque se cayera el mundo nada me asustaría...

 

Como nadie le cree inocente, se abalanzan sobre él, pero el joven logra huir, llevándose consigo a su sirviente.

 

Ante tales despropósitos, Leporello decide dejar de servir a tan bribón amo; Don Giovanni no se lo consentirá: ¿Pero que te he hecho, que quieres dejarme? ¡Eh, vamos bufón! ¡óyeme, amigo! ¡Mira que eres estúpido!, no me fastidies. Era una broma...

 

Hacen las paces, y el noble le recompensa con cuatro doblones; a cambio, le pide que haga lo que él le diga; el criado está de acuerdo, siempre que no tenga que ver con féminas; Don Giovanni, irritado le increpa: ¡Dejar a las mujeres! ¡Sabes que para mí son más necesarias que el pan que como, más que el aire que respiro!. Leporello, extrañado, le pregunta si es capaz de engañarlas a todas; el caballero le deja muy claro que: es todo amor, quien a una sola es fiel con las otras es cruel; yo, que en mí siento un gran sentimiento, las amo a todas: las mujeres no saben apreciar esto, a mi buen natural llaman engaño.

 

El favor que solicita de su sirviente no es otro que, para conquistar a la camarera de la dama burgalesa -que no haría efecto con sus ropas señoriales-, intercambien sus vestimentas.

 

Frente a la hostería donde se alberga Donna Elvira, aparecen Don Giovanni, vestido con las ropas de su criado, y éste con las de su señor. La dama de Burgos está asomada en el balcón, quejándose de que quiera perdonar a su amado; cuando baja a la calle, el amo, detrás de su sirviente, hace ver a la joven que promete de nuevo amarla, dando lugar a un delicioso terceto: ...verás que tú eres aquella a quién adora el alma mía; ya estoy arrepentido. ¡Ah, créeme, o me mataré! ¡Yo me mato! ¡Ah, me mato!.

 

El libertino, fingiendo dar muerte a alguien, blandiendo la espada, auyenta a la pareja para ofrecer una serenata a la camarera de la castellana. Sentida “canzonetta” en la que pone a prueba su cínico y camaleónico  talante: ¡Ay! Asómate a la ventana, oh mi tesoro ¡ay! ven a consolar mi llanto: si te niegas a darme algún consuelo, ante tus ojos quiero morir...

 

 

Al finalizar su serenata, se le acerca Masetto, armado con pistola y arcabuz, en compañía de los aldeanos, quien anda buscando al libertino para darle muerte. Don Giovanni, aprovechando las ropas de su criado, se hace pasar por éste, y se une al grupo, señalando las callejuelas de la derecha, dando lugar a la tercera de las arias que tiene a su cargo: La mitad de vosotros id por aquí, y los otros que vayan por allí, sin hacer ruido buscadlo, no puede estar lejos de aquí. Él lleva en la cabeza un sombrero con blancos penachos, lo cubre con una gran capa, y al costado lleva una espada.

 

La estratagema la emplea para dispersar a los campesinos y así poder quedarse a solas con el lugareño, para desarmarlo y golpearlo con el revés de espada: Esto por la pistola... Esto por el mosquete... Esto por matarlo... Esto por destrozarlo... Y escapa.

 

 


En su huida, aún con el ropaje de su criado, pasa cercano al cementerio, donde penetra por el muro para refugiarse en este lugar: ¡Ja, ja, ja, ja, ésta si que es buena! ¡Ahora deja que me busque! ¡Que bella noche! Es más clara que el día; parece hecha expresamente para ir a la caza de muchachas.

Leporello aparece también oculto en el camposanto; al encontrarse, su patrón le narra la última aventura vivida, en la que le han confundido con él: ¿Qué duda cabe? Una muchacha, bella, joven, galante, por la calle encontré; me acerco a ella, le tomo la mano, intenta huir de mí; digo algunas palabras... Me acaricia, me abraza... Mi querido Leporello, Leporello mío... Entonces me doy cuenta de que era alguna de tus enamoradas. Me aprovecho del error; no se como me reconoce; grita, oigo gente; comienzo a huir; y a toda prisa, por este muro llego a este lugar.

