En La noche del cometa, la barrera entre lo cotidiano y lo horrible se deshace sin previo aviso. La obsesión con una casa, una cesárea bajo la incertidumbre, una visita comercial, un regalo familiar o un niño en su veraneo: situaciones normales que, poco a poco, se deslizan hacia la extrañeza. Los personajes intentan sostener la rutina mientras algo -una sombra, una decisión, un deseo- empieza a desajustarlo todo. No hay monstruos ni castillos, solo el miedo que nace de lo que conocemos demasiado bien. Estos relatos hablan de esa grieta en la vida diaria por la que se cuela la inquietud, la culpa o la pérdida. Lo cotidiano se agrieta, y lo que asoma es tan reconocible que da miedo.