«Mi padre llamaba cansancio a su tristeza. Llevaba cuarenta años cansado sin saberlo. Yo no quise heredar su deriva, y por intentar escapar de mi destino de sumisión, ahora cumplo condena en una cárcel de Asturias por un crimen del que no me arrepiento.
Me conocen como la Costurera. Antes era veterinaria y ahora intento olvidarme de quién fui, porque esa mujer ya es una extraña. Aunque en este cautiverio estoy sola, reconozco ese sentimiento desde la infancia y estoy aprendiendo a manejarlo. Aquí todos pretenden arrebatarme mi identidad, pero ignoran que es justamente entre estos barrotes donde por fin la estoy encontrando. Donde he descubierto que las perras viejas podemos elegir nuestras propias reglas sin pedir permiso.»
No hay barrote que pueda contener la fuerza narrativa de Aida Sandoval, capaz de armar una historia sobre los límites de la dignidad, la justicia al margen de la ley y la libertad que nace precisamente donde todo parece perdido.
Los lectores de Aida saben que ni en la más dura de sus novelas renuncia a la sensualidad, al humor, a la ironía ni a la comprensión humana de su