 

En plena narración, se escucha una voz venida de ultratumba; es la estatua funeraria del Commendatore, que le  dice al burlador que después del amanecer ya no volverá a reír jamás. Sin el más mínimo temblor ni vacilación, ante tal fenómeno, el joven caballero invita a la efigie: Hablad si podeís: ¿vendréis a cenar?. Ante el monosílabo afirmativo, Don Giovanni comenta: Es verdaderamente extraña la escena... El buen viejo vendrá a cenar... Vamos a prepararla, salgamos de aquí.

 

Ya en el comedor de su casa, Don Giovanni ultima los preparativos al frente de su sirviente, algunos músicos y demás criados: La mesa está dispuesta. Vosotros tocad, queridos amigos: ya que gasto mi dinero, me quiero divertir. ¡Leporello, rápido a la mesa!. El noble comienza a comer; los músicos inician un aria de UNA COSA RARA -ópera del valenciano Martín y Soler- que el criado identifica en los primeros compases. El libertino va cambiando de platos como de melodías la pequeña orquesta, que ahora interpreta un fragmento de FRA I DUE LITIGANTI IL TERZO GODE -de Sarti-, de la que también el sirviente es conocedor desde el principio. Don Giovanni se encuentra en pleno éxtasis, entre música, comida y bebida: Sírveme el vino. ¡Excelente marzimino!. Ahora la orquesta toca un fragmento de LAS BODAS DE FÍGARO -del propio Mozart-. Se trata del nº 9: el aria “Non più andrai, farfallone amoroso”, que Leporello apunta conocer demasiado; mientras al ver al amo degustar los manjares, trata de coger algo del festín. El noble lo ve: Mi cocinero es tan bueno que también él quiso probar.

 

 

El banquete es interrumpido por Donna Elvira, que quiere demostrar su amor, por última vez, al burlador, tratando de que cambie de vida y actitud; éste no le hace el más mínimo caso: Déjame comer y si te place, come conmigo. ¡Vivan las mujeres, viva el buen vino, sostén y gloria de la humanidad!

 

 

Despreciada la dama de Burgos, ésta marcha de la estancia, también lo hacen los músicos. Donna Elvira emite un grito de terror, se ha cruzado con la estatua de piedra del Commendatore, que viene a cumplir su promesa. El libertino queda perplejo ante la visita: Nunca lo hubiera creído, ¡pero haré lo que pueda! Leporello, ¡que sirvan inmediatamente otra cena!.

 

El Commendatore no toma alimentos terrenales, viene a devolver la invitación al burlador para que cene con él en otro mundo; el joven le responde: Mi corazón llevo firme en el pecho: ¡no tengo miedo, iré!. Al sellar el pacto con un apretón de manos, el noble comprende que la frialdad de la extremidad que le fue tendida no pertenece a este mundo; es consciente que con su crimen se ha puesto al margen de la comunidad de los hombres, y que pagará por ello con su vida. No obstante, mantiene una firme postura de no arrepentimiento ante la amenaza del fuego eterno -sin duda, el gesto más gallardo y valeroso de su azarosa vida-: ¿Quién me lacera el alma? ¿Quién me agita las vísceras? ¡Que desgarramiento, ay de mí, que desvarío! ¡Que infierno! ¡Que terror! ¡Ah!.

 

 

Una vez que Don Giovanni es consumido, ante los ojos atónitos de su criado, por el fuego del infierno, llegan el resto de personajes con la idea de vengarse del disoluto; Leporello les narra lo sucedido. Cada uno de los personajes relatan su proyecto de futuro: Donna Anna, le ruega a Don Ottavio que deje pasar un año antes de su enlace matrimonial; Donna Elvira decide ingresar en un convento, es consciente que no puede olvidar al caballero; Zerlina y Masetto, se marchan juntos y Leporello se dirige a la hostería en busca de un patrón más acorde con su persona. Todos mencionan la moraleja aquella de que “Quien mal anda, mal acaba”. Cae el telón.

 

 

 

Por el elevado número de arias que Mozart escribió para la voz más grave del hombre (hoy asumidas por el barítono y el bajo, con sus dos variantes de barítono-bajo y bajo-barítono, ya que en tiempos del músico de Salzburgo no estaban diferenciados los timbres, como lo están hoy en día), se deduce que sentía una clara predilección por esta tesitura frente a la del tenor. Personajes como Colas, en BASTIEN Y BASTIENNE (1768); Don Cassandro y Simone, en LA FINTA SEMPLICE (1769); Nardo, en LA FINTA GIARDINIERA (1775); El Conde Almaviva, en LAS BODAS DE FÍGARO (1786); Leporello, Masetto y el Commendatore, en DON GIOVANNI (1787); Don Alfonso, en COSI FAN TUTTE (1790); Sarastro, en LA FLAUTA MÁGICA (1791); y Publio, en LA CLEMENCIA DE TITO (1791), son interpretados por el bajo o el barítono. Todos ellos, a excepción del Commendatore -que no tiene ninguna a su cargo-, interpretan una o dos arias propias.

 

 

Cinco personajes de sus óperas, encuadrados en la cuerda grave, tienen a su cargo tres arias: Osmín, en EL RAPTO EN EL SERRALLO; Fígaro, en LAS BODAS DE FIGARO; Don Giovanni, en la que éste da título -en la homónima de Gazzaniga, el rol está escrito para la voz de tenor-; Guglielmo, en COSI FAN TUTTE -considerando el aria alternativa “Rivolgete a lui lo sguardo”-; y Papageno, en LA FLAUTA MÁGICA.

 

 

Si bien parece que el compositor concede más importancia a los cuatro roles que interpretan las tres arias, que a Don Giovanni, en cuanto a que sus intervenciones en solitario disponen de más duración -las del licencioso oscilan entre poco más de un minuto y menos de tres (Nº 11: 160 compases, 2 por 4, Presto), (Nº 16: 44 compases, 6 por 8, Allegretto), (Nº 17: 84 compases, 4 por 4, Andante con moto)- también hay que reconocer que éstos dan paso a otros personajes que narran sus propias vivencias, nunca en torno a ellos mismos. Don Giovanni, aunque no intervenga directamente, quienes lo hacen evocan con sus palabras los hechos del burlador.

 

 

Sin contar con los recitativos, el joven libertino dispone de trece intervenciones, que se distribuyen de la siguiente manera:

 

 

Tres arias:

 

             Nº 11: Finch’ han dal vino”

                    (Escena XV, acto I)

Nº 16: Deh! vieni alla finestra

(Escena III, acto II)

Nº 17: Metà di voi qua vadano

(Escena IV, acto II)

 

Cuatro dúos:

 

  7: “La ci darem la mano”, con Zerlina.

(Escena IX, acto I)

Nº 14: “Eh via, buffone, con Leporello

(Escena I, acto II)

Nº 22: “O statua gentilissima, con Leporello

(Escena XI, acto II)

Nº 24: Già la mensa è preparata, con Leporello

(Escena XIII, acto II)

 

Tres tercetos:

 

Nº 15: “Ah taci, ingiusto core

con Donna Elvira y Leporello

(Escena II, acto II)

Nº 24: “L’ultima prova dell’ amor mio

con Donna Elvira y Leporello

(Escena XIV, acto II)

Nº 24: “Don Giovanni, a cenar tecco

con  La Statua y Leporello

(Escena XV, acto II)

 

Dos cuartetos:

 

  1: Notte e giorno faticar

Con Leporello, Donna Anna y Commendatore

(Escena I Introducción, acto I)

  9: “Non ti fidar, o misera

con Donna Anna, Donna Elvira y Don Ottavio

(Escena XII, acto I)

 

Un septeto con coro:

 

Nº 13: “Su svegliatevi, da bravi

con Zerlina, Masetto, Donna Elvira,

Don Ottavio, Donna Anna, Leporello

y criados.

(Escenas XVII a XX, acto I)

 

 

Lo expuesto indica el gran protagonismo que ostenta un personaje de ópera como el que le otorgan los autores del libro y partitura a Don Giovanni, que tendrá que ser asumido por el cantante que le de vida, en toda su amplia gama de psicología y musicalidad.

 

 

Creado por Da Ponte entre el Burlador, de Tirso, y el Tenorio, de Zorrilla, Mozart lo trata con cariño y simpatía, concediéndole, a través de su música, una innegable nobleza y porte aristocrático.

 

El papel fue escrito para el italiano Luigi Bassi -que lo interpretó a una edad idónea: 21 años-, quien poseía una bella voz de timbre muy lírico, de hermoso color, idóneo para las peripecias amatorias del personaje; sin lugar a dudas, hoy encajado en la cuerda del barítono.

 

 

Desde Bassi, célebres cantantes han incorporado el personaje a su trayectoria artística. Barítonos italianos de la talla de Titta Ruffo, Tito Gobbi y Renato Bruson; alemanes como Dietrich Fischer-Dieskau y Hermann Prey; el austríaco Eberhard Wächter; los suecos Ingvar Wixell y Häkan Hagegärd; el finés Tom Krause; el francés Gabriel Bacquier; el estadounidense Thomas Hampson y el español Manuel Ausensi.

 

 

Como a la hora de elegir entre las dos cuerdas más graves del hombre, existen directores que inclinan su preferencia hacia el bajo, la era de los grandes cantantes de esta cuerda comenzó con Ezio Pinza (considerado el más grande Don Giovanni de la historia), al que siguen, los también italianos, Cesare Siepi, Ruggero Raimondi, Ferruccio Furlanetto y Natale de Carolis; el búlgaro Nicolai Ghiaurov; el francés Roger Soyer; el estadounidense Samuel Ramey; el galés Bryn Terfel y el español Antonio Campó. Todos otorgan al personaje, con matices personalísimos, la jovialidad, nobleza y sensualidad que derrocha el libertino.

 

Sin excepción, todos los cantantes citados, y algunos más hasta bien pasada la treintena, han accedido al mundo discográfico, dejando para la posteridad su aportación artística dando vida al Don Giovanni mozartiano. Todo un placer para el oído y la imaginación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

 

Andrés, Ramón: Grandes biografías, Wolfgang Amadeus Mozart.

Ediciones Rueda J.M. España, 1996.

 

Hildesheimer, Wolfgang: Mozart.

Círculo de Lectores, S.A. Barcelona 1991.

 

Da Ponte, Lorenzo: Don Giovanni (libreto edición bilingüe)

Editorial Planeta-De Agostini, S.A. Barcelona 1989.

 

Kunze, Stefan: El Don Giovanni no de Mozart

(libreto de D.G. de Gazzaniga)

Sony Classical, 1991.

 

Kunze, Stefan: Las óperas de Mozart.

Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1990.

 

Pahlen, Kurt: Diccionario de la ópera

Emecé Editores, España S.A. Barcelona, 1995.

 

Pâris Alain: Diccionario de intérpretes.

Ediciones  Turner, S.A. Madrid, 1989.

 

Diccionario de la ópera. Ópera Collection.

Ediciones Orbis, S.A. Barcelona, 1994.

 

La ópera.

Salvat Editores, S.A. Barcelona, 1988.

 

 

 

